Una plataforma no es una universidad

¿Puede una plataforma de aprendizaje considerarse una universidad?  ¿Cuál es la aportación diferencial de la universidad? ¿Vamos hacia una educación presencial y experiencial para quién pueda pagarla y otra automatizada y de instrucción para el resto?

FARAÓN LLORENS LARGO


El impacto de las plataformas de aprendizaje

Hace unos tres años leí una entrevista a un experto en inteligencia artificial (IA) que decía que el impacto de la IA en la educación iba a ser tan potente que las universidades se iban a convertir en plataformas. Y ponía como ejemplo que una universidad finlandesa en dos años iba a dejar de llamarse universidad para llamarse plataforma de aprendizaje. Acabo de entrar en la web de dicha universidad y sigue utilizando el término universidad.

Según la ley de Amara, tendemos a sobrestimar los efectos de una tecnología en el corto plazo, pero subestimar su efecto en el largo plazo. La primera parte parece que se cumple una vez más, pero tendremos que estar atentos para no caer en el error de subestimar el efecto de la plataformización de las universidades en el medio y largo plazo.

Por tanto, más allá del detalle menor de si alguna universidad se ha transformado nominalmente en plataforma de aprendizaje, lo que me interesa en este escrito es analizar el impacto de las nuevas plataformas en otros sectores y hacer una crítica (con sentido constructivo) de su posible transferencia a la educación superior.

tendremos que estar atentos para no caer en el error de subestimar el efecto de la plataformización de las universidades en el medio y largo plazo

Comparativa con las plataformas digitales más usadas

El objetivo de esta reflexión es, a su vez, hacer reflexionar al lector, por lo que encontrará más preguntas que respuestas.

No es la primera vez que escribo, con carácter divulgativo, sobre el tema. Pueden leerse mis anteriores reflexiones sobre “Las tecnologías en la educación: características deseables, efectos perversos” (13/02/2019) (1) y “Tras las fake news, ¿llegarán los fake knows? Ojo con la desintermediación en la educación” (15/04/2021) (2) publicadas en el blog Universidad, Sí (www.universidadsi.es).

Voy a seguir el mismo estilo y la misma línea argumental, haciendo la comparativa con las plataformas más usadas y conocidas (Spotify, Uber, Netflix, Airbnb, Amazon, YouTube, Instagram, Tik Tok …), ya que considero que la metáfora es una potente herramienta para captar la atención y para la comprensión rápida de un tema complejo.

Aunque también soy consciente (y aviso al lector) de que el diablo se esconde en los detalles, por lo que hay que tener mucho cuidado y no llevar la comparación a extremos.

Las nuevas plataformas que surgen suelen basarse en ofrecer algún aspecto diferencial sobre lo existente. En Twitter fue la limitación de los caracteres, Instagram las fotografías, Tik Tok el movimiento (vídeos)… Pero todas acaban convergiendo e incorporando aquellas características que han visto que funcionan.

No olvidemos que su objetivo principal es captar nuestra atención, que pasemos el máximo tiempo posible conectados a ellas. Pero la atención es un bien escaso y tienen que competir por ella. Por tanto, se han especializado no tanto en organizar la información como podríamos pensar, sino en gestionar la atención.

Características de las plataformas digitales

Así que voy a diseccionar este análisis por aquellos aspectos que considero caracterizan a estas plataformas digitales: cuantificación, datos, personalización, desintermediación y apps.

Estas características no son independientes ni estancas, y la mayoría de las plataformas disponen de la mayoría de ellas, de forma que la tormenta perfecta se crea al converger todas ellas en un mismo sistema. Y las universidades, ¿surfearán estas olas o les pasará por encima el tsunami de las plataformas tecnológicas? 

la cuestión que lanzo para el debate es si en el mundo educativo una estricta normalización, cuantificación, previsibilidad y control es una buena estrategia

La cuantificación

Las plataformas, y los negocios asociados a ellas, buscan la máxima eficiencia y para ello se apoyan en la cuantificación y la medición, para tener el control mediante una monitorización constante, prácticamente en tiempo real.

En el mundo de las plataformas hay poco espacio para la sorpresa y la improvisación.

Spotify sabe perfectamente las horas que pasas escuchando música y las veces que una determinada canción ha sido reproducida, disponiendo así de listas de canciones más escuchadas, segmentada por lo que queramos (personas, países, edades, sexo, estilos…). Y lo mismo para las películas y series que vemos en Netflix y las compras que realizamos en Amazon.

Es muy fácil, y por qué no, muy útil, dejarse llevar por su recomendación y comprar el libro que nos recomienda Amazon junto con la compra que estamos a punto de confirmar. O seguir con la siguiente serie que nos propone Netflix cuando aún están los créditos de la serie que acabamos de ver.

