Es imprescindible una formación del profesorado que permita abordar la salud mental como un eje transversal de todos los estudios

El imaginario sobre lo que significa estudiar en la universidad ha quedado reducido casi exclusivamente a obtener un título que valide para ejercer una profesión

Centro Niemeyer AGHM

Se han perdido los espacios de discusión y de creación de identidad, se ha minimizado la mirada crítica, y el imaginario sobre lo que significa estudiar en la universidad ha quedado reducido casi exclusivamente a obtener un título que valide para ejercer una profesión. Esa reducción tiene consecuencias directas en la salud mental: esos espacios eran generadores de sentido y de compromiso social que iban mucho más allá del rendimiento académico, y su ausencia deja a muchos estudiantes sin los anclajes relacionales y simbólicos que necesitan.

SONIA SÁNCHEZ BUSQUET


La profesora Sònia Sànchez Busqués es doctora en Psicología por la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB), donde ejerce como profesora e investigadora en la Facultad de Psicología. Desde 2019 cambió su área de trabajo y actualmente coordina la Comunidad Orientada a Retos Estratégicos en Salud Mental (CORE) de la UAB. Esta red interdisciplinaria, con sede en la Facultad de Psicología, reúne grupos e investigadores del Campus de Excelencia Internacional para dar respuesta a los principales retos de salud mental.

Presentó la Unidad de Coaching y Acompañamiento Académico de la UAB (UCAA_UAB) en el XVII Encuentro de Servicios Psicológicos y Psicopedagógicos Universitarios (ESPPU), celebrado en 2021 en la Universidad de Cádiz. Participó activamente en la inauguración del Servicio de Psicología y Logopedia (SPL) de la UAB, un servicio de asistencia especializada en psicología clínica y sanitaria abierto a toda la comunidad universitaria y a la sociedad.

Durante la pandemia, su unidad coordinó un teléfono gratuito de atención psicológica para la comunidad universitaria de la UAB, con apoyo telemático e interdisciplinar.

¿Cuáles son los principales tipos de problemas de salud mental que afectan al estudiantado universitario?

Los más prevalentes en el entorno universitario actual, según las encuestas y estudios realizados, son la ansiedad y el estrés, que se manifiestan especialmente como ansiedad de ejecución ante los exámenes y en forma de ataques de pánico. También encontramos con mucha frecuencia cuadros de depresión y sentimientos profundos de desesperanza, que en los casos más graves derivan en ideación suicida. A esto se suman estados de malestar emocional más difusos, como la soledad y la apatía, así como un consumo generalizado de tóxicos y psicofármacos, y la presencia de trastornos de la conducta alimentaria.

¿Qué añade estudiar en la universidad de manera diferencial para la salud mental de una persona?

La universidad introduce una combinación de factores que no se dan igual en otros contextos vitales. Por un lado, existe una carga académica intensa y un ambiente de alta competitividad, con una presión constante derivada de los procesos de evaluación continuada. A ello se añade un grado elevado de corresponsabilidad que el estudiante debe asumir sobre su propio proceso formativo, así como la necesidad de compaginar los estudios con la vida personal y, en muchos casos, laboral.

Hay también una dimensión evolutiva muy relevante: la universidad coincide con una etapa de transición en la que la persona accede a nuevos roles, actividades y relaciones, lo que exige un ajuste que no solo recae sobre el estudiante sino también sobre los sistemas y personas de su entorno. A todo esto se añaden dos fenómenos propios de la institución universitaria que agravan la situación: la despersonalización que genera el aula masificada, donde muchos docentes no llegan a conocer realmente a sus estudiantes, y la fragmentación entre el profesorado por asignaturas, que impide que nadie tenga una imagen real y continuada de la trayectoria de un mismo estudiante.

la despersonalización que genera el aula masificada, donde muchos docentes no llegan a conocer realmente a sus estudiantes, y la fragmentación entre el profesorado por asignaturas, que impide que nadie tenga una imagen real y continuada de la trayectoria de un mismo estudiante

¿Cuáles son las principales estrategias y competencias que el profesorado debería desarrollar para crear entornos universitarios saludables y resilientes?

