“A nivel social, creo que el impacto más transformador de la universidad para los jóvenes hoy es que sigue siendo uno de los pocos espacios donde se combinan tres cosas muy potentes: diversidad, pensamiento crítico y construcción de identidad. No es solo un lugar para formarte en una profesión, sino para entender tu rol como ciudadano, como parte de una generación y como alguien capaz de incidir en su entorno. Cuando ese proceso se vive de forma consciente, la universidad no solo cambia trayectorias individuales, sino que también forma jóvenes más críticos, empáticos y con mayor capacidad de agencia social.”, según Adelaida Marco Salas, pedagoga en el Departament d’Educació i Formació Professional de la Generalitat de Catalunya
Adelaida Marco Salas es pedagoga y actualmente ejerce como funcionaria en el Departament d’Educació en Barcelona, donde orienta su labor hacia la mejora del sistema educativo desde una perspectiva de inclusión, innovación pedagógica y optimización de recursos. Su trayectoria combina experiencia en gestión y liderazgo educativo —como directora de centros y coordinadora académica en EAE Business School— con una sólida formación en dirección de instituciones educativas. Su relevancia reside en una posición híbrida entre práctica institucional y reflexión pedagógica: no solo implementa políticas y dinámicas educativas, sino que contribuye al debate sobre el papel de la universidad y la formación en el siglo XXI, especialmente en relación con el desarrollo del talento joven, el liderazgo y la adaptación de los sistemas educativos a contextos de incertidumbre.
Como experta en juventud, ¿cómo ha impactado tu paso por la universidad en tu desarrollo personal, por ejemplo en términos de autoconocimiento y redes, y cuál crees que es su impacto social más transformador para los jóvenes de hoy?
Mi paso por la universidad fue uno de los espacios más determinantes en mi desarrollo personal, y no solo por lo académico. A nivel de autoconocimiento, fue la primera etapa en la que tuve que tomar decisiones constantes por mí misma: qué quería aprender de verdad, con qué temas conectaba, qué tipo de entornos me hacían bien y cuáles no. La universidad te pone frente a tus límites — académicos, emocionales, sociales — pero también frente a capacidades que muchas veces no sabías que tenías. En mi caso, fue donde entendí mejor mis intereses, mis valores y el tipo de impacto que quería tener en mi labor profesional.
Otro aspecto clave fueron las redes. No solo hablo de contactos profesionales, sino de vínculos humanos que amplían tu mirada. La universidad me expuso a personas con historias, ideas y realidades muy distintas a la mía, y eso es profundamente transformador. Aprendes a debatir, a escuchar, a cuestionar tus propias certezas. Con el tiempo, muchas de esas relaciones se convierten también en redes de apoyo, colaboración y oportunidades, pero lo más valioso es cómo moldean tu forma de ver a los demás y a la sociedad.
A nivel social, creo que el impacto más transformador de la universidad para los jóvenes hoy es que sigue siendo uno de los pocos espacios donde se combinan tres cosas muy potentes: diversidad, pensamiento crítico y construcción de identidad. No es solo un lugar para formarte en una profesión, sino para entender tu rol como ciudadano, como parte de una generación y como alguien capaz de incidir en su entorno. Cuando ese proceso se vive de forma consciente, la universidad no solo cambia trayectorias individuales, sino que también forma jóvenes más críticos, empáticos y con mayor capacidad de agencia social.
la universidad no solo cambia trayectorias individuales, sino que también forma jóvenes más críticos, empáticos y con mayor capacidad de agencia social
¿Por qué recomiendas la universidad a un joven frente a opciones como FP o bootcamps tecnológicos, considerando el alto desempleo juvenil y el valor pragmático de la empleabilidad?
En vista de la variedad de alternativas que hay para acceder a un empleo y formación hoy en día, creo que la universidad ya no es la única vía válida, pero sí considero que sigue siendo una opción muy valiosa dependiendo del momento vital y de lo que el joven esté buscando construir a medio y largo plazo.
Opciones como la FP o los bootcamps tecnológicos tienen un valor enorme en términos de inserción rápida al mercado laboral y de adquisición de habilidades técnicas muy concretas. Son caminos útiles para perfiles que tienen claro que quieren especializarse pronto y de forma práctica. El problema aparece cuando reducimos la decisión solo a la empleabilidad inmediata, porque el desarrollo profesional no es una carrera de 6 meses, sino de décadas.
Lo que la universidad aporta —y que a veces no se ve en el corto plazo— es una base más amplia: capacidad de análisis, pensamiento crítico, habilidades de comunicación, trabajo en equipo con diversidad de perfiles y comprensión de contextos complejos. Estas competencias no siempre se traducen en el primer empleo, pero sí marcan una gran diferencia a medida que avanzas, asumes más responsabilidad o cambias de sector. En un mercado laboral tan cambiante, aprender a aprender y a adaptarte es casi más importante que una herramienta concreta.
