«Participar en la gobernanza universitaria en España requiere hoy algo que la mayoría de los estudiantes no tienen: tiempo y seguridad material. La estructura de gestión es tan densa y los procesos tan farragosos que la representación se convierte en una carrera de obstáculos…Reformar la gobernanza no es un favor que la institución hace a sus estudiantes; es la única vía para que la universidad pública siga siendo legítima y útil para la sociedad.»
GABRIEL SUÁREZ
La universidad pública española, en su concepción actual, es un organismo diseñado para la permanencia. Sus muros no solo están hechos de piedra, sino de reglamentos, protocolos y una estructura jerárquica que prioriza la estabilidad sobre la transformación. En este escenario, el estudiantado aparece como un elemento de paso, una marea que fluye cada cuatro o cinco años, mientras los cimientos de la institución permanecen inmutables.
El informe de HEPI sobre la gobernanza en el Reino Unido resuena con fuerza en nuestras facultades porque describe una patología común: la participación estudiantil se ha convertido en un ejercicio de estética administrativa. No es un problema de voluntades individuales o de cargos concretos; es un problema de diseño sistémico. La estructura de la universidad pública ha sido configurada como un sistema de equilibrios de poder donde el estudiante, a pesar de ser la razón de ser de la institución, ocupa un lugar periférico en la toma de decisiones estratégicas.
La trampa de la temporalidad
Uno de los argumentos estructurales más utilizados para limitar el peso del estudiantado es su naturaleza «transitoria». Bajo esta premisa, la arquitectura de los órganos de gobierno (Claustros, Consejos de Gobierno, Juntas de Facultad) otorga una mayoría blindada a los cuerpos permanentes. Se asume que solo quienes permanecen décadas en la institución tienen el derecho —o la capacidad— de definir su rumbo.
El diagnóstico es claro: la dificultad real de participación no reside en una supuesta apatía juvenil, sino en una estructura rígida que teme al cambio y que utiliza la burocracia como mecanismo de defensa
Sin embargo, esta visión ignora que la transitoriedad es, precisamente, lo que aporta la perspectiva más fresca y necesaria para la actualización de la universidad. Al relegar al estudiante a una cuota minoritaria, la estructura se asegura de que ninguna reforma profunda pueda prosperar si choca con los intereses de los sectores estables. La participación no fracasa por desinterés del estudiante, sino porque el sistema está diseñado para que la voz estudiantil sea siempre una nota al pie de página, fácilmente borrable en el tiempo por la burocracia institucional.
Participar en la gobernanza universitaria en España requiere hoy algo que la mayoría de los estudiantes no tienen: tiempo y seguridad material. La estructura de gestión es tan densa y los procesos tan farragosos que la representación se convierte en una carrera de obstáculos.
Existe una crítica social profunda que la universidad debe afrontar: la democratización de sus órganos de gobierno es incompleta si no tiene en cuenta la realidad socioeconómica del estudiantado. Cuando las reuniones se alargan durante horas en horario lectivo o laboral, sin un reconocimiento real de la labor de representación, el sistema está enviando un mensaje claro: solo quienes no necesitan trabajar o quienes pueden permitirse descuidar sus estudios tienen derecho a participar. La estructura actual de la universidad pública española no ha sabido adaptar su gobernanza a la realidad de una clase trabajadora que hoy ocupa sus aulas, convirtiendo la participación en un privilegio de unos pocos.
La participación no fracasa por desinterés del estudiante, sino porque el sistema está diseñado para que la voz estudiantil sea siempre una nota al pie de página, fácilmente borrable en el tiempo por la burocracia institucional
Del modelo de consulta al modelo de codecisión
Desde el posicionamiento de CREUP, la solución no pasa por «escuchar más» a los estudiantes, sino por cambiar las reglas del juego. El modelo de «voz estudiantil» es insuficiente si no va acompañado de un modelo de codecisión.
La arquitectura institucional debe ser reformada para que la participación sea:
- Vinculante y proporcional: Los porcentajes de representación deben dejar de ser un reparto de poder corporativo para convertirse en un reflejo de la comunidad universitaria.
- Sostenible: La estructura debe dotar a los órganos de representación de autonomía financiera y técnica. No se puede ejercer una crítica constructiva si se depende de la infraestructura del propio sistema que se pretende transformar.
- Protegida: El derecho a la representación debe estar blindado por un Estatuto que garantice que ningún estudiante sea penalizado académicamente por su compromiso con la gobernanza de su universidad.
Desde el posicionamiento de CREUP, la solución no pasa por «escuchar más» a los estudiantes, sino por cambiar las reglas del juego. El modelo de «voz estudiantil» es insuficiente si no va acompañado de un modelo de codecisión
La universidad pública española no puede permitirse ser una institución que enseña democracia en las aulas pero la raciona en sus despachos. El diagnóstico es claro: la dificultad real de participación no reside en una supuesta apatía juvenil, sino en una estructura rígida que teme al cambio y que utiliza la burocracia como mecanismo de defensa.
Reformar la gobernanza no es un favor que la institución hace a sus estudiantes; es la única vía para que la universidad pública siga siendo legítima y útil para la sociedad. Necesitamos pasar de una universidad donde los estudiantes son usuarios, a una universidad donde los estudiantes sean ciudadanos con pleno derecho a decidir el futuro de la educación pública. La silla en la mesa de gobierno no debe ser una concesión, sino un derecho fundamental que nadie pueda cuestionar.

Gabriel Suárez. Vocal de Medios y Prensa de CREUP
Consejo de Estudiantes de la Universidad de La Laguna | Estudiante de Periodismo






