Un diálogo posible por una universidad necesaria

Conversatorio entre Joaquín Goyache y Montserrat Guarda

La relación entre los Consejos Sociales y los equipos rectorales es uno de los temas que va a definir el futuro de las universidades españolas. La presente conversación entre el rector de la Universidad Complutense de Madrid, Joaquín Goyache, y la presidenta del Consejo Social de la Universitat Politècnica de Catalunya, Montserrat Guarda, facilitada por Alfonso González, presidente de la Asociación Espacios de Educación Superior, en el marco del Congreso del EdTech Cluster recientemente celebrado en la FIRA de Barcelona, resulta altamente esclarecedora sobre los desafíos a los que se enfrentan las universidades y la necesaria integración entre los equipos de gobierno y los Consejos Sociales


ALFONSO GONZÁLEZ:
Hace unos días, la secretaria de Educación norteamericana vinculaba la financiación federal de las universidades a las retribuciones de los egresados. También el secretario de Comercio recientemente afirmaba que la Universidad de Harvard debía convertirse en un centro de capacitación profesional. En este contexto de tensiones sobre el futuro de la universidad, ¿cuál es para usted, presidenta, el valor diferencial de la experiencia universitaria?

MONTSE GUARDIA:
Creo que el principal valor de pasar por la universidad es profundamente humano. Más allá de la formación técnica, la universidad moldea a las personas: son cuatro o cinco años en los que adquiere hábitos, principios y una forma de pensar. Cuando hace algo cada día, lo convierte en comportamiento y, con el tiempo, ese comportamiento crea cultura. La universidad le da precisamente eso: un método, una forma de razonar, de estimular la mente. Sea cual sea la carrera —ingeniería, derecho o medicina—, lo importante es que se transforma, intelectualmente y también socialmente, en contacto con otros que están viviendo el mismo proceso.

ALFONSO GONZÁLEZ:
Rector, ¿qué aporta la universidad que no da la naturaleza, parafraseando el «Quod natura non dat, Salmantica non præstat»?

JOAQUÍN GOYACHE:
Coincido plenamente con la presidenta. El retorno de la inversión en educación superior va mucho más allá de formar profesionales o investigadores. Formamos ciudadanos responsables, con capacidad crítica, con tiempo y espacio para reflexionar. Y eso solo lo permite la universidad, uno de los pocos lugares donde aún se puede discrepar y debatir sin ser excluido. Ese es un valor social enorme, un retorno que trasciende lo laboral: la universidad genera convivencia, pensamiento y diversidad, ingredientes esenciales para una sociedad sana.

ALFONSO GONZÁLEZ:
En los medios de comunicación y en algunos académicos se observa una tendencia a atribuir a las universidades las inconsistencias del mercado laboral. ¿Cómo ve, rector, la relación entre universidad y empleabilidad?

JOAQUÍN GOYACHE:
No se puede pedir a las universidades, especialmente a las públicas, que solucionen los problemas estructurales del mercado laboral. Nuestro papel no es formar únicamente profesionales, ni regular la economía. Nuestro compromiso es más profundo: preservar y generar conocimiento. España sería un país muy distinto sin las universidades públicas que, durante décadas, formaron matemáticos, filósofos, ingenieros o científicos cuando esas carreras no tenían una salida inmediata. Gracias a esa formación desinteresada hoy contamos con expertos capaces de afrontar desafíos como la inteligencia artificial o los dilemas éticos que conlleva.

España sería un país muy distinto sin las universidades públicas que, durante décadas, formaron matemáticos, filósofos, ingenieros o científicos cuando esas carreras no tenían una salida inmediata

JOAQUÍN GOYACHE

ALFONSO GONZÁLEZ:
Presidenta, decía antes que la experiencia del estudiante ha cambiado radicalmente. Hoy espera orientación profesional, servicio de empleo, atención a su salud mental, espacios de pertenencia… ¿Las universidades públicas se han adaptado a estas nuevas demandas?

MONTSE GUARDIA:
Diría que sí, aunque con matices. La universidad pública es un reflejo de la sociedad: cuando hay cambios culturales o generacionales, inevitablemente los acoge y adapta. Nuestros estudiantes saben que las universidades públicas españolas tienen enorme reputación internacional, incluso si nuestros recursos no son los que deberían. Aun con presupuestos limitados, ofrecemos una formación de gran calidad y generamos profesionales muy valorados fuera.