Además, desde mi experiencia trabajando con jóvenes, la universidad no solo impacta en la empleabilidad, sino en la maduración personal y social. Es un entorno donde se construye identidad, se amplían horizontes y se generan redes que no son solo laborales, sino también sociales y cívicas. Eso influye en cómo una persona se posiciona en el mundo, cómo toma decisiones y cómo participa en la sociedad.
El problema aparece cuando reducimos la decisión solo a la empleabilidad inmediata, porque el desarrollo profesional no es una carrera de 6 meses, sino de décadas
En España, donde el acceso a la educación superior se considera un derecho constitucional, ¿crees que las condiciones actuales de equidad son suficientes?
Aunque el acceso a la educación superior en España esté reconocido como un derecho, en la práctica la equidad no depende solo de poder matricularse, sino de tener las condiciones reales para permanecer y aprovechar esa experiencia. Y ahí todavía existen brechas importantes.
Desde mi experiencia, uno de los factores que más pesa no es solo el coste directo de la matrícula, sino todo lo que rodea a estudiar: vivienda, transporte, necesidad de trabajar mientras se estudia, o no contar con referentes familiares que hayan pasado por la universidad. Muchos jóvenes sí logran entrar, pero lo hacen en condiciones de mayor presión económica y emocional, lo que impacta en su rendimiento, su participación en actividades formativas complementarias e incluso en su bienestar.
También hay una brecha menos visible, que es la brecha informativa y cultural. No todos los jóvenes parten con el mismo conocimiento sobre cómo funciona la universidad, qué oportunidades existen, cómo acceder a becas, intercambios o prácticas. Eso influye mucho en el tipo de experiencia que cada uno termina viviendo.
Dicho esto, también es cierto que se han dado avances importantes en políticas de becas y ampliación del acceso. El reto ahora, desde mi punto de vista, no es solo que más jóvenes lleguen, sino que la universidad sea un espacio donde el origen social pese cada vez menos en las oportunidades reales que tienes dentro.
el reto ahora, […] es que la universidad sea un espacio donde el origen social pese cada vez menos en las oportunidades reales que tienes dentro
Más allá de las discriminaciones de acceso, ¿cómo debería ser una universidad verdaderamente equitativa para eliminar brechas socioeconómicas y culturales en el rendimiento?
Para mí, una universidad verdaderamente equitativa no es solo la que abre la puerta de entrada, sino la que compensa activamente las desigualdades de origen una vez que el estudiante ya está dentro.
Lo primero es entender que el rendimiento académico no depende únicamente del talento o el esfuerzo individual, sino también del contexto. Por eso, una universidad equitativa debería garantizar condiciones materiales básicas: sistemas de becas suficientes no solo para matrícula, sino para manutención, alojamiento y materiales, de forma que estudiar no implique necesariamente una sobrecarga laboral que termine afectando al desempeño o a la salud mental.
Pero la equidad también es cultural y simbólica. Muchos estudiantes de primera generación universitaria, migrantes o de entornos socioeconómicos más vulnerables no abandonan por falta de capacidad, sino porque sienten que no pertenecen. Aquí la universidad tiene un papel clave en crear entornos más inclusivos: programas de mentoría, acompañamiento académico, orientación clara sobre cómo funcionan las dinámicas universitarias y espacios donde pedir ayuda no se viva como un fracaso, sino como parte del proceso.
una universidad equitativa debería garantizar condiciones materiales básicas: sistemas de becas suficientes no solo para matrícula, sino para manutención, alojamiento y materiales, de forma que estudiar no implique necesariamente una sobrecarga laboral que termine afectando al desempeño o a la salud mental
Otro punto importante es revisar prácticas que, aunque parecen neutras, generan desigualdad. Por ejemplo, la expectativa de realizar prácticas no remuneradas, participar en actividades extracurriculares sin apoyo económico o asumir movilidad internacional como algo accesible para todos. Si esas experiencias marcan la diferencia en el currículum, pero no todos pueden permitírselas, la brecha se reproduce.
Finalmente, una universidad equitativa también trabaja el currículum y la cultura institucional: que haya diversidad de referentes, perspectivas y realidades en lo que se enseña, y que el pensamiento crítico incluya la reflexión sobre desigualdad, privilegios y oportunidades.

¿Están adaptados los espacios de aprendizaje universitarios a la Gen Z y Alpha, por ejemplo mediante prácticas docentes híbridas y flexibilidad curricular, o siguen anclados en modelos tradicionales?
Creo que estamos en un momento de transición. Las universidades han hecho avances claros en digitalización, metodologías híbridas y uso de tecnología, pero el modelo de fondo todavía arrastra bastantes lógicas tradicionales.
Las generaciones Z y Alpha han crecido en entornos digitales, con acceso constante a información, aprendizaje más autónomo y formatos más interactivos. Eso no significa que no puedan adaptarse a modelos clásicos, pero sí que tienden a conectar mejor con experiencias de aprendizaje donde hay participación, aplicación práctica, feedback frecuente y sentido de propósito. Cuando la docencia se basa exclusivamente en clases magistrales muy unidireccionales, la desconexión es más probable.
Desde mi experiencia, lo que mejor funciona no es simplemente grabar clases o usar plataformas online, sino un enfoque más profundo de flexibilidad y diseño pedagógico: combinar presencialidad con recursos digitales de forma intencional, ofrecer itinerarios más personalizables, integrar proyectos reales, trabajo interdisciplinar y evaluación continua más que momentos únicos de examen.
Dicho esto, también creo que a veces cargamos toda la responsabilidad en la institución y olvidamos que el aprendizaje universitario implica un nivel de autonomía que forma parte del proceso de maduración. La adaptación no debería significar simplificar, sino acompañar mejor: enseñar a gestionar el tiempo, la información y la frustración en un entorno académico exigente.
Así que más que un choque generacional, lo veo como una oportunidad. Las nuevas generaciones están empujando a la universidad a revisar prácticas que ya estaban quedando obsoletas, pero el cambio profundo, en cultura docente, evaluación y estructuras, todavía va más lento que la transformación social y tecnológica.
Las nuevas generaciones están empujando a la universidad a revisar prácticas que ya estaban quedando obsoletas, pero el cambio profundo, en cultura docente, evaluación y estructuras, todavía va más lento que la transformación social y tecnológica
¿Se sienten los estudiantes escuchados por sus profesores en las aulas? ¿Tienen sentido las quejas sobre apatía y falta de interacción activa, como señalan algunos docentes?
Muchos estudiantes sí sienten que no siempre son escuchados, sobre todo en entornos muy masificados o en asignaturas donde la interacción está poco integrada en la metodología. Cuando la comunicación es unidireccional y los espacios para preguntar, debatir o equivocarse son escasos, es fácil que el alumnado se coloque en un rol pasivo, más de “cumplir” que de participar. Eso no siempre es falta de interés, a veces es falta de espacios donde la participación tenga un impacto real.
Al mismo tiempo, entiendo que muchos docentes perciban apatía. Las nuevas generaciones gestionan la atención de forma distinta, están expuestas a una sobrecarga de estímulos y también a más presión emocional y académica fuera del aula. Eso puede traducirse en menos intervención espontánea o en formas de participación menos visibles, que no siempre encajan con el modelo tradicional de “el buen estudiante es el que habla mucho en clase”.
Desde mi experiencia, cuando se generan dinámicas donde la participación está estructurada (trabajo en pequeños grupos, debates guiados, proyectos aplicados, herramientas digitales para opinar de forma anónima), la respuesta del alumnado suele cambiar bastante. No es solo una cuestión de actitud individual, sino de diseño de la experiencia de aprendizaje.
Creo que más que hablar de apatía, hablaría de una necesidad de reajuste mutuo: estudiantes que necesitan sentirse más reconocidos como sujetos activos del aprendizaje, y docentes que necesitan apoyo institucional, formación pedagógica y condiciones (menos masificación, más tiempo) para poder trabajar de forma más interactiva.
Cuando la comunicación es unidireccional y los espacios para preguntar, debatir o equivocarse son escasos, es fácil que el alumnado se coloque en un rol pasivo, más de “cumplir” que de participar. Eso no siempre es falta de interés, a veces es falta de espacios donde la participación tenga un impacto real
¿Son las universidades españolas espacios seguros e inclusivos para todos los perfiles juveniles, incluyendo accesibilidad física y apoyo emocional, o hay barreras pendientes como en infraestructuras o discriminación?
Creo que las universidades españolas han avanzado en reconocerse como espacios que deben ser seguros e inclusivos, pero todavía estamos en un proceso, no en un punto de llegada.
En términos de discurso y normativas, hay mayor sensibilidad hacia la diversidad, protocolos frente al acoso, servicios de atención psicológica y unidades de apoyo a estudiantes con discapacidad o necesidades específicas. Eso es un paso importante, porque hace unos años, muchos de estos temas ni siquiera estaban sobre la mesa de forma clara.
Sin embargo, cuando bajamos a la experiencia cotidiana, siguen existiendo barreras. En accesibilidad física, por ejemplo, no todos los campus o edificios antiguos están plenamente adaptados, y eso condiciona la autonomía de algunos estudiantes. A nivel emocional, los servicios de apoyo psicológico suelen estar saturados, justo en una etapa vital donde aumentan la ansiedad, la presión académica y la incertidumbre sobre el futuro.
la clave está en pasar de un enfoque reactivo a uno más preventivo y estructural: no solo tener protocolos cuando hay un problema, sino diseñar entornos, normas y culturas universitarias que partan de la diversidad como algo central, no periférico
También persisten barreras más sutiles: comentarios discriminatorios normalizados, falta de referentes diversos en el profesorado o en los contenidos, o entornos donde algunos perfiles —por origen social, cultural, orientación, identidad o discapacidad— siguen sintiendo que tienen que hacer un esfuerzo extra para encajar. No siempre se trata de discriminaciones abiertas, sino de microdinámicas que afectan al sentido de pertenencia.
Desde mi experiencia, la clave está en pasar de un enfoque reactivo a uno más preventivo y estructural: no solo tener protocolos cuando hay un problema, sino diseñar entornos, normas y culturas universitarias que partan de la diversidad como algo central, no periférico.

¿Cómo afecta la polarización política actual, con eventos de extrema derecha como los de Vito Quiles, a la perfección académica de los jóvenes y a su libertad de expresión en campus?
La polarización política actual tiene un impacto tangible en la vida universitaria, aunque no siempre de manera evidente en los resultados académicos. Lo que sí afecta de forma clara es el clima de confianza y libertad de expresión dentro de los campus. Muchos jóvenes sienten que deben autocensurarse, evitar ciertos debates o limitar su participación para no generar conflictos, lo que puede restar riqueza al aprendizaje crítico y a la formación de pensamiento propio.
Eventos extremos, como los que mencionas en la pregunta, funcionan como recordatorios de que ciertos discursos generan tensión, miedo o exclusión. Esto puede incrementar la ansiedad y distraer de la concentración en los estudios, además de limitar la posibilidad de debatir ideas de forma abierta y respetuosa. La perfección académica, entendida como rendimiento máximo o total dedicación, se ve afectada indirectamente: un entorno polarizado desgasta, genera estrés y condiciona la manera en que los estudiantes se relacionan entre sí.
Desde mi experiencia, la universidad debería ser un espacio seguro para cuestionar, disentir y aprender de la diversidad de perspectivas, con reglas claras contra la violencia y la discriminación, pero también fomentando la escucha activa y el debate informado. Cuando eso falla, los jóvenes no solo pierden oportunidades de aprendizaje, sino que su libertad de expresión se limita a lo “permitido” por el contexto social más amplio, lo que termina afectando su formación integral como ciudadanos críticos y responsables.
Muchos jóvenes sienten que deben autocensurarse, evitar ciertos debates o limitar su participación para no generar conflictos
¿Están las universidades públicas ofreciendo los servicios demandados para el éxito educativo de los estudiantes tal y como se entiende en el siglo XXI?
Considero que las universidades públicas están haciendo esfuerzos importantes para adaptarse a las demandas del siglo XXI, pero todavía hay brechas entre lo que ofrecen y lo que los estudiantes necesitan para tener éxito integral.
Por un lado, han incorporado recursos tecnológicos, bibliotecas digitales, programas de orientación, tutorías y servicios de apoyo psicológico que antes eran escasos o inexistentes. También hay iniciativas de internacionalización, movilidad, prácticas y vinculación con empresas que buscan acercar la formación académica a la realidad profesional.
El éxito educativo en el siglo XXI no es solo aprobar las asignaturas; implica desarrollo de competencias digitales, pensamiento crítico, habilidades socioemocionales, redes de apoyo, flexibilidad curricular y acompañamiento constante
Sin embargo, en muchos casos estos servicios no llegan a todos los estudiantes de manera efectiva, ya sea por saturación de recursos, falta de visibilidad o dificultades de acceso. El éxito educativo en el siglo XXI no es solo aprobar las asignaturas; implica desarrollo de competencias digitales, pensamiento crítico, habilidades socioemocionales, redes de apoyo, flexibilidad curricular y acompañamiento constante. Y ahí todavía hay margen de mejora: muchos jóvenes carecen de orientación para gestionar su trayectoria, apoyo en salud mental o herramientas para combinar estudio, empleo y vida personal.
Desde mi experiencia, el reto no es solo ampliar servicios, sino integrarlos de manera coherente, haciendo que cada estudiante pueda aprovecharlos según sus necesidades. Una universidad pública que realmente prepare a sus alumnos, no solo ofrece información o recursos, sino que los acompaña para que puedan aplicarlos, desarrollarse y adaptarse a contextos cambiantes.






