El Reino Unido lleva más de una década considerando de manera explícita el contexto del estudiante preuniversitario a la hora de acceder a la universidad, así como evaluando los resultados. España sigue mayoritariamente apostando por la nota de corte como medida neutra del mérito, ignorando que la manera en la que lo medimos hace que el contexto real del estudiante aflore de manera imprevista con unas consecuencias injustas para todos.
MADA JURADO
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¿Por qué en España importa tan poco la equidad en el acceso a la universidad? Para responder, conviene mirar al Reino Unido: un país que se hizo esa pregunta hace más de veinte años.
Una pregunta incómoda
En 2004, el gobierno británico encargó a Steven Schwartz una revisión sobre cómo debían valorar las universidades el mérito de sus aspirantes. Su conclusión sigue sonando a herejía en España: notas iguales no significan necesariamente igual potencial.
Ese mismo año se creó la Office for Fair Access (oficina para el acceso justo a la universidad), encargada de aprobar el plan de acceso de toda universidad que quisiera subir tasas. En 2018 la sustituyó la Office for Students (oficina para los estudiantes), que ha pedido públicamente más ambición en este terreno.
De esa pregunta nace la admisión contextual. Y para entenderla hay que mirar antes de la nota, no después.
La desventaja no aparece el día del examen. Está ahí antes de aprender a leer, y se multiplica casi por cuatro en once años de escuela
El problema empieza mucho antes del examen
En Inglaterra, el Education Policy Institute mide cada año cuánto se retrasan los alumnos desfavorecidos respecto a sus compañeros. En 2025, la brecha era de 4,9 meses de aprendizaje a los 5 años, de 10 meses a los 11 y de 19 meses a los 16. Al terminar la etapa de 16 a 19 años, los desfavorecidos iban 3,4 notas de A-Level por detrás.
La desventaja no aparece el día del examen. Está ahí antes de aprender a leer, y se multiplica casi por cuatro en once años de escuela.
España no es distinta. Según la OCDE, en PISA 2022 el 25% de los alumnos más favorecidos superó al 25% más desfavorecido en 86 puntos en matemáticas. Y, según EsadeEcPol, a igual puntuación, un alumno desfavorecido tenía casi cuatro veces más probabilidades de repetir curso que uno de nivel socioeconómico alto. PISA 2025, publicado este mes, no cambia el fondo: donde la brecha se ha estrechado, ha sido porque han empeorado los alumnos favorecidos, no porque hayan mejorado los desfavorecidos.
Ningún sistema de clasificación corrige esto, por objetivo que sea. Un buen examen mide con precisión lo que un alumno sabe, pero no puede saber cuánto le ha costado llegar hasta ahí. Ese es el problema que intenta resolver la admisión contextual: no cómo medimos, sino cómo interpretamos lo que medimos.
Un buen examen mide con precisión lo que un alumno sabe, pero no puede saber cuánto le ha costado llegar hasta ahí. Ese es el problema que intenta resolver la admisión contextual: no cómo medimos, sino cómo interpretamos lo que medimos
Qué es la admisión contextual
La admisión contextual consiste en leer la nota de un aspirante junto al contexto en que la obtuvo: su código postal, su centro de procedencia o si ha pasado por el sistema de acogida. Y ajustar la oferta en consecuencia. No es regalar plazas, sino reinterpretar un número que nunca fue neutro.
El dato más citado viene de un equipo de la Universidad de Durham. En las universidades de alta exigencia, quienes entraron con AAB en A-Level (notas altas en las tres asignaturas) se graduaron en tres años en un 88% de los casos. Quienes entraron con BCC (notas medias), en un 80%. La nota de entrada predice la finalización mucho peor de lo que creemos.
Eso sí, predice mejor la excelencia: solo un 46% de los que entraron con BCC obtuvo un first o un 2:1 (aproximadamente, notable alto o sobresaliente), frente al 75% de los de AAB. La desventaja acumulada no desaparece al cruzar la puerta.
Cómo lo hacen los británicos
No hay un sistema nacional único. Cada universidad inglesa diseña su admisión contextual dentro de un plan de acceso que aprueba y supervisa el regulador, con objetivos no solo de entrada, sino también de permanencia. Las universidades del Russell Group, las más intensivas en investigación del país, son un buen observatorio: todas tienen en cuenta las circunstancias individuales de sus aspirantes, y pueden rebajar la nota exigida a quien parte con desventaja. En conjunto, invierten más de 250 millones de libras al año en acceso y ampliación de la participación.

Durham, del Russell Group, puede rebajar su oferta publicada en uno o dos puntos. Y evalúa lo que hace: la propia universidad analizó a sus 11.392 estudiantes de nuevo ingreso entre 2018 y 2020, de los que alrededor de una quinta parte había entrado por vía contextual, para comprobar cómo les iba.
Pero la admisión es solo una pieza. UCL trabaja cada año con unos 1.000 colegios e institutos, con alumnos desde los 7 hasta los 18 años. Leeds, con su programa Access to Leeds, empieza a acompañar a los aspirantes antes de que lleguen, con un módulo que cursan en su último año de instituto. En los últimos cinco años, el 86% de sus participantes procedentes de zonas con baja participación universitaria obtuvo un 2:1 o superior, frente al 81% de quienes, con el mismo origen, no pasaron por el programa. Y todas las universidades del grupo se han comprometido a ofrecer a los jóvenes extutelados un paquete que incluye alojamiento, becas y admisión contextual.
El modelo no está exento de críticas. Hay quien lo considera una discriminación contra los estudiantes de familias acomodadas, y quien denuncia opacidad sobre las notas reales de los admitidos; por eso el propio Russell Group se ha comprometido a unificar el lenguaje de sus políticas contextuales. Pero la lógica de fondo es clara: datos para decidir, programas de acercamiento a la universidad (lo que en el Reino Unido llaman outreach) antes de la puerta, acompañamiento después y rendición de cuentas.
La desventaja acumulada no desaparece al cruzar la puerta
España: una puerta estrecha
Ese modelo, tal cual, no existe en España. El Real Decreto 534/2024 obliga a las universidades públicas a reservar plazas para mayores de 25, 40 y 45 años, estudiantes con discapacidad, deportistas de alto nivel y titulados. Pero dentro de cada cupo, las plazas se adjudican por nota, y ninguno se define por el contexto social.
La novedad vino de Andalucía. Desde el curso 2023-2024 reserva un 1% adicional de plazas para estudiantes que perciben la Renta Mínima de Inserción Social o el Ingreso Mínimo Vital, y la Junta la presenta como una medida pionera en España. En 2024-2025 se amplió a jóvenes extutelados. En 2025-2026 entraron 201 estudiantes por este cupo, y otros 448 vulnerables por la vía general. Cataluña estrenó una reserva similar en 2026: 586 solicitudes, 276 plazas por la reserva y 280 por la vía general.
Es un paso valioso, pero estrecho. Solo mira a quien acredita una prestación social, solo actúa en la puerta y no reinterpreta la nota de nadie. En una comunidad donde el 37% de los jóvenes de 18 a 29 años está en riesgo de pobreza o exclusión, unos cientos de plazas no alcanzan a cambiar el problema de fondo.

Mientras tanto, en Latinoamérica
Varios sistemas latinoamericanos llevan más de una década experimentando con el contexto y evaluando los resultados. Chile incorporó en 2013 el Puntaje Ranking, que compara las notas de cada estudiante con las de generaciones anteriores de su propio colegio, y desde 2014 garantiza plazas con acompañamiento a alumnos de la escