Soberanías universitarias en tiempos de inteligencia artificial

Hablar de soberanía digital universitaria ya no es una cuestión técnica, sino institucional

La irrupción de la inteligencia artificial obliga a la universidad a replantear sus fundamentos institucionales: ya no basta con adaptarse tecnológicamente, sino que resulta imprescindible reforzar su autonomía intelectual, su capacidad de gobierno digital y su función histórica como garante de conocimiento fiable y pensamiento crítico en un ecosistema marcado por la automatización y la desconfianza.

FARAÓN LLORENS LARGO


La universidad en la era de la inteligencia artificial necesita repensar sus soberanías para no perder su papel como garante del conocimiento auténtico[1] y del pensamiento crítico

La inteligencia artificial ha acelerado una transformación profunda en la manera en que producimos, difundimos y validamos conocimiento, alterando de manera irreversible el ecosistema del conocimiento en el que operan las universidades. En este nuevo escenario, la clásica noción de autonomía universitaria se queda corta y resulta insuficiente. Las universidades ya no solo deben ser libres frente al poder político o económico, sino también frente a la dependencia tecnológica, a la manipulación algorítmica y a la erosión de la verdad. Es hora de hablar de soberanías universitarias (sí, en plural).

Gobernar la inteligencia artificial en las universidades

La espoleta que me llevó a escribir este post fue el artículo “Universities need AI sovereignty to protect free thought”[2], que Alfonso González me envió porque conoce bien mi preocupación por el impacto profundo de la inteligencia artificial en nuestras universidades. Mi línea de pensamiento es que no se trata solo de poner en marcha iniciativas concretas, que son sin duda necesarias y útiles, sino de comprender las implicaciones que tiene la IA en el sentido último de las instituciones de educación superior. Conocedor también de mi insistencia en la necesidad de una soberanía digital de las universidades, me pidió que escribiera sobre el tema. Y estas son mis reflexiones.

En mis charlas sobre inteligencia artificial y educación suelo decir que me preocupan fundamentalmente dos cuestiones: por un lado, la soberanía digital, abogando por una IA segura, pública y lo más transparente posible; por otro, la merma de la veracidad, que amenaza con socavar la confianza. El texto que me pasó Alfonso no solo confirmó mis temores, sino amplió el foco.

las instituciones de educación superior están entrando en una zona de vulnerabilidad creciente frente a modelos de lenguaje de gran tamaño (LLM) ideológicamente preajustados, que no sólo están transformando las herramientas que se apoyan en ellos

Según su autor, las instituciones de educación superior están entrando en una zona de vulnerabilidad creciente frente a modelos de lenguaje de gran tamaño (LLM) ideológicamente preajustados, que no sólo están transformando las herramientas que se apoyan en ellos, sino que podrían comprometer la propia capacidad de pensamiento autónomo, convirtiendo el razonamiento universitario en una respuesta reactiva a algoritmos cuya lógica desconocemos.

Este diagnóstico revela que la cuestión no se limita a la adopción tecnológica, sino que pone en evidencia la urgencia de que las universidades reivindiquen y mantengan su soberanía digital. No basta con incorporar IA, es imprescindible gobernarla y someterla a reflexión crítica.

La IA generativa y la erosión de la confianza

La inteligencia artificial generativa marca un punto de inflexión en el ecosistema del conocimiento. No se limita a ampliar nuestra capacidad para almacenar, acceder o analizar información. Las nuevas herramientas producen textos, imágenes y resuelven problemas. Y todo ello con una convincente apariencia de rigor, que no siempre guarda correspondencia con los hechos, ni con un compromiso real con la verdad. Este salto cualitativo cuestiona directamente los cimientos sobre los que se ha construido la autoridad epistémica de las universidades.

La legitimidad histórica de la universidad descansa en su función social de distinguir entre evidencia y opinión, entre descubrimiento y conjetura, y, en definitiva, establecer lo que es ciencia y pseudociencia

Si entendemos que la universidad no es solo un lugar donde se trasmite conocimiento, sino una institución dedicada a producir, custodiar y transmitir con garantías conocimiento fiable, entonces debemos estar preparados para afrontar con seriedad el desafío que plantea la IA generativa. La legitimidad histórica de la universidad descansa en su función social de distinguir entre evidencia y opinión, entre descubrimiento y conjetura, y, en definitiva, establecer lo que es ciencia y pseudociencia. Esa capacidad de discriminación es parte de su contrato social.

