Documento elaborado por Alfonso González Hermoso de Mendoza y Carlos Magro Mazo en base a la realización de unos focus groups que tuvieron lugar en Barcelona y Madrid en octubre y noviembre de 2025 en el que participaron estudiantes universitarios o graduados, instituciones de educación superior y empresas del sector edtech, coordinador por el EduTech Clúster y EsdeES
El manifesto se presentará en el «Edtech Congress Barcelona 2026» Fira Barcelona 4-5 febrero 2026
«Por una experiencia digital responsable»
La experiencia universitaria atraviesa hoy una transformación profunda, marcada por la expansión de las tecnologías digitales y, de forma creciente, por la incorporación de sistemas basados en inteligencia artificial. Sin embargo, esta transformación no siempre ha estado acompañada de una reflexión suficiente sobre su impacto real en la vida cotidiana del estudiantado. Con frecuencia, la tecnología se ha introducido como una capa adicional de gestión, control o eficiencia, sin atender de manera sistemática a las necesidades, expectativas y trayectorias diversas de quienes habitan la universidad. En este contexto, resulta imprescindible desplazar el foco desde la mera adopción tecnológica hacia la mejora efectiva de la experiencia universitaria en todo su ciclo vital.
Nos negamos a aceptar que el futuro de nuestra educación sea una narrativa escrita únicamente por empresas tecnológicas. No somos usuarios de un sistema de optimización ni datos en un experimento de eficiencia; somos personas en pleno proceso de formación humana. La tecnología no puede ser una infraestructura que se nos impone como inevitable, transformando el aprendizaje en un proceso sin fricciones, pero vacío de sentido. Reclamamos el derecho a decidir qué herramientas habitan nuestras aulas, asegurando que la innovación sirva a nuestros valores educativos y no a los modelos de negocio de Silicon Valley. El futuro de la universidad debe ser construido con nosotros, no solo para nosotros.
Frente a este escenario, sostenemos que no existe un único futuro tecnológico posible para la universidad. Es posible construir horizontes en los que la inteligencia artificial generativa refuerce la enseñanza y el acompañamiento humano, en lugar de desplazarlos; en los que la búsqueda de eficiencia esté subordinada a los objetivos del aprendizaje y no al revés; y en los que las instituciones educativas conserven la capacidad de decidir cómo la tecnología configura los entornos formativos.
La tecnología no es neutra, pero tampoco es inevitable: su impacto depende de las decisiones pedagógicas, políticas y organizativas que se adopten
Avanzar hacia estos futuros exige algo más que adaptarse a herramientas diseñadas desde fuera del ámbito educativo. Requiere que las universidades definan con claridad los valores que orientan su proyecto formativo y los traduzcan en criterios concretos para la adopción, el diseño y el uso de tecnologías. Implica también establecer límites, rechazar implementaciones que erosionen el sentido educativo y asumir que la innovación solo es legítima cuando responde a un propósito pedagógico explícito. La universidad no puede limitarse a reaccionar a la innovación tecnológica: debe ejercer un papel activo en su orientación y gobernanza.
Las propuestas que se presentan a continuación nacen de la escucha activa de estudiantes y de la reflexión colectiva en torno a cuatro momentos clave de la vida universitaria: la incorporación, los cuidados, el aprendizaje y la transición hacia el mundo profesional y la relación con los alumni. En ellas se recogen inquietudes recurrentes del estudiantado contemporáneo: la dificultad para tomar decisiones informadas, la sensación de desorientación en los primeros meses, el impacto del bienestar emocional en el rendimiento académico, la escasa personalización de los aprendizajes, el uso poco crítico de la inteligencia artificial y la fragilidad del vínculo entre universidad y vida profesional. Lejos de plantear soluciones técnicas cerradas, estas propuestas articulan demandas de sentido, acompañamiento y coherencia institucional.
Este documento no entiende la tecnología como un fin en sí mismo, sino como un espacio desde el que pensar el proyecto educativo y los valores de la universidad. Las quince propuestas que siguen constituyen un posicionamiento crítico y propositivo: reclaman tecnologías que escuchen, cuiden, orienten y amplíen las capacidades del estudiantado, sin sustituir la dimensión humana que define la experiencia universitaria. Leídas en conjunto, conforman un marco para repensar el papel de la tecnología como infraestructura de cuidado, aprendizaje y continuidad, capaz de fortalecer una universidad más justa, más conectada con la realidad y más atenta a quienes la hacen posible.
Este documento no entiende la tecnología como un fin en sí mismo, sino como un espacio desde el que pensar el proyecto educativo y los valores de la universidad

1. Elegir sin perderse
Elegir qué estudiar y dónde hacerlo es una de las decisiones más relevantes en la vida de muchas personas y, paradójicamente, una de las más desinformadas. También es una decisión demasiado solitaria. La falta de información, la abundancia de oferta, la opacidad de muchos discursos institucionales y la presión por “acertar” nos generan incertidumbre y ansiedad desde el primer momento.
La tecnología debe ayudarnos a explorar opciones desde quiénes somos, no solo desde lo que “tiene salida”, demanda el mercado o es bien visto familiar o socialmente. Es más, pensamos que la tecnología debería ayudarnos también a entender quiénes somos y quiénes queremos ser antes de decidir qué estudiar.
Necesitamos menos marketing opaco y más orientación honesta para decidir con confianza y sin miedo a equivocarnos. Para eso resulta imprescindible que se desarrollen plataformas que conecten intereses, valores, trayectorias reales y salidas profesionales, más allá de notas de corte y rankings.
Elegir universidad no debería ser un salto al vacío ni una apuesta irreversible. La tecnología puede contribuir a una orientación honesta, progresiva y revisable, que reduzca la sensación de error y favorezca decisiones informadas, acompañadas y sostenibles.
Necesitamos menos marketing opaco y más orientación honesta para decidir con confianza y sin miedo a equivocarnos
2. Ampliar el acceso, cuidar la llegada
La experiencia universitaria comienza mucho antes de pisar un campus, pero también mucho antes de decidir siquiera si la universidad es una opción posible. Sabemos que son muchas las personas que no se plantean estudiar en la universidad porque no se ven reflejadas en ella, porque nadie se la ha mostrado como un espacio accesible y de posibilidad o porque sienten que “no es para ellas”. La tecnología puede y debe ayudarnos a mostrar a todas qué es realmente la universidad, a quién va dirigida y qué caminos abre, especialmente a quienes hoy quedan fuera de ese imaginario.
Herramientas digitales, experiencias inmersivas, relatos de trayectorias diversas y espacios de orientación pueden acercar la universidad donde hoy no llega. No para convencer, sino para hacer visible una posibilidad que muchas veces se descarta por desconocimiento, distancia cultural o barreras simbólicas. Democratizar el acceso empieza también por democratizar la información y las representaciones.
La tecnología puede contribuir a crear sistemas de admisión más equitativos, que tengan en cuenta los contextos educativo, social y vital de cada persona. Modelos de admisión contextualizados, como el Contextual Offer Making, que reconocen trayectorias desiguales y donde las instituciones ajustan los requisitos de entrada para los solicitantes basándose en sus circunstancias personales, educativas o socioeconómicas.
Al mismo tiempo, la incorporación a la universidad no debería vivirse ni como continuidad de lo ya vivido, ni como un momento abrupto. Llegar a la universidad no debería implicar adaptarse a un molde preexistente, sino sentirse reconocido desde el primer contacto. La tecnología puede ayudar a construir procesos de acceso y bienvenida más justos, progresivos y humanos, sentando las bases de una experiencia universitaria verdaderamente inclusiva.
Llegar a la universidad no debería implicar sentirse perdido. La tecnología puede contribuir a que cada estudiante se sienta reconocido, esperado y acompañado desde el primer contacto, sentando las bases de una experiencia universitaria más inclusiva y cuidadosa.
Llegar a la universidad no debería implicar adaptarse a un molde preexistente, sino sentirse reconocido desde el primer contacto
3. Los primeros 90 días importan
Muchos abandonos no son académicos, son vitales. Con frecuencia, no responden a dificultades estrictamente académicas, sino a problemas de adaptación, soledad, falta de sentido, desorientación o sobrecarga emocional. Los primeros meses en la universidad son determinantes, y muchos abandonos o desconexiones se gestan en este periodo. La universidad debería saber cuándo alguien se está perdiendo antes de que desaparezca.
Sabemos que el éxito académico y nuestro bienestar socioemocional dependen, en gran medida, de cómo nos adaptamos a la vida universitaria durante el primer año. Sin embargo, la desorientación en esta etapa sigue siendo un problema generalizado que la tecnología, a menudo, no resuelve, sino que acrecienta.
Pero creemos que la tecnología puede ayudar a identificar estas situaciones de forma temprana y no invasiva con sistemas inteligentes bien diseñados que ayuden a detectar frustración, desconexión, dudas o desorientación y activar apoyos reales y redes de soporte. No queremos tecnologías para vigilar ni etiquetar, sino para anticipar el cuidado e incentivar vínculos.
La universidad no debería enterarse de que alguien se ha ido cuando ya no está. La tecnología puede ser una aliada clave para sostener, acompañar y cuidar en los momentos de mayor vulnerabilidad del recorrido universitario.
La universidad no debería enterarse de que alguien se ha ido cuando ya no está

4. Una universidad que escuche, no solo que mida
La universidad digitalizada nos traduce a datos, pero nos silencia como sujetos. También al profesorado. La universidad recoge muchos datos, pero escucha poco. No queremos más encuestas sin respuesta, ni encuestas puntuales que sean poco más que autojustificaciones o canales poco accesibles o procesos sin retorno generan frustración y desafección.
Nos negamos a que la escucha institucional se convierta en una vigilancia encubierta bajo el pretexto de medir nuestro compromiso personal y emocional. Demandamos tecnologías que permitan expresar malestar y propuestas con la certeza de ser considerados, no monitorizados.
Necesitamos espacios digitales donde expresar nuestros malestares, conflictos, necesidades y propuestas, con la certeza de que serán leídos, considerados y respondidos. Queremos tecnologías que habiliten una incidencia real en el diseño de nuestra educación.
Escuchar es entablar una relación, no ofrecer un formulario. Escuchar no es acumular datos: sino establecer una relación que reconozca al estudiantado como interlocutor legítimo. Escuchar es establecer una relación que nos reconozca como interlocutores legítimos, no monitorizar comportamientos para alimentar un panel de control docente. Escuchar es responder, actuar y contribuir a la construcción de un sentido común de pertenencia.
La universidad digitalizada nos traduce a datos, pero nos silencia como sujetos
5. El cuidado también es infraestructura
El bienestar emocional, la salud mental y la inclusión no pueden seguir tratándose como servicios periféricos o reactivos. Son condiciones estructurales para el aprendizaje y la permanencia en la universidad. Pensar que el abandono educativo es un tema académico es desconocer o querer ignorar la realidad de las personas en el mundo universitario.
El bienestar emocional, la salud mental y la inclusión no pueden depender solo de la buena voluntad. La tecnología puede integrar tutoría, mentoría, atención psicológica y redes de apoyo en una experiencia coherente y accesible.
Pedir ayuda no debería ser complejo, burocrático ni estigmatizante. El cuidado no es un complemento, es una infraestructura invisible que sostiene la experiencia universitaria. El cuidado debe formar parte del corazón digital de la universidad. Cuidar no es un extra: es condición para aprender.
