Lo que oculta la PAU

Los profesionales de la educación suspenden la PAU I

La Prueba de Acceso a la Universidad (PAU) tiene un impacto negativo en los estudiantes de Bachillerato, tanto en su desarrollo académico y personal como en su bienestar emocional. Esta sería la principal conclusión que podemos obtener de preguntar a los profesionales de la educación sobre el impacto de la PAU. El consenso es unánime.

CARLOS MAGRO MAZO


Aunque la finalidad de la prueba sea ordenar de manera objetiva el acceso a la universidad, en la práctica condiciona educativamente toda la etapa de Bachillerato, genera una creciente ansiedad en los estudiantes y sus familias, dificulta el sentido orientador del Bachillerato y, como confirman los datos, falla en su pretensión de objetividad.

La prueba de acceso condiciona negativamente la enseñanza y el aprendizaje tanto en Bachillerato como en la ESO y evidencia la pérdida de sentido de la etapa, que queda reducida a la preparación de unos exámenes. Con el actual diseño, pierden el aprendizaje, el bienestar y la equidad y ganan la cultura certificadora, la ansiedad y la desigualdad.

Si nos atenemos a lo que dice la ley, el Bachillerato es una etapa formativa independiente con objetivos específicos. No está de más recordar que el Bachillerato es una de las enseñanzas que conforman la educación secundaria postobligatoria junto con la Formación Profesional de Grado Medio, las Enseñanzas Artísticas Profesionales y las Enseñanzas Deportivas de Grado Medio. Debido a su amplia implantación y a la “facilidad” de acceso en la mayoría de los institutos y colegios, el Bachillerato es la vía formativa postobligatoria más generalizada[1]. En el curso 2022-2023 había 687.193 alumnos matriculados en Bachillerato y 436.438 alumnos en los Ciclos de Grado Medio. En Madrid, en el curso 2017-2018, la proporción era de 3 estudiantes de Bachillerato por cada estudiante de Ciclo Formativo de Grado Medio.

De acuerdo a la legislación, la principal finalidad del Bachillerato debería ser proporcionar a los estudiantes madurez intelectual y humana, además de conocimientos, habilidades y actitudes que les permitan incorporarse a la vida activa con responsabilidad y aptitud. La etapa debería permitir entonces la adquisición y el logro de las competencias indispensables para el futuro personal, formativo y profesional. También, pero no solo, debería capacitar a los estudiantes para el acceso a la educación superior, ya sea con estudios de grado en la universidad o con un ciclo formativo de grado superior.

La realidad es que la actual PAU convierte los dos cursos de Bachillerato en un entrenamiento, relegando cualquier otro objetivo, vaciando la etapa de cualquier otro sentido, y en muchos casos sacrificando incluso el desarrollo de las competencias establecidas

La realidad es que estos objetivos no se cumplen y la etapa queda seriamente comprometida. La realidad es que la actual PAU convierte los dos cursos de Bachillerato en un entrenamiento, relegando cualquier otro objetivo, vaciando la etapa de cualquier otro sentido, y en muchos casos sacrificando incluso el desarrollo de las competencias establecidas. Obtener el título de Bachillerato te abre la estrecha puerta de la PAU y la de los ciclos formativos de grado superior, pero el título en sí mismo sirve para poco, desde luego no proporciona conocimientos, habilidades y actitudes para incorporarse a la vida activa como dice la Ley y su sentido es escaso si no es para continuar con la vía de la Educación Superior. Quizá no estaría mal abrir el debate sobre el sentido, estructura, contenido y fines del Bachillerato. Y quizá sea también el momento de abrir el debate, como han hecho otros países europeos, sobre la extensión de la obligatoriedad a los 18 años.

