IV El presente texto forma parte del artículo «Hablemos de las universidades» en el que se nos ofrece un recorrido por los principales desafíos a los que se enfrenta la institución universitaria planteados desde una perspectiva global. El texto nos invita reflexionar sobre la singularidad y relevancia de las universidades, destacando la importancia de su integración en las sociedades que las acogen.
ALFONSO GONZÁLEZ HERMOSO DE MENDOZA
Universidades cívicas
Las universidades tienen la oportunidad de demostrar su importancia no solo a nivel mundial y nacional, sino también para sus comunidades locales. Sin embargo, no siempre se considera a las universidades, o no siempre se ven a sí mismas, como parte de estas comunidades. Corresponde a las universidades liderar este cambio y promover su compromiso con el desarrollo sostenible de los territorios en los que se encuentran.
Las universidades pueden trabajar no solo en, sino también con, sus comunidades locales, y deben hacerlo de manera amplia, capaz de abarcar todos los propósitos de la educación superior. Los gestores, el profesorado y los estudiantes deben percibir la comunidad local como algo propio, y no solo como un lugar en el que vivirán durante un período más o menos largo de sus vidas.
El Greater Manchester Civic University Agreement ejemplifica un modelo de relación estructural entre universidad y territorio: cinco universidades de la región se comprometen a combinar sus capacidades y trabajar codo con codo con la autoridad metropolitana, los diez gobiernos locales y las comunidades para construir una Gran Mánchester más justa, verde, sana y próspera. El acuerdo articula cuatro prioridades compartidas: oportunidad y prosperidad, salud y bienestar, cultura, y medioambiente, con más de 100.000 estudiantes formados anualmente y una contribución conjunta de unos 6.000 millones de libras a la economía regional, mostrando la universidad como actor cívico corresponsable del desarrollo local.
Reposicionar las universidades en relación con sus comunidades es una respuesta posible que las refuerza de cara al siglo XXI. En un momento crítico como el actual, en el que se manifiesta de manera generalizada una situación insostenible debido a sus problemas financieros, reivindicar las universidades como instituciones de anclaje comunitario parece una opción poderosa, si no la única, para fijar un propósito a las universidades en la sociedad actual. Estas instituciones desempeñan un papel clave en el desarrollo local debido a su presencia significativa y su compromiso a largo plazo con el territorio.
Es fundamental considerarlas desde su condición de grandes empleadoras y compradoras de bienes y servicios, que controlan activos físicos importantes y mantienen relaciones profundas con la comunidad. Asimismo, es crucial valorar su misión educativa y de investigación, intrínsecamente ligada a la mejora del entorno local, contribuyendo a la economía, la cohesión social y la innovación.
No es casualidad que estas ideas coincidan plenamente con las propuestas que emanan del Libro Blanco sobre la Devolución de Competencias del Gobierno inglés, publicado en diciembre pasado. Las universidades que no están integradas en sus comunidades locales corren el riesgo de generar cada vez más resentimiento. El peligro común es que los residentes locales las perciban como parte de grandes estructuras de poder distantes. El Libro Blanco sobre la Descentralización enfatiza la necesidad de avanzar hacia una colaboración significativa entre el Gobierno central y el local, y las universidades están bien posicionadas para contribuir a esta relación.
La relación del territorio con las universidades
La relación entre la ciudad y la universidad debe ser de respeto mutuo, donde tanto las universidades como las comunidades locales reconozcan el potencial y las competencias de cada una. La investigación y la docencia pueden inspirarse en problemas y requerimientos tanto locales como nacionales y globales. Esta propuesta para un futuro posible de las universidades se ve avalada por los ministros europeos y está recogida en los «Indicadores para los principios de la dimensión social de la educación superior», aprobados en su reunión de Tirana en mayo de 2024.
Las Alianzas Ciudad-Universidad (CUP) poseen un potencial transformador para abordar los desafíos de la sostenibilidad urbana, al conectar el conocimiento académico con la gobernanza urbana real. Estas alianzas constituyen mecanismos cruciales para impulsar el cambio sistémico mediante la integración de la investigación, las políticas y la práctica, con el fin de promover los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Esta visión desplaza el foco desde la universidad como agente de desarrollo regional/económico hacia su papel como institución urbana embebida en la ciudad —empleo, entorno construido, innovación empresarial, cultura, salud—, mostrando hasta qué punto la universidad no está solo en la ciudad sino que puede ser parte de ella.
