No se trata de nada nuevo ni de nada inalcanzable pero mientras las Agencias de evaluación se limiten a demandar información sobre el número de tesis dirigidas por un profesor para reconocerle la acreditación o para concederle trienios o sexenios, todo será en vano. Tras esa cifra desnuda se esconderá un 50% de desorientación, errancia y abandono mientras que el 50% restante, teóricamente más afortunado, prolongará a menudo su deambular desorientado y su perplejo vagabundeo durante los años que dure su (pseudo)vida postdoctoral. Pero esa es otra historia.
JOAQUÍN RODRÍGUEZ
Recuerdo que la única reunión que tuve durante cuatro años con el director de mi tesis doctoral fue apenas dos semanas antes de su lectura. Sus observaciones, además de irrelevantes, por desconocimiento del texto y de su génesis y proceso de escritura, eran difícilmente incorporables, porque apenas quedaba un lapso razonable de tiempo para realizar aquellas modificaciones.
Recuerdo la sensación punzante de desorientación, extravío y aislamiento que me asaltaba regularmente en las largas horas de confusas lecturas en las bibliotecas, en los desordenados e inconexos seminarios obligatorios, en las apesadumbradas conversaciones con otros doctorandos que compartían el mismo sino.
Recuerdo el profundo sentimiento de irrealidad que me acompañó durante todo aquel periodo, como una pesadilla kafkiana en la que un grupo de jóvenes pretendieran acceder, sin orientación ni asistencia alguna, a la docta fortaleza de la academia, cuyas claves de acceso parecían consistir en la tozudez ciega, la sumisión aprendida y el extravío de los que nada podían predecir de su futuro.
Recuerdo que la única reunión que tuve durante cuatro años con el director de mi tesis doctoral fue apenas dos semanas antes de su lectura
En “The 50% tippjoaquiing point: adressing doctoral student attrition throuhg institutional innovation” se asegura que, según todas las estadísticas internacionales, el 50% de los que inician una tesis doctoral la abandonan, y ese dato no es diferente en España, donde —aparentemente— sólo un tercio de los llamados concluye su empeño. Barajan razones varias para que eso suceda: la falta de interés por el ámbito académico, supongo que sobrevenida por la aciaga experiencia; la falta de apoyo institucional en momentos de estrés (y de ausencia de estrés, porque la ausencia de soporte es una constante); y la incapacidad para conciliar el trabajo con las responsabilidades académicas al carecer de los suficientes apoyos financieros, a no ser que uno tuviera la dudosa fortuna de obtener una paupérrima beca (que, en mi caso, era doblemente misérrima, porque el Ministerio de Educación nunca abonó nuestro IRPF y nos detrajo años de cotización).
En educación sabemos hace mucho tiempo que la acción tutorial es el más importante de los factores de éxito en la vida escolar y académica. No es extraño que así sea porque errar, recibir feedback regular y significativo, aprender por imitación del modelo de conducta profesional e intelectual que representa un mentor, rectificar y mejorar, son algunos de los componentes esenciales del proceso de aprendizaje, anclados en nuestro cerebro y en la manera que tiene de ejercitarse. Bastaría con que esas premisas se hubieran incorporado a los estudios de doctorado para que, quizás, las tasas de abandono y la sensación de orfandad hubieran disminuido, pero parece que, treinta y ocho años después de mi experiencia, las cosas no han variado demasiado.
Existen, no obstante, experiencias en algunos ámbitos que pretenden corregir esa situación: modelos de seguimiento escalonados en el tiempo, que identifican etapas críticas del proceso (consumo, creación y aplicación del conocimiento) para acompañar a los doctorandos; modelos de inmersión durante alguna semana a lo largo de alguno de los cuatrimestres del curso, en los que se trata de manera monográfica aspectos como la escritura, las perspectivas de desarrollo profesional o las estrategias para la preservación de la salud mental; modelos de creación de Centros de apoyo doctoral en los que los “asesores de redacción” se preocupan de acompañar individualmente a cada demandante, de convocar reuniones de grupo para la resolución de consultas compartidas o de diseñar talleres para apoyar a los estudiantes en su trayectoria doctoral.
En educación sabemos hace mucho tiempo que la acción tutorial es el más importante de los factores de éxito en la vida escolar y académica
Todas esas iniciativas son buenas, bienintencionadas, pero, aun cuando algunas universidades hayan puesto ya en marcha Planes de acción tutorial específicos para doctorandos (como el de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria o el de la Universitat Autònoma de Barcelona), no parece existir una preocupación global compartida que exija a sus (imaginarios) responsables que no solamente incluyan en sus currículum el número de tesis (supuestamente) dirigidas, sino que se ocupen de manera sistemática y consecuente del progreso de quienes, en el futuro, ocuparán sus puestos.
Partir del análisis del contexto de cada cual, evaluando la situación de partida, las características de los alumnos y sus necesidades específicas; establecer objetivos medibles y claros, orientados al desarrollo académico, personal y social de cada estudiante; diseñar las líneas de actuación principales (metodologías de trabajo e investigación, orientación académica y profesional, educación emocional); desplegar actividades y metodologías prácticas individuales (tutorías personalizadas) y grupales (talleres, seminarios, etc.); dimensionar los recursos necesarios para dispensar una atención regular y de calidad (personas, herramientas, plataformas, espacios, etc.); temporalizar las intervenciones, calendarizarlas (mediante un cronograma de encuentros compartidos, con hitos y evidencias de aprendizaje); designar a los responsables, bien a los profesores directamente encargados, bien al equipo de apoyo complementario en cada fase; evaluar y seguir regularmente el avance de cada aspirante, alabando, rectificando y siempre mejorando su trabajo.
No se trata de nada nuevo ni de nada inalcanzable pero mientras las Agencias de evaluación se limiten a demandar información sobre el número de tesis dirigidas por un profesor para reconocerle la acreditación o para concederle trienios o sexenios, todo será en vano. Tras esa cifra desnuda se esconderá un 50% de desorientación, errancia y abandono mientras que el 50% restante, teóricamente más afortunado, prolongará a menudo su deambular desorientado y su perplejo vagabundeo durante los años que dure su (pseudo)vida postdoctoral. Pero esa es otra historia.
Hay, en esas cifras recurrentes, dilapidación de recursos económicos e intelectuales; hay esperanzas y expectativas contrariadas y desvanecidas; hay incumplimiento de responsabilidades y obligaciones. Y no deberíamos permitírnoslo. Hagamos algo para evitar la desorientación, la errancia y el abandono en el doctorado.

JOAQUÍN RODRÍGUEZ
Investigador del Instituto para el Futuro de la Educación Tecnológico de Monterrey
Miembro de Espacios de Educación Superior