Volviendo sobre el Bachillerato, toda la enseñanza, señala Toni Solano, director del IES Bovalar de Castellón, “se adapta a las pruebas y se relega el desarrollo competencial y el propio currículo de Bachillerato, ya que los criterios del currículo y los establecidos por las comisiones de cada materia son diferentes”. En esta misma línea se expresan Florencio Luengo del Proyecto Atlántida “el curso se concibe como un entrenamiento para dicha prueba” y además “condiciona en parte, primero la propuesta didáctica del profesorado y su nivel de exigencia porque se percibe en demasiadas ocasiones como algo que afecta a su prestigio profesional”.

Para Elena Cid, directora general de CICAE “todo el curso de 2º de Bachillerato se configura como una preparación a la PAU, reduciendo cualquier actividad escolar que no vaya orientada a mejorar los resultados en la prueba”, “independientemente de que los alumnos vayan o no a matricularse en ellas”, matiza con razón Toni Solano. Para Marta Montero, profesora de economía durante 29 años,” en Bachillerato, y especialmente en el segundo curso, la metodología y la evaluación están condicionadas por la PAU. Mientras no cambien los modelos de las pruebas de acceso, el profesorado vuelve a la clase expositiva, con la preocupación de impartir los contenidos de forma íntegra y evalúa, de forma casi exclusiva, con exámenes similares a los modelos enviados por las Universidades, que se encuentran lejos del desarrollo competencial como marca la propia ley educativa.”

Para Horacio Silvestre, catedrático de Latín de Instituto, todo “está condicionado por la PAU, de tal manera que los alumnos no tienen otra cosa en la cabeza que conseguir una determinada nota media que les permita meter la cabeza en alguna de los grados universitarios que, supuestamente, les abrirán las puertas de un futuro profesional venturoso.”

La tendencia a equiparar y orientar la etapa de Bachillerato con la PAU supone de hecho una reducción de los fines de la propia etapa y cuestiona su sentido. Para Albano de Alonso, director del IES San Benito de La Laguna (Santa Cruz de Tenerife), “el Bachillerato se orienta, cada vez más hacia el proceso seleccionador que representan las Pruebas de Acceso, y no tanto al desarrollo del currículo o al despliegue de situaciones de aprendizaje contextualizadas y cercanas a los centros de interés del alumnado, tal y como marca la LOMLOE”. Para Horacio Silvestre, catedrático de Latín de Instituto, todo “está condicionado por la PAU, de tal manera que los alumnos no tienen otra cosa en la cabeza que conseguir una determinada nota media que les permita meter la cabeza en alguna de los grados universitarios que, supuestamente, les abrirán las puertas de un futuro profesional venturoso.”

La presión que genera el horizonte de la PAU dificulta también los propios objetivos orientadores de la etapa en la que apenas queda tiempo para valorar las diferentes opciones de estudios superiores, bien sean ciclos superiores de formación profesional, bien sean grados universitarios. “Con demasiada frecuencia los estudiantes empiezan y terminan su proceso de elección de estudios superiores esperando la nota de corte para matricularse donde tienen cupo, por lo que en un porcentaje muy elevado deciden abandonar estos estudios tras el primer año cursado, con el consiguiente coste emocional para el estudiantado”, señala Pilar Vivó, orientadora y General Manager en el Grupo IVEP.

Un indicador preocupante que apunta, en parte, a la falta de orientación que reciben los estudiantes durante el Bachillerato a la hora de matricularse en la universidad es el abandono de los alumnos de nuevo ingreso que alcanza el 26% en las titulaciones presenciales, uno de cada cuatro. Bien porque cambian de estudios, un 12,5%, bien porque dejan la universidad, 13,5%. De hecho, la tasa de idoneidad en los grados universitarios, el porcentaje de estudiantes que acaban en los años teóricos, es solo del 38,3% (Datos y cifras universitarias del Sistema Universitario Español. Publicación 2021-2022. Algo no está funcionando.

