El cuestionamiento de la autonomía universitaria. Hablemos de las universidades

Pablo Santana

El presente texto forma parte del artículo «Hablemos de las universidades» en el que se nos ofrece un recorrido por los principales desafíos a los que se enfrenta la institución universitaria planteados desde una perspectiva global. El texto nos invita reflexionar sobre la singularidad y relevancia de las universidades, destacando la importancia de su integración en las sociedades que las acogen.

ALFONSO GONZÁLEZ HERMOSO DE MENDOZA


La asunción del gerencialismo

Los avances que llevaron a la democratización en el acceso a la universidad trajeron consigo la respuesta de sectores sociales que dudan sobre si las universidades están facilitando a los estudiantes el aprendizaje que necesita la actividad económica, así como si proporcionan a las empresas la tecnología que demandan, o si son realmente eficientes en sus costes. Ideologías que propiciaron, desde el último cuarto siglo XX, la progresiva y silenciosa asunción de un nuevo proyecto político para las universidades. 

Bajo esta visión las universidades pasan a ser consideradas fundamentalmente como un actor económico que desarrolla su actividad en un mercado global. Esta perspectiva se antepone a los objetivos que vinculan a las universidades a la atención de las demandas sociales, así como a la participación en la vida pública. Es importante destacar que estos cambios se imponen en la lógica universitaria con independencia de lo que recogen los convenios internacionales y los textos constitucionales sobre el derecho a la educación, la autonomía universitaria o la libertad académica.  

Las propuestas del gerencialismo bajo el mantra de la descentralización y la gestión estratégica han transformado la vida académica y la gestión universitaria. La nueva agenda pretende que las universidades asuman, en competencia con otras instituciones de igual o distinta naturaleza, la responsabilidad de cumplir de la manera más eficiente posible la provisión de formación y conocimiento de acuerdo a las necesidades del mercado. La autonomía universitaria lo será sólo en tanto permita alcanzar estos objetivos.

Las propuestas del gerencialismo bajo el mantra de la descentralización y la gestión estratégica han transformado la vida académica y la gestión universitaria

Desconfianza en las universidades (públicas)

Nos sugiere George Steiner en sus memorias que, “Las universidades son, desde su instauración en Bolonia, Salerno o el París medieval, bestias frágiles, aunque tenaces. Su lugar en el cuerpo político, en las estructuras de poder ideológicas y fiscales de la comunidad circundante, nunca ha estado exento de ambigüedades. Están sometidas en todo momento a tensiones fundamentales”. Tensiones fundamentales que hoy en día se traducen en la desconfianza, cuando no en el cuestionamiento, por parte de los responsables políticos.     

Bien sea por incompetencia, la gestión de las universidades tiene una alta complejidad técnica y política, bien sea por ideología, el gerencialismo es la tendencia políticamente dominante y el iliberalismo es emergente, la realidad nos muestra la enorme dificultad  de un acuerdo entre las administraciones de tutela y las universidades que permita explicitar que esperan las sociedades de sus universidades. 

Un contrato que formule los compromisos sobre los que las universidades proyectarán su autonomía para la consecución del bien común y, en consecuencia, que establezca una financiación suficiente para su actividad. El desamparo de las universidades públicas en esta situación, unido a su pasividad y a las inercias centrípetas del autogobierno, las conduce a una situación entrópica.  

para las administraciones de tutela la autonomía universitaria pasa a percibirse como una amenaza que abre la puerta al desviacionismo y que debe controlarse desde una severa regulación y la progresiva desinversión

El gerencialismo trasladó la consecución del interés público a la lógica de los mercados. A partir de esta visión son éstos los que marcan los objetivos de la actividad universitaria, y no podemos olvidar, los que determinan las formas de gestión, con las contradicciones insalvables que esto supone para las universidades sujetas al derecho público. En consecuencia, para las administraciones de tutela la autonomía universitaria pasa a percibirse como una amenaza que abre la puerta al desviacionismo y que, por lo tanto, debe controlarse desde una severa regulación y la progresiva desinversión.

Así, en la actualidad, los sistemas universitarios se encuentran ante una crisis financiera generalizada que se expresa en despidos, cierres o fusiones. Decimos generalizada porque es una situación que podemos encontrar tanto en los países referentes de la industria de la educación superior, como Estados Unidos, Reino Unido o Australia, como en el entorno europeo continental. Según la Asociación Europea de Universidades (EUA) el 44 % por ciento de las universidades europeas informan de una financiación decreciente en los últimos cinco años, mientras que el 70 % identifican la falta de financiación como uno de los tres principales obstáculos para mejorar el aprendizaje y la enseñanza.