En la era de la IA generativa, la verdad no desaparece, pero se oscurece, se vuelve más difícil de reconocer. No porque falten evidencias, sino porque la abundancia de contenido generado por máquinas diluye las señales de veracidad y encarece el proceso de diferenciar lo fiable de lo simplemente creíble. Esta tensión entre verdad y verificación altera las condiciones mismas bajo las cuales se produce, circula y se valida el conocimiento académico y tiene consecuencias profundas para la evaluación de los aprendizajes y para la confianza pública en la institución universitaria.

Soberanía del conocimiento

Capacidad para definir, proteger y controlar de forma autónoma los sistemas de conocimiento, las epistemologías institucionales y el patrimonio cultural

Hace poco leí el subtítulo de un libro[3], que se me quedó grabado, y describía estos tiempos como “una época en la que no se confía en nada, pero se cree en todo”. La frase resume bien el problema: se ha invertido la relación natural entre confianza y credulidad. Y ese es el problema. Lo razonable sería confiar en aquello que proviene de fuentes que ofrecen garantías de veracidad, sin embargo, hoy ocurre lo contrario. En un contexto en el que se cuestiona la autenticidad de noticias, imágenes o vídeos, la confianza, ingrediente básico de la vida en común, se deteriora rápidamente. Y lo inquietante no es solo que confiemos cada vez menos, sino que, paradójicamente, nos mostramos dispuestos a creer casi cualquier cosa.

En este contexto, las universidades deben ser instituciones que produzcan y sostengan confianza pública. La sociedad necesita creer lo que dicen porque su misión (producir, custodiar y garantizar conocimiento fiable) es un bien común esencial

El problema no reside únicamente en que rara vez verifiquemos la información que consumimos, sino en la indiferencia creciente hacia la verdad. Se habla mucho de noticias falsas, pero existe un riesgo aún más grave: el rechazo sistemático de las noticias verdaderas. El exceso de desinformación no solo introduce más falsedades en el sistema, sobre todo erosiona la confianza en la verdad misma y nos vuelve más vulnerables a cualquier relato que encaje con nuestras intuiciones. De hecho, cuando nos equivocamos al evaluar un contenido, suele ser más por desconfiar de lo cierto que por creer lo falso. Este escepticismo excesivo es especialmente dañino, porque lo verdadero es mucho más frecuente que lo falso.

Incluso algunas iniciativas bienintencionadas para combatir la desinformación, como pueden ser programas de alfabetización mediática o juegos educativos, pueden tener efectos no deseados: disminuyen la credulidad, sí, pero a costa de incrementar la desconfianza generalizada, también hacia lo que sí es fiable. El escepticismo protege frente al engaño, pero llevado al extremo se convierte en otra forma de distorsión y en un factor adicional de erosión de la confianza social.

En este contexto, las universidades deben ser instituciones que produzcan y sostengan confianza pública. La sociedad necesita creer lo que dicen porque su misión (producir, custodiar y garantizar conocimiento fiable) es un bien común esencial. Y precisamente por eso las universidades se convierten en objetivo de poderes autocráticos y de agendas que buscan debilitar su autoridad epistémica: la confianza en el conocimiento riguroso nunca ha sido cómoda para quienes prefieren el dogma o la manipulación. Aquí podríamos hablar de soberanía económica o de soberanía del pensamiento, dimensiones fundamentales pero que exceden el propósito de este post.

hablar de soberanía digital universitaria ya no es una cuestión técnica, sino institucional

Soberanía digital

Capacidad para gobernar los ecosistemas digitales (decisiones tecnológicas, infraestructuras, recursos y datos) sin una dependencia excesiva de proveedores externos.

En la actual sociedad fuertemente digitalizada, la pugna por captar (y vender a terceros) nuestra atención ha sacrificado con demasiada frecuencia la verdad. En un entorno saturado de información, la atención se ha convertido en el recurso más codiciado, y buena parte de la industria tecnológica dejó hace tiempo de pensar en diseñar productos para pasar a diseñar usuarios de los servicios que ofrecían. Los sistemas inteligentes de recomendación moldean percepciones, hábitos y decisiones sin que apenas seamos conscientes de ello. La economía de la atención no es solo un modelo de negocio: es un sistema de influencia que condiciona nuestro pensamiento y nuestra conducta.