Pablo Santana

El abandono y la baja tasa de idoneidad también puede estar relacionado con las altísimas notas de corte para el acceso a muchas titulaciones. En el curso 2021-22, el porcentaje de estudiantes que pudieron matricularse en su primera opción del proceso de preinscripción en Ciencias de la Salud (lo que se denomina tasa de adecuación) fue del 60,6%, es decir, que cerca del 40% de los estudiantes no se matricularon en su primera opción. Teniendo en cuenta todas las ramas de conocimiento, en Madrid en ese mismo curso, la tasa de adecuación fue del 52,7%, casi la mitad de los estudiantes se tuvieron que matricular en grados que no eran su primera opción. Esto también nos debería dar a pensar y puede estar vinculado en parte con las tasas de abandono universitario.

Las tasas de abandono durante el primer año de estudiantes de nuevo ingreso son bastante más altas entre los hombres (24,9%), los estudiantes de la rama de Artes y Humanidades (27,6%) y, sobre todo, en las universidades no presenciales, donde el abandono alcanza el 44,3% en el conjunto de los grados.

Estos datos arrojan otro dato relevante: cuanto menor es la nota de admisión, más probables son el abandono y el cambio de estudios. Es decir, en la decisión de abandono hay claramente un cálculo de coste de oportunidad que tiene que ver con las calificaciones del Bachillerato y de la PAU y con el esfuerzo percibido o real realizado para acceder a ciertos estudios (nota de admisión). Es decir, igual que resulta “fácil” abandonar titulaciones percibidas como “baratas” en una lógica del valor de cambio (notas de admisión bajas), resulta muy costoso hacerlo con titulaciones con alto valor de cambio (notas de admisión altas). Lo cual no quiere decir, y esto es una suposición, que la satisfacción en las segundas sea mayor que en las primeras, y que si no hubiera costado tanto entrar en ellas tuviesen tasas de abandono igual de altas.

al aumentar la edad de los adolescentes y jóvenes aumenta de manera significativa el estrés escolar

Otro aspecto en lo que coinciden todos los entrevistados es que la PAU produce estrés y ansiedad en los estudiantes. “Obtener o no una determinada puntuación en las pruebas va a condicionar todo su futuro y quebrar sus ilusiones profesionales en muchos casos, produciendo incluso indefensión aprendida: como no he sido capaz hasta ahora tampoco lo voy a ser en el futuro”, señala Carmen Sanz Chacón. Para Maripé Menéndez, responsable de desarrollo para Iberoamérica del Bachillerato Internacional, la PAU debería ser considerada una prueba de alto riesgo “pues impacta no solo en la futura vida académica y profesional de los estudiantes sino también en su salud física y mental”. Para Rebeca Martínez Sánchez, profesora del IES Abastos de Valencia, el impacto más importante también “es el emocional, causando en muchos casos periodos de estrés y ansiedad por los exámenes, notas de corte.”

En el estudio health behaviour in school-aged children (hbsc) en España que acaba de publicar el Ministerio de Sanidad con datos de 2022, se observa que al aumentar la edad de los adolescentes y jóvenes aumenta de manera significativa el estrés escolar. El 31,3% señala que el trabajo escolar les agobia mucho. Este dato llega a un 54,4% entre las chicas de 17-18 años, justo las que están en el Bachillerato o en los Ciclos Formativos de Grado Medio. Algo que también nos debería da a pensar

Cada curso escolar cerca de 300.000 estudiantes se presenta a la PAU. Si contamos a sus familiares cercanos nos encontramos con que, cada año, aproximadamente un millón de personas, con mayor o menor intensidad, viven los meses previos a las pruebas, los días de realización de la PAU y los posteriores con enorme inquietud, nervios, ansiedad, estrés e incluso indignación. No tanto por si aprobarán o no la Pau (el porcentaje de aprobados es alto. En 2023 aprobó el 90,4% de los presentados. Y en 2024, el 90,2%) como por si la nota de la PAU (fase general y fase específica) más la nota media en el Bachillerato les dará una nota de acceso que les permita entrar en los estudios deseados.

Pablo Santana

En muchos casos, las notas de corte son tan disparatadas que los mismos estudiantes se autodescartan ya en el proceso de preinscripción estudios. Como señala Carmen Chacón, la PAU lleva al alumnado “a renunciar por anticipado ante los requisitos de acceso para determinadas profesiones que los hacen casi imposibles de conseguir para estudiantes, incluso con altas capacidades, cuyo rendimiento no ha sido extraordinario al no recibir la atención educativa que necesitaban”. Esto hace que tengamos aún que mirar con más preocupación la tasa de adecuación que comentábamos antes.

Aun así, a pesar de esa “autolimitación”, la tasa de preferencia en Ciencias de la Salud en curso 2022-2023 fue del 501,5% y en medicina algo más de 13 solicitudes por plaza disponible ( Informe CYD 2023). Todos ellas y ellos, también los que se quedan fuera y no son admitidos, estudiantes con notas que superan el 13 sobre 14 (por ejemplo, en la UCM en el curso 2024/2025, la nota de corte en Medicina fue de 13,265 sobre 14). No sé si somos conscientes de lo que significa un 13,5 sobre 14 en los dos cursos de Bachillerato más la PAU.

Todos estos estados de ánimo (ansiedad, preocupación, decepción, tristeza, rabia, e incluso resignación o impotencia) se manifiestan en conversaciones informales con familiares, amistades o compañeros de trabajo. Los medios de comunicación se hacen eco de la situación durante algunos días. Y ya. En unas semanas todo se desvanece, el curso termina, pasa la PAU, se habla un poco de las notas de corte, y al año siguiente, todo vuelve a empezar como si nada hubiera pasado.

Cada curso escolar cerca de 300.000 estudiantes se presenta a la PAU. Si contamos a sus familiares cercanos nos encontramos con que, cada año, aproximadamente un millón de personas, con mayor o menor intensidad, viven los meses previos a las pruebas, los días de realización de la PAU y los posteriores con enorme inquietud, nervios, ansiedad, estrés e incluso indignación

La Prueba de Acceso a la Universidad sigue funcionando como un rito de paso incuestionado, dejando intactas sus lógicas selectivas y sus efectos desiguales.

Las notas de corte siguen subiendo en teoría por el desajuste entre demanda de plazas y ofertas por las universidades. Sin embargo, detrás de esta inflación de notas se esconden dinámicas más complejas, entre las que destaca la estrategia de algunas universidades públlicas y específicamente algunas titulaciones que, en nombre de una supuesta excelencia, reducen deliberadamente su oferta de plazas para que suba la nota de corte.

En septiembre ya nadie se acuerda. Se nos olvida la indignación sentida o la ansiedad sufrida o, mejor, no es tanto que se nos olvide como que consideramos que ahora les toca a otros pasar por la situación. El resultado es que nada cambia. Maticemos. cada año es un poco peor, pero eso ya les toca a otros.

En educación, la combinación entre la indefensión aprendida (no vales, no te lo mereces, no es para ti) y una creciente subjetividad individualista y competitiva, que refuerza la internalización de los problemas, hace que el malestar de cerca de un millón de personas cada año no sea suficiente para alzarse colectivamente y denunciar una situación a todas luces injusta.

Todo un éxito del neoliberalismo educativo que ha logrado desactivar el conflicto social convirtiéndolo en malestar íntimo y silencioso (continuación del artículo en Arbitrariedad sin discusión)


[1] Optar por estudiar Formación Profesional de Grado Medio supone superar varias barreras de disponibilidad, información, oportunidad y emocionales. En primer lugar, en la mayoría de los casos supone abandonar el instituto o el colegio en el que se ha cursado la Secundaria con lo que eso supone también desde el punto de vista social, pero es que también supone tener que hacer una elección que se vive como determinante para el futuro. No es menor la dificultad para obtener plazas públicas en el ciclo elegido.


Continuación del artículo. Dada la extensión del artículo lo hemos presentado en tres entradas diferenciadas que faciliten su lectura.


CARLOS MAGRO MAZO

Presidente Asociación educación abierta

Co.labora.red


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Agradecer su participación a los profesionales encuestados. Puedes leer sus intervenciones integras en:

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