Y todo ello por nosotros, por nuestro bien, con el objetivo de hacernos la vida más fácil. ¿O no? ¿qué estamos sacrificando a cambio de esa comodidad?

Está claro que tener controlado el proceso es bueno y garantiza un mínimo de calidad, previsibilidad y la posibilidad de recomendaciones de nuestro interés. Pero la cuestión que lanzo para el debate es si en el mundo educativo una estricta normalización, cuantificación, previsibilidad y control es una buena estrategia.

Me gustaría resaltar que esa cuantificación y medición es lo que utilizan los sistemas de evaluación de la calidad y los sistemas de acceso del profesorado a la universidad (como dice el profesor Verdegay “tener un importante número de ‘peipers’, cuantos más mejor”(3)).

En la evaluación de la producción científica se ha abierto un intenso debate sobre las publicaciones al peso y los (¿infames?) factores de impacto. Pero, además, una de las principales críticas al proceso de Bolonia ha sido el incremento de la burocracia y el papeleo que no se ha visto en muchos casos reflejado en una mejora de la docencia que reciben nuestros estudiantes.

Buscar la objetividad en la evaluación apoyándonos exclusivamente en aspectos cuantitativos, que pueda ser realizada (casi) automáticamente, aunque pueda ser de gran ayuda, puede no ser lo más adecuado para el mundo educativo.

Los datos

Conectado con la cuantificación, abordemos ahora la disponibilidad de datos. Según Harari ha aparecido una religión emergente que ha llamado dataísmo, “que no venera ni a dioses ni al hombre: adora los datos” y que “sostiene que el universo consiste en flujos de datos, y que el valor de cualquier fenómeno o entidad está determinado por su contribución al procesamiento de datos”(4) .

Está claro que los datos, y las evidencias que aportan, nos permiten tomar mejores decisiones, o al menos, más fundamentadas.

El profesor sabe muy poco de sus estudiantes en comparación a lo que conocen las plataformas (Instagram, Tik Tok o cualquiera de las redes sociales en las que pasan gran parte de su tiempo). En el mundo digital vamos dejando rastro de todo lo que hacemos.

Ese rastro permite que las plataformas nos hagan la vida más fácil (¿tomen decisiones por nosotros?), que nos ofrezcan productos más personalizados y cercanos a nuestros gustos, tal como veremos en el siguiente punto. Pero también vulnera nuestra intimidad y puede afectarnos en un futuro (en internet todo permanece).

Y paradójicamente, no nos importa si los datos los cedemos, consciente o inconscientemente, a las plataformas, pero tenemos reticencias a darlos voluntariamente a la administración pública, aunque sea para un beneficio social (sirva como ejemplo la instalación de la aplicación de Radar COVID). 

Si queremos utilizar datos para evaluar el desempeño de una actividad, tenemos que reflexionar detenidamente sobre si el hecho de poner el foco en estos datos cambiará el comportamiento de las personas. Según la Ley de Goodhart, “cuando una medida se convierte en un objetivo, deja de ser una buena medida”.

Y eso lo sabemos muy bien los profesores con la nota de los exámenes, que acaba sustituyendo al objetivo de aprender. O como ya he dicho antes, el número de artículos científicos publicados, que acaba supliendo a la calidad de la investigación realizada.

Leía este fin de semana una noticia en la que la puntuación obtenida en las plataformas a partir de la valoración de sus clientes se había convertido en una obsesión para ese restaurante(5). Lo que me lleva al tema de los ránquines universitarios, pero que no voy a comentar aquí por la importancia y complejidad del tema que demanda una reflexión en exclusividad.

Resumiendo, la plataforma de aprendizaje podrá poner a disposición de la universidad (y de sus profesores) toda la información que tenga de los estudiantes, lo que permitirá tomar mejores decisiones. Pero no debemos permitir que esa datificación se convierta en el objetivo y sustituya a la evaluación cualitativa del aprendizaje adquirido por los estudiantes.

Las redes sociales, claro exponente de la personalización que nos aporta la tecnología, son burbujas ideológicas, habitaciones cerradas en la que nos complacemos escuchando el eco de nuestros propios pensamientos

La personalización

Y llegamos a la personalización, que en mi opinión es la verdadera ventaja de todo esto, y lo que debería ayudarnos a superar la era de la docencia de talla única y entrar en una verdadera etapa de personalización en masa, que nos permita ofrecer una formación al alcance de todos (gran avance de la sociedad industrial), pero con un trato personalizado (ventaja de la exclusividad de acceso al conocimiento de las primeras universidades).