En este contexto, hablar de soberanía digital universitaria ya no es una cuestión técnica, sino institucional. Una parte sustancial de la vida académica (docencia, evaluación, investigación, gestión y comunicación) transcurre hoy en infraestructuras digitales que, en su mayoría, están en manos de grandes corporaciones tecnológicas. Correo electrónico, plataformas de aprendizaje, servicios de almacenamiento, repositorios, herramientas de escritura y análisis basadas en IA. Todos estos sistemas median la actividad universitaria y, al hacerlo, capturan datos, conductas y procesos que las instituciones no controlan.

Al delegar funciones críticas en plataformas opacas, la universidad cede soberanía. Renuncia a gobernar sus propios flujos de información, a asegurar la integridad de sus procesos y a preservar la identidad institucional que sostiene su misión.

Al delegar funciones críticas en plataformas opacas, la universidad cede soberanía

Esto no implica abogar por un aislamiento digital, imposible en la sociedad actual, ni cuestionar la colaboración con la industria tecnológica. Significa exigir transparencia, interoperabilidad, auditabilidad y un control ético de los algoritmos que median la vida académica. Significa desarrollar capacidades propias (tecnológicas, organizativas y culturales) que permitan a las universidades gobernar su digitalización, en lugar de ser gobernadas por ella.

La tan repetida transformación digital de las universidades no consiste en permitir que las tecnologías nos transformen a su imagen y semejanza, sino en aprovechar sus potencialidades para transformarnos nosotros y servir mejor a la sociedad.

Por eso insisto desde hace muchos muchos años en que hablar de transformación digital no es hablar únicamente de tecnología. La universidad de la era digital que la sociedad demanda no llegará simplemente inundando las instituciones actuales con herramientas tecnológicas diseñadas para otros propósitos.

No se trata de poseer o desarrollar toda la tecnología, sino de garantizar que la tecnología no erosione aquello que define la esencia universitaria: su autonomía intelectual, su responsabilidad pública y su compromiso con la verdad

Con el concepto de soberanía digital quiero subrayar precisamente esto. No se trata de poseer o desarrollar toda la tecnología, sino de garantizar que la tecnología no erosione aquello que define la esencia universitaria: su autonomía intelectual, su responsabilidad pública y su compromiso con la verdad. La transformación digital solo será auténtica si preserva estos principios y los potencia, en lugar de diluirlos bajo la presión de modelos tecnológicos ajenos al proyecto universitario.

Que la universidad siga siendo universidad

En un ecosistema del conocimiento donde los mecanismos automáticos de generación de textos, imágenes y vídeos pueden reemplazar progresivamente la argumentación y la investigación rigurosa por simulaciones convincentes de conocimiento, urge repensar el papel de la universidad. Más allá de los riesgos operativos comentados (fraude académico, debilitamiento de la evaluación, dependencia tecnológica) está en juego algo más profundo: la posibilidad de que la sociedad siga reconociendo en la universidad una instancia legítima de producción de verdad pública confiable.

Si la universidad quiere seguir siendo un espacio de conocimiento libre y verdadero, debe construir nuevas soberanías: decidir sobre las tecnologías que utiliza, proteger los datos que genera, formar mentes críticas a través de la docencia y transparentar los procesos mediante los cuales crea y valida conocimiento en su actividad investigadora.

Su legitimidad futura no dependerá de producir más conocimiento que estos sistemas, sino de garantizar los mecanismos que permiten distinguir el conocimiento confiable del que no lo es

Ante este cambio estructural, la universidad no puede competir en volumen ni en velocidad con los sistemas generativos desarrollados por las grandes corporaciones tecnológicas. Su legitimidad futura no dependerá de producir más conocimiento que estos sistemas, sino de garantizar los mecanismos que permiten distinguir el conocimiento confiable del que no lo es: métodos robustos de validación, estándares epistémicos claros, procesos rigurosos de revisión, infraestructuras que aseguren trazabilidad y transparencia, y marcos institucionales que preserven la integridad intelectual.

Solo si afianza las soberanías del conocimiento y de lo digital, la universidad podrá seguir siendo lo que siempre ha sido: un lugar donde la verdad, imperfecta pero imprescindible, sigue siendo posible.


[1] RAE. Auténtico: acreditado como cierto y verdadero

[2] https://www.universityworldnews.com/post.php?story=20251007143251841

[3] Los demonios de la mente. Relato de una época en la que no se confía en nada, pero se cree en todo de Mattia Ferraresi (https://edicionesencuentro.com/libro/los-demonios-de-la-mente). 


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