La universidad post-Woke

Una invitación para volver a pensar qué entendemos como universitario

AGHM

Las declaraciones de la congresista norteamericana Alexandria Ocasio-Cortez: «Woke 1.0 fue una locura» nos sirven para abrir una reflexión sobre lo que nos espera en el nuevo curso académico. El posicionamiento de la líder demócrata propicia un examen de conciencia que afecta directamente a las instituciones universitarias, referentes de las propuestas de interseccionalidad que conmocionaron la convivencia dentro y fuera de las universidades. El final de las políticas de cancelación es una invitación para volver a pensar qué entendemos como universitario.

ALFONSO GONZÁLEZ HERMOSO DE MENDOZA


Un nuevo escenario político que resuena con las palabras pronunciadas por el vicepresidente J. D. Vance hace un año, en el Congreso: «Tenemos que atacar honesta y agresivamente a las universidades de este país… Las universidades de nuestro país son fundamentalmente corruptas y están consagradas al engaño y a las mentiras, no a la verdad.» Todo hace pensar que este curso será determinante en la batalla universitaria de la guerra cultural. La amenaza de cancelación se cierne sobre la Universidad como tal.

La controversia, por supuesto, trasciende a los EE. UU. Que hoy entren en vigor en el Reino Unido algunos de los aspectos más controvertidos de la «Higher Education (Freedom of Speech) Act», muestra la fuerza del debate a la vez que clarifica su contenido. Lo que está en cuestión es la libertad académica, lo que hace que una institución pueda considerarse universidad o no. La ambición de esta ley, que han terminado haciendo suya tanto los conservadores como los laboristas, no es otra que proteger la libertad individual de la comunidad universitaria, y enmarcar la neutralidad institucional. Proteger a la vida universitaria.

Mientras, a buen seguro, este año seguirá el debate en los claustros, y en los parlamentos, sobre la paulatina conversión de las universidades en meros agentes económicos. Actores subordinados a las demandas de un mercado, por otra parte, cada vez más imprevisible, y como tales, susceptibles de ser evaluados por métricas que las abocan a un papel de chivo expiatorio de las contradicciones del sistema económico y, en último término, a la progresiva irrelevancia como proveedores de capital humano y tecnológico.

Otro tema que atraerá las conversaciones sobre la universidad es el sistema universitario chino. China ya ocupa un lugar preeminente en la agenda global universitaria y está adelantando por la derecha a los sistemas universitarios occidentales referenciados en políticas neoliberales. Así, en un período de cinco años ha reestructurado más del 30% de su mapa universitario, ha eliminado o suspendido 12.200 carreras tradicionales y ha creado en su lugar 10.200 nuevos programas. Todo ello de acuerdo con una planificación estatal dirigida a adaptar la oferta de titulaciones a las demandas de empleo de su economía.

Las universidades chinas ocupan ya siete de los diez primeros puestos del Leiden Ranking; Harvard, símbolo de la excelencia americana, ha caído del primer al tercer lugar mundial. Además, en el más prestigioso de los rankings globales, el Academic Ranking of World Universities (ARWU) —gestionado por la Universidad de Shanghái—, las instituciones chinas muestran un ascenso continuo: 16 universidades en el Top 100 mundial en 2026, frente a 13 el año anterior. El capitalismo de Estado se construye sin libertad, pero con las universidades.

La necesidad de reflexionar sobre el futuro de la universidad se manifiesta en el día a día desde muy distintos ángulos. Así, el 25 de agosto, el cantante puertorriqueño Wisin, uno de los padres del reguetón, anunciaba la creación de la «Universidad del Perreo»: algo mucho más esclarecedor que un simple oxímoron más o menos forzado. Al tomar esta decisión Wisin pone de manifiesto que la palabra «universidad» puede funcionar como una potentísima marca de autoridad, comunidad, pertenencia y transmisión de conocimiento, incluso cuando no existe una universidad real detrás. Algo que no debería resultarnos tan extraño.

La provocación del autor de éxitos mundiales como «Abusadora», «Sexy Movimiento», «Noche de Sexo» o «Algo Me Gusta de Ti» nos invita a pensar hasta qué punto la mercantilización del aprendizaje está cambiando los actores del sistema de educación superior y trasladando el eje de su actividad al consumo de contenidos y su certificación. Hasta qué punto podemos hablar de educación superior sin que haya educación.

Baste ver cómo este verano el periodista Todd Wallack, de The Washington Post, nos dejaba desconcertados al adquirir de manera legal, por menos de cien dólares y en menos de quince días, un título universitario con un formato hiperacelerado que causa furor entre los influencers. Un mercado desbocado de certificaciones de la ignorancia.

No puede pasar desapercibido el que la principal corporaciones edtech, Coursera, haya situado como CEO al exresponsable de Amazon Prime, con el objetivo declarado de impulsar el consumo de contenidos. La lucha por las audiencias marcará el futuro de un mercado cuya calificación como universitario merece una revisión desinteresada.

Las universidades tampoco se quedan atrás en esta carrera. Citar, entre muchos, el caso de la Universidad de Tsinghua, que presentó en los primeros días de 2026 MAIC, un modelo de enseñanza online sin profesores ni compañeros reales. El triunfo de la universidad sin universidad.

