XI El presente texto forma parte del artículo «Hablemos de las universidades» en el que se nos ofrece un recorrido por los principales desafíos a los que se enfrenta la institución universitaria planteados desde una perspectiva global. El texto nos invita reflexionar sobre la singularidad y relevancia de las universidades, destacando la importancia de su integración en las sociedades que las acogen.
ALFONSO GONZÁLEZ HERMOSO DE MENDOZA
La pérdida de atractivo profesional de la universidad
El malestar laboral del profesorado
Uno de cada dos profesores se jubilará en las universidades de los países de la OCDE durante los próximos quince años. Este éxodo académico está produciéndose en un entorno marcado por la precariedad y la pérdida de atractivo de las universidades como destino profesional.
Bajo el lema #leavingacademia, muchos investigadores publicitaron entre 2022 y 2023 su salida de la universidad, fundamentalmente para incorporarse al mundo empresarial. Como defendía Nature en esas mismas fechas, «una investigación de calidad necesita buenas condiciones de trabajo».
Lo mismo puede predicarse de una buena educación. El compromiso con una docencia sujeta a condiciones cada vez más exigentes, tanto por la tensión que genera el uso de las tecnologías, como por el desbordamiento causado por la burocratización de la gestión o por el demandante cambio cultural del estudiantado, tiene un alto coste personal para el profesorado.
El «burnout» y las crecientes huelgas del profesorado expresan unas contradicciones en el ámbito profesional de las universidades que resulta imposible ignorar. Retribuciones bajas, especialmente si se comparan con las de la industria; inseguridad en la carrera profesional, como ejemplifican los contratos de cero horas; un acceso y una promoción determinados por procedimientos poco interesados en valorar la docencia; rigidez para cambiar de trabajo entre la universidad y otros sectores; amenaza de reducción de plantillas vinculada a los descensos demográficos; emergencia de la «fatiga por compasión» frente a los estudiantes.
Asimismo, los ambientes de trabajo poco saludables, con altos niveles de estrés y en los que pueden darse con facilidad casos de «mobbing», hacen cuestionable el atractivo del futuro laboral en las universidades. Solo el 27% del personal de la Universidad de Cambridge estaba satisfecho con la manera en que se abordaban el acoso y la intimidación en su departamento. Ser profesor en la universidad no es lo que era.
El profesorado como empleado corporativo
El personal académico se ha ido convirtiendo en «empleados corporativos», desconectados del propósito colectivo y cada vez más centrados en sobrevivir a formas de gestión basadas en el control, la eficiencia y la productividad.
En un artículo publicado en la revista Brain, Masud Husain, de la Universidad de Oxford, afirma que, al replicar la gestión del sector privado para mejorar la seguridad financiera y la gobernanza, las universidades están «destruyendo la academia desde dentro». «Cada una de las cargas administrativas a las que nos enfrentamos a diario puede parecer pequeña por sí sola, pero, acumuladas, constituyen una “montaña de pequeñas cosas” que está matando al mundo académico».
Estas condiciones de empleo generan precariedad y estrés, y provocan una pérdida del sentido crítico y ético de la labor docente e investigadora. En esta situación, la «ciudadanía académica» —el compromiso ético, político y comunitario de quienes trabajan en la universidad—, el pensamiento crítico, la autonomía y el espíritu comunitario, que eran pilares tradicionales de la vida universitaria, son cada vez más difíciles de mantener.
La «uberización» imparable de las condiciones laborales del profesorado es una enfermedad silenciosa cuyos síntomas han sido, en gran medida, ignorados durante más de medio siglo; es, al mismo tiempo, síntoma y causa del deterioro institucional de las universidades. El título de un artículo clásico de la LSE, «¿En qué se parece la academia a una banda de narcotraficantes?», que podría parecer una broma, pone sobre la mesa el generalizado proceso de dualización que se está produciendo en la vida académica.
En un momento en el que los estudiantes reclaman una mayor atención a la salud mental y en el que las encuestas nos hablan de un profesorado aquejado de agotamiento emocional y afectado en su propia salud mental por las nuevas demandas de la relación con el estudiantado —para las que no siempre está bien preparado—, es fundamental que las instituciones de educación superior adopten un enfoque más holístico del bienestar en sus campus.

La estabilidad no es un capricho
El sistema de titularidad se desarrolló a principios del siglo XX en respuesta a la preocupación por la injerencia política, la presión religiosa y la influencia de los donantes. Con el tiempo, la titularidad se convirtió en un rasgo distintivo del empleo académico e influyó gradualmente en la organización de los sistemas universitarios a nivel internacional.
Las universidades dependen cada vez más del profesorado eventual. Lo que comenzó como un mecanismo para abordar necesidades docentes temporales evolucionó gradualmente hasta convertirse en una estrategia de personal permanente. Los gobiernos a menudo fomentaban el crecimiento sin proporcionar aumentos proporcionales en la financiación pública. El profesorado externo podía ser contratado según la demanda, se le asignaban grandes cargas docentes y se le liberaba cuando cambiaban los patrones de matrícula.