El documento titulado «More than Commercialisation: Understanding University Engagement», elaborado por UIIN (University Industry Innovation Network), representa una llamada a repensar profundamente el significado de la “tercera misión” universitaria, pasando de una lógica centrada en la productividad económica a otra basada en el impacto social, la cocreación de valor y la transformación colectiva. El compromiso universitario debe entenderse no solo en términos de producción económica, sino también a través de su contribución social y su capacidad de cocreación. Valorar las actividades de compromiso requiere cambiar la forma en que definimos la excelencia académica.
La experiencia en Iberoamérica sobre la responsabilidad social de las universidades y el compromiso con las demandas de las comunidades que las acogen, con programas como URSULA que implican a cientos de universidades en un modelo de desarrollo sostenible, invita a una reflexión sobre la homogeneización y jerarquización de las universidades.

Universidad y diplomacia académica
Mucho antes de que la cooperación internacional se convirtiera en materia de cumbres y comunicados, las instituciones académicas ya tejían redes de movilidad, investigación conjunta y intercambio de conocimiento que atravesaban fronteras ideológicas, políticas y culturales. Las universidades ejercen una forma de diplomacia silenciosa, basada en el conocimiento compartido más que en la negociación de intereses. Es lo que se ha denominado diplomacia académica: la construcción de vínculos duraderos entre países a través de la ciencia, la docencia y la movilidad estudiantil, incluso cuando las relaciones políticas formales se deterioran. En este sentido, las universidades funcionan como infraestructuras de soft power, generando confianza, prestigio e influencia cultural sin recurrir a la coerción ni a la transacción económica.
Pero el papel de las universidades va más allá de la proyección de influencia: implica también una responsabilidad activa como agentes de paz. Las llamadas «universidades para la paz» —desde iniciativas específicas hasta redes académicas que sostienen el diálogo entre países en conflicto— demuestran que el conocimiento puede ser un terreno neutral cuando la política ha cerrado otros canales. Tampoco podemos olvidar la importancia de las universidades en los procesos de recontrucción de los territorios asolados por una guerra. Negar el derecho a tener universidades es una forma sutil de negar la existencia de una comunidad.
En un momento en que el multilateralismo institucional se fragmenta, las universidades tienen la oportunidad —y quizás la obligación— de reafirmar ese papel diplomático. No como sustitutas de la diplomacia estatal, sino como espacios complementarios donde la cooperación internacional sigue siendo posible, incluso cuando todo lo demás parece apuntar hacia el repliegue y la desconfianza mutua.
De la universidad a la multiversidad
El concepto de multiversidad surge en 1963 de la mano de Clark Kerr, entonces presidente de la Universidad de California, a través de sus influyentes conferencias The Uses of the University. Kerr observó que la educación superior estadounidense tras la Segunda Guerra Mundial había dejado de ser la clásica comunidad elitista de profesores y alumnos dedicada exclusivamente a la enseñanza y la búsqueda unificada de la verdad. En su lugar, el crecimiento demográfico, la expansión de la financiación pública y la creciente dependencia del gobierno y la industria en la investigación científica convirtieron a la institución académica en un entramado masivo, plural y fuertemente descentralizado. Esta «multiversidad» ya no respondía a un único propósito ni a una sola comunidad académica, sino que albergaba múltiples centros, facultades y prioridades interconectadas que servían directamente al desarrollo económico y social del país.
Con el paso de las décadas y el avance del siglo XXI, la multiversidad ha ido derivando paulatinamente hacia lo que diversos teóricos denominan la «omniuniversidad». En esta etapa actual, la universidad busca abarcarlo todo: rompe sus barreras geográficas mediante plataformas virtuales, comercializa el conocimiento a escala global y extiende su oferta formativa a lo largo de toda la vida laboral de los individuos. Ya no actúa únicamente como un motor de desarrollo nacional o regional, sino como una corporación global interactiva donde cualquier ámbito de la sociedad —desde la formación profesional continua hasta la consultoría corporativa o la innovación tecnológica inmediata— se convierte en parte de su dominio. Así, la omniuniversidad consolida la transición de un templo del saber a un ecosistema total de servicios educativos e industriales sin fronteras.