Lo intangible, lo que no se mide en infraestructuras o equipamiento, tiene un peso enorme. Escuchar a un catedrático que ha contribuido a la ciencia o la salud pública le deja una huella mucho más duradera que cualquier tecnología. Eso es parte del valor diferencial de la universidad pública, aunque carezca de medios suficientes.

ALFONSO GONZÁLEZ:
¿Y en qué medida se pueden atender todas esas nuevas demandas de bienestar, orientación y acompañamiento, con poblaciones tan masivas como la de la Complutense?

JOAQUÍN GOYACHE:
Hacemos todo lo posible, pero con medios limitados. Una universidad pública como la Complutense, con más de 65.000 estudiantes, enfrenta enormes retos para atender el bienestar psicológico, el seguimiento académico o la creación de un sentido de pertenencia. Las universidades privadas tienen más recursos y estructuras para acompañar al estudiante, pero también es cierto que en la pública se aprende a desenvolverse con autonomía, y eso es una forma de crecimiento personal.


La comparación internacional es dura: Oxford maneja unos 2.000 millones de libras de presupuesto; Harvard, más de 5.000 millones de dólares anuales. Nosotros competimos con presupuestos infinitamente menores, y aun así nuestros egresados destacan en instituciones de primer nivel por todo el mundo. Ese es un éxito que a menudo olvidamos reconocer.

Nuestros estudiantes saben que las universidades públicas españolas tienen enorme reputación internacional, incluso si nuestros recursos no son los que deberían. Aun con presupuestos limitados, ofrecemos una formación de gran calidad y generamos profesionales muy valorados fuera

MONTSE GUARDIA

ALFONSO GONZÁLEZ:
Cada vez hay más perfiles diversos en las aulas: migrantes, personas que trabajan, estudiantes con discapacidad, familias, adultos que rompen el modelo tradicional. ¿Están las universidades públicas preparadas para garantizar el derecho a la educación superior de estos colectivos?

MONTSE GUARDIA:
Totalmente de acuerdo en que deben estarlo. La universidad es, por esencia, una escalera social extraordinaria. Permite avanzar como sociedad y como individuos. Sin embargo, para que esa función sea efectiva, las instituciones necesitan recursos y apoyo. Desde los Consejos Sociales reclamamos con insistencia una financiación adecuada para que las universidades puedan cumplir su misión de equidad y proyección social. No se trata solo de acceso: se trata de sostener la calidad y el impacto de la universidad pública como motor de país.

JOAQUÍN GOYACHE:
La universidad pública ha sido históricamente ese ascensor social. Pero hoy el “edificio” de la sociedad tiene más pisos: es más complejo y competitivo. El reto es mantener la capacidad de ascenso para todos, pese a esa creciente distancia entre el punto de partida y la cima.

ALFONSO GONZÁLEZ:
El exrector de la Universidad de Alicante Andrés Pedreño afirmaba la semana pasada que la IA transformará la sociedad en los próximos cuatro años más que la revolución industrial en los últimos setenta. En una encuesta reciente, el 90 % de más de mil profesores universitarios estadounidenses se declaraban muy preocupados por su impacto en el pensamiento crítico y el aprendizaje profundo. Rector, ¿cómo evitar que la educación superior se convierta en una gran simulación?

JOAQUÍN GOYACHE:
La universidad no puede ser un videojuego. Lo esencial sigue siendo lo humano: formar personas, no solo capacitar técnicamente. En la Complutense hemos trabajado sobre todo en la ética de su uso: que tanto profesorado como alumnado sepan cuándo y para qué es adecuado utilizarla.

Durante años gastamos mucho en combatir el plagio, pero la mejor solución es más sencilla: hablar con los estudiantes. En unos minutos sabe si han hecho su trabajo o no. La clave está en combinar lo nuevo con lo tradicional: aprovechar la IA sin perder el contacto personal, la palabra, la conversación.

ALFONSO GONZÁLEZ:
Presidenta, usted viene del ámbito tecnológico. ¿Cómo percibe esta transformación? ¿Podemos hablar de autonomía universitaria sin soberanía tecnológica?

