Aprender toda la vida: la tarea que las universidades ya no pueden ignorar

Instituto para el Futuro de la Educación ha publicado un número de su serie EduTrends dedicado íntegramente al aprendizaje a lo largo de la vida

AGHM

El Observatorio de Innovación Educativa del Instituto para el Futuro de la Educación (IFE) del Tecnológico de Monterrey ha publicado un número de su serie EduTrends dedicado íntegramente al aprendizaje a lo largo de la vida (lifelong learning). El informe, coordinado por Karina Fuerte como editora en jefe y prologado por Michael Fung, director ejecutivo del IFE, recorre la historia del concepto desde los orígenes de la UNESCO, analiza las tensiones filosóficas que lo han atravesado durante décadas y cierra con un directorio de universidades de todo el mundo que ya han convertido el aprendizaje adulto en una línea de trabajo estructural. El argumento central del texto es que el lifelong learning no es una tendencia de moda, sino una necesidad civilizatoria.

ÁLVARO IBAÑEZ GARCÍA


Más que una habilidad profesional: el aprendizaje como condición humana

Lo que diferencia al informe de gran parte de la literatura educativa actual es que niega la premisa de la que parte esa literatura. El discurso dominante entiende el lifelong learning como una respuesta al mercado laboral: uno aprende para mantenerse empleable en un entorno donde la Cuarta Revolución Industrial hace obsoletas las habilidades con una velocidad sin precedentes. El informe lo reconoce, pero enseguida lo cuestiona.

Para ello recupera la tradición humanista que dio origen al concepto. El sociólogo Peter Jarvis, uno de los referentes teóricos centrales del texto, sostiene que el aprendizaje humano es el proceso de transformar toda nuestra experiencia a través del pensamiento, la acción y la emoción, transformándonos a nosotros mismos en el acto. Aprendemos porque el mundo nos presenta situaciones que nuestras biografías no han previsto —situaciones de «disyunción»— que nos obligan a reorganizar nuestra comprensión de la realidad. Este proceso no empieza en la escuela ni termina con la jubilación: es coextensivo con la vida misma. «El aprendizaje es una necesidad social», escribe Jarvis, «es a través de él que los seres humanos aprendemos a ser y a estar en el mundo.»

Esta visión, presente ya en los informes fundacionales de la UNESCO —el Informe Faure de 1972 y el Informe Delors de 1996—, fue progresivamente desplazada por la teoría del capital humano impulsada desde los años setenta por la OCDE y el Banco Mundial. Lo que el informe del IFE hace es señalar ese desplazamiento como un empobrecimiento y reivindicar la dimensión holística del aprendizaje: aprender a ser, aprender a convivir, aprender a comprender el mundo. En un momento en que el debate educativo gira casi exclusivamente en torno a competencias digitales y empleabilidad, este reencuadre resulta no solo oportuno sino urgente.

«El aprendizaje es una necesidad social», escribe Jarvis, «es a través de él que los seres humanos aprendemos a ser y a estar en el mundo.»

El «tsunami plateado» y el imperativo demográfico

Junto con la reflexión filosófica, el informe ofrece los datos que convierten el debate en una prioridad política de primer orden. La demografía global está experimentando una transformación sin precedentes a la que el texto denomina el «tsunami plateado».

Las cifras son elocuentes. Según datos de la OMS recogidos en el informe, en 2019 el número de personas mayores de 60 años era de mil millones; se estima que esa cifra alcanzará los 1.400 millones en 2030 y los 2.100 millones en 2050. El reporte de Naciones Unidas World Population Ageing 2019 señala que la proporción de personas de 65 años o más ha pasado del 6 % al 9 % de la población mundial entre 1990 y 2019, y prevé que llegue al 16 % en 2050. Para finales del siglo XXI, el 61 % de la humanidad tendrá más de 65 años. Y quien cumpliera esa edad entre 2015 y 2020 disponía, en promedio, de 17 años adicionales de vida por delante.

Estos números no son solo estadísticas sanitarias: describen una nueva etapa vital de masas, larga y activa, para la que las sociedades no disponen aún de instituciones ni políticas adecuadas. En ese contexto, el aprendizaje continuo deja de ser un lujo personal para convertirse en un componente estructural del bienestar. El propio informe subraya el vínculo: según el Education at a Glance 2021 de la OCDE, una persona de 30 años con estudios universitarios puede esperar vivir hasta 5,2 años más que otra de la misma edad con solo educación secundaria. Aprender no solo amplía horizontes: alarga la vida.

el aprendizaje continuo deja de ser un lujo personal para convertirse en un componente estructural del bienestar

El papel de las universidades: de formadoras de jóvenes a instituciones para toda la sociedad

Todo lo anterior plantea una pregunta directa a las universidades: ¿qué hacen ellas con esta realidad? El informe recoge las recomendaciones del Informe Delors, que ya en 1996 establecía que las universidades deben «estar abiertas a todas las personas y cubrir los muchos aspectos de la educación a lo largo de la vida en su sentido más amplio». Son, dice Delors, «autoridades intelectuales de la sociedad» y deben ejercer ese rol reflexionando sobre los grandes problemas éticos y sociales de su tiempo.

