La polarización ya es ubicua. La atmósfera irrespirable que habitan las instituciones políticas continúa expandiéndose por todo el tejido social como si fuera inevitable. No se trata de un fenómeno que sólo afecta a políticos y periodistas, sino que ya está por todas partes. En los últimos meses he viajado varias veces a Brasil, México o Colombia y comprobado que tampoco la Universidad sabe cómo gestionar ese ambiente tóxico. Y no deja de sorprender que allí donde proliferan los expertos en la materia (representantes públicos, académicos reconocidos y articulistas reputados) también sea donde es más virulento el desencuentro. Tendría que ser al contrario, pues de algo debiera servirles saber tanto de conflictos.
ANTONIO LAFUENTE
La polarización es la forma que adopta la nueva exuberancia patriarcal. Nada es más simplificador, ni violento que reducir todos los problemas a dos opciones separadas por un abismo que las hace irreconciliables. Los espectadores de este teatrillo solo tienen dos opciones y son empujados a elegir cuál es mejor. Cuando la cosa es seria, se rompen familias, amistades e instituciones por un debate que se nos impone como si fuera urgente.
Cada nuevo episodio funciona como una escuela donde los participantes aprenden a odiar y practican las artes del desprecio, el desdén y el descuido. Dentro de cada grupo enfrentado destacan quienes exhiben opiniones más insultantes, vejatorias o descalificadoras. Es un espectáculo horrible el que está montando tanto (i)responsable público. Lo más inquietante para quienes asistimos hastiados a esta exhibición de malos modales es que ambos bandos creen tener razón y que sólo se comportan así porque no pueden permitir que los otros se salgan con la suya. Lo dicho, nos quieren imponer este espectáculo de voces, hoces y coces como inevitable.
Nos toca a los espectadores salir a escena. Nos corresponde asumir un gesto radical, lo que es tanto como nunca conformarnos con la frontera artificial que separa las dos opciones enfrentadas. Siempre podemos huir de cualquiera de los extremos a los que se nos invita y arañar el dique que los separa para tratar de hacerlo poroso, para mostrar que esos mundos sólo están exagerando y que comparten muchas más cosas de las que aparentemente reconocen.
La intención no es defender formatos centrados, neutrales o consensuados, sino mostrar que el teatro al que se nos invita o se nos impone es tramposo. Ser radicales es negar que el mundo pueda escindirse en dicotomías, dialécticas o binariedades a la carta. No es más radical quien grita más fuerte, juzga más rápido o es más desvergonzado en sus afirmaciones, sino quien más eficazmente disuelve los muchos intentos de construir todo el tiempo nuevas dualidades que nos enfrentan.
Tenemos que ser radicales para resistir la polarización. Hay que dar pruebas de que somos capaces de encontrar inteligencia en nuestros adversarios. Hay que esforzarse mucho para no dejarse arrastrar por la corriente de fracasos, corruptelas e incompetencias que nos traen los otros, los malos y los estúpidos. Ser radical es negarse a contribuir a este espectáculo mediocre, redundante y anticuado. No tiene nada de innovador, moderno o ejemplar. Solo es ruido y mucho maquillaje. Si nos acercamos a la frontera, las llamadas líneas rojas, descubrimos que son de humo.
No tienen consistencia: son vaporwere. Deshacerlas es muy fácil en la escala local, donde cada quien conoce su mundo, su oficina, su trabajo, su barrio o su escalera, y sabe que no somos tan distintos, ni distantes. Que los miedos que arrastramos, los monstruos que nos agitan y los deseos que nos mueven se parecen y hasta compartimos. En la escala de lo abstracto, lo global o lo genérico nos cuesta más entender el juego porque ese coro de portavoces, murmuradores y deslenguados cuentan con multitud de cajas de resonancia que les hacen eco a fuerza de talón.
Aquí todo el mundo tiene razón o, al menos, eso es lo que al parecer cada día escuchan los interesados de sus propios correligionarios. Es verdad que cada vez nos interesan menos las cosas que escuchamos en los medios. Y eso es muy preocupante. Denotaría que se estaría perdiendo la confianza en eso que llamamos espacio público. Creo que compartiremos la inquietud de que con la polarización, las gentes tranquilas, honestas y progresistas tenemos todas las de perder. El mundo se ha convertido en un juguete en manos de trolls. Es ridículo reconocerlo, pero también es difícil rebatirlo. ¿Qué podemos hacer?

La Universidad trilce
Me focalizaré en la Universidad. La mayoría de los equipos rectorales siguen la consigna de mirar para otro lado, pues quienes conocen el mundo de los agitadores en las redes sociales siempre recomiendan actuar como si no existieran. Lo único que de verdad ayuda, nos dicen, es no hacerles caso, tratarlos como quien oye llover. Y lo que vale para un troleo o un acaloramiento puntual y explosivo, es discutible que nos sirva para gestionar la atmósfera creciente de descalificaciones, embestidas y cancelaciones que se percibe.
