En este sentido, la deuda que la ciencia tiene con la ciudadanía es inmensa, debido a la contribución que la ciudadanía ha hecho en su desarrollo, y es urgente que lo reconozcamos. Decía Michel Serres que la ciencia es el único proyecto decente que le queda a Occidente. Quizás Serres solo valora una de las vías en las que se produce el conocimiento; quizás estaba exagerando el papel de Occidente, siempre visto como algo que pertenece a los ricos, a los listos y a los blancos; o quizás, escandalizado por Hiroshima y emocionado por Médicos sin Fronteras, quería ser optimista.
Este artículo se corresponde con un fragamento del libro de Antonio Lafuente «Ciencia en común» Ned ediciones 2026
Amateurs, activistas y hackers en ciencia
Hoy en día, abunda la literatura que nos explica lo mucho que la gente le debe a la ciencia. Y es verdad que, miremos donde miremos, toda nuestra vida está repleta de artefactos, palabras o prácticas nacidas en un laboratorio. No es menos cierto, sin embargo, que la ecuación podríamos haberla escrito en sentido inverso y preguntarnos también por lo mucho que los científicos le deben a la gente. ¿Tiene la ciencia una deuda con la ciudadanía? ¿Necesitamos también un momento para conjugar la relación ciencia-sociedad en una dirección menos obvia?
En este sentido, lo primero que hay que contar es que siempre ha habido mucha gente interesada en el conocimiento. La mayor a se siente atraída por lo distinto, lo extraordinario y lo maravilloso. Toda esa gente sigue siendo el gigantesco soporte que sostiene los miles de museos, jardines y espacios naturales esparcidos por todos los rincones del planeta. Son los espectadores que acuden en masa a las Exposiciones Universales, leen National Geographic o son fanáticos de la ciencia ficción, la cadena Discovery o las conferencias TED.
En efecto, estamos hablando de un mercado que no ha dejado de crecer y que ofrece una suculenta oferta de productos que compiten en la llamada economía de la atención. En China ya se ha dado un paso más en esta dirección y se habla de la ciencia como si fuese una industria estratégica que debe ser protegida, incentivada y regulada. De esta manera, hemos transitado desde considerar la llamada vulgarización de la ciencia como una tarea cuyo objetivo era dotar al humanismo de una componente científica, a un nuevo modelo que la trata como un sector de la economía nacional, como se hace con el deporte, las fiestas populares o la producción de contenidos en las redes sociales, y que mira a los usuarios como clientes.
Los orígenes de esta manera de relacionarse con la ciencia son relativamente modernos y datan del siglo XVIII, cuando proliferaron los lectores de libros de viaje y los interesados por la literatura que combatía las supersticiones. Muchos de ellos eran seguidores de Feijoo y Buffon que se habían sentido atraídos por los ascensos en globo y las sesiones de experimentos públicos hechos con la luz, el vacío o la electricidad. Todos ellos fueron los primeros devotos de ese nuevo actor histórico que son los hechos: cosas probadas que pueden sobrevivir al margen de quien las crea, del lugar donde se producen y de los testigos que las certifican. Los espectadores, sin saberlo, fueron convertidos en testigos cuyo testimonio alumbra el nuevo mundo de los estados liberales.
“…los amateurs fueron el eslabón perdido que ayuda a entender cómo un puñado de filósofos experimentales censurados lograron en 100 años convencernos de la importancia de los hechos, la necesidad de la crítica y la urgencia del futuro. Cuesta admitirlo, porque, si fueron tan importantes, deberíamos saber más sobre su agencia. Pero los amateurs, como las mujeres, son parte del largo séquito de perdedores de la historia: son actores imprescindibles, pero invisibilizados. Todavía necesitaremos décadas para encontrarlos en los archivos, reconocer su mérito y pagar nuestra deuda.”
Y es que la conversión de los espectadores en testigos no es un asunto menor. Lograrlo implica muchas cosas a cuya inteligencia se ha dedicado un libro ejemplar y del que nunca se podrá exagerar su importancia. Shapin y Schaffer explicaron varias décadas atrás que la citada metamorfosis requirió encontrar nuevos espacios que atrajeran la presencia de curiosos, lenguajes cercanos con los que poder identificarse y que no espantaran a los asistentes, retóricas ocurrentes que fomentaran en el espectador la ilusión de que su punto de vista importaba, así como ambientes que convencieran a los asistentes de que eran la pieza clave de todo cuanto allí pudiera ocurrir.