MONTSE GUARDIA:
La inteligencia artificial ya nos ha transformado, no es algo del futuro. Está en todas las conversaciones, como el fútbol: aparece y todos opinan. Pero seguimos usándola sin formación suficiente, como quien conduce un Fórmula 1 sin carnet. Las herramientas son potentes, rápidas y accesibles, pero falta pensamiento crítico sobre lo que realmente estamos usando y cómo nos está cambiando.


En la UPC hemos lanzado, junto con el rectorado y el Consejo Social, un programa para anticipar estos cambios. La universidad es un espacio privilegiado para liderar la innovación tecnológica desde una perspectiva ética y social. Pero también debemos mantener la tradición, lo que nos da autenticidad y cultura. La combinación entre lo nuevo y lo clásico es donde reside la verdadera fuerza de la universidad.

Las universidades privadas tienen más recursos y estructuras para acompañar al estudiante, pero también es cierto que en la pública se aprende a desenvolverse con autonomía, y eso es una forma de crecimiento personal

JOAQUÍN GOYACHE

ALFONSO GONZÁLEZ:
Todos, en algún momento, hemos hecho un curso en plataformas como Coursera. Lo cierto es que cada día Coursera consigue el doble de estudiantes que los que tiene matriculados la universidad presencial más grande de España, la Complutense: más de 150.000 personas se inscriben cada jornada. Hace unas semanas se fusionó con Udemy, fichando como CEO al antiguo responsable de Prime Video, quien declaró en su primera entrevista que no veía diferencias esenciales entre el negocio del entretenimiento y el de la educación: ¿podemos seguir llamando “universitario” a un aprendizaje que se realiza íntegramente en plataformas digitales?

MONTSE GUARDIA:
En Cataluña tenemos un buen ejemplo de universidad online, la UOC, que ha sido pionera en el aprendizaje a distancia. No es la única, pero sí representa un modelo sólido, capaz de llevar el conocimiento más allá de las fronteras físicas. Ahora bien, Coursera no es una universidad, ni necesita serlo. Su función es distinta. Aprender en una plataforma digital puede ser útil para adquirir conocimientos puntuales, pero una educación universitaria profundiza mucho más: no solo se adquiere información, se educa el conocimiento, y ese verbo —“educar”— me parece esencial. No se trata solo de aprender, sino de formar criterio, pensamiento y valores.

JOAQUÍN GOYACHE:
Comparto la idea. Estas plataformas responden más a una lógica de mercantilización del aprendizaje. No niego su utilidad, pero sí me preocupa ese enfoque puramente comercial. Existen universidades a distancia serias, como la UNIR, la UNED o la propia UOC, que combinan rigor académico con formatos flexibles.

Lo ideal sería un equilibrio entre lo presencial y lo remoto. No podemos olvidar lo que dijimos al principio: los campus hay que vivirlos. El contacto humano entre estudiantes y profesorado es insustituible. Podemos desarrollar formatos híbridos, pero la experiencia universitaria requiere presencia.

Dicho esto, llevo tiempo defendiendo que la educación superior vive una burbuja. Hay un exceso de fondos de inversión comprando y revendiendo universidades como si fuesen activos financieros. Esa dinámica especulativa terminará estallando, y puede arrastrar incluso a instituciones consolidadas. Es un aviso que no deberíamos ignorar.

Aprender en una plataforma digital puede ser útil para adquirir conocimientos puntuales, pero una educación universitaria profundiza mucho más: no solo se adquiere información, se educa el conocimiento, y ese verbo —“educar”— me parece esencial

MONTSE GUARDIA

ALFONSO GONZÁLEZ:
Ha unido, rector, dos factores clave: la irrupción de los fondos de inversión, movidos por la rentabilidad, y la disrupción tecnológica de la inteligencia artificial. ¿Cómo imaginan la universidad dentro de diez años? ¿Qué seguirá siendo realmente “universitario”?

MONTSE GUARDIA:
La inteligencia artificial es una herramienta poderosa, pero eso: una herramienta, un artificio que hacemos inteligente porque refuerza o amplifica nuestro conocimiento. La cuestión es si lo hace para hacernos más sabios o, … más dependientes. El modelo universitario del futuro deberá preservar algo esencial: el espacio de crecimiento humano, intelectual y crítico. El campus —físico o digital— debe seguir siendo un lugar donde maduran personas, no solo donde adquieren competencias técnicas.