El problema, ciertamente, no es coyuntural, ni pasajero. Irá a más y en algún momento habrá que actuar. No podemos combatir los atrevimientos anti woke asumiendo parte de sus postulados, sino mediante acciones que traten de profundizar la vida democrática en el campus. Y eso implica reformas profundas y siempre postergadas. Emprenderlas, será tan recomendable como necesario. Y nunca saldrá gratis.
Quienes se atreven a caminar la senda de los cambios estructurales enfrentan tres problemas delicados: uno, consumen mucho tiempo; dos, incitan a mucha confrontación; y, tres, movilizan todos los recursos. Y, en fin, cuando se inicia ese recorrido de lo estructural, lo orgánico o lo constitucional, ya no hay vuelta atrás. Y el asunto es que cada vez queda menos tiempo, ocupa más activos y cronifica los conflictos. Creo que sería muy optimista y poco generoso seguir adelante sin abrir una conversación sobre cuáles serán las consecuencias de reformas condenadas a ser tan ambiciosas como discutidas.
Creo que llegó la hora de aceptar que no se trata de saber quién tiene o no tiene razón, ni cuál es la legitimidad de este tipo de procesos, una vez iniciados. El asunto es cómo gestionar la dinámica de bloques enfrentados y empezar a sumar fragmentos que no quieren asimilarse con los segmentos más feroces, ruidosos y doctrinarios. La reformas de calado necesitan con urgencia mostrar que promueven un proceso abierto, adaptativo y hospitalario. Para lograrlo contamos con varias herramientas: la primera es el tempo; la segunda, la escucha y la tercera, la experimentación.
Podemos modificar los plazos, enlentecer las decisiones, prolongar las conversaciones, retrasar las decisiones y evitar las votaciones. Siempre se puede dejar de ahondar la senda que produce descontentos, frustración y enojo. Podemos dar señales de vulnerabilidad, paciencia y equilibrio. Podemos renunciar a la idea de querer tener razón. Podemos ser frágiles. Podemos aceptar las transacciones, las concesiones y las reparaciones. Sabemos que no será fácil, pero es necesario. Necesitamos un nuevo pacto social por la ciencia.
Mostrarnos vulnerables abre los espacios a la escucha. Podemos aceptar que sólo queremos una Universidad donde todos nos sintamos reconocidos. Podemos diseñar una estrategia que imagine una transición por etapas que, como primer objetivo, se plantea lograr la pacificación del campus, la reparación de heridas y el equilibrio entre meritocracia profesional y compromiso social. Gobernar es escuchar y, desde luego, escuchar es gobernar. Necesitamos un nuevo pacto social por la academia.

Experimentar es crear espacios donde sea posible imaginar conexiones improbables, preguntas imposibles y actores inesperados. En una situación experimental nadie sabe lo que va a suceder, las respuestas son emergentes y sólo deben respetar una condición para que sean asumibles: tienen que representar a todos los participantes por igual. La Universidad necesita un lugar donde se delibere menos y se experimente más. Necesitamos un nuevo pacto social por la innovación.
Y es que la Universidad no puede confundirse con la academia. La Universidad es algo más grande, más inclusivo y más prometeico. La excelencia, la meritocracia, el impacto, las ligas, los rankings son dispositivos recientes que van a destruirla. Podemos convivir con esas fantasías para gente acomodada, siempre que sepamos contrapesarlas con otros valores, como la educación, el territorio y la comunidad. Necesitamos gente preparada, gente vocacional, gente visionaria. Necesitamos que los mejores integren la organización, tanto como problematizar cómo se alcanza la condición de mejor y en qué queremos ser mejores.
La mayor parte del tiempo de un profesor transcurre en actividades de naturaleza oral; cursos, jurados, comisiones, semilleros, conferencias, congresos y tutorías. Sin embargo, somos juzgados por lo que escribimos. De habitar una cultura oral, hemos sido empujados hacia una economía de la reputación basada en la cultura literaria. Seguro que esta transición tiene sus defensores, pero debemos evaluar mejor qué se está perdiendo y por qué esta deriva produce tanto dolor. Nadie podrá convencernos de que la Universidad coincide con la academia. La cultura universitaria no es sólo académica. Y, en fin, tenemos que admitir que la academia ha secuestrado a la Universidad. Y debemos liberarla.
