La universidad como institución es un espacio de “conversación exigente, transmisión cultural y creación de conocimiento” (Esteban, 2019), un espacio privilegiado para el “estudio” donde habitan “los que estudian” (docentes y estudiantes) que están comprometidos con una causa que trasciende los intereses individuales. Y el estudio es un encuentro con textos, objetos, ideas, que supone un esfuerzo que no es solitario, por el contrario es constitutivamente colectivo porque implica a otros estudiantes
DANIELA ATAIRO Y CAROLINA CABRERA
Que hoy nuestra experiencia esté regulada por la economía del tiempo, que pretende abarcar la mayor cantidad de sucesos en un lapso de duración menor, provoca cambios en la universidad que apenas comenzamos a comprender. Ball (2022) sostiene que la racionalidad costo-beneficio ordena la vida universitaria, mientras que las autoridades asumen perfiles ligados a gerentes que dirigen la institución según criterios de rendimiento y de calidad, y se adaptan según los flujos de financiación; los académicos evalúan en qué revista vale la pena publicar de acuerdo con su factor de impacto; y los estudiantes toman decisiones estratégicas en función de lo que tenga sentido para ellos, frente a planes de estudio fragmentados y orientados hacia el mercado laboral. Este diagnóstico nos convoca a analizar no solo la construcción de subjetividades de los académicos y de las autoridades universitarias sino también de los estudiantes.
En un mundo donde todo se mide en función de la productividad y en un momento de aceleración e instantaneidad de la vida social, el tiempo es una palabra que estamos pronunciando a cada momento. De tanto nombrarlo, le hemos dado una entidad como si existiese como ente independiente a nosotros. Es así que consideramos que el tiempo se tiene o se pierde; se va, pasa, corre, vuela. Y queremos medirlo, controlarlo, atraparlo; para ello seguimos inventando dispositivos: el reloj y el cronómetro antes y ahora toda una serie de Apps para controlar y gestionar el tiempo laboral y personal (Clockify, Toggl Track, y Harvest).
La construcción social del tiempo y su impacto en la experiencia universitaria
Frente a esta fetichización, la sociología del tiempo plantea que no existe como tal sino que el tiempo pertenece a la forma de ser de las cosas: de los procesos, de los fenómenos, de la vida misma. Desde esta perspectiva, creemos que es necesario preguntarse por la temporalidad que asume la formación universitaria, en particular problematizar la relación que los estudiantes establecen con el estudio. Porque las formas en que nos relacionamos y le damos sentido al tiempo influyen profundamente en cómo vivimos, incluyendo nuestra vida institucional en la educación superior.
Parece que no hay tiempo para la lectura indicada para la clase, generalmente está diferida hacia el fin de semana -donde no hay un otro con quien interactuar-; o se acumula para el examen, asumiendo así un sentido instrumental para su aprobación
La universidad como institución es un espacio de “conversación exigente, transmisión cultural y creación de conocimiento” (Esteban, 2019), un espacio privilegiado para el “estudio” donde habitan “los que estudian” (docentes y estudiantes) que están comprometidos con una causa que trasciende los intereses individuales. Y el estudio es un encuentro con textos, objetos, ideas, que supone un esfuerzo que no es solitario, por el contrario es constitutivamente colectivo porque implica a otros estudiantes (Masschelein y Simons, 2014). Entonces, si el estudio requiere de la circulación de la palabra, de la escucha, de la revisión de ideas propias y ajenas para pensar nuevas ideas, supone un “tiempo”.
La escasez de tiempo y la transformación instrumental del estudio
Pero parece que “no hay tiempo” …. hay una sensación de que las cosas se hacen más lentas, y si son más lentas cuando uno se confronta con el conocimiento y establece una relación con ese conocimiento. Mucho, mucho más lentas de lo que resuelve el ChatGPT, Perplexity y Bard.
Parece que no hay tiempo para la lectura indicada para la clase, generalmente está diferida hacia el fin de semana -donde no hay un otro con quien interactuar-; o se acumula para el examen, asumiendo así un sentido instrumental para su aprobación, en momento donde se justifica que no haya tiempo porque es “época de exámenes”.