La apertura de las universidades a la población adulta y mayor no es, por tanto, una actividad periférica ni un gesto de responsabilidad social: es, según el informe, parte del núcleo de la misión universitaria en el siglo XXI. La función de generación y transferencia de conocimiento no puede seguir limitada a la franja de los 18 a los 25 años cuando la vida útil social y laboral se extiende hasta los 80.

Una tendencia global con nombres y apellidos

La tercera parte del informe, el más extenso de sus bloques, ofrece lo más valioso para quienes buscan referencias concretas: un directorio internacional de instituciones que ya han asumido este compromiso. Los ejemplos son numerosos y variados.

En Estados Unidos, la tradición tiene medio siglo de historia. La Universidad de Harvard creó en 1977 el Harvard Institute for Learning in Retirement (HILR), el primer programa universitario de este tipo en el país, orientado a adultos jubilados que aprenden entre iguales sin el objetivo de obtener créditos académicos. A este modelo le siguieron los Institutos Osher de Aprendizaje a lo Largo de la Vida (Osher Lifelong Learning Institutes, OLLIs), financiados por la Fundación Bernard Osher. Hoy existen 125 institutos Osher distribuidos por los 50 estados del país —presentes en universidades como Arizona State, Northwestern, Johns Hopkins, Berkeley o la Universidad de California— que en 2022 atendían a más de 113.000 miembros. Su objetivo declarado no es la certificación sino «desarrollar la mente y el espíritu para una vida de propósito y florecimiento humano».

La Universidad de California en Irvine ha ido más lejos con su 60-Year Curriculum, un plan de estudios diseñado para acompañar a las personas a lo largo de seis décadas de vida, entendiendo la formación como un proceso que evoluciona con cada etapa vital. Georgia Tech, por su parte, ha lanzado la Lifetime Learning Initiative, integrando el aprendizaje continuo en su oferta institucional como una línea permanente.

La Universidad de Harvard creó en 1977 el Harvard Institute for Learning in Retirement (HILR), el primer programa universitario de este tipo en el país, orientado a adultos jubilados que aprenden entre iguales sin el objetivo de obtener créditos académicos

En China, el fenómeno ha adquirido una dimensión sin parangón. Desde que en 1983 se creó en la provincia de Shandong la primera Universidad de la Tercera Edad —con 19.000 estudiantes, una de las mayores del mundo—, el gobierno ha convertido la educación para mayores en política de Estado. El Plan Nacional de 2010 incorporó formalmente la educación para personas mayores al sistema educativo nacional. En 2016, el gobierno chino declaró a esta población «un activo valioso del país y la sociedad» y se propuso que todas las ciudades, urbanas y rurales, contasen con al menos una universidad para mayores. En 2018 el resultado era de más de 70.000 centros con ocho millones de estudiantes matriculados.

En Europa, el proyecto Senior’s Learning in the Digital Society (SeLiD), enmarcado en el programa Erasmus+ y coordinado por la Universidad Comenius de Bratislava, reúne a ocho universidades europeas con el objetivo de ampliar las oportunidades de aprendizaje digital para adultos mayores, conscientes de que la digitalización de servicios básicos —banca, sanidad, administración— ha excluido a millones de personas de la vida cotidiana.

En España, varias universidades llevan décadas abriendo sus puertas a la población adulta: la Universidad Permanente de Alicante, el programa Universitat a l’Abast de la UAB, el Programa de Formació Universitària per a Més Grans de 50 Anys de la Universitat de Girona y el Universitat per a Majors de la Universitat Jaume I son ejemplos recogidos en el directorio.

El propio Tecnológico de Monterrey, institución impulsora del informe, ha articulado su apuesta a través de plataformas como Tec4Seniors y de una normatividad interna que reconoce microcredenciales y credenciales alternativas como parte de su oferta educativa, integrando distintas generaciones en un mismo espacio de aprendizaje.

El informe EduTrends de junio de 2023 llega con una tesis sencilla pero de gran alcance: el aprendizaje a lo largo de la vida ha dejado de ser una aspiración pedagógica para convertirse en una respuesta necesaria a dos de los cambios más profundos de nuestro tiempo —el envejecimiento de la población y la aceleración del cambio social—. Las universidades, instituciones sociales del saber durante siglos, tienen ante sí la oportunidad —y la responsabilidad— de redefinir su misión para estar a la altura de esa tarea.


ÁLVARO IBAÑEZ GARCÍA EsdiES


Espacios de Educación Superior está dirigido a poner en contacto a las personas e instituciones interesadas en la sociedad del aprendizaje en Iberoamérica y España.