También necesitamos cuidados frente a la propia tecnología. La tecnología en ningún caso debe aislarnos, sino ser el tejido que facilite el apoyo mutuo. Entendemos que nuestra formación mejora cuando existe una cultura de aprendizaje colaborativo y una relación cercana con quienes nos enseñan. Si las tecnologías generan desconfianza entre estudiantado y profesorado tenemos un problema.
El bienestar emocional, la salud mental y la inclusión no pueden depender solo de la buena voluntad
6. Tecnología que construya comunidad
La universidad no puede ser solo una suma de plataformas y trámites. La fragmentación de plataformas, servicios y espacios dificulta la construcción de la comunidad universitaria. Queremos tecnología que nos conecte, no que nos aísle. Necesitamos espacios digitales que fomenten vínculos reales entre estudiantes, entre cursos, disciplinas y trayectorias distintas. Las tecnologías deben ser herramientas que faciliten el encuentro real, no un fin que nos mantiene aislados tras la pantalla.
Reclamamos entornos digitales que nos ayuden a «poner el cuerpo» y participar en la vida universitaria tangible. No queremos solo opinar o compartir publicaciones, sino que la tecnología sea el mapa que nos conecte con asociaciones, grupos deportivos y espacios de interacción física donde podamos ser nosotros mismos sin filtros.
La tecnología también puede y debe contribuir a una universidad accesible para todas las personas, desde el diseño mismo de sus espacios físicos y digitales. Apostamos por el diseño universal como principio: campus que integren soluciones tecnológicas para la accesibilidad, aulas híbridas pensadas para distintos cuerpos, capacidades y formas de participación, y entornos digitales que no excluyan por barreras técnicas, sensoriales o cognitivas. La inclusión no puede depender de adaptaciones tardías, sino de decisiones de diseño tomadas desde el inicio.
La comunidad no surge sola. Se diseña, se cuida y se sostiene. La tecnología debe ayudarnos a encontrarnos, colaborar y sentir que pertenecemos a algo más grande que una matrícula. La universidad no es solo un lugar donde estudiar, es un lugar donde sentirse acompañado. La universidad debe ser una comunidad de aprendizajes y una comunidad de cuidados.
No queremos solo opinar o compartir publicaciones, sino que la tecnología sea el mapa que nos conecte con asociaciones, grupos deportivos y espacios de interacción física donde podamos ser nosotros mismos sin filtros
7. Aprender es mucho más que consumir contenidos
Digitalizar contenidos no equivale a transformar el aprendizaje. Durante demasiado tiempo, la tecnología se ha limitado a reproducir modelos pedagógicos tradicionales en formato digital. Necesitamos un cambio más profundo en cómo se aprende y se enseña. Queremos que las tecnologías en la universidad no solo sean abiertas, sino también educativas.
La tecnología debe transformar la experiencia de aprendizaje, no solo digitalizarlo. Buscamos algo más que simplemente obtener conocimientos académicos o acumular créditos. Buscamos una experiencia que nos prepare de forma integral para los desafíos del mundo real, que fomente nuestro pensamiento crítico, nuestra creatividad y nuestra capacidad de adaptabilidad. Queremos entornos analógicos y digitales que favorezcan la práctica, la experimentación, el feedback continuo y el aprendizaje activo. Necesitamos menos automatización y menos plataformas para alojar PDFs y más entornos para experimentar, equivocarse y construir conocimiento con otros. Aprender debería parecerse más a la vida real que a un trámite administrativo.
Somos conscientes de que la personalización a través de la tecnología puede ser en realidad un proceso de individualización y homogeneización que ve la experiencia de aprendizaje como una actividad solitaria, competitiva y estandarizada. El llamado aprendizaje personalizado corre el riesgo de convertirse en una vía unidireccional. Somos conscientes de que hay un riesgo más que evidente de que la automatización se imponga a la autonomía. La ironía del aprendizaje personalizado es que a menudo ignora nuestra voz, la voz del alumnado. No queremos convertirnos en un receptor pasivo de experiencias seleccionadas algorítmicamente.