Vivimos una transición, y hay que decidir si vamos a conducir ese cambio o simplemente a montarnos en el coche. Quien conduzca —quien dirija la universidad del futuro— debe hacerlo con valores universales sólidos. El reto es precisamente ese: garantizar que la transformación tecnológica se haga al servicio de una sociedad mejor, no simplemente para transformarse tecnologicamente independientemente del impacto. El desafío está en que las universidades asuman el liderazgo de esa transición ética y global.

ALFONSO GONZÁLEZ:
Hay quien plantea que la llegada de la inteligencia artificial ha puesto en evidencia la distancia entre el discurso académico —ese que habla de pensamiento crítico, comunidad, valores— y la práctica real de nuestras universidades. ¿No será que la IA simplemente ha revelado que la universidad actual no ofrece los aprendizajes que predica?

JOAQUÍN GOYACHE:
No lo creo. La universidad ha pasado por muchas crisis y siempre ha sabido transformarse. También ahora lo hará. Es cierto que la autonomía universitaria está prácticamente anulada: los planes de estudio, los precios públicos, los salarios o la acreditación están regulados al detalle. Pero, precisamente por eso, debemos preservar los valores que nos definen.

La inteligencia artificial no debe asustarnos, tiene que integrarse dentro de esos valores, no sustituirlos. Y si dentro de diez años surge otra revolución tecnológica, los principios seguirán siendo los mismos: formar personas con criterio, con capacidad crítica y ética.

ALFONSO GONZÁLEZ:
Hablemos de otra de esas «palabras mágicas» del momento: las microcredenciales. Antes de entrar en su impacto, ¿nuestro sistema universitario reconoce el aprendizaje que las personas adquieren fuera del ámbito académico? ¿Es la universidad permeable a lo que se aprende en la empresa, en la práctica o en entornos informales?

MONTSE GUARDIA:
Creo que esa es una de las grandes cuestiones pendientes: cómo transferir y validar el conocimiento que surge fuera del aula. Las microcredenciales pueden ser una buena vía. Si un ingeniero o una médica necesita especializarse en un sector concreto, sería útil que existiera una formación corta, estandarizada y reconocida.

Las microcredenciales permiten eso: acreditar aprendizajes a lo largo de la vida, sin necesidad de regresar a un grado o máster completo. Pero deben ser sistemas con calidad, con estándares comunes. No se trata de trocear la formación, sino de complementarla.

JOAQUÍN GOYACHE:
La universidad sí es porosa, aunque a veces no lo parezca. Representa fielmente a la sociedad en la que está inserta, con sus cambios y tensiones. En la Complutense estamos trabajando en varias líneas de microcredenciales, pero con prudencia. Hay que madurar el concepto y evitar que se convierta en una moda sin fundamento. Si se integran bien, pueden ser un primer paso hacia una cultura de aprendizaje continuo.

Es cierto que la autonomía universitaria está prácticamente anulada: los planes de estudio, los precios públicos, los salarios o la acreditación están regulados al detalle. Pero, precisamente por eso, debemos preservar los valores que nos definen

JOAQUÍN GOYACHE

ALFONSO GONZÁLEZ:
¿Y no existe el riesgo de que ese «fileteado» del conocimiento desnaturalice la propia función universitaria? ¿De que el énfasis en las microcredenciales termine reduciendo la universidad a un proveedor de competencias inmediatas?

MONTSE GUARDIA:
Es un riesgo real. Siempre digo —perdón por la imagen— que una universidad es como la pasta de un buen plato de cocina italiana: sin esa base, todo lo demás pierde sentido. Puede añadir salsas, condimentos o variedades, pero sin la pasta —sin el contenido profundo— el plato no se sostiene. De la misma manera, la universidad ofrece una base formativa que luego cada persona completa con especializaciones o microcredenciales. Pero el fundamento inicial sigue siendo insustituible.

ALFONSO GONZÁLEZ:
Las microcredenciales conectan con otro fenómeno: las certificaciones digitales. En Estados Unidos ya existen más de 1,8 millones de ellas. ¿Cuál es la situación en España y qué futuro les ve, rector?

JOAQUÍN GOYACHE:
Copiar ciegamente el modelo estadounidense sería un error. El sistema americano ha generado desigualdades y una inflación de títulos que ha deteriorado su prestigio. En Europa y especialmente en España debemos mantener un equilibrio. Innovar sí, pero sin trivializar la formación.