Una de las prácticas más necesarias, y que se ha ido perdiendo progresivamente, es la tutorización activa del estudiantado. Hoy en día queda casi exclusivamente a la iniciativa voluntaria del alumno, cuando debería ser una función sistemática del profesorado, con mayor presencia física en los despachos y espacios de atención accesibles.

Además, el profesorado debería adquirir conocimientos básicos de detección de señales de alerta y conocer los circuitos de derivación disponibles, para poder actuar a tiempo cuando identifica una situación de riesgo.

En cuanto al diseño de sus asignaturas, es fundamental incorporar los principios del diseño universal para el aprendizaje, con mayor flexibilidad y una actitud más empática, sin que eso implique renunciar a la exigencia académica, sino acompañar los procesos con más sensibilidad.

También es clave cambiar la relación cultural con el error: validarlo como fuente de aprendizaje y no como sinónimo de fracaso. Por último, es imprescindible una formación antiestigma generalizada que permita abordar la salud mental como un eje transversal de todos los estudios.

el profesorado debería adquirir conocimientos básicos de detección de señales de alerta y conocer los circuitos de derivación disponibles, para poder actuar a tiempo cuando identifica una situación de riesgo

¿Qué ha cambiado en la sociedad y en las universidades para que la salud mental del estudiantado pase a ser un tema esencial de la vida universitaria, e incluso se recoja su atención como una obligación en la Ley Orgánica del Sistema Universitario?

La pandemia supuso un punto de inflexión: legitimó hablar del sufrimiento emocional de una forma que antes era difícil en los espacios públicos. Sin embargo, ese mismo discurso ha generado también efectos no deseados, pues ha terminado patologizando situaciones que forman parte de la vida cotidiana, banalizando términos clínicos y favoreciendo que muchas personas se identifiquen con un diagnóstico lo que en realidad podría ser un malestar transitorio y propio de cualquier proceso vital.

Al mismo tiempo, vivimos una crisis múltiple —económica, de acceso a la vivienda, de sentido vital— que impacta directamente en las familias y en los jóvenes, generando un estado de incertidumbre constante con consecuencias reales en el bienestar emocional. Esta situación ha obligado a incorporar una mirada psicosocial al sufrimiento emocional que antes se ignoraba casi por completo.

La universidad, por su parte, atiende a un gran volumen de jóvenes y representa un lugar privilegiado para la detección temprana, una oportunidad que debería aprovecharse mucho más. Incorporar la salud mental como un eje transversal en los currículos puede contribuir, además, a formar profesionales con herramientas reales de apoyo emocional para su ejercicio futuro. Aun así, seguimos poniendo el foco excesivamente en el individuo y muy poco en el sistema que genera o agrava esas situaciones.

vivimos una crisis múltiple —económica, de acceso a la vivienda, de sentido vital— que impacta directamente en las familias y en los jóvenes, generando un estado de incertidumbre constante con consecuencias reales en el bienestar emocional

¿Cómo afectan temas como la movilidad nacional o internacional, ser estudiante de primera generación, compartir estudio y trabajo o las obligaciones familiares a la salud mental?

Cada uno de estos factores añade una capa de vulnerabilidad específica. La movilidad implica la pérdida de las redes de apoyo habituales, el choque con una cultura diferente y, muy frecuentemente, el desconocimiento de los sistemas de apoyo disponibles en el nuevo entorno.

Los estudiantes de primera generación, por su parte, cargan con una presión académica especialmente intensa: son portadores de un esfuerzo familiar importante, a menudo vinculado a situaciones económicas difíciles, y se encuentran con que su entorno más cercano no siempre comprende las exigencias reales que implica la vida universitaria en términos de presencia y dedicación.