Aprender debería parecerse más a los desafíos del mundo real que a un trámite administrativo. La tecnología tiene el potencial de acercar la universidad a esa realidad si se utiliza con intención pedagógica.
La ironía del aprendizaje personalizado es que a menudo ignora nuestra voz, la voz del alumnado. No queremos convertirnos en un receptor pasivo de experiencias seleccionadas algorítmicamente

8. IA para aprender mejor
La universidad tiene la responsabilidad de ofrecer un marco claro, compartido y pedagógico sobre el uso de la inteligencia artificial, pero ese marco no puede construirse sin nosotras y nosotros. Queremos participar activamente en las decisiones que se tomen sobre cómo se introduce, regula y utiliza la IA en la docencia, la evaluación y la vida universitaria. Necesitamos normas comprensibles, espacios de deliberación y experimentación guiada, y un acompañamiento docente que reconozca nuestra agencia. Solo desde la corresponsabilidad podremos hacer de la inteligencia artificial una aliada para aprender mejor, y no una tecnología que se imponga sin diálogo ni sentido educativo.
La inteligencia artificial generativa ya forma parte de nuestra experiencia vital y, por tanto, universitaria, pero su entrada ha sido confusa y, a menudo, contradictoria. En las aulas se nos presenta como una tecnología que va a facilitar, acelerar y personalizar nuestro aprendizaje. Al mismo tiempo, fuera de ellas, se nos repite que esa misma tecnología hará innecesarios muchos de los trabajos para los que nos estamos formando y que incluso pone en cuestión el sentido de obtener un título universitario.
Una de las tentaciones más peligrosas hoy es la de convertir la educación en una simulación, impulsada por la automatización y el uso acrítico de la inteligencia artificial. Sistemas que generan tareas, respuestas y evaluaciones de forma automática pueden dar la apariencia de aprendizaje sin garantizar que haya comprensión, pensamiento crítico o experiencia real. No queremos una universidad que funcione como un simulacro eficiente, sino una que nos desafíe, nos acompañe y nos permita aprender de verdad.
No queremos tampoco que la IA llegue a la universidad solo como una herramienta de control, de sospecha o de sanción. Tampoco como una promesa vacía de eficiencia y productividad. Queremos aprender a usarla de forma crítica, ética y creativa, entendiendo cómo funciona, qué sesgos incorpora y cómo transforma la producción de conocimiento, el trabajo y la toma de decisiones. La IA debe ser parte explícita del aprendizaje, no una presencia invisible que se castiga o se tolera según el caso.
Una de las tentaciones más peligrosas hoy es la de convertir la educación en una simulación, impulsada por la automatización y el uso acrítico de la inteligencia artificial
9. Flexibilidad sin penalización
Las trayectorias estudiantiles ya no son lineales y la universidad debe reconocer esta realidad. La universidad no debería castigar la vida real, sino integrarla. La tecnología puede permitir trayectorias más flexibles, adaptadas a ritmos, contextos vitales y prioridades diversas. Estudiar y trabajar, parar y volver, cambiar de rumbo. La tecnología puede permitir estudiar a distintos ritmos, combinar vida, trabajo y cuidados, y adaptarse a contextos cambiantes.
Flexibilidad no significa bajar el nivel ni renunciar a la exigencia académica, sino adaptar estructuras, tiempos y formatos a contextos vitales cambiantes. Sistemas híbridos, modulables y asincrónicos pueden ampliar el acceso y la permanencia.
La universidad debe adaptarse a la vida real del estudiantado, no exigir que la vida se adapte a sus rigideces. La tecnología puede ser una aliada clave para hacer posible esta transformación, incluyendo el impacto en la accesibilidad a la internacionalización a través de COIL (Collaborative Online International Learning) o la movilidad virtual.