Las certificaciones y las microcredenciales pueden ayudar a progresar o especializarse, pero siempre sobre una base sólida. En veterinaria, por ejemplo, un estudiante debe aprender anatomía, entrar en un matadero, ensuciarse las manos: lo esencial no puede sustituirse por pequeños cursos modulares. Las credenciales digitales deben complementar, no reemplazar, la educación universitaria profunda.

Siempre digo —perdón por la imagen— que una universidad es como la pasta de un buen plato de cocina italiana: sin esa base, todo lo demás pierde sentido

MONTSE GUARDIA

ALFONSO GONZÁLEZ:
Siguiendo con sus metáforas, rector: si los grados son los espaguetis, hablemos de los macarrones. La Formación Profesional Superior ha crecido un 36% en seis años. ¿Cómo ven la relación entre FP y universidad?

MONTSE GUARDIA:
Me parece muy positiva. En otros países europeos la formación profesional tiene un peso mucho mayor que la universitaria, y esos sistemas funcionan muy bien. Aquí tenemos la oportunidad de equilibrar ambos caminos, de crear pasarelas que permitan progresar. La FP superior cubre necesidades concretas del sistema productivo y social; ayuda a conectar la teoría con la práctica. Combinar ambas fortalece al país y mejora la empleabilidad. Es importante el paso de muchas personas que inician en FP y que después siguen con un grado universitario.

JOAQUÍN GOYACHE:
Coincido plenamente. Cuanto más cerca estén FP y universidad, mejor. En Madrid —paradoja mediante— no se permite a las universidades públicas impartir FP, cuando sería muy beneficioso. Imagine una facultad de Odontología formando también a técnicos en esa materia: sería una gran sinergia. En la Complutense reservamos plazas para estudiantes procedentes de FP, y los resultados son muy buenos. Esa interconexión debería fortalecerse.

ALFONSO GONZÁLEZ:
Pasemos a otra de las palabras que marcan la conversación universitaria internacional: anclaje. En el mundo anglosajón, las universidades están pasando de medir su legitimidad por los rankings a hacerlo por su impacto social y territorial. ¿Están las universidades españolas en esa transición o seguimos buscando legitimidad en la visibilidad global?

MONTSE GUARDIA:
Creo que ya lo estamos haciendo, aunque no siempre se reconozca. En la Politécnica, por ejemplo, existen decenas de proyectos con impacto directo en la sociedad: innovación en sostenibilidad, cooperación, ingeniería social, transferencia tecnológica al territorio… Pero apenas se difunden. Desde el Consejo Social hemos reformulado nuestros premios para visibilizar precisamente esos proyectos de alto impacto. La universidad española está mucho más anclada al entorno de lo que la sociedad percibe; lo que falta es relato y comunicación.

ALFONSO GONZÁLEZ:
Permítame ser algo provocador. Si es tan importante ese impacto, ¿por qué al entrar en las webs universitarias lo primero que encontramos son posiciones en rankings internacionales, y no los proyectos sociales o territoriales?

JOAQUÍN GOYACHE:
Porque vivimos en una sociedad que lo mide todo. Estamos atrapados en una dinámica de visibilidad permanente. Y aunque no nos guste, no podemos quedar fuera del sistema de rankings, porque de él dependen aspectos como la captación de talento o la financiación. Pero también es cierto que el criterio mediático es cruel. Cada año, cuando se publican los rankings de Shanghái o QS, los titulares son los mismos: ninguna universidad española entre las cien primeras. Nunca se cuenta que las universidades mejor posicionadas manejan presupuestos entre diez y veinte veces superiores. Nosotros nos seguimos midiendo con esas reglas, aunque nuestras misiones sean distintas.


El problema es que los medios alimentan esa comparación injusta. No puedo competir —ni quiero hacerlo— con Harvard. La Complutense tiene otra misión: formar a decenas de miles de estudiantes, mantener titulaciones e investigaciones fundamentales para el país, aunque no salgan bien en los indicadores de impacto. Nuestra prioridad seguirá siendo esa, aunque nos cueste posiciones en los rankings.

ALFONSO GONZÁLEZ:
Presidenta, esta pregunta le afecta directamente como presidenta de un Consejo Social. La nueva LOSU ha abierto un debate interesante sobre el papel de estos órganos, a veces por lo que dice, y otras por lo que calla. En particular, se abre la posibilidad de una doble gobernanza universitaria. ¿Están los Consejos Sociales cumpliendo hoy esa labor de servir como espacio de conexión —o de fricción sana— entre la universidad y la sociedad?

