La crisis de sentido de la universidad

La crisis de sentido de la universidad no es un problema financiero, logístico o técnico, sino un problema humanístico

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La universidad, en su versión más óptima, no puede desligarse del proyecto de democratización que le permitiría adquirir sentido pleno. John Dewey, al hablar de la democracia como forma de vida, indicaba que toda educación de calidad debe preparar para la participación activa en la vida colectiva, para la deliberación informada junto con nuestros coetáneos y para el ejercicio de la libertad responsable en un espacio siempre compartido. Esta tarea excede con mucho la simple adquisición de competencias instrumentales en la que están sumergidas las universidades, especialmente desde el Plan Bolonia. Repitamos: se trata de formar ciudadanos, no empleados

SHEILA LÓPEZ PÉREZ


En los últimos años, la universidad ha atravesado una crisis profunda; y no solo financiera, social, política o estructural, sino una crisis de sentido. Esta crisis nace de la tensión entre su función tradicional como espacio de formación del pensamiento y su creciente reducción a centro de producción de competencias instrumentales. Frente a este vaciamiento de su proyecto inicial, esencialmente humanista, debemos emprender una reflexión radical sobre los fines de la universidad, el conocimiento que produce y el tipo de ciudadanos que genera.

La universidad en la encrucijada. Entre el mercado y el humanismo

Las reformas en la educación superior de los últimos años, impulsadas por lógicas neoliberales, han promovido una concepción utilitarista de la universidad: la de formar trabajadores adaptables al mercado existente. Esta deriva ha transformado profundamente sus fines educativos, los criterios de evaluación de su profesorado, la organización de los planes de estudio y, sobre todo, la relación entre saber y sociedad.

En este escenario, la pregunta por el “para qué” de la universidad se ha desplazado a un segundo plano, sustituida por el “cuánto”: cuántos empleados debe producir, cuántos planes de estudio no instrumentales debe erradicar, cuántas publicaciones indexadas por parte del profesorado debe exigir, y un largo etcétera. Se impone así una lógica cuantitativa sin rumbo ni objetivo que borra el horizonte ético, crítico y social del conocimiento que se genera en la universidad. Así las cosas, el sistema universitario corre el riesgo de convertirse en una institución vacía, subordinada a los dictados del statu quo, la competitividad y la rentabilidad y se aleja de manera definitiva de su naturaleza transformadora.

Pensar críticamente la universidad implica recuperar su dimensión integral humanista, su capacidad de configurar sujetos reflexivos y responsables capaces de participar activamente en la construcción de una sociedad más diversa, democrática y justa

Frente a esta situación, la sociedad tiene un deber apremiante: repensar qué universidad quiere, o lo que es lo mismo, repensar para qué quiere una universidad entre sus instituciones. La sociedad tiene el deber moral de interrogarse continuamente, aun cuando tiene que forzarse a ello, por aquello que se da por supuesto, de cuestionar los presupuestos ideológicos de todas las normalizaciones que se asientan en ella y de ofrecer una mirada crítica sobre el sentido de todas sus instituciones, entre las que se incluyen aquellas destinadas a la educación.

Pensar críticamente la universidad implica preguntarse no solo qué se enseña y cómo se enseña, sino sobre todo para qué se enseña. Pensar críticamente la universidad implica luchar por recuperar su dimensión integral humanista, por un lado, y su capacidad de configurar sujetos reflexivos y responsables capaces de participar activamente en la construcción de una sociedad más diversa, democrática y justa, por otro. Pues tal y como indicó Martha Nussbaum, la educación superior tiene la misión de cultivar “el alma del estudiante” para promover el pensamiento crítico, la empatía y la imaginación moral, ya que será este estudiante el futuro ciudadano que nos ofrezca sus conocimientos en la consulta médica, el taller, la asesoría jurídica, el banco, la oficina, el museo, el conservatorio, el laboratorio, la administración pública o cualquier otro oficio contemplado en la sociedad.

La universidad, en su versión más óptima, no puede desligarse del proyecto de democratización que le permitiría adquirir sentido pleno. John Dewey, al hablar de la democracia como forma de vida, indicaba que toda educación de calidad debe preparar para la participación activa en la vida colectiva, para la deliberación informada junto con nuestros coetáneos y para el ejercicio de la libertad responsable en un espacio siempre compartido. Esta tarea excede con mucho la simple adquisición de competencias instrumentales en la que están sumergidas las universidades, especialmente desde el Plan Bolonia. Repitamos: se trata de formar ciudadanos, no empleados.

Ciudadanos capaces de dedicarse a su profesión con empatía y humildad porque conocen la importancia del servicio que están proporcionando a su comunidad. Y a pesar del contexto desfavorable que nos rodea, existen numerosos indicios que muestran el esfuerzo de la ciudadanía para revitalizar el sentido de una universidad que, en los términos actuales, aporta poco a la capacidad de pensar, interpretar y convivir en un mundo globalizado y en continua transformación.

Hoy necesitamos una universidad que no renuncie a su vocación humanista, a su misión de formar integralmente para convivir y participar en una sociedad plural, que no se limite a acatar a las exigencias de un mercado injusto, competitivo y sin rumbo

Hacia una universidad con sentido

Tal y como indicábamos al inicio, la crisis de sentido de la universidad no es un problema financiero, logístico o técnico, sino un problema humanístico. Esta crisis nos obliga a preguntarnos qué queremos que sea la universidad en el siglo XXI, qué tipo de ciudadanía queremos que salga de ella y qué papel debe jugar el saber generado en la universidad en la búsqueda de una sociedad más compleja, responsable e informada.

Para salir de esta crisis de sentido no basta con defender la necesidad de la universidad en la sociedad, sino que es necesario reflexionar sobre si la propia universidad actual no es en sí misma un hándicap para la universidad de verdad, la universidad que queremos. Hoy necesitamos una universidad que no renuncie a su vocación humanista, a su misión de formar integralmente para convivir y participar en una sociedad plural, que no se limite a acatar a las exigencias de un mercado injusto, competitivo y sin rumbo. Necesitamos una universidad que sea capaz de abrir horizontes de posibilidad, imaginar otros mundos posibles al actual y formar sujetos capaces de vivir bien y convivir mejor. Eso, en el fondo, es la labor de la filosofía: pensar la vida y pensarla de una manera adecuada a su contexto. Y no hay mejor lugar para filosofar que una universidad con sentido.


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SHEILA LÓPEZ PÉREZ

Directora del Grado en Filosofía, Política y Economía Defensora universitaria Universidad Isabel I

Espacios de Educación Superior está dirigido a poner en contacto a las personas e instituciones interesadas en la sociedad del aprendizaje en Iberoamérica y España.