«Los Consejos Sociales no deben ser órganos decorativos ni meramente formales. Tampoco deben invadir el espacio académico propio de la universidad. Su papel es otro: ayudar a conectar la universidad con la sociedad, contribuir a la rendición de cuentas, impulsar la empleabilidad, la transferencia, la captación de recursos, la relación con empresas e instituciones y la orientación estratégica. Creo que el reto actual no es discutir si los Consejos Sociales tienen sentido. Lo tienen más que nunca. El reto es hacer que funcionen bien, que sean útiles, que aporten criterio externo, que ayuden a abrir la universidad y que lo hagan desde la lealtad institucional y el respeto pleno a la autonomía universitaria», nos recuerda Ángela Santianes Arbesú presidenta de la Conferencia de Consejos Sociales
Ingeniera química con una dilatada trayectoria en la industria, Ángela Santianes Arbesú acaba de asumir la presidencia de la Conferencia de Consejos Sociales de España, tras haber sido nombrada presidenta del Consejo Social de la Universidad de Oviedo. Un doble nombramiento que llega en un momento decisivo para estos órganos, cuyo papel como «cauce de participación de la sociedad en la universidad» —en palabras de la LOSU— sigue siendo objeto de debate treinta años después de su creación.
En esta entrevista para Espacios de Educación Superior, Santianes reivindica una Conferencia capaz de consolidarse como interlocutor estable del sistema universitario español, con una relación de «colaboración leal» con la CRUE: mientras los rectores representan el liderazgo académico, los Consejos Sociales representan la participación de la sociedad. Dos miradas complementarias, no contrapuestas.
Su trayectoria profesional en un sector industrial global, unida a su experiencia como responsable de sostenibilidad y responsabilidad medioambiental, la sitúan en el cruce exacto entre universidad, empresa y territorio que la CCS aspira a representar. Su reflexión sobre el papel «anclaje» de la universidad —fijar talento sin caer en el inmovilismo— y su defensa de una calidad exigida por igual a públicas y privadas anticipan una presidencia orientada a resultados, no a la mera representación institucional.
Entre los desafíos que se le presentan: dotar de competencias reales a unos Consejos Sociales aún cuestionados, delimitar con precisión los límites frente a la autonomía universitaria —como demuestra el litigio en torno a la ley canaria de Consejos Sociales— y responder a la entrada en vigor, el próximo 27 de julio, de las restricciones del Real Decreto 640/2021 contra las llamadas «universidades chiringuito».
Como persona y como profesional, ¿qué le debe a la Universidad de Oviedo? ¿Qué aprendió en la Universidad que no hubiera podido aprender en otro lugar?
A la Universidad de Oviedo le debo mucho más que una formación académica. Le debo una manera de mirar el mundo, de entender el esfuerzo, el rigor y la responsabilidad. En la Universidad no solo adquirí conocimientos técnicos; aprendí a pensar con método, a hacerme preguntas, a trabajar con otros y a comprender que el conocimiento solo tiene verdadero valor cuando se pone al servicio de la sociedad.
Hay aprendizajes que difícilmente se adquieren fuera de la Universidad. Uno de ellos es la convivencia con la diversidad de ideas, de trayectorias y de talentos. Otro es la conciencia de que ninguna disciplina se basta por sí sola: la ingeniería, la ciencia, la economía, las humanidades o el derecho se necesitan mutuamente para dar respuesta a los grandes retos de nuestro tiempo.
La Universidad de Oviedo me dio también una raíz. Para quienes hemos desarrollado una carrera profesional en entornos globales, esa raíz es muy importante. Uno puede trabajar en muchos lugares, pero siempre conserva una forma de ser y de entender la responsabilidad que nace, en buena medida, de la universidad en la que se formó.
ninguna disciplina se basta por sí sola: la ingeniería, la ciencia, la economía, las humanidades o el derecho se necesitan mutuamente para dar respuesta a los grandes retos de nuestro tiempo.
Su nombramiento como presidenta del Consejo Social de la Universidad de Oviedo le ha permitido un reencuentro con la universidad desde una posición privilegiada. ¿Qué es lo que más le ha llamado la atención de la institución y de la vida universitaria?