Tampoco hay tiempo para intercambiar en la clase, no está claro si los estudiantes no tienen preguntas o no hay tiempo para la pregunta, o el modo en que se relacionan con el conocimiento no está habilitando a plantearse interrogantes; no hay tiempo para aprender a aprender del error, de la idea no tan bien formulada, de la aproximación imprecisa, de la revisión constante
Erosión del vínculo pedagógico y sobreaceleración institucional
Tampoco hay tiempo para intercambiar en la clase, no está claro si los estudiantes no tienen preguntas o no hay tiempo para la pregunta, o el modo en que se relacionan con el conocimiento no está habilitando a plantearse interrogantes; no hay tiempo para aprender a aprender del error, de la idea no tan bien formulada, de la aproximación imprecisa, de la revisión constante.
Estas situaciones generan una distancia entre los estudiantes y sus docentes, porque aún tenemos la expectativa de la lectura para la clase, de la pregunta que problematice un contenido, pero también somos docentes que tenemos “poco tiempo”, no solo porque nuestras condiciones de trabajo se han precarizado, sino porque también la “cultura del ajetreo” y el “autoacoso personal” han generando situaciones de sobre exigencia laboral (Berg y Seeber, 2022). Es claro que esta forma de vivenciar el tiempo está generando cambios en la experiencia de formar y formarse en la universidad.
La temporalidad que asume la formación universitaria parece alejarse de las condiciones para debatir, para disentir, para la duda y para la construcción colectiva, para desarrollar la capacidad de argumentación y la contra argumentación, todas actividades que supone un reconocimiento mutuo entre quienes participan.
Cuando la universidad pierde su carácter deliberativo, se debilita esa función formativa. Entonces el modo en que vivenciamos el tiempo hoy en las aulas de clases, no contribuye a la formación de una ciudadanía académica, ciudadanía universitaria o, simplemente, de una ciudadanía a secas
Debilitamiento del carácter deliberativo y de la ciudadanía académica
Estas son las condiciones para desarrollar una actitud crítica y reflexiva, y que además construya a una dinámica deliberativa, propia de las universidades como instituciones públicas promotoras de la ciudadanía académica. Cuando la universidad pierde su carácter deliberativo, se debilita esa función formativa. Entonces el modo en que vivenciamos el tiempo hoy en las aulas de clases, no contribuye a la formación de una ciudadanía académica, ciudadanía universitaria o, simplemente, de una ciudadanía a secas.
Por el contrario, el modo en el que vivenciamos el tiempo es caldo de cultivo para los procesos de polarización de ideas como forma de estructuración del conflicto político. Pensar la temporalidad de la formación universitaria se inscribe entonces en una disputa política en torno a la democracia. Especialmente desde las latitudes desde donde escribimos este texto, porque la universidad latinoamericana fungió como factor democratizador de la vida política de los países de la región, que contribuyó al fortalecimiento del espacio público en sociedades en las que las democracias tuvieron un carácter precario e inestable (Krotsch, 2001).
El auge de la polarización antagónica instala un gran desafío para nuestras universidades. Es necesario concentrar nuestros esfuerzos en no desviarnos de su misión y finalidad institucional: promover el debate y la pluralidad, la tolerancia y el pensamiento crítico. La formación debe asumir una temporalidad diferente en un mundo donde “no hay tiempo”, y solo hay prisa, donde todo lo importante es lo rentable, lo productivo en términos económicos. Estamos convencidas que otra temporalidad en tiempos de aceleración encierra nuevas posibilidades.
Referencias
Ball, S. (2022). Dinero o ideas: la lucha por el sentido en la universidad neoliberal. Integración y conocimiento, 2(11).
Berg, M. y Seeber, B. K. (2022). The slow professor: desafiando la cultura de la rapidez en la academia. EUG.
Esteban, F. (2019). La universidad light. Un análisis de nuestra formación universitaria.
Krotsch, P. (2001). Educación superior y reformas comparadas. Bernal: Universidad Nacional de Quilmes.
Masschelein, J. y M. Simons (2014) Defensa de la escuela: una cuestión pública.
[1] Estas reflexiones surgen de un espacio de estudio de investigadores formados y en formación de dos universidades rioplatenses. Además de las autoras, participan Agustina Luques, Juana del Castillo y Thomas Elias, de la Universidad Nacional de La Plata (Argentina) y Mabela Ruiz Barbot, Virginia Fachinetti y Avril Regueira, de la Universidad de la República (Uruguay).
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Daniela Atairo, Universidad Nacional de La Plata (Argentina)

Carolina Cabrera, Universidad de la República (Uruguay)