Nunca se cuenta que las universidades mejor posicionadas manejan presupuestos entre diez y veinte veces superiores. Nosotros nos seguimos midiendo con esas reglas, aunque nuestras misiones sean distintas

JOAQUÍN GOYACHE

MONTSE GUARDIA:
Sí, absolutamente. Los Consejos Sociales son más necesarios que nunca. Personalmente, he tenido un aprendizaje enorme, no solo en el caso de Cataluña, sino en el diálogo con consejos de toda España. Estas organizaciones aportan una visión crítica y constructiva, porque todos los que formamos parte de un Consejo Social lo hacemos movidos por un deseo común: que la universidad mejore y cumpla su misión pública.

Estamos trabajando para reforzar ese papel, analizando cómo cada comunidad autónoma está aplicando la LOSU: Canarias, Valencia, Baleares… El objetivo es común: alinear el rol de los Consejos Sociales como motores de eficiencia y mejora.

Nuestro papel es, en cierto modo, el del «Pepito Grillo» institucional. No se trata de fiscalizar por controlar, sino de ayudar a mejorar. Aportamos una mirada diferente en el posicionamiento de la Universidad en el entorno economico-social y en su operativa, entrando en revisiones que permitan aportar conocimentos en aspectos cómo optimizar procesos, cómo vincularnos mejor con el entorno empresarial, cómo digitalizar la gestión universitaria. Esa es nuestra función, desde el compromiso y con un profundo respeto por el trabajo de los rectores y sus equipos, cuya dedicación y pasión por la universidad son admirables.

ALFONSO GONZÁLEZ:
Se acaba de aprobar en el Reino Unido una estrategia nacional de internacionalización de la educación superior. Habla de alcanzar 40.000 millones de libras de aportación económica al país procedente del sector universitario. ¿Deberíamos considerar también la educación superior como una industria, como una actividad económica en sí misma?

Los Consejos Sociales son más necesarios que nunca. Personalmente, he tenido un aprendizaje enorme, no solo en el caso de Cataluña, sino en el diálogo con consejos de toda España

MONTSE GUARDIA

JOAQUÍN GOYACHE:
No podemos negarlo: la universidad genera riqueza económica además de capital humano. Hay estudios —como los del Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas— que estiman que cada euro invertido en educación superior retorna más de seis a la economía. Estoy convencido de que en Madrid o en Cataluña ese retorno es incluso mayor. Sin las universidades públicas, esas regiones no serían lo que son hoy: ecosistemas de innovación, cultura y progreso.

Ahora bien, hay que tener cuidado con los modelos. El ejemplo británico, por mucho que nos inspire, no es perfecto. La internacionalización no puede basarse solo en cifras: requiere apertura, intercambio real y cooperación entre iguales.
Ser internacional no consiste únicamente en impartir clases en inglés. Recuerdo que un profesor de Filología me dijo: «¿Qué es más internacional, un español dando clase en inglés a veinte españoles o un español enseñando en español a veinte alumnos de China o Estados Unidos?». Esa pregunta encierra toda una lección.

ALFONSO GONZÁLEZ:
Vamos con la última palabra de nuestra constelación, quizás la más bonita: libertad. La razón última de ser de la universidad es ofrecer un espacio excepcional de libertad intelectual y de expresión. Pero vivimos una época de polarización y guerra cultural. A comienzos de 2025 vimos cómo tres rectoras de grandes universidades estadounidenses tuvieron que dimitir tras ser interrogadas en el Congreso por sus posiciones respecto a la guerra de Gaza. ¿Cuáles deberían ser, en su opinión, rector, los límites de la intervención de las universidades en la política?

JOAQUÍN GOYACHE:
La universidad debe ser un espacio abierto al debate político, pero no al partidismo. Tenemos una Facultad de Ciencias Políticas, investigamos y formamos pensamiento político, pero no debemos convertirnos en un feudo de partidos. Cuando eso ocurre, la universidad pierde su esencia.
El caso estadounidense es muy revelador. Estuve en la toma de posesión de una de esas rectoras que luego se vio obligada a dimitir. Lo que vimos fue un ataque directo a la honestidad académica y a la independencia intelectual, incluso en instituciones privadas como Harvard. Y eso refleja algo inquietante: las nuevas formas de autoritarismo que resurgen en distintos lugares del mundo siempre empiezan igual, debilitando la universidad. Primero le cortan el sustento económico, después el respaldo social.