En definitiva, todo consistía en crear un nuevo tipo de público echando mano de las prácticas exitosas del teatro y la magia. Como puede apreciarse, los científicos de antaño operaban como mediadores, gente de modesta apariencia y pretensiones ilimitadas que se limitaba supuestamente a facilitar un espectáculo jovial.
En efecto, los amateurs, tanto los científicos que ofrecían el espectáculo como el público que asistía a presenciarlo fueron el eslabón perdido que ayuda a entender cómo un puñado de filósofos experimentales censurados lograron en 100 años convencernos de la importancia de los hechos, la necesidad de la crítica y la urgencia del futuro. Cuesta admitirlo, porque, si fueron tan importantes, deberíamos saber más sobre su agencia. Pero los amateurs, como las mujeres, son parte del largo séquito de perdedores de la historia: son actores imprescindibles, pero invisibilizados. Todavía necesitaremos décadas para encontrarlos en los archivos, reconocer su mérito y pagar nuestra deuda.
Los consumidores, por otro lado, crean un mercado, pero también un mundo plagado a la vez de expectativas, deseos y pesadillas. Por ejemplo, el Dr. Frankenstein representa la primera vez que el mundo de la novela se asombra y nos advierte del inmenso poder acumulado por los científicos y de cómo podrían usar sus conocimientos para diseñar experimentos fatales para la sociedad. Gentes movidas por pasiones secretas, ambiciones desmedidas o crueles distopías que deberían estar bajo vigilancia. A finales del siglo XIX, para neutralizar este peligro, aparecieron los beatos, es decir, los activistas: personas decididas a combatir los excesos de la ciencia y a denunciar sus abusos. Además, reclamaban la protección de algunos espacios naturales que ellos percibían como sagrados, a la vez modelo de belleza, económico y de convivialidad y de los que había mucho que aprender.
Por entonces, la ciencia ayudaba a entender que esos equilibrios que sostenían el entorno eran precarios y debían ser cuidados. En consecuencia, no es de extrañar que esos fueran los a os de emergencia del feminismo, el ambientalismo o el obrerismo. Los activistas habían llegado para quedarse y hoy les seguimos debiendo que nos enseñaran a ver el mundo de una manera menos desigual, descarnada e ignorante. Ellos nos invitaron a hacernos otras preguntas y nos forzaron a encontrar distintas respuestas. No solo fueron agentes políticos discutidos y decisivos, sino que también fueron agentes cognitivos capaces de crear preguntas, modos de organización y formas de comunicación tan novedosas como eficientes.
Sin embargo, el activismo científico adquirió toda su fuerza tras la destrucción de Hiroshima y Nagasaki. Algunos científicos se movilizaron para impedir los bombardeos y muchos denunciaron posteriormente la complicidad de la ciencia con el poder, la destrucción y la muerte. Para muchos físicos fue difícil seguir siendo cómplices de la promesa ilustrada de que la ciencia iba a traernos un mundo mejor. Y es que había quedado patente que esta tenía un doble rostro: podía cobijar lo peor y lo mejor del ser humano. Fue por este motivo que los movimientos antinucleares precedieron a otras muchas movilizaciones convergentes en la idea de que otro mundo era posible, y fueron contrarias a la manipulación genética, la experimentación animal o la destrucción del medioambiente, por no citar las más recientes luchas por el clima, la energía o la privacidad.
Por el camino quedaron miles de pequeñas luchas en defensa de nuestras aguas, nuestras plazas o nuestras hortalizas, amenazadas por vertidos tóxicos, especulaciones inmobiliarias y agresiones a la biodiversidad. Pronto no quedará bosque, semilla, barrio, tribu, especie o enfermedad que no cuente con un colectivo dispuesto a movilizarse para hacernos entender que necesitamos cambiar de actitud, de política y de modo de vida.

El ejemplo de Rachel Carson
No cabe duda de que la salud ha sido un campo particularmente fértil en movilizaciones y luchas sociales que han logrado ampliar el horizonte de nuestros derechos. Muestra de ello es el libro Silent Spring, escrito en 1962 por Rachel Carson, donde la autora nos cuenta cómo se desvaneció la esperanza de una revolución verde basada en el uso del dicloro difenil tricloroetano (DDT). Lo que impresiona de este caso es la violencia con la que reaccionaron las corporaciones implicadas y los silencios cómplices de los gobiernos y de gran parte de la comunidad académica. La química, sin duda, siempre ha cargado con la mayor responsabilidad cuando hablamos de saberes en el ojo del huracán y prácticas tecnocientíficas contrarias al bien común.
