II El presente texto forma parte del artículo «Hablemos de las universidades» en el que se nos ofrece un recorrido por los principales desafíos a los que se enfrenta la institución universitaria planteados desde una perspectiva global. El texto nos invita reflexionar sobre la singularidad y relevancia de las universidades, destacando la importancia de su integración en las sociedades que las acogen.
ALFONSO GONZÁLEZ HERMOSO DE MENDOZA
La asunción del gerencialismo
Los avances que llevaron a la democratización en el acceso a la universidad trajeron consigo la respuesta de sectores sociales que dudan sobre si las universidades están facilitando a los estudiantes el aprendizaje que necesita la actividad económica, así como si proporcionan a las empresas la tecnología que demandan, o si son realmente eficientes en sus costes. Ideologías que propiciaron, desde el último cuarto del siglo XX, la progresiva y silenciosa asunción de un nuevo proyecto político: convertir la universidad en una empresa de gestión del conocimiento.
Bajo esta visión, las universidades pasan a ser consideradas fundamentalmente como un actor económico que desarrolla su actividad en un mercado global. Esta perspectiva se antepone a los objetivos que vinculan a las universidades a la atención de las demandas sociales, así como a la participación en la vida pública. Es importante destacar que estos cambios se imponen en la lógica universitaria con independencia de lo que recogen los convenios internacionales y los textos constitucionales sobre el derecho a la educación, la autonomía universitaria o la libertad académica.
Las propuestas del gerencialismo, bajo el mantra de la descentralización y la gestión estratégica, han transformado la vida académica y la gestión universitaria. La nueva agenda pretende que las universidades asuman, en competencia con otras instituciones de igual o distinta naturaleza, la responsabilidad de cumplir de la manera más eficiente posible la provisión de formación y conocimiento de acuerdo con las necesidades del mercado. Cualquier idea de la universidad como institución egregia que mantiene una relación singular con los intereses del Estado o el mercado laboral ha sido sacrificada en el intento de seguir el incesante ritmo del mercado.
Transformando las titulaciones hacía la demanda de los mercados
Más allá del afán por el control ideológico, la oferta formativa de las universidades está cambiando a una velocidad sin precedentes, impulsada por la disrupción tecnológica y la necesidad de adaptar la educación a las exigencias inmediatas del mercado laboral, en una tensa relación entre los gobiernos y las universidades.
En el caso del Reino Unido esta transformación se está produciendo a través de las universidades cívicas o politécnicas, que de manera autorregulada con acuerdos con los ayuntamientos adaptan su oferta formativa para mejorar su impacto económico y social.
En EE.UU, la presión se expresa por el llamado Workforce Pell, creado por la One Big Beautiful Bill Act, en virtud del cual, los programas deben además alinearse con sectores de alta cualificación, alta remuneración o alta demanda, definidos por cada gobernador junto con las juntas estatales de empleo, y ser aprobados por el Secretario de Educación de EE. UU. Merecen la pena destacar las palabras del secretario de Comercio, Howard Lutnick: «Si Harvard llega a un acuerdo con Donald Trump, ¿sabes qué va a hacer con los 500 millones de dólares? Va a hacer que Harvard construya escuelas vocacionales. La escuela vocacional de Harvard, porque eso es lo que necesita Estados Unidos»
Pero sin duda el ejemplo más claro de este vertiginoso giro es China, que en un periodo de cinco años ha reestructurado más del 30% de su mapa universitario: eliminó o suspendió 12.200 carreras tradicionales y creó en su lugar 10.200 nuevos programas.
Este drástico rediseño responde a dos motivos clave: erradicar títulos obsoletos que alimentaban el desempleo juvenil y acelerar la soberanía tecnológica del país frente a la inercia de los modelos de enseñanza tradicionales.
Los sectores más severamente impactados por esta reconversión abarcan tanto a las disciplinas afectadas por la baja empleabilidad como a las industrias emergentes prioritarias: la Inteligencia Artificial, la robótica, la inteligencia encarnada, los semiconductores y la fabricación avanzada.

Desconfianza en las universidades públicas
Nos sugiere George Steiner en sus memorias que «las universidades son, desde su instauración en Bolonia, Salerno o el París medieval, bestias frágiles, aunque tenaces. Su lugar en el cuerpo político, en las estructuras de poder ideológicas y fiscales de la comunidad circundante, nunca ha estado exento de ambigüedades. Están sometidas en todo momento a tensiones fundamentales». Tensiones fundamentales que hoy en día se traducen en la desconfianza, cuando no en el cuestionamiento, por parte de los responsables políticos.
Bien sea por incompetencia —la gestión de las universidades tiene una alta complejidad técnica y política—, bien sea por ideología —el gerencialismo es la tendencia políticamente dominante y el iliberalismo es emergente—, la realidad nos muestra la enorme dificultad de un acuerdo entre las administraciones de tutela y las universidades que permita explicitar qué esperan las sociedades de sus universidades.
El 42 por ciento de los votantes con título universitario votaron por el actual presidente Donald Trump, en comparación con el 56 por ciento de los que no tenían título universitario. Los expertos dicen que la brecha en función de los títulos no puede disociarse de la crisis de confianza pública de la sociedad en las universidades, y de la urgencia para la intensificación del debate y la comunicación sobre el valor de la educación superior.
Un contrato que formule los compromisos sobre los que las universidades proyectarán su autonomía para la consecución del bien común y, en consecuencia, que establezca una financiación suficiente para su actividad. El desamparo de las universidades públicas en esta situación, unido a su pasividad y a las inercias centrípetas del autogobierno, las conduce a una situación entrópica.