A las dificultades por la falta de recursos económicos hay que añadir otra no menor, como es una sobreregulación, en especial para las universidades públicas, sujetas a una fiebre regulatoria que limita en aspectos esenciales la autonomía y, además, burocratiza la gestión. La EUA pone de manifiesto que un 26 % de las universidades europeas declaran una pérdida de autonomía en los últimos cinco años. En este periodo un tercio de las instituciones en Hungría y el Reino Unido y alrededor del 40 % en los Países Bajos y Polonia indican una disminución en la autonomía durante el mismo periodo. 

los sistemas universitarios se encuentran ante una crisis financiera generalizada que se expresa en despidos, cierres o fusiones

Hacia la gestión por empresas  

La expresión última del gerencialismo es la creciente compra de universidades por parte de fondos de inversión, en operaciones, difíciles de prever hace apenas unos años, que superan los miles de millones de euros. Circunstancia, que unida a la creación de universidades por grandes corporaciones, parecería anunciar la progresiva asimilación de los sistemas universitarios por parte de los mercados de la educación superior. 

Es lógico pensar que si aceptamos que los objetivos de las universidades los establece el mercado, serán estructuras empresariales las que terminen desempeñando las funciones de las universidades. De esta manera, parecería que salvar las universidades pasaría por destruirlas. La naturalización, consciente o no, del gerencialismo dentro y fuera de las universidades ha llevado a su descapitalización y a la progresiva deslegitimación social, colocando a las universidades tradicionales en una situación muy delicada de cara al futuro. 

El paradigma de la excelencia competitiva

Parecería evidente que la organización del mercado global de la educación superior demandaría una jerarquización que facilitara la comercialización de la oferta formativa y del conocimiento, a la vez que sirviera para generar legitimidades políticas y sociales. Esta necesidad dio lugar desde el año 2003 a la aparición de los ránquines globales. Clasificaciones que miden y comparan la “excelencia” de cada universidad en el mundo a través de el impacto de su producción científica, y lo hacen de una manera competitiva y en términos absolutos. Bajo esta perspectiva el ejercicio de la autonomía universitaria pasa a ordenarse en torno al “ideal de Harvard”.

Con el beneplácito de las élites académicas, mayoritariamente confortables con este paradigma, los políticos convirtieron en causalidad la correlación existente en los países más desarrollados entre competitividad científica y  competitividad económica (recordemos la célebre “paradoja europea”), y asumieron en su discurso la consecuente entelequia de la transferencia tecnología. La excelencia competitiva y el impacto académico pasa a ser el valor compartido que ordena las políticas universitarias, y lidera el debate mediático. 

La importancia de los ránquines ha llegado a ser tal que, el número y posición de las universidades presentes en ellos pasó a ser considerado como un valor político en sí mismo

La importancia de los ránquines ha llegado a ser tal que, el número y posición de las universidades presentes en ellos pasó a ser considerado como un valor político en sí mismo, como una cuestión de Estado en la que se dirime la reputación nacional. Recordemos las políticas que, con mayor o menor criterio y recursos a la hora reorganizar sus sistemas universitarios, llevaron a los “Campus de excelencia” en España, la “Exzellenzinitiative” en Alemania o la «Opération Campus» en Francia.

Es de destacar que, más allá de la convergencia entre patriotismo y negocio, algunas de las universidades mejor situadas en los ránquines como Harvard, Yale o Berkeley (EEUU), Rhodes (Sudáfrica), Zúrich (Suiza), Utrecht (Países Bajos) están cuestionando abiertamente su valor y retirando su participación. 

Tan es así que los responsables de los ránquines saben que, después de veinte años de indudable éxito, para mantener su modelo de negocio soportado en ser los referentes en el marketing de los mercados globales de la educación superior, necesitan modificar sus productos. Para ello están incorporando nuevos indicadores vinculados a la satisfacción de las empresas o a la empleabilidad de los egresados, así como están creando familias de ránquines que ofrezcan una visión menos simplista de lo que realmente es y aporta una universidad a la sociedad. 

Las universidades, y de manera especial las públicas, necesitan un acuerdo social sobre los indicadores que deben medir lo verdaderamente importante de su actividad

Frente a la aceptación generalizada e inopinada por parte de universitarios y políticos de la jerarquización y ordenación de la educación superior que suponen los ránquines globales, es de destacar que Naciones Unidas, a través de la Universidad de Naciones Unidas, alertaba recientemente de la subversión de valores y de los riesgos que trae consigo referenciar las políticas de las universidades a sus objetivos. “Estas clasificaciones impelen a las universidades a subordinar su misión en la lucha por ascender en unas clasificaciones consideradas injustas y depredadoras”, señalaba. 

En el reto de encontrar nuevas métricas, tanto para la gestión interna, como para la rendición de cuentas a la sociedad, por más que sea una tarea compleja técnica y políticamente, las universidades se juegan su reconocimiento futuro y su función social. Las universidades, y de manera especial las públicas, necesitan un acuerdo social sobre los indicadores que deben medir lo verdaderamente importante de su actividad. Información que debe servir de soporte para una evaluación consensuada sobre lo que queremos como sociedad poner en valor con su actividad.    

Artículo completo «Hablemos de las universidades»


Alfonso González Hermoso de Mendoza

Presidente de la Asociación Espacios de Educación Superior

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