El futuro de la educación superior podría depender, en última instancia, de si las universidades siguen considerando el trabajo académico como un gasto prescindible o si, por el contrario, vuelven a reconocer a los académicos como el pilar fundamental de la institución
El agente inteligente frente al profesor ausente
Los agentes inteligentes no son más que sistemas informáticos capaces de percibir su entorno, tomar decisiones autónomas y actuar para alcanzar objetivos específicos: la expresión cotidiana de la inteligencia artificial. Solo aquellos profesores que cuenten con un marco estatutario que les asegure su estatus hasta la jubilación y que muestren escaso interés por el aprendizaje de su estudiantado pueden ignorar el impacto de la irrupción de los agentes inteligentes en la profesión docente, siempre y cuando sus instituciones no implosionen antes.
El pulso entre el profesorado de California State University (CSU) y la administración por el contrato con OpenAI se articula en torno a un contraste que los sindicatos consideran inaceptable: mientras CSU renovó en 2026 su acuerdo con OpenAI por 39 millones de dólares a tres años (13 millones anuales) para dar acceso a ChatGPT Edu a 470.000 estudiantes y 63.000 trabajadores, el sistema afrontaba un recorte presupuestario de 144 millones de dólares, con cierre de departamentos y despidos propuestos en varios campus.
La California Faculty Association presentó una denuncia por prácticas laborales desleales en marzo de 2025, alegando que la administración no negoció con el sindicato el impacto de la iniciativa sobre el profesorado, y en 2026 una conferencia obligatoria de conciliación entre ambas partes fracasó, derivando en una vista formal ante un juez administrativo. En San Francisco State, el rectorado notificó formalmente al sindicato posibles despidos el mismo mes en que OpenAI reclutaba profesorado en la biblioteca del campus. Para los críticos, la contradicción resume el conflicto: gastar en chatbots mientras se despide a docentes titulares.
Es cierto que los agentes inteligentes pueden apoyar o incluso automatizar tareas cotidianas del profesorado, como corregir exámenes, generar contenidos didácticos personalizados, responder a consultas frecuentes de los estudiantes, organizar calendarios académicos o analizar el progreso del alumnado. También lo es que, evidentemente, no sustituyen la relación humana con el docente, siempre y cuando esta exista, y que pueden liberar tiempo de tareas rutinarias para que el profesor se concentre en lo esencial: enseñar, investigar y, fundamentalmente, acompañar críticamente el aprendizaje.
Pues el papel del educador es insustituible, como garante último de que el conocimiento que transmite está avalado por la ciencia, ya que los sesgos de la inteligencia artificial pueden conducir a una desinformación brutal. Los sistemas de inteligencia artificial pueden amplificar sesgos y desinformación si no son supervisados críticamente por docentes formados. Los educadores deben liderar el uso pedagógico de la IA.
Por otra parte, el auge de la IA podría impulsar al mundo académico hacia un modelo de empleo más basado en tareas, en el que los roles académicos se fragmentasen. Este cambio podría conducir a la precarización del profesorado, al contratar las universidades personal para tareas específicas, en lugar de hacerlo como personal permanente.
En un entorno de acceso generalizado a la información, como es el universitario, resulta difícil considerar meramente negligente la idea de que toda actividad que un agente inteligente pueda realizar con resultados equiparables a los de un ser humano terminará siendo delegada en él por razones de coste, rapidez y calidad. Si una actividad es predecible, repetible o analizable mediante algoritmos, será delegada progresivamente a sistemas inteligentes. El desafío está en decidir qué actividades de aprendizaje solo generan valor a través de la relación humana y qué propósito diferencial atribuimos al aprendizaje universitario. ¿Qué significa ser profesor universitario en la época de las máquinas inteligentes?
La reforma de la carrera profesional
Después de la COVID-19 nada es igual en las universidades. La presencialidad del profesorado se ha visto alterada, de manera desigual según las disciplinas, pero en algunos casos de forma radical. Sin duda, han desaparecido algunas malas costumbres, pero también es cierto que este cambio afecta a prácticas esenciales de la cultura académica sobre las que, de manera tácita, se han venido apoyando el aprendizaje del profesorado y del estudiantado. La deserción espontánea de la presencialidad merece una reflexión institucional que permita valorar su impacto y plantear las necesarias reorganizaciones académicas y de gestión.
La reforma de la carrera académica trasciende los problemas corporativos. Sin cambios importantes en su definición actual, la incorporación y permanencia de personas apasionadas por el conocimiento y socialmente comprometidas serán objetivos imposibles de alcanzar. Sin duda, las universidades son mucho más que cooperativas de profesores, pero también es cierto que solo podrán ser aquello que quiera y promueva su profesorado.







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