El gerencialismo trasladó la consecución del interés público a la lógica de los mercados. A partir de esta visión son estos los que marcan los objetivos de la actividad universitaria y, no podemos olvidarlo, los que determinan las formas de gestión, con las contradicciones insalvables que esto supone para las universidades sujetas al derecho público. En consecuencia, para las administraciones de tutela, la autonomía universitaria pasa a percibirse como una amenaza que abre la puerta al desviacionismo y que, por lo tanto, debe controlarse desde una severa regulación y la progresiva desinversión.
Desinversión en las universidades públicas
Así, en la actualidad, los sistemas universitarios se encuentran ante una crisis financiera generalizada que se expresa en despidos, cierres o fusiones. Decimos generalizada porque es una situación que podemos encontrar tanto en los países referentes de la industria de la educación superior, como Estados Unidos (dos tercios de las universidades muestran signos de estrés financiero), Reino Unido, Países Bajos, Japón o Australia, como en el conjunto europeo continental. Según la Asociación Europea de Universidades (EUA), el 44 % de las universidades europeas informa de una financiación decreciente en los últimos cinco años, mientras que el 70 % identifica la falta de financiación como uno de los tres principales obstáculos para mejorar el aprendizaje y la enseñanza.
Crisis financiera que se ve ampliada y reforzada en el caso de las universidades de EE. UU. ante las presiones del nuevo gobierno federal para controlarlas ideológicamente, así como por las reducciones y el sesgo de los fondos destinados a investigación.
A las dificultades por la falta de recursos económicos hay que añadir otra no menor, como es una sobrerregulación, en especial para las universidades públicas, sujetas a una fiebre regulatoria que limita en aspectos esenciales la autonomía y, además, burocratiza la gestión. La EUA pone de manifiesto que un 26 % de las universidades europeas declara una pérdida de autonomía en los últimos cinco años. En este periodo, un tercio de las instituciones en Hungría y el Reino Unido, y alrededor del 40 % en los Países Bajos y Polonia, indican una disminución en la autonomía durante el mismo periodo.

Hacia un mercado de la educación superior
La expresión última del gerencialismo es la creciente compra de universidades por parte de fondos de inversión, en operaciones difíciles de prever hace apenas unos años, que superan los miles de millones de euros. Circunstancia que, unida a la creación de universidades por grandes corporaciones, parecería anunciar la progresiva asimilación de los sistemas universitarios por parte de los mercados de la educación superior.
Es lógico pensar que, si aceptamos que los objetivos de las universidades los establece el mercado, serán estructuras empresariales las que terminen desempeñando las funciones de las universidades. De esta manera, parecería que salvar las universidades pasaría por destruirlas. La naturalización, consciente o no, del gerencialismo dentro y fuera de las universidades ha llevado a su descapitalización y a la progresiva deslegitimación social, colocando a las universidades tradicionales en una situación muy delicada de cara al futuro.
Sin embargo, la irrupción del gerencialismo no puede ser una coartada para olvidar que las universidades privadas, antes que empresas, sean quienes sean sus titulares, especialmente si su formación es en línea, son universidades. Así como tampoco puede servir para eludir los problemas internos de gestión que para la consecución del bien común presentan las universidades públicas.
Es en este apartado donde hay que hacer una doble llamada de atención. Por una parte, en aquellas universidades que adoptan modelos de gestión corporativa y democrática, advertir sobre el grave peligro que supone ignorar la relevancia de las tareas vinculadas a la gestión administrativa. Justificadas por la falta de personal, o motivadas por razones de control interno o de incentivos económicos, las plazas llevan a que el personal docente tienda a ocupar posiciones que no corresponden con su condición, lo que provoca confusión y un indeseable deterioro de la profesionalización de las actividades gerenciales.
La profesionalización en la gestión
Por otra parte, en las universidades con un modelo de gobierno meritocrático y profesionalizado se llega a hablar de «Guerra Fría» a la hora de recoger el clima de creciente tensión y desconfianza entre el profesorado y los administradores universitarios. Situación provocada por la presión financiera derivada de la caída de matrículas y los recortes presupuestarios, un entorno sociopolítico cada vez más polarizado, la disminución del profesorado con plaza fija, la creciente tecnocratización de la administración, y la percepción de falta de respeto y consulta mutua.
La autonomía universitaria también se expresa en una delicada singularidad en la gestión que demanda un rigor exquisito, equiparable al rigor académico, y una eficiencia y transparencia solo garantizables con independencia administrativa y profesionalización. La gestión universitaria también demanda una carrera profesional. Las universidades no preparan adecuadamente a las personas para ser administradores universitarios. Los estudios que evalúan el estado de la preparación formal para el liderazgo en la educación superior utilizan descripciones como «ausente», «mínimo» e «irregular».
Expresiones procedentes del mundo empresarial como stakeholders, networking, advancement, fundraising, capital campaigns o red folder, incorporadas sin el afán seductor de su uso del inglés, ofrecen aprendizajes imprescindibles para la profesionalización en la gestión de universidades. Mejorar la imagen institucional y su reconocimiento social, difundiendo su misión y logros, de la misma manera que incrementar la integración de sus comunidades en actividades académicas, culturales o de investigación, o identificar y captar recursos financieros a través de donaciones, patrocinios y colaboraciones con empresas, son tareas que demandan una profesionalización y una estrategia institucional.
Artículo completo «Hablemos de las universidades»
Alfonso González Hermoso de Mendoza
Presidente de la Asociación Espacios de Educación Superior
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