Siguiendo con el símil de las plataformas, tanto Netflix como Spotify permiten acceder a una amplia variedad de contenidos audiovisuales y musicales a la carta y a través de internet, sin límites de tiempo ni necesidad de ver anuncios. Esta personalización del contenido es posible al disponer las plataformas de una gran cantidad de datos de sus usuarios (no solo los nuestros) y la utilización de técnicas de IA.  

En nuestro caso estaríamos hablando de formación a la carta. Las bases teóricas del aprendizaje individualizado están disponibles desde hace mucho tiempo, pero la puesta en práctica es complicada por el número de estudiantes en clase (¡la maldita ratio!).

Ahora la tecnología, la automatización y la IA lo pueden hacer posible y escalable. Pero cuando hablamos de la posibilidad de atender a grandes cantidades de aprendices con un esfuerzo similar, surgen los intereses económicos y el negocio. El sector tecnológico se ha infiltrado en el mundo de la educación y promete herramientas de personalización basadas en datos y suministradas por la tecnología (ver la proliferación del sector EdTech y la cantidad de startups surgidas alrededor de él).

En este punto, lo que deberíamos preguntarnos es cuál es el objetivo de esa personalización. Los algoritmos se atiborran de nuestros datos y las técnicas de marketing han hiper-segmentado la información en aras de la personalización.

Las redes sociales, claro exponente de la personalización que nos aporta la tecnología, son burbujas ideológicas, habitaciones cerradas en la que nos complacemos escuchando el eco de nuestros propios pensamientos. Es necesario pinchar esas burbujas y fortalecer el pensamiento crítico, exponiendo a nuestros estudiantes a puntos de vista diferentes.

Por tanto, la pregunta que debemos hacernos al hablar de personalizar la educación es para quién estamos personalizando.

La desintermediación

Otra de las ventajas que se le atribuye a la revolución digital es la facilidad de poner en contacto directo a los productores con los consumidores, sin necesidad de intermediarios.

Los creadores de contenidos no necesitan pasar por intermediarios para ofrecer sus productos ya que la red le permite acceder directamente a su potencial audiencia y exponer sus creaciones al escrutinio público. El youtuber cuelga sus videos, el músico sus canciones y el humorista sus chistes. La demanda determinará si estas creaciones tienen éxito, son visualizadas y reciben “me gusta” (¡la dopamina de las plataformas tecnológicas!).

Otra cosa muy distinta es que el hecho de tener muchas visualizaciones y me gusta los convierta en productos de calidad. 

Si analizamos ahora nuestro sector, los recursos educativos en abierto crecen día a día, tanto en cantidad como en calidad. Cualquier persona interesada en saber sobre un tema puede encontrar en internet algún tutorial al respecto. Un profesor tiene a su disposición una ingente cantidad de materiales que puede utilizar en sus clases. Y los aprendices también pueden acceder a ellos.

Pero ¿quién avala la veracidad de estos conocimientos y la calidad de esos contenidos? ¿los propios usuarios al utilizarlos? En un mundo ideal, sin intereses creados, eso podría ser posible. Pero el mundo real no es así. Y la gran duda que me surge es si en el mundo educativo podremos prescindir totalmente de los intermediarios (profesores y universidades).

Pensar que cualquiera puede formarse de forma autónoma a partir de la enorme cantidad de materiales educativos que existe en internet es una falsa ilusión. Reducir la formación universitaria a la visualización de vídeos en simplista. Hace falta capacidad crítica y criterio para seleccionar contenidos adecuados y fuentes fiables. Los vídeos sirven para aspectos concretos y si sabes lo que quieres y estás buscando. 

Esperemos que estos profesores autónomos no se conviertan en mercenarios y que se dediquen a enseñar sólo aquello más demandado, independientemente de su interés social y de su veracidad.

Las apps

El término app está íntimamente ligado al mundo de las plataformas. Cada vez es más habitual utilizar servicios gestionados íntegramente desde el teléfono inteligente del usuario.

Acabo de leer que la industria tecnológica no diseña productos, diseña usuarios. Y añade que “cuando el uso de un producto es socialmente mayoritario, su creador no se limita a diseñar usuarios: diseña también la propia sociedad”(6).

¡Cuánta razón! Y ¡qué peligroso! Un aprendiz, desde su dispositivo móvil, accedería a todo el contenido que necesite en cada momento disponible en la plataforma y que han puesto profesores autónomos (relacionado con la desintermediación que hemos comentados antes). Esperemos que estos profesores autónomos no se conviertan en mercenarios y que se dediquen a enseñar sólo aquello más demandado, independientemente de su interés social y de su veracidad. 

Parece que caminamos hacia la Ubersidad, que “no sería otra cosa que una marca comercial y una plataforma tecnológica que une oferta y demanda de formación y credenciales y que subcontrata a profesionales autónomos o empresas el resto de funciones”(7).