La universidad debe adaptarse a la vida real del estudiantado, no exigir que la vida se adapte a sus rigideces
10. Competencias que se vean y se lleven
Gran parte del aprendizaje universitario ocurre en proyectos, prácticas, trabajos colaborativos, experiencias extracurriculares y procesos de reflexión que hoy permanecen invisibles. No todo lo que aprendemos, ni todo lo que somos capaces de hacer, queda reflejado en un título final. La tecnología puede permitir que estas competencias se documenten y se acrediten de forma más rica y significativa.
Portafolios digitales, microcredenciales y certificaciones intermedias pueden ofrecer una representación más fiel de las capacidades reales del estudiantado, integrando conocimientos, habilidades y actitudes. No se trata solo de “certificar más”, sino de hacer visible el aprendizaje como proceso, acumulable y transferible a lo largo del tiempo.
Queremos poder llevarnos lo aprendido con nosotros, sin que quede atrapado en plataformas cerradas o sistemas institucionales, y queremos también poder traer a la universidad y que sean reconocidas nuestras experiencias profesionales y vitales y nuestros aprendizajes no formales. Las credenciales deben ser interoperables, comprensibles fuera de la universidad y útiles para distintos contextos vitales y profesionales. El aprendizaje no termina con la graduación, y sus evidencias tampoco deberían hacerlo.
No todo lo que aprendemos, ni todo lo que somos capaces de hacer, queda reflejado en un título final
11. Orientación profesional desde el inicio
El vínculo con el mundo profesional no puede aparecer solo al final. Ya es tarde. La orientación profesional no puede seguir siendo un servicio tardío y marginal, concentrado en los últimos cursos. Cuando llega al final, muchas decisiones que se tenían que haber tomado no se han tomado o ya están tomadas sin información suficiente.
Por eso, la universidad debe ofrecer espacios permanentes de encuentro con el mundo laboral, como foros de empleo accesibles durante toda la carrera, donde el estudiantado pueda explorar opciones y construir redes profesionales desde el inicio. Además, el acceso a procesos de aprendizaje en entornos laborales, a través de prácticas y modelos de aprendizaje dual, debe integrarse como parte estructural de la formación, permitiendo que el conocimiento teórico y la experiencia práctica se desarrollen de manera simultánea y coherente con las trayectorias individuales.
La tecnología puede ayudar a integrar la orientación profesional desde el inicio del recorrido universitario, conectando aprendizaje, intereses y salidas profesionales de forma progresiva. Se pueden desarrollar plataformas que acerquen referentes diversos, trayectorias reales, proyectos con impacto, prácticas tempranas y experiencias del mundo profesional, ampliando el horizonte de posibilidades del estudiantado. No para imponer un destino, sino para mostrar la pluralidad de caminos posibles y ayudar a tomar decisiones más conscientes. Al mismo tiempo, la tecnología debe complementar la relación personal con tutores y orientadores, quienes ofrecen acompañamiento cercano, escucha activa y asesoramiento adaptado a cada trayectoria, asegurando que la orientación sea tanto amplia como profundamente humana.
La orientación profesional no debe ser un «servicio de colocación» al final de la carrera, sino una brújula de sentido desde el primer día. La tecnología no debe limitarse a conectarnos con empresas, sino a ayudarnos a entender qué impacto queremos tener en el mundo. Orientar no es colocar automáticamente en el mercado laboral, sino acompañar la construcción de un proyecto vital y profesional propio. La tecnología puede ser una aliada clave si se usa para abrir preguntas, no solo para optimizar transiciones.
La orientación profesional no debe ser un «servicio de colocación» al final de la carrera, sino una brújula de sentido desde el primer día

12. La universidad no acaba al graduarse
La relación entre la universidad y sus egresados suele debilitarse justo cuando más podría aportar valor mutuo. Ser alumni no debería reducirse a una base de datos ni a comunicaciones genéricas. La tecnología puede sostener un vínculo continuo, útil y significativo a lo largo del tiempo.
Plataformas digitales pueden facilitar el acceso a formación continua, actualización de competencias, reorientación profesional, redes de apoyo y comunidades de práctica. La universidad puede seguir siendo un espacio de referencia en momentos de cambio, transición o reinvención profesional.