Me ha llamado la atención, sobre todo, la enorme vitalidad de la Universidad. A veces desde fuera se tiene una imagen demasiado estática de las instituciones universitarias, como si fueran estructuras lentas o alejadas de la realidad. Mi experiencia es justamente la contraria: he encontrado una universidad con mucho talento, con una gran capacidad de adaptación y con personas profundamente comprometidas con su misión.
También me ha impresionado la complejidad de la institución. Una universidad no es solo docencia. Es investigación, transferencia, cultura, internacionalización, empleabilidad, compromiso territorial, gestión pública, captación de recursos y acompañamiento vital a miles de estudiantes. Cuando uno se acerca desde el Consejo Social comprende mejor la magnitud de esa tarea.
Y me ha llamado especialmente la atención el valor humano de la vida universitaria: profesores, investigadores, personal técnico, estudiantes y equipos de gobierno que sostienen cada día una institución esencial para Asturias. La Universidad de Oviedo no es únicamente una organización académica; es una parte fundamental de la identidad, la cohesión y el futuro de nuestra comunidad.
he encontrado una universidad con mucho talento, con una gran capacidad de adaptación y con personas profundamente comprometidas con su misión
La trayectoria profesional que usted ha desarrollado es un ejemplo de lo que las universidades británicas ponen en valor como “anchoring population in a region”. ¿Qué aporta una universidad a su territorio? ¿Sobran universidades en España?
Una universidad aporta arraigo, oportunidades y futuro. Es una de las instituciones con mayor capacidad para fijar talento en un territorio, para atraerlo y para conectarlo con el mundo. Donde hay una universidad fuerte, hay más posibilidades de innovación, de movilidad social, de creación de empresas, de actividad cultural y de mejora de los servicios públicos.
En territorios como Asturias, la Universidad cumple además una función estratégica: ayuda a que los jóvenes no tengan que elegir necesariamente entre formarse bien y quedarse cerca de su entorno. Esa función de anclaje es esencial, pero no debe confundirse con inmovilismo. La universidad arraiga precisamente porque abre puertas, porque conecta lo local con lo global.
¿Sobran universidades en España? Yo no lo plantearía en términos de número, sino de calidad, planificación y utilidad social. Lo que no puede sobrar nunca es una buena universidad. Lo que sí debemos evitar es una oferta universitaria sin suficiente calidad, sin investigación real, sin conexión con el territorio o sin garantías para los estudiantes. El debate no debería ser cuántas universidades hay, sino qué universidades necesita España y qué exigencias comunes debemos pedir a todas.
La universidad arraiga precisamente porque abre puertas, porque conecta lo local con lo global
El Tribunal Constitucional rebajó las competencias de los Consejos Sociales creadas en la Ley de Reforma Universitaria de 1983, con la pretensión de acercar nuestro sistema universitario a los modelos anglosajones. Desde entonces, su figura ha sido objeto de dudas que han cuestionado su lugar en la universidad. ¿Cree que el actual marco legal posibilita que los Consejos Sociales sean el «cauce de participación de la sociedad en la universidad», como declara la LOSU?
El marco legal lo posibilita, pero no lo garantiza por sí solo. La LOSU define al Consejo Social como órgano de participación y representación de la sociedad y como espacio de colaboración y rendición de cuentas entre la universidad, las instituciones, las organizaciones sociales y el tejido productivo. Esa definición es muy potente. Pero para que sea real necesita tres cosas: competencias claras, información suficiente y voluntad institucional.
Los Consejos Sociales no deben ser órganos decorativos ni meramente formales. Tampoco deben invadir el espacio académico propio de la universidad. Su papel es otro: ayudar a conectar la universidad con la sociedad, contribuir a la rendición de cuentas, impulsar la empleabilidad, la transferencia, la captación de recursos, la relación con empresas e instituciones y la orientación estratégica.
Creo que el reto actual no es discutir si los Consejos Sociales tienen sentido. Lo tienen más que nunca. El reto es hacer que funcionen bien, que sean útiles, que aporten criterio externo, que ayuden a abrir la universidad y que lo hagan desde la lealtad institucional y el respeto pleno a la autonomía universitaria.