Esas credenciales podrían ser eslabones de una cadena de bloques (blockchain), sin necesidad de ninguna universidad que certifique nuestros estudios completos (microcerficaciones de distintas organizaciones). Nos hemos acostumbrado a pagar por el servicio y el consumo, no por el producto total. Ya no necesitamos comprar todo el disco completo (¡qué antiguo es lo de comprar el LP!).

En estos momentos, Spotify ofrece servicios por streaming y ha provocado un rápido cambio en el comportamiento del consumidor y el modelo de negocio: ya no compramos música, consumimos música. Puedes consumir música gratis, pero soportando publicidad e interrupciones. O pagar y disponer de música sin anuncios, a la carta, incluso cuando no tienes conexión.

Esta adaptación a los tiempos ha supuesto además el inicio del fin de la piratería, teniendo efectos beneficiosos al entender mejor el mundo digital, en el que la copia cuesta muy poco, moviéndonos desde la posesión hacia el uso y disfrute.

Parece interesante, pero me surge un nuevo interrogante al plantearme si en el mundo educativo una acumulación de materiales descontextualizados es la mejor opción para aprender. Y aunque parezca conveniente para ciertos momentos de nuestra formación (por ejemplo, formación continua), está claro que hay etapas formativas que son mucho más que la adquisición de conocimientos y habilidades.

Pensar que cualquiera puede formarse de forma autónoma a partir de la enorme cantidad de materiales educativos que existe en internet es una falsa ilusión.

La plataforma universidad

Como hemos podido ver, y se jactan los gurús en las charlas motivadoras, la empresa que más alojamientos ofrece (Airbnb) no tienen inmuebles propios, la que más desplazamientos personales opera (Uber) no tienen vehículos propios y la que más productos de todo tipo vende (Amazon) no produce nada, entre otros muchos ejemplos.

Siguiendo en esta línea, sería posible que la plataforma que más estudiantes atienda no tenga profesores, ni siquiera aulas, ni campus universitario. Algunos dirán que sí, que no tendrán aulas físicas, pero sí virtuales. Y puede que empiecen a aparecer campus universitarios en el metaverso. Pero el tema del metaverso demanda un exhaustivo análisis, así que lo dejo para otro momento.

Es indudable que las universidades deberán disponer de una plataforma integral de aprendizaje que aproveche al máximo todo el potencial que ofrece para una interacción ágil entre todos sus actores (profesores, estudiantes, recursos educativos…).

Pero restringir el papel que juegan las universidades en la sociedad y sus entornos a lo que pueda hacerse en una plataforma es tener una visión muy limitada (¡y errónea!) de lo que representan las universidades para un territorio.

Las universidades debemos ser conscientes de que se han incorporado nuevos equipos a la liga de la formación. Y de que la competencia ya no vendrá exclusivamente de la universidad vecina, ni tan siquiera de las universidades online y a distancia. Es posible que llegue de fuera del ámbito educativo, ya que en la era de la disrupción digital es muy fácil cruzar fronteras y que una empresa use su posición privilegiada en el mercado (usuarios, datos, herramientas y estrategia digital) para moverse a otra área de negocio.

Las universidades hemos tenido, tenemos y deberemos seguir teniendo un papel relevante en la sociedad, y más aún en la sociedad del aprendizaje. Pero para ello, manteniendo nuestra esencia, debemos hacer los deberes y atender a las demandas de los tiempos.

No podemos limitarnos a ser plataformas de aprendizaje, pero debemos relacionarnos e interactuar con nuestra comunidad aprovechando las enormes ventajas que estas proporcionan.

  1. https://www.universidadsi.es/las-tecnologias-en-la-educacion-caracteristicas-deseables-efectos-perversos
  2. https://www.universidadsi.es/tras-las-fake-news-llegaran-los-fake-knows-la-desinformacion-digital   
  3.  José Luis Verdegay, La Universidad no es una franquicia (https://www.universidadsi.es/la-universidad-no-es-una-franquicia)
  4. Yuval Noah Harari, Homo Deus. Breve história del mañana, Editorial Debate, 2016.
  5.  Delivery apps’ obsession with star ratings is ruining liveshttps://restofworld.org/2022/south-korea-star-ratings-trouble
  6. Clics contra la humanidad. Libertad y resistencia en la era de la distracción tecnológica, de James Williams
  7. Jordi Adell, Linda Castañeda y Francesc Esteve, “¿Hacia la Ubersidad? Conflictos y contradicciones de la universidad digital”. RIED. Revista Iberoamericana de Educación a Distancia (2018), 21(2), pp. 51-68. DOI: http://dx.doi.org/10.5944/ried.21.2.20669 

FARAÓN LLORENS LARGO Cátedra Santander-UA de Transformación Digital. Universidad de Alicante

Contacto Faraon.Llorens@ua.es

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