Compaginar los estudios con el trabajo o las obligaciones familiares reduce de forma significativa los tiempos de descanso y ocio, que son fundamentales para el bienestar emocional. Y en todos estos casos se incorporan, además, factores interseccionales que multiplican la complejidad de las situaciones que viven estos estudiantes.

La movilidad implica la pérdida de las redes de apoyo habituales, el choque con una cultura diferente y, muy frecuentemente, el desconocimiento de los sistemas de apoyo disponibles en el nuevo entorno

¿Cómo afecta la polarización social y pérdida de convivialidad a la salud mental?

La universidad ha sido históricamente un espacio no solo de transmisión de conocimiento, sino de debate, de construcción de redes de apoyo y de elaboración de significados compartidos. En los últimos años, esa dimensión se ha ido erosionando de manera preocupante. Hoy los estudiantes vienen a clase, hacen sus exámenes y se van: la vida universitaria más allá de las aulas se ha reducido enormemente.

Se han perdido los espacios de discusión y de creación de identidad, se ha minimizado la mirada crítica, y el imaginario sobre lo que significa estudiar en la universidad ha quedado reducido casi exclusivamente a obtener un título que valide para ejercer una profesión. Esa reducción tiene consecuencias directas en la salud mental: esos espacios eran generadores de sentido y de compromiso social que iban mucho más allá del rendimiento académico, y su ausencia deja a muchos estudiantes sin los anclajes relacionales y simbólicos que necesitan.

Se han perdido los espacios de discusión y de creación de identidad, se ha minimizado la mirada crítica, y el imaginario sobre lo que significa estudiar en la universidad ha quedado reducido casi exclusivamente a obtener un título que valide para ejercer una profesión

¿Qué papel juega o podría jugar la tecnología en el cuidado de la salud mental del estudiantado en las universidades?

La tecnología ofrece posibilidades muy relevantes que todavía estamos lejos de aprovechar plenamente. Podría ser una herramienta potente para el cribado poblacional, la detección temprana de situaciones de riesgo y la personalización de recursos según los perfiles de cada estudiante.

En el caso de los estudiantes en línea, que ya de por sí presentan una mayor vulnerabilidad por el aislamiento que implica esa modalidad, los cuidados digitales tendrían que ser especialmente pensados y sistemáticos.

Y en cuanto a la generalización del uso de la inteligencia artificial, es una pregunta que todavía tiene más incógnitas que respuestas: habrá que estar muy atentos a cómo afecta al bienestar emocional de los estudiantes, tanto en sus posibles beneficios como en los riesgos que puede generar.

En el caso de los estudiantes en línea, que ya de por sí presentan una mayor vulnerabilidad por el aislamiento que implica esa modalidad, los cuidados digitales tendrían que ser especialmente pensados y sistemáticos

¿Cómo conseguimos que las universidades sean lugares seguros, libres de abusos?

Construir universidades verdaderamente seguras requiere actuar en varios frentes a la vez. Es necesario contar con protocolos y circuitos claros, conocidos por toda la comunidad universitaria, así como con canales de denuncia efectivos y medidas cautelares que funcionen. Debe haber servicios accesibles de acompañamiento y convenios de derivación hacia la red pública de referencia —servicios sociales, unidades de salud— que garanticen una respuesta integral.

A nivel formativo, es imprescindible que toda la comunidad universitaria —no solo el estudiantado— reciba formación obligatoria para identificar violencias, acoso psicológico, laboral o microrracismos. Deben desarrollarse también programas de sensibilización en torno a la diversidad, crearse figuras referentes de bienestar emocional universitario y establecerse unidades de mediación de conflictos. Todo ello debería enmarcarse en una mirada comunitaria de la salud mental, y complementarse con formación en habilidades socioemocionales —las llamadas soft skills— que doten a todas las personas de mejores herramientas para relacionarse y convivir.


Entrevista Alfonso González Hermoso de Mendoza


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