Hace un año, el Parlamento de Canarias aprobó la Ley sobre Consejos Sociales y Coordinación del Sistema. Su texto fue recurrido por el Defensor del Pueblo a instancia de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas. ¿Cuáles son los límites de la autonomía universitaria dentro de los cuales no deben actuar los Consejos Sociales?
La autonomía universitaria es una garantía constitucional y debe ser respetada siempre. Los Consejos Sociales no deben sustituir a los órganos académicos ni decidir sobre aquello que corresponde al núcleo de la autonomía universitaria: la libertad académica, la organización de la docencia y la investigación, la selección y promoción del personal conforme a los procedimientos legalmente establecidos, o la definición estrictamente académica de los planes de estudio.
Ahora bien, la autonomía universitaria no significa aislamiento ni ausencia de rendición de cuentas. Las universidades gestionan recursos públicos, prestan un servicio público esencial y tienen una responsabilidad directa ante la sociedad. Ahí es donde los Consejos Sociales tienen un papel legítimo: supervisión económica, conexión social, impulso de la transferencia, análisis de la empleabilidad, captación de recursos, participación de agentes externos y orientación estratégica.
El equilibrio es delicado, pero posible. El Consejo Social no debe gobernar académicamente la universidad, pero tampoco puede quedar reducido a un órgano testimonial. Su función es hacer presente a la sociedad dentro de la universidad, no frente a la universidad.
la autonomía universitaria no significa aislamiento ni ausencia de rendición de cuentas. Las universidades gestionan recursos públicos, prestan un servicio público esencial y tienen una responsabilidad directa ante la sociedad
Recientemente ha sido nombrada presidenta de la Conferencia de Consejos Sociales de España. ¿Qué aporta y qué podría aportar esta institución al Sistema Universitario Español? ¿Cuál es la relación entre la CCS y la CRUE?
La Conferencia de Consejos Sociales aporta una mirada complementaria y necesaria al sistema universitario. Representa la voz de los órganos que conectan la universidad con la sociedad, con las empresas, con las instituciones y con el entorno productivo y social. Esa perspectiva es imprescindible en debates como la financiación universitaria, la empleabilidad, la transferencia de conocimiento, la formación a lo largo de la vida, la adaptación de la oferta académica o la rendición de cuentas.
La CCS puede aportar todavía más si logra consolidarse como un interlocutor estable en la política universitaria española. No para competir con nadie, sino para enriquecer el debate. España necesita que sus universidades sean excelentes académicamente, pero también más conectadas con la sociedad, más permeables a los cambios económicos y tecnológicos, y más capaces de responder a las necesidades de los territorios.
La relación con CRUE debe ser de colaboración leal. Los rectores representan el liderazgo académico e institucional de las universidades. Los Consejos Sociales representan la participación de la sociedad. Son miradas distintas, pero no contrapuestas. Cuando ambas trabajan juntas, el sistema universitario gana.
La relación con CRUE debe ser de colaboración leal. Los rectores representan el liderazgo académico e institucional de las universidades. Los Consejos Sociales representan la participación de la sociedad. Son miradas distintas, pero no contrapuestas. Cuando ambas trabajan juntas, el sistema universitario gana
La CCS integra a las universidades públicas y privadas de España. ¿Qué une y qué separa a las universidades según su titularidad?
Las une algo fundamental: todas forman parte del Sistema Universitario Español y todas tienen una responsabilidad con la calidad, con los estudiantes y con la sociedad. La titularidad puede ser distinta, pero las exigencias esenciales deben ser comunes: rigor académico, profesorado cualificado, investigación, transparencia, evaluación, empleabilidad y compromiso ético.
Las separa, naturalmente, su régimen jurídico, su modelo de financiación, su forma de gobierno y, en muchos casos, su misión institucional concreta. La universidad pública tiene una responsabilidad singular como servicio público sostenido mayoritariamente con fondos públicos y como garantía de igualdad de oportunidades. La universidad privada, por su parte, puede aportar diversidad, especialización, agilidad y capacidad de innovación, siempre que cumpla con los mismos estándares de calidad.