Mi intención ahora es desarrollar un poco más la idea de Universidad como bien común. Y eso nos obliga a pensarla como una cosa que sostiene y es sostenida por una comunidad, según un protocolo que regula las relaciones entre los actores humanos y no humanos que intervienen. Universidad, comunidad y protocolo son indisociables. Nadie puede ser excluido, postergado o maltratado. Nadie tampoco puede vulnerar gratuitamente las reglas que regulan ese ensamblaje.

El protocolo es tanto más apropiado cuanto más capaz sea de garantizar la sostenibilidad de la cosa, bien entendido que hablamos de algo que siempre debe estar preparado para su renovación, reconfiguración o adaptación a las cambiantes circunstancias externas. Un bien común es algo que siempre está en movimiento. Siempre amenazado, siempre vivo y siempre en construcción. Si se para, si se fosiliza, si se estanca es porque sus integrantes desconfiaron de la inteligencia colectiva, consolidaron instancias rígidas de poder o cerraron su disposición favorable a la discrepancia.
Un bien común solo es una forma particular de gestionar. No hay nada místico, sublime o extraterrestre. Los bienes comunes son de aquí, están entre nosotros y no son una reliquia del pasado. Un bien común necesita ser objeto de decisiones basadas en evidencias. Hay mucha inteligencia en su gestión, pues reclama buscar información, contrastarla, organizarla, compartirla y validarla. Todo eso implica dinero, tiempo, herramientas, organización y personas. Un bien común, a su manera, funciona como un laboratorio, donde además de hechos, se producen decisiones, acuerdos y políticas.
Un bien común tiene que tener plasticidad para poder adaptarse y eso implica desarrollar, junto a las capacidades de experimentación, las capacidades de gestión. Lo común nunca aparece en el organigrama que define los flujos de información y decisión. Lo común convive con lo gerencial pero opera con una lógica diferente. No compiten, sino que se complementan. Objetividad, funcionalidad y convivialidad no se confunden, sino que se coproducen. Así son los bienes comunes. Ese es su secreto, su misterio y su promesa.
Es inimaginable una estructura que pueda presumir de convivencial sin ser funcional, y mucho menos que sea capaz de sobrevivir sin saber qué decisiones tomar. Los bienes comunes nunca son puros, perfectos o inmaculados. Siempre son híbridos, mestizos y mostrencos. Ensamblan lo ciudadano, con lo público y lo privado. Su singularidad no es de origen ni identitaria. Lo que tiene de especial proviene de esos ensamblajes virtuosos. De esa realidad tentativa, provisional y mejorable que es un bien común tenemos mucho que aprender. Siempre difuso, siempre inacabado y siempre experimental. Con las tres patas temblando, pero siempre de pie. Trilce de manufactura.

Acupuntura política y bien común
La academia puede aprender de esas construcciones humanas que ponen la persona, la comunidad y la vida primero. Los bienes comunes no son para todos, son entre todos. Y eso debería ser la Universidad un bien común. Y, en fin, cuando todo el mundo quiere vincular la academia con la industria, la banca y la empresa, no está de más hacer un esfuerzo parecido para también contactar con lo urbano, lo local y lo comunitario. La academia puede aspirar a ser el templo del republicanismo y dar acogida a todos los formatos y todos los relatos.
La universidad entonces cumplirá mejor con lo que esperamos si no se conforma con ser una cosa. No puede ser un bien común, sino una constelación de bienes comunes. Un lugar que sea hospitalario con las muchas formas de entenderla y de habitarla. No es imprescindible que alguna esté equivocada para que las otras sean ciertas. Cada discrepancia abre posibilidades, Cada posibilidad ensancha su diseño convivencial, acoge nuevos actores, habilita distintos lenguajes, favorece otras sensibilidades y promete nuevos horizontes. El asunto no es quitar la razón a unos para dársela a otros. El problema no es saber quién tiene razón. El problema no es construir tabiques, límites o fronteras. La inteligencia tendrá que ser múltiple, resiliente y plural. Y eso significa respeto, urbanidad y cuidados.
No puede haber una política universitaria, como tampoco se necesita un plan estratégico. Todas las etnografías que se han hecho de esas herramientas gerencialistas coinciden en concluir que funcionan porque siempre sabemos cómo saltarnos los protocolos. Sin protocolos no hay ciudad, pero aplicándolos de forma estricta solo queda la tecnocracia. Nos quedaríamos sin democracia. Imperaría la banalidad del mal.
Necesitamos muchas políticas universitarias, una para cada colectivo con derecho a universidad. Tenemos que aprender a hacer acupuntura académica. Y eso implica identificar dónde están esos puntos estratégicos y con qué herramientas intervenir, seguros de que una pequeña intervención nada intrusiva producirá un efecto multiplicador y masivo sobre todo el sistema. No necesitamos un plan. Queremos un haz de planes.
