El papel del estudiantado. Hablemos de las universidades

Pablo Santana

El presente texto forma parte del artículo «Hablemos de las universidades» en el que se nos ofrece un recorrido por los principales desafíos a los que se enfrenta la institución universitaria planteados desde una perspectiva global. El texto nos invita reflexionar sobre la singularidad y relevancia de las universidades, destacando la importancia de su integración en las sociedades que las acogen.

ALFONSO GONZÁLEZ HERMOSO DE MENDOZA


La responsabilidad del estudiantado

Cuando leemos que los campus se están quedando vacíos, lo que nos está contando  es que el estudiantado no ve suficientemente reflejado en su experiencia universitaria la realidad en la que viven. Pocas cuestiones pueden ser más determinantes para el futuro de las universidades que el desapego de su estudiantado. Tanto da a estos efectos si están ausentes porque creen que estar presente es una pérdida de tiempo, como si es porque las condiciones de la presencialidad son incompatibles con su trabajo o condiciones de vida.

El reconocimiento de la condición de adulto para el estudiantado pasa por facilitar su implicación en el aprendizaje, de la misma manera que por integrar éste en su vida y en la búsqueda de un impacto en su entorno, así como por la asimilación en su actuar de la ética académica. Sin olvidar la imprescindible incorporación de su conocimiento y experiencia para la transformación de las universidades, y, por supuesto, el respeto de la diversidad y favorecimiento de su cuidado como persona. 

La peculiaridad de la institución universitaria hace que ser estudiante también lleve consigo una responsabilidad, no sólo personal, sino también política. La actividad del estudiantado a la vez que está sujeta a las restricciones propias de su aceptada condición de discente, y por lo tanto al principio de autoridad propio de la enseñanza, también está impregnada por la libertad académica.

Sólo un poco más del 40% de las universidades europeas consideran estable y bastante buena la participación del estudiantado, según la encuesta de la EUA. Una universidad para los estudiantes, pero sin los estudiantes, no parece hoy una opción viable. Las universidades del siglo XXI sólo podrán construirse entre todos

Propiciar el bienestar no es una concesión a lo políticamente correcto, es la base de cualquier acción transformadora que busque su sostenibilidad y la de su entorno 

El malestar del estudiantado

En la última década, en especial como consecuencia de la pandemia del Covid, se está tomando conciencia de las situaciones de riesgo que para la salud mental del estudiantado puede suponer el paso por las universidades. En buena parte compartidas con otros actores universitarios, pero también sujetas a sus especificidades que demandan una atención propia.

La movilidad, el acceso ilimitado a información, la presión de las tecnologías, el distanciamiento del profesorado, la competitividad interna, compatibilizar el trabajo, las obligaciones familiares, el estrés financiero, la pertenencia a grupos subrepresentados… son circunstancias que de una manera u otra inciden en el bienestar del estudiantado y pueden terminar incidiendo en la salud mental.       

Crear lugares seguros para la convivencia y la discrepancia, entornos confortables que  favorezcan la diversidad, es la esencia de las universidades, sin embargo hoy no es suficiente.  Las tensiones internas y externas que soportan el estudiantado hacen insoslayable tomar medidas concretas para que los cuidados y la cooperación sean prácticas y valores compartidos e institucionalizados. Propiciar el bienestar no es una concesión a lo políticamente correcto, es la base de cualquier acción transformadora que busque su sostenibilidad y la de su entorno.   

Cuando leemos que los campus se están quedando vacíos, lo que nos está contando  es que el estudiantado no ve suficientemente reflejado en su experiencia universitaria la realidad en la que viven

La reivindicación de la docencia

De igual manera tenemos que recordar la multitud de iniciativas promovidas por entidades internacionales y centros de estudios universitarios que cuestionan la preeminencia actual de la actividad investigadora en la vida universitaria. Propuestas que reclaman el reconocimiento de la actividad docente como elemento definitorio y diferenciador de las universidades. 

Baste como ejemplo citar el informe, “Ideas for designing an Affordable New Educational Institution” del MIT. En este documento la prestigiosa universidad investigadora norteamericana propone abiertamente reivindicar una carrera profesional universitaria construida desde la docencia, asignando a esta tarea el 80% de la dedicación del profesorado. 

Acercar los profesores a la condición de maestros, primar una relación directa y personal con el estudiantado, así como estimular el aprendizaje autónomo, exigirá cambios radicales en los criterios de selección y de ponderación de su actividad, cambios que transformarán la vida académica.   

Reducir las universidades a empresas de servicios de formación supone convertir la palabra “Universidad” en un distintivo comercial

El estudiante como consumidor

Dar centralidad y responsabilidad al estudiantado nada tiene que ver con entender su relación con las universidades como un servicio a un cliente. Por lo tanto, en una relación que le aboca a tener siempre la razón e inevitablemente a renunciar a la educación. 

Tratar a la educación como un producto de consumo, y en consecuencia a la obtención del título universitario como una transacción mercantil, genera un malentendido irresoluble sobre el propósito de la universidad entre estudiantes y profesores. Confusión que todavía hoy conduce a la frustración que se ve reflejada en la preocupación extrema por las calificaciones, los empleos futuros y la reputación institucional, así como en la ausencia de comprensión de las oportunidades intelectuales que ofrecen los campus o en los sentimientos de alienación que se apoderan del estudiantado. 

Asimilar al estudiante a un cliente degrada las titulaciones universitarias, y niega el que es, en último término, el sentido de acudir a las universidades: la posibilidad de cambiar como persona. Reducir las universidades a empresas de servicios de formación supone convertir la palabra “Universidad” en un distintivo comercial, del que a buen seguro se apropiaran otras instituciones dedicadas al aprendizaje, sin duda mucho más eficientes y eficaces en ese escenario. 

Tratar a la educación como un producto de consumo, y en consecuencia a la obtención del título universitario como una transacción mercantil, genera un malentendido irresoluble sobre el propósito de la universidad entre estudiantes y profesores

Nuevos públicos universitarios y caída demográfica

Por otra parte, tenemos que contemplar que el estudiantado universitario actual es muy homogéneo, tanto por edad como por procedencia social. Esto es así porque una buena parte de la población no contempla la esperanza de ir a las universidades, y porque para otra, aun contemplándola, les resulta inaccesible. La repetida y demandada apertura de las universidades también pasa por promover e incorporar nuevos públicos. 

Hablamos de que la aspiración de acceder a la universidad esté naturalizada en las expectativas de las minorías étnicas, los trabajadores, los inmigrantes, las personas con niveles de renta bajos o discapacidad, así como para mujeres embarazadas, hombres jóvenes o personas mayores de treinta años. Las universidades, a diferencia de otras instituciones de aprendizaje, tienen el deber ineludible de hacer realidad el derecho a la educación superior.  

Abrir las universidades no sólo mejora la educación que ofrecen a todos los alumnos y amplía su impacto social. La incorporación de nuevos públicos es la opción más viable para atender la irremediable caída de sus estudiantes tradicionales vinculada a razones puramente demográficas. El cambio demográfico compromete no sólo la reconfiguración de la población que va a la universidad, sino también, cómo se enseña a esos estudiantes y qué departamentos y carreras prosperaran o desaparecerán. Reaccionar ante el reto demográfico es uno de los desafíos para las universidades más inmediatos.

Terminamos estas diez propuestas de reflexión incorporando un tema transversal que está transformando todos los ámbitos que hemos tratado. Nos referimos al impacto de las inteligencias artificiales.

Artículo completo «Hablemos de las universiades»


Alfonso González Hermoso de Mendoza

Presidente de la Asociación Espacios de Educación Superior

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