El debate público-privado no debería ser ideológico, sino exigente. No se trata de enfrentar modelos, sino de asegurar que cualquier universidad, sea pública o privada, merezca ser llamada universidad.
El debate público-privado no debería ser ideológico, sino exigente. No se trata de enfrentar modelos, sino de asegurar que cualquier universidad, sea pública o privada, merezca ser llamada universidad
El 27 de julio entrarán en vigor las restricciones del Real Decreto 640/2021, de 27 de julio, de creación, reconocimiento y autorización de universidades, en su redacción inicial, mediante el cual el Gobierno de España quiere poner fin a las denominadas «universidades chiringuito». ¿Está garantizada la calidad de todos los títulos del Sistema Universitario Español?
España cuenta con un sistema de evaluación y acreditación que ha mejorado mucho y que ofrece garantías importantes. Pero decir que todo está plenamente garantizado sería complaciente. La calidad no se garantiza una vez y para siempre; se demuestra cada día, en cada título, en cada centro, en cada práctica docente y en cada resultado.
El Real Decreto 640/2021 quiso elevar las exigencias para la creación y reconocimiento de universidades y centros universitarios, precisamente para evitar proyectos sin suficiente consistencia académica, investigadora o institucional. Esa orientación me parece correcta: una universidad no puede ser solo una entidad que imparte títulos. Tiene que investigar, transferir conocimiento, disponer de profesorado estable y cualificado, contar con medios adecuados y ofrecer una experiencia universitaria real.
La calidad de los títulos exige vigilancia permanente. No basta con autorizar una titulación; hay que comprobar sus resultados, su empleabilidad, sus recursos, su profesorado, sus prácticas y su capacidad de actualización. El estudiante tiene derecho a saber que el título que cursa responde a estándares sólidos, con independencia de la universidad que lo imparta.

Los rankings internacionales crean la imagen, ampliamente difundida por los medios de comunicación, de que una universidad es mejor cuanto más se parezca a la Universidad de Harvard o a la Universidad de Tsinghua. Según su criterio, ¿qué hace que una universidad sea mejor?
Una universidad es mejor cuando cumple mejor su misión. Y esa misión no es idéntica en todos los territorios ni en todas las instituciones. Los rankings pueden ofrecer información útil, especialmente en investigación e internacionalización, pero no pueden convertirse en la única medida del valor universitario.
Una buena universidad forma bien a sus estudiantes, investiga con rigor, transfiere conocimiento, atrae y retiene talento, mejora su entorno, coopera internacionalmente y actúa con responsabilidad social. También es una universidad que abre oportunidades a quienes no las tendrían de otro modo.
No todas las universidades tienen que parecerse a Harvard. Lo importante es que cada universidad tenga un proyecto claro, estándares exigentes y capacidad real de impacto. Una universidad puede no estar entre las primeras de un ranking global y, sin embargo, ser decisiva para el desarrollo científico, económico, social y cultural de su territorio.
No todas las universidades tienen que parecerse a Harvard. Lo importante es que cada universidad tenga un proyecto claro, estándares exigentes y capacidad real de impacto. Una universidad puede no estar entre las primeras de un ranking global y, sin embargo, ser decisiva para el desarrollo científico, económico, social y cultural de su territorio
La Universidad de Oviedo está desarrollando, en el marco de Erasmus+, el programa «SHIFT» sobre la idea de “student as partner”, el estudiante como creador de conocimiento. ¿Cuál es el papel del estudiante en la universidad del siglo XXI?
El estudiante ya no puede ser visto como un receptor pasivo de conocimiento. Tiene que ser protagonista de su aprendizaje y, cada vez más, coproductor de conocimiento. Eso implica participar, preguntar, investigar, emprender, colaborar y contribuir a la mejora de la propia institución.
La idea de “student as partner” me parece muy poderosa porque cambia la relación tradicional entre universidad y estudiante. No significa diluir la autoridad académica ni renunciar a la exigencia, sino reconocer que el aprendizaje mejora cuando el estudiante se implica activamente y cuando la universidad escucha su experiencia.