Si aceptamos que las propuestas deben representar a todxs lxs participantes. El trabajo que esperamos de quienes se decidan a intervenir tiene un estricto carácter experimental, porque eso de encontrar un lenguaje común que nos represente a todxs, cualesquiera que sean sus motivaciones, intereses o prácticas individuales, es un esfuerzo que acaba convirtiendo al grupo en una comunidad de aprendizaje. No es el grupo quien crea la respuesta, sino la voluntad de encontrarla la que crea la comunidad.
Sabemos entonces como apostar por un renacimiento del talante comunitarista. El asunto es cómo encontrar las preguntas que hacernos o necesitamos formular. Para responder a esta cuestión, primero necesitamos conocer quiénes son los actores que deben ser invitados. Necesitamos entonces un montón de colectivos ciudadanos que tome el pulso a la realidad universitaria y cartografíe su vitalidad. Serán centenares, pero eso no nos obliga a regresar al modo asambleario de deliberación. Contamos con muchas herramientas que facilitan el tránsito desde la protesta a la propuesta.

Por fortuna sabemos cómo cosechar la diversidad que somos y ponerla a trabajar en múltiples procesos paralelos que se hagan cargo de los problemas y que renuncien a la votación para evitar la proliferación de ganadores y perdedores o de mayorías y minorías. El objetivo de estos grupos de participantes es producir propuestas acupunturales. Comenzaremos identificando 100 lugares donde hacer políticas artesanales.
Si todo sale bien, la Universidad se dotará de una inteligencia colectiva en acción formada por esas 100 comunidades de aprendizaje que habrán prototipado 100 intervenciones de bajo coste y bajo riesgo cuyo efecto sobre la organización debería ser apreciable. La acupuntura política es fascinante: aspira a lograr mucho con muy poco. La condición es ser estratégico y eso reclama conocer bien los detalles, producir situaciones, imaginar futuros posibles. Pocos recursos, pero mucha inteligencia.
Las propuestas obviamente no se conciben como iniciativas de despacho, sino que deben venir validadas. Eso significa que incorporarán los comentarios, sugerencias y críticas de quienes vayan a ser directamente concernidos tras su aplicación. Sólo se considerará como propuesta la que se haya construido mediante un proceso participativo abierto, experimental y validado. Abierto porque siempre se aceptarán a todas las personas que quieran participar; experimental porque buscará propuestas que representen a todos los participantes por igual; y validado porque incorporará la experiencia, anhelos y conocimientos de los destinatarios o beneficiarios de la iniciativa.
Los participantes no deben imaginarse a sí mismos como legisladores. Tampoco esperamos que se comporten como gestores. Y mucho menos como políticos, siempre dispuestos a hacer promesas que no podrán cumplir. Si hubiera que encontrar una analogía que los evocara sería la de cocineras: personas capaces de construir desde la heterogeneidad y de producir resultados deseables, gentes que saben que siempre está todo por inventar. También podrían imaginarse como integrantes de una jam session donde cada quien se presenta con su instrumento para, entre todos e informalmente, con liderazgos rotatorios, momentos solistas y espacios para la improvisación, producir algo que desborda la suma de las contribuciones individuales y que es emergente, afectivo y gozoso.
Sería absurdo que los cocineros o los músicos de nuestro relato se empeñaran en convencernos de que sus platos son exquisitos o sus músicas seductoras. Las cosas no funcionan de ese modo. Tendrán que explicarse bien, escuchar a los comensales, absorber sus gustos y, en fin, aceptar que sus producciones de garaje, gabinete o laboratorio no pueden imponerse, por más bienintencionadas que parezcan o más buenistas que sean sus promotores.
Tendrán que aportar pruebas, construir relatos, crear espacios de encuentro y, en fin, apostar por la cocreación. El cambio que promovemos no es un asunto de la incumbencia exclusiva de los expertos, sino consecuencia de una pluralidad de procesos autogestionarios, convergentes y afectivos que convertirán la diferencia en un activo insustituible y que se apoyarán en la inteligencia colectiva.
Necesitamos entonces activar a toda la sociedad civil organizada para que elaboren pequeñas acciones: modestas, sencillas, baratas y sostenibles. Cada problema tiene su comunidad que lo mueve y, si lo desea, también tendrá la responsabilidad de contarlo, abordarlo, explorarlo, probarlo y proponerlo. Si las propuestas son inclusivas, de bajo coste y bajo riesgo, funcionarán. Los colectivos ciudadanos, las agrupaciones de concernidos, las asociaciones de amateurs, las sociedades disciplinares o las comunidades de aprendizaje deben saber que llegó su hora, que la Universidad es la plataforma donde podrán operar para construir un mundo más hospitalario y menos desigual. Llegó la hora radical. Solo hay una condición: será entre todxs.

Antonio Lafuente (IH-CSIC)