Las plataformas también pueden favorecer la mentorización de los actuales estudiantes y las redes de aprendizaje entre los antiguos
Mantener este vínculo es una oportunidad para enriquecer la propia universidad, conectándola con el mundo profesional real y con trayectorias diversas. La comunidad universitaria no se disuelve al graduarse: se transforma.
La tecnología puede sostener un vínculo continuo, útil y significativo a lo largo del tiempo
13. Aprender durante toda la vida, sin volver a empezar
La idea de aprendizaje a lo largo de la vida exige sistemas que reconozcan la experiencia previa y eviten la repetición innecesaria. Volver a la universidad no debería implicar borrar el pasado académico y profesional, ni comenzar siempre desde cero. La tecnología puede facilitar el reconocimiento de aprendizajes previos, formales e informales, y abrir caminos personalizados para quienes dejaron la universidad sin completar sus estudios.
Sistemas flexibles y acumulativos pueden permitir trayectorias modulares, reentradas parciales y combinaciones entre formación académica y experiencia laboral. Esto es especialmente relevante en un contexto de cambios tecnológicos acelerados y de necesidad constante de actualización de competencias.
Aprender durante toda la vida no significa estudiar más tiempo, sino estudiar mejor y con sentido, integrando lo ya vivido y aprendido. La universidad debe ser capaz de acompañar estas trayectorias sin rigideces innecesarias.
Aprender durante toda la vida no significa estudiar más tiempo, sino estudiar mejor y con sentido, integrando lo ya vivido y aprendido
14. Datos para cuidarnos, no para controlarnos
La universidad genera y gestiona una enorme cantidad de datos sobre el estudiantado. Estos datos pueden convertirse en una herramienta poderosa para mejorar la experiencia universitaria, anticipar dificultades y personalizar apoyos, pero también pueden derivar en dinámicas de control, vigilancia o exclusión si no se gestionan con cuidado.
Queremos una universidad que use los datos con criterios éticos, transparencia y responsabilidad. Saber qué datos se recogen, con qué finalidad y bajo qué límites es una condición básica para construir confianza. Los datos deben servir para acompañar, no para etiquetar; para cuidar, no para sancionar. La ciberseguridad es una prioridad. Nuestros datos no pueden exponernos a riesgos ni ser utilizados para hacer negocio. No queremos que la información que generamos se convierta en una mercancía.
La universidad debe controlar sus propias infraestructuras y sistemas digitales, asegurando que las decisiones sobre nuestros datos estén en manos de la institución y de la comunidad universitaria, no de terceros externos. Sin una gobernanza clara, segura y compartida de los datos, la tecnología pierde legitimidad. La confianza no es un efecto colateral: es una infraestructura esencial de cualquier sistema digital universitario.
Queremos una universidad soberana tecnológicamente y tecnologías para la soberanía estudiantil.
Los datos deben servir para acompañar, no para etiquetar; para cuidar, no para sancionar. La ciberseguridad es una prioridad
15. Tecnología con sentido
La universidad debe centrarse en tomar decisiones conscientes sobre qué tecnología incorporar, con qué finalidad y bajo qué valores. La innovación tecnológica solo tiene sentido si está alineada con el proyecto educativo y con una idea clara de universidad.
La tecnología debe estar al servicio del pensamiento crítico, la equidad, el cuidado, la autonomía y el bien común. No puede sustituir la dimensión humana de la experiencia universitaria, ni reducirla a eficiencia, métricas o automatización.
Si una tecnología no mejora la forma en que aprendemos, convivimos y nos desarrollamos como personas y como ciudadanía, entonces no es innovación educativa. Es simplemente ruido o negocio. La universidad debe ejercer un papel activo y responsable en decidir qué tecnologías adopta y cuáles no.
Si una tecnología no mejora la forma en que aprendemos, convivimos y nos desarrollamos como personas y como ciudadanía, entonces no es innovación educativa