En el siglo XXI, el estudiante necesita conocimientos, pero también criterio, adaptabilidad, competencias digitales, sensibilidad ética y capacidad para trabajar en contextos inciertos. La universidad debe formar profesionales, sí, pero también ciudadanos capaces de pensar, decidir y contribuir.
La idea de “student as partner” me parece muy poderosa porque cambia la relación tradicional entre universidad y estudiante. No significa diluir la autoridad académica ni renunciar a la exigencia, sino reconocer que el aprendizaje mejora cuando el estudiante se implica activamente y cuando la universidad escucha su experiencia
El escalón siguiente en la relación con el estudiantado, tradicionalmente olvidado, es la atención a los antiguos alumnos. ¿Qué lugar asigna usted a los alumni en la universidad?
Los alumni deberían ocupar un lugar mucho más central. Son una comunidad de enorme valor para la universidad: son embajadores, mentores, empleadores, colaboradores, donantes potenciales y una fuente privilegiada de información sobre la utilidad real de la formación recibida.
Una universidad que cuida a sus antiguos alumnos no solo mantiene un vínculo afectivo. Construye una red de talento. Los alumni pueden ayudar a orientar a los estudiantes actuales, facilitar prácticas, abrir puertas profesionales, colaborar en proyectos de innovación y contribuir a la reputación de la institución.
Además, en un mundo en el que la formación a lo largo de la vida será cada vez más importante, la relación con los egresados no termina el día de la graduación. Al contrario, empieza una nueva etapa. La universidad debe ser una casa a la que se pueda volver.
Una universidad que cuida a sus antiguos alumnos no solo mantiene un vínculo afectivo. Construye una red de talento. Los alumni pueden ayudar a orientar a los estudiantes actuales, facilitar prácticas, abrir puertas profesionales, colaborar en proyectos de innovación y contribuir a la reputación de la institución
Para finalizar, usted es ingeniera industrial y la empresa que dirige en España, DuPont, tiene una larga trayectoria en responsabilidad medioambiental. Algunas de las principales universidades del mundo, como la Universidad de California en San Diego, exigen que todos los estudiantes aprendan sobre el cambio climático. ¿Cómo valora la posición de las universidades españolas frente al cambio climático?
Permítame una pequeña precisión: soy ingeniera química y recientemente concluyó mi etapa al frente de DuPont España tras la integración de ese negocio en Arclin. Dicho esto, mi trayectoria profesional en la industria me ha confirmado algo que considero esencial: el cambio climático no es solo un desafío ambiental, sino también tecnológico, industrial, económico y social.
Las universidades españolas han avanzado de forma muy significativa en este ámbito. Contamos con grupos de investigación de primer nivel, proyectos punteros en energías renovables, nuevos materiales, economía circular o descarbonización, y cada vez más universidades incorporan criterios de sostenibilidad tanto en la gestión de sus campus como en su actividad docente e investigadora.
Sin embargo, creo que el siguiente paso consiste en integrar la sostenibilidad como una competencia transversal de toda la formación universitaria. El cambio climático ya no es una cuestión reservada a las ingenierías o a las ciencias ambientales. También afecta a quienes estudian Derecho, Economía, Medicina, Arquitectura, Educación, Empresa o Comunicación. Todos ellos tendrán que desarrollar su actividad profesional en un contexto profundamente condicionado por la transición ecológica y energética.
En ese sentido, me parece muy interesante que algunas universidades internacionales hayan decidido que todos sus estudiantes adquieran una formación básica sobre cambio climático y sostenibilidad. No se trata de convertir a todos en especialistas, sino de asegurar que cualquier graduado comprenda las implicaciones ambientales, económicas y sociales de uno de los grandes retos de nuestro tiempo. Las universidades tienen una responsabilidad decisiva: generar conocimiento, impulsar la innovación y formar a los profesionales que liderarán esa transformación. Estoy convencida de que las universidades españolas tienen el talento y la capacidad para hacerlo y de que los Consejos Sociales también podemos contribuir a reforzar esa conexión entre la universidad, la empresa y la sociedad para acelerar una transición que debe ser, al mismo tiempo, ambientalmente sostenible, económicamente competitiva y socialmente inclusiva