Centrándonos en la situación del profesorado para el próximo curso, sí parece claro que los académicos no podrán eludir una reflexión sobre su propia condición. Dos elementos, al menos, la hacen inevitable. Por un lado, la propia comunidad científica está planteando la quiebra de la economía de la reputación que, soportada en la objetivación de los papers, ha servido para construir las carreras del profesorado universitario en las últimas décadas. Urge la aparición de nuevas legitimidades, seguramente más complejas, que sustituyan el “publica y perece”.

Por otro lado, el compromiso con una docencia sujeta a condiciones cada vez más exigentes —tanto por la tensión que genera el uso de las tecnologías, como por el desbordamiento causado por la burocratización de la gestión o por el demandante cambio cultural del estudiantado—, unido a la «uberización» docente, conducen irremediablemente no sólo a la pérdida de atractivo profesional, sino al «burnout», así como a las crecientes huelgas y protestas. Ser profesor de universidad está dejando de ser el paraíso profesional de las clases ilustradas.

Pero, sin duda, el colectivo que se enfrentará el curso que viene a una mayor tensión es el estudiantado. La asimilación del estudiante a un cliente y la obtención del título universitario a una transacción mercantil, impulsadas por la visión de la «market-driven university», están generando un malentendido irresoluble entre estudiantes y profesores sobre el propósito de la universidad. Tensión que suele transformarse en una frustración compartida.

Ahora bien, si el estudiante no es un consumidor, tampoco es un sujeto pasivo del aprendizaje. Merece la pena seguir propuestas como «students as partners» (SaP), impulsada por universidades como Cambridge. Cuando se habla de «students as partners» no se trata simplemente de hacer la enseñanza más participativa, sino de cuestionar el reparto de autoridad epistémica que ha organizado tradicionalmente la universidad: quién tiene derecho a producir conocimiento válido y quién solo a recibirlo. Un desafío que sólo puede ser institucional.

No podemos olvidarnos de que la lucha por la atención de los jóvenes demanda cada vez más un mensaje estructurado y atractivo. Así lo podemos apreciar en el lanzamiento este verano del Cupra Raval que se ha soportado en la idea de la «University of the Streets». En la promoción se asocia a jóvenes referentes que han triunfado en distintos ámbitos profesionales con la elusión de la universidad: «Todo lo que hemos aprendido va mucho más allá de estas paredes», gritan mientras saltan por las ventanas huyendo de la universidad; «En las calles no estudiamos historia, la hacemos»; o «No necesitamos una carrera de derecho para saber de justicia», con una imagen en la que se está escribiendo en una pizarra mil veces «We Know Justice». El macroestudio que antecede al lanzamiento de un nuevo modelo de coche dirigido a los jóvenes nos acerca una inquietante declaración generacional.

En paralelo a esta supuesta deserción, nuevos públicos llaman a la puerta de las universidades buscando nuevas opciones de vida, colectivos cuyas necesidades no siempre son atendidas por los gestores universitarios. Debatir sobre quién tiene derecho a la educación superior es un tema tan inagotable como necesario.

No podremos olvidar en esta relación de temas universitarios candentes el creciente debate sobre el valor de los rankings globales dirigidos a jerarquizar las universidades para satisfacer el mercado de la internacionalización. Clasificaciones que han sometido a sus indicadores las políticas universitarias y muchas ambiciones académicas, pese a ignorar el verdadero impacto de las universidades en el bienestar de sus comunidades. Cada vez más universidades e instituciones impugnan esta jerarquía por simple e interesada.

Por último, la universidad post-woke que enunciamos al principio anuncia un interesante debate sobre nuevos marcos de legitimación de la actividad universitaria. Propuestas como el Greater Manchester Civic University Agreement, construidas sobre la idea de las universidades cívicas y el currículo conectado, ejemplifican un modelo de relación estructural entre universidad y territorio, con el objetivo de conseguir una sociedad más justa, verde, sana y próspera.

Sirva como ejemplo del cambio de paradigma al que nos referimos la elección de la Universidad de Hereford —situada entre Oxford y Cambridge— como referente por parte de Nature en su monográfico sobre la situación actual de la universidad. Hereford, una universidad recién creada, centrada en el impacto local de su actividad, y en donde todas sus titulaciones tienen el formato de accelerated degrees. El camino entre las universidades globales y las universidades ancladas nos abre paso a la conversación sobre la singularidad y el arraigo.

Muchos temas que piden una reflexión compartida para los que el curso que viene, a buen seguro, se nos quedará corto.

Una aclaración final. Sin duda, la IA ocupa hoy en día la mayor parte de un debate universitario, cuando menos, desordenado. He considerado que, antes de entrar en ese debate, era oportuno tener una visión de algunos de los temas a los que tendremos que incorporar la mirada desde la IA.


Alfonso González Hermoso de Mendoza

Presidente de Espacios de Educación Superior


Sigue el canal de Espacios de educación superior en WhatsApp: https://whatsapp.com/channel/0029VbDK8OGIt5rvxYwRCG0j

Espacios de Educación Superior está dirigido a poner en contacto a las personas e instituciones interesadas en la sociedad del aprendizaje en Iberoamérica y España.