Derecho a investigar, necesidad de experimentar

Glasgow Reino Unido AGHM

Investigamos cada día, aunque nuestros recursos sean precarios. Investigar no es un asunto de la incumbencia exclusiva de los académicos o los científicos. La experiencia de sentirse decepcionado por la actuación de unos expertos que tienden a mostrarse más distantes, caros y sabiondos de lo necesario.

ANTONIO LAFUENTE


Investigar no es un asunto de la incumbencia exclusiva de los académicos o los científicos.  Todos investigamos cada día, aunque nuestros recursos sean precarios. Es obvio que los profesionales cuentan con medios extraordinarios y tiempo para aprender a utilizarlos, sacarles partido y mantenerlos actualizados.  También es verdad que operan con niveles de exigencia muy altos. Todo eso es normal, lo sabemos, lo admiramos y no lo imitamos. Los científicos se enfrentan a objetos sometidos a un control estricto que sólo es verdaderamente eficiente cuando están encerrados entre las paredes, las prácticas y los lenguajes de control.

La gente ordinaria también tiene problemas que debe afrontar con garantías mínimas. A veces, nos jugamos mucho en una decisión y tratamos de minimizar sus consecuencias negativas. No es raro entonces que tratemos de documentarnos y de consultar a quienes creemos que pueden aportarnos criterios de calidad. A estas alturas, quedan pocas personas que no hayan tenido que consultar a un médico, un abogado o un arquitecto, entre otros profesionales que nos ofrecen criterio para saber cómo proceder. También es frecuente la experiencia de sentirse decepcionado por la actuación de unos expertos que tienden a mostrarse más distantes, caros y sabiondos de lo necesario.

Nuestros problemas, aunque sean pequeños, siempre tienen componentes locales, culturales o singulares que, por mucho que se parezcan a los que tienen otros compatriotas, los hacen especiales. Y no solo hablo de asuntos de salud, sino de negocios en crisis o de legítimos deseos de que las cosas sucedan de otra manera. Todos y todas nos creemos con derecho a un mundo mejor. Todas y todos nos hemos organizado alguna vez para tratar de impulsar algún cambio. Es difícil no aceptar que a veces tenemos que enfrentarnos a situaciones que reclaman una mejor comprensión de lo que (nos) pasa. Y todos hacemos lo mismo, científicos o no.  Nos juntamos con otros para sumar capacidades, superar debilidades, enfocarnos en lo que importa, repartirnos la tarea, documentar las alternativas, contrastar los distintos pareceres, jerarquizar las opciones, evaluar los riesgos, calendarizar las medidas, presupuestar las necesidades y, en fin, elegir dónde, cuándo, cómo y con quién intervenir. 

Todos merecemos una ciudad más hospitalaria, un trabajo menos competitivo, un mundo menos asimétrico, un cuerpo menos asediado

La gente ordinaria, además de faltarle recursos, tampoco tiene tiempo. Si lo que te mueve es una afición es probable que acabes renunciando a emprender nuevos proyectos.  Pero si te juegas la vida, la empresa o la comunidad a la que perteneces, es más probable que saques tiempo. Pero es que además de tiempo, también se necesita tener algo de dinero, gestionar aprendizajes, movilizar contactos y disponer de espacios de trabajo. En su conjunto se trata de tareas inabordables si las enfrentas solo. El secreto siempre fue y sigue siendo el mismo: hazlo con otrxs, sumar capacidades.

Todos tenemos derecho a un mundo mejor. Todos merecemos una ciudad más hospitalaria, un trabajo menos competitivo, un mundo menos asimétrico, un cuerpo menos asediado y, en fin, un entorno más sostenible, personal, laboral y medioambientalmente hablando. Y para lograrlo vamos a necesitar entender mejor lo que pasa.  No será suficiente con expresar estas necesidades en la calle. Habrá que seguir haciéndolo, pero también tendremos que involucrarnos en el diseño de soluciones factibles, aunque sean provisionales. 

Esa es la función de los laboratorios ciudadanos: operar como espacios seguros que ofrecen hospitalidad, conectividad y muchas posibilidades de encontrar gente con la que colaborar y arriesgar. Lo que se hace dentro es buscar entre todxs buenas preguntas y ensayar las respuestas que mejor se ajustan a nuestras posibilidades. Bien entendido que todo cuanto ocurre en su interior debe permanecer abierto: abierto en el sentido de accesible y abierto en el sentido de inacabado. 

no es el colectivo quien crea el prototipo sino que, al contrario, es el prototipo quien demanda una comunidad

Todo tiene una naturaleza muy experimental porque los grupos de trabajo que se forman tienden a ser muy heterogéneos y, en consecuencia, tienen que esforzarse para encontrar un lenguaje común que haga posibles los intercambios. O, dicho con otras palabras, tiene que encontrar una forma de nombrar el problema y de abordarlo que no excluya a nadie y, que represente a todos por igual. Los grupos funcionan como comunidades de aprendizaje, aunque sus logros jamás se traducirán en artículos o tampoco están dominados por los imaginarios de la originalidad. Sólo se buscan soluciones funcionales construidas entre todxs.

La búsqueda de propuestas concretas, funcionales, tentativas, de bajo coste y bajo riesgo, es lo que llamamos prototipado. Y, en fin, en contextos de producción compleja, de alta heterogeneidad de los participantes y notable precariedad de recursos, como ya se ha explicado, no es el colectivo quien crea el prototipo sino que, al contrario, es el prototipo quien demanda una comunidad.  Un prototipo robusto reclama un mundo común y un mundo común es inimaginable sin un esfuerzo permanente de actualización de las estructuras en las que se basa. Y eso reclama mucha información contrastada, es decir mucha experimentación.

Antonio Lafuente García, es investigador científico del Centro de Ciencias Humanas y Sociales (CSIC) en el área de estudios de la ciencia.

Twitter @alafuente

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