En la estructura de la omniuniversidad, el modelo de gestión tradicional se fragmenta para dar paso a un conglomerado empresarial compuesto por corporaciones y filiales independientes. Para operar de forma ágil dentro del mercado global, la institución matriz externaliza y segmenta sus diversas actividades en entidades con autonomía jurídica y financiera, tales como parques tecnológicos de transferencia de I+D, empresas de tecnología educativa para el aprendizaje en línea, consultoras privadas de innovación y plataformas de comercialización de patentes.
Esta organización interna imita a las grandes multinacionales holding, donde cada unidad corporativa responde a sus propios presupuestos y métricas de rendimiento, permitiendo a la omniuniversidad diversificar sus ingresos, mitigar riesgos financieros y competir agresivamente en el ámbito comercial sin las ataduras ni los tiempos burocráticos del gobierno universitario tradicional.

La internacionalización, algo más que un negocio
La movilidad estudiantil ha ocupado durante décadas el centro simbólico de la internacionalización, hasta el punto de convertirse en su indicador casi exclusivo en rankings, informes institucionales y políticas públicas. Sin embargo, cuando apenas el 2,6% del estudiantado mundial accede efectivamente a una experiencia de movilidad, resulta evidente que este enfoque no puede sostener por sí solo el proyecto de una universidad internacionalizada.
La movilidad genera beneficios reales, pero fundamentalmente privados: mejora el currículum individual, amplía redes de contacto y refuerza el prestigio de las instituciones emisoras y receptoras. Confundir ese beneficio particular con el propósito último de la internacionalización ha llevado a las universidades a medir su vocación global por el número de estudiantes que salen, en lugar de por la calidad de la formación que reciben quienes se quedan, que son la inmensa mayoría. Debe entenderse como una transformación institucional, no como un programa paralelo reservado a una minoría.
Internationalization at Home (IaH), integra dimensiones interculturales e internacionales en el currículo y la experiencia de aprendizaje de todos los estudiantes, sin necesidad de movilidad física al extranjero. Sus estrategias incluyen: currículos internacionalizados con perspectivas comparadas y multidisciplinares; docencia en lenguas extranjeras; aulas con estudiantes internacionales que fomentan el aprendizaje intercultural entre pares; uso de tecnologías digitales para colaboración internacional virtual (COIL, Collaborative Online International Learning); actividades extracurriculares interculturales; y contratación de profesorado con perfil internacional.
El eje de la IaH es la Internationalization of the Curriculum (IoC), qué se enseña, cómo se enseña, y qué resultados de aprendizaje se persiguen. Es decir, la incorporación deliberada de perspectivas internacionales, interculturales y/o globales en los objetivos, contenidos, métodos de enseñanza y evaluación de un programa o asignatura.
Estas estrategias permiten que cada estudiante, viaje o no, se forme como ciudadano global y local a la vez, capaz de ejercer su profesión con una comprensión crítica del mundo interconectado en el que vivirá. Ahí reside, en última instancia, el verdadero sentido de una internacionalización justa: no en cuántos estudiantes cruzan una frontera, sino en cuántos aprenden a pensar más allá de ella.
Mas allá de sus fronteras.
Por otra parte, ante las crecientes incertidumbres económicas y políticas en Estados Unidos, especialmente bajo la Administración Trump, varias universidades estadounidenses están recurriendo a la creación de campus satélites en terceros países como estrategia de mitigación de crisis y diversificación de ingresos.
Esta opción representa una vía atractiva pero compleja para que las universidades enfrenten la incertidumbre, combinando oportunidades de crecimiento —mantiene la proyección internacional de las instituciones y facilita el acceso a talento global, permite a las universidades acceder a nuevas fuentes de financiación o sirve como salvaguarda ante recortes de fondos públicos— con riesgos significativos y condicionamientos políticos y económicos. Asociarse con ciertos países puede ser visto como un movimiento político controvertido, o algunos campus pueden convertirse en “elefantes blancos” si el contexto cambia de nuevo.
No obstante las alianzas transnacionales de universidades pueden plantear serios cuestionamientos desde la ética académica, especialmente cuando se vinculan a proyectos que, como en el caso de la creación de una “ciudad académica” en Armenia, podrían favorecer la concentración y el control institucional en detrimento de la autonomía universitaria y la libertad de pensamiento. Así, la ética académica exige que las universidades valoren no solo los beneficios económicos de sus alianzas, sino también el impacto que estas pueden tener sobre los derechos fundamentales y la democracia en los contextos donde se implementan.
Artículo completo «Hablemos de las universidades»
Alfonso González Hermoso de Mendoza
Presidente de la Asociación Espacios de Educación Superior
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