Otra publicación impactante fue el libro Our Stolen Future, escrito por Theo Colborn y prologado por el vicepresidente Al Gore, que denunciaba el impacto del uso masivo de sustancias químicas, como el bisfenol, sobre nuestro sistema endocrino y confirmaba que los discursos buenistas y las meras declaraciones de principios no serían suficientes para cambiar el rumbo de las cosas. Los portavoces del lobby que agrupaba a las grandes corporaciones químicas calificaron los trabajos de Colborn de junk science (ciencia basura) e hicieron todo lo posible por arruinar su reputación científica.
Seríamos muy injustos, sin embargo, si no mencionáramos las muchas dudas que siempre suscitó el despliegue de la industria nuclear. Décadas después de las crisis del DDT o del bisfenol, parece que aún no hemos aprendido nada y el desastre de Fukushima lo confirmó por sus malas praxis: decretar el silencio de los datos y escamotear el derecho a saber. Fueron los hackers de Tokio y sus aliados norteamericanos quienes pusieron a disposición de la ciudadanía contadores Geiger de bajo coste que, tras medir la radiactividad, mostraron otras cartografías que probaban la gravedad de la situación.
Después de la pandemia de COVID-19, sería injusto continuar este ensayo sin mencionar el SIDA. Esta epidemia de alcance global activó todos los prejuicios que anidan en la creencia de que ser diferente es una amenaza. Lo que comenzó siendo un diagnóstico que operaba como una sentencia de muerte, acabó siendo el germen de una movilización que alteró para siempre las relaciones médico-enfermo y forzó políticas de inversión en ciencia que de otro modo nunca habríamos tenido. Todos, sin excepción, tenemos una deuda con los enfermos del SIDA, que algún día habrá que reconocer sin paliativos.
Y es que su contribución a la investigación fue decisiva y deber a llenarnos de orgullo, de la misma manera que hoy recordamos a los mártires de Chicago de 1886, la Declaración de Seneca Falls de 1848 o el gesto de Rosa Parks el 1 de diciembre de 1955. Así como reconocemos las movilizaciones en favor de la jornada de ocho horas, el voto de la mujer o el derecho a un espacio público no racializado, también necesitamos un día que nos ayude a reflexionar sobre el papel que los ciudadanos han tenido en la modificación de la relación entre expertos y legos. Y ese día llegará, no solo porque es un asunto de justicia, sino también porque nuestro mundo tiene urgencia en construir respuestas que involucren a la ciudadanía o, en otras palabras, que incluyan los saberes especializados y los experienciales, los que nacen en el laboratorio y los que se asientan en la experiencia.
Mencionar el VIH como un monumento civilizatorio es extraño y, a la vez, hermoso. Pero hay más ejemplos. Los casos de Love Canal, Erin Brockovich o el llamado Síndrome de la Guerra del Golfo, por solo citar tres, nos recuerdan las muchas veces que los afectados por vertidos tóxicos han tenido que movilizarse para que se les haga justicia. Nos enseñan también que las grandes corporaciones, como hicieron en el caso del tabaco y hacen ahora con la emergencia climática o el espionaje generalizado, tratarán por todos los medios de sembrar confusión, retrasar las medidas regulatorias y confundir a la opinión pública.
Quienes han estudiado estos procesos hablan de producción de incertidumbre, una práctica que consiste en financiar investigaciones cuya finalidad es trasladar hasta los jueces y la opinión pública la idea de que los activistas se precipitan, concluyen sin evidencias definitivas y que, de hacerles caso, condenaría al país a la desindustrialización y la decadencia. En el mejor de los casos acusan a los concernidos de ingenuos, bienintencionados y entusiastas, pero con frecuencia les llaman pijos, ilusos o subversivos. La idea es expulsarlos del espacio público y tratarlos como enemigos.
«Los activistas habían llegado para quedarse y hoy les seguimos debiendo que
nos enseñaran a ver el mundo de una manera menos desigual, descarnada e ignorante. Ellos nos invitaron a hacernos otras preguntas y nos forzaron a encontrar distintas respuestas. No solo fueron agentes políticos discutidos y decisivos, sino que también fueron agentes cognitivos capaces de crear preguntas, modos de organización y formas de comunicación tan novedosas como eficientes.”
En este sentido, Isabelle Stengers nos ha enseñado a ver cómo la ciencia que se desarrolló en el siglo XIX fue una ciencia secuestrada por la epistemología. Una ciencia asociada a la idea de progreso y obligada por las industrias químicas a diseñar protocolos que permitieran la producción masiva, la estandarización de los procesos, la purificación de los ingredientes y, en definitiva, la movilización de la ciencia y la aceleración del conocimiento, algo que alejaba a los científicos de sus anteriores prácticas artesanales y a sus instituciones de su parte más mundana.