Y lo vemos también aquí: las universidades son incómodas, porque promueven complejidad, matices, disenso… y eso no encaja con los discursos simplificadores del poder. Frente a eso, hay que defender la autonomía, la investigación libre y la diversidad de pensamiento. No existe democracia sin universidades libres.

las nuevas formas de autoritarismo que resurgen en distintos lugares del mundo siempre empiezan igual, debilitando la universidad. Primero le cortan el sustento económico, después el respaldo social

JOAQUÍN GOYACHE

ALFONSO GONZÁLEZ:
Ustedes dos son personas de ciencia. Han dedicado su vida a la búsqueda de la verdad mediante el dato y la evidencia. ¿Qué sienten al ver cómo los movimientos negacionistas de la ciencia ganan influencia e incluso poder político?

MONTSE GUARDIA:
Rabia… pero también una enorme energía para actuar. Quienes creemos en el conocimiento y en su valor transformador no podemos quedarnos quietos. Nos corresponde ser proactivos, combatir la desinformación con evidencia y esperanza. A veces olvidamos que ya hemos enviado un robot a Marte, que las vacunas salvan millones de vidas cada año, o que la tecnología nos permite comunicarnos y aprender desde cualquier lugar del planeta. Y, sin embargo, seguimos escuchando teorías que niegan lo evidente.

El antídoto es educar más, divulgar mejor, y defender con entusiasmo la curiosidad y el rigor. Necesitamos una sociedad culta, capaz de distinguir entre una opinión y un hecho. Porque no todo vale: decir que la Tierra es plana o que hay que beber lejía para curar una enfermedad no son opiniones, son falsedades peligrosas.

JOAQUÍN GOYACHE:
Coincido plenamente. A mí me provoca una mezcla de indignación y tristeza. Es cierto que todas las personas tienen derecho a opinar, pero no todas las opiniones son válidas. Cuando alguien con poder promueve supersticiones o pseudociencias, hace un daño irreparable. Y los medios, muchas veces, amplifican esas barbaridades. Frente a eso, la universidad debe ser un bastión de conocimiento serio y verificable. No podemos permitir que la «postverdad» sustituya a la verdad científica.

El antídoto es educar más, divulgar mejor, y defender con entusiasmo la curiosidad y el rigor. Necesitamos una sociedad culta, capaz de distinguir entre una opinión y un hecho

MONTSE GUARDIA

ALFONSO GONZÁLEZ:
Para cerrar, y quizá sea la pregunta más importante: ¿cómo conseguimos que la universidad siga siendo un espacio de diálogo cívico, un lugar donde promover la convivencia en una sociedad cada vez más polarizada?

MONTSE GUARDIA:
Creyendo en la universidad. Empezando por quienes formamos parte de ella: el profesorado, el personal de administración, los Consejos Sociales… y, sobre todo, los estudiantes. Si desde dentro no creemos en su valor, nadie lo hará por nosotros.


Tenemos una generación joven brillante, con ideas y compromiso. Hay que cultivar en ella la conciencia de pertenencia: sentirse parte de la universidad, querer mejorarla, disfrutarla y defenderla. Cuando los estudiantes asumen esa actitud, la universidad florece como espacio de construcción cívica. Y ahí debemos acompañarlos.

JOAQUÍN GOYACHE:
La universidad ya lo es, en gran medida. Siempre habrá incidentes o personas exaltadas, pero son la excepción. En la Complutense tengo el privilegio de ver cada día debates intensos, a veces muy polarizados, y, sin embargo, con profundo respeto. Somos una institución diversa, pobre en recursos, pero riquísima en talento y vocación.


Debemos valorar lo que tenemos: comunidades académicas tolerantes, solidarias, con una capacidad de diálogo que pocas otras instituciones poseen. Por eso insisto: hay que creer. Creer en nuestras universidades, en su papel histórico y en su futuro. Son imperfectas, sí, pero son también una de las mejores cosas que ha construido nuestra sociedad.


Congreso del EdTech Cluster

Espacios de Educación Superior está dirigido a poner en contacto a las personas e instituciones interesadas en la sociedad del aprendizaje en Iberoamérica y España.