Esto demuestra que hay mucha gente que está en el mundo de la ciencia por amor o, con otras palabras, por solidaridad, altruismo y compromiso. Personas que tratan de estar informadas y que no se mueven por dinero, hacer carrera o alcanzar la fama. Por supuesto que no hablamos de una concepción romántica, personal e íntima del amor, sino que nos referimos a esa potencia que nos mueve hacia lo colectivo, lo compartido y lo justo.
Por ejemplo, cuando Platón convocó a sus contertulios habituales a un encuentro sobre el amor, Sócrates pidió ser sustituido en esa charla por Diotima, su maestra en el amor. Y acertó, pues seguimos fascinados por su manera de contarlo. Explicó Diotima, la única mujer en aquellos coloquios platónicos, que el amor era un encuentro de diferentes para producir nuevas diferencias. Spinoza, impactado por tanta lucidez, acabó definiendo el amor como un evento ontológico, un proceso capaz de producir nuevas subjetividades o, dicho con palabras menos severas, una potencia capaz de cambiar la forma en la que nos relacionamos y de darle una oportunidad a la idea de que las cosas puedan ser de otro modo. El amor es capaz de abrir los posibles y por esta razón es imprescindible. No es baladí que, como dice Negri, el desdén de la izquierda por el amor sea la causa del desplome de su popularidad.
Un texto introductorio no aspira a cerrar ningún asunto. Le basta con imaginar que ha logrado abrir una conversación. Hay muchos más casos que podríamos haber mencionado. Ojalá ustedes confíen en mí, y acepten que sobran las razones para probar la existencia de fuertes vínculos entre ciencia y sociedad.
En este sentido, la deuda que la ciencia tiene con la ciudadanía es inmensa, debido a la contribución que la ciudadanía ha hecho en su desarrollo, y es urgente que lo reconozcamos. Decía Michel Serres que la ciencia es el único proyecto decente que le queda a Occidente. Quizás Serres solo valora una de las vías en las que se produce el conocimiento; quizás estaba exagerando el papel de Occidente, siempre visto como algo que pertenece a los ricos, a los listos y a los blancos; o quizás, escandalizado por Hiroshima y emocionado por Médicos sin Fronteras, quería ser optimista. Tal vez no prestara atención suficiente a la emergencia de esta Segunda Ilustración que propicia a un Nuevo Pacto Social por la Ciencia y que acercará a científicos y ciudadanos, todos ellos cautelosos ante el poder de las corporaciones y vigilantes de los excesos del poder público.
El Nuevo Pacto no consistiría en obtener apoyo público a cambio de conocimientos basados en evidencias, sino de una voluntad de diseñar en común el mundo por venir. Quienes han sido invitados a pensar los modos de transferir conocimientos desde la academia a su entorno, tanto si es empresarial como si su identidad es más ciudadana o pública, tienen todo el derecho a imaginar que la noción de transferencia de conocimiento puede ser reemplazada por la de coproducción.
En consecuencia, este libro quiere aportar argumentos suficientes como para que la idea de que el mundo debe ser coproducido deje de parecer disparatada y pueda convertirse en una realidad. Y para ello se ha estructurado en torno a cuatro temas fundamentales: la ciencia amateur (tratada en el capítulo 1), la ciencia militante (capítulo 2), la ciencia informal (capítulo 3) y la ciencia colateral (capítulo 4). Cada una de ellas quiere hacer visible la importancia de distintos actores en ciencia que han sido excluidos del relato histórico de la ciencia con el objetivo de recuperar la dignidad de la que se les ha privado.
Modos alternativos de estar en ciencia
Como el lector ver a continuación, el primer capítulo quiere explorar la deuda que la ciencia tiene con los amateurs, porque ellos comenzaron a desplazar el centro de gravedad del relato desde la condición de espectadores a la de testigos y, por lo tanto, se les asigna un rol productivo, pues sin su presencia sería muy difícil explicar el rápido despliegue de la ciencia como una cultura capaz de penetrar los imaginarios más diversos: desde el mundo rural al industrial y desde los salones a los cuarteles, sin olvidar la rápida expansión por nuestras urbes de hospitales, jardines o museos.
Sin embargo, este libro no se limita a mirarlos como cómplices de la modernidad, pues conforme avanza el tiempo, los vamos a reencontrar como productores de conocimiento, aunque siempre bajo el suspicaz rótulo de productores de contenidos. No es poco, pues lo comparten con periodistas, cómicos y, en general, con muchas de las personas etiquetadas como creativas.
El segundo capítulo está destinado a narrar algunos desencuentros entre expertos y ciudadanos que nos muestran que no siempre fue fácil la relación ciencia-sociedad. Nunca hemos intentado ser exhaustivos, ni abrumar al lector con una casuística incuestionable. Las últimas décadas del siglo XX y primeras del XXI están repletas de situaciones que dejan claro que los académicos no siempre tomaron partido por el bien común y que son muchos los casos en los que se inclinaron a favor de las corporaciones industriales.
A veces, lo hicieron de uno modo tan descarado, ordinario y orgánico que no faltan autores que nos hablan de la emergencia de una naturaleza neoliberal o, dicho con otras palabras, una ciencia que solo considera abordable lo que pueda ser aprovechado por las grandes corporaciones o no ponga en riesgo sus líneas de negocios. A través de sus páginas se quiere poner en valor la contribución de criollos, proletarios, campesinos o feministas al desarrollo de una ciencia más atenta a lo local y más comprometida con los derechos humanos, y el capítulo resume algunos episodios que nos han enseñado a ver lo importante que ha sido la resistencia que desde la ciudadanía se ha planteado al despliegue de ciertos modos de hacer ciencia y que han logrado abrir una conversación necesaria sobre los límites de la investigación científica y sobre los peligros que pueden surgir cuando el vínculo entre la academia y la industria no es transparente.
“El libro no es un manifiesto en contra de nada, sino un texto siempre proclive a
recomendar el encuentro entre los que saben (los expertos) y los que no saben (los legos). El libro ofrece argumentos para sostener que hay asuntos en los que este encuentro, siempre postergado, se hace tan necesario como prometedor. Nunca se desprecia el saber experto. Al contrario, se aboga por la apertura de procesos donde los saberes experimentales y experienciales puedan trabajar en un entorno abierto, afectivo y experimental.
Las líneas que dedicamos en el tercer capítulo a la llamada ciencia informal quieren poner en valor muchas formas de producir conocimiento que se han realizado extramuros de la academia. El ejemplo más destacado son los hackers que, justo es decirlo, no deben ser confundidos con los crackers, pues mientras los primeros han combatido la deriva de las instituciones científicas hacia la privatización del conocimiento, los segundos solo son delincuentes que vulneran las leyes de la propiedad intelectual para enriquecerse.
En realidad, usamos la expresión hackear algo siempre que logramos imaginar otro modo de usar las tecnologías distinto al imaginado por sus diseñadores y, en consecuencia, no es un asunto de ingenieros, sino también de las amas de casa, las personas discapacitadas o las amigas del cacharreo y las prácticas makers. En el capítulo también hemos descrito prácticas procedentes de los mundos de lo empresarial, lo rural o lo urbano, puesto que todas ellas tienen en común que hicieron cosas que parecían imposibles y fueron exitosas, ya sea por ensanchar el espacio público, ya sea por producir beneficios económicos de forma inesperada.
En el cuarto capítulo, en el que hablo de ciencia colateral, he agrupado numerosas experiencias que han utilizado como fuente de conocimiento el material más abundante y despreciado del mundo: la basura o, dicho con otras palabras, todo eso que nuestras instituciones consideran sin valor y debe ser desdeñado. Nos referimos a lo experiencial, lo local, lo tácito o lo situado. A un conocimiento, en suma, que nunca encontraremos en un libro por no poder ser codificado y que solo está en los cuerpos. De este modo, he narrado procesos de producción de conocimiento gestionados por gente sin títulos y sin crédito, es decir, sin credibilidad. También hemos dado la palabra a gentes acostumbradas a ser calladas y que tenían mucho que decir, como lo certifica la abundante literatura científica que ha estudiado esos casos y corroborado su buen hacer.
Como se podrá intuir, este libro pretende tratar cosas muy serias y en todos los casos he querido hacerlo con el mayor respeto a todas las personas que intervienen en cada uno de ellos. El libro no es un manifiesto en contra de nada, sino un texto siempre proclive a recomendar el encuentro entre los que saben (los expertos) y los que no saben (los legos). El libro ofrece argumentos para sostener que hay asuntos en los que este encuentro, siempre postergado, se hace tan necesario como prometedor. Nunca se desprecia el saber experto. Al contrario, se aboga por la apertura de procesos donde los saberes experimentales y experienciales puedan trabajar en un entorno abierto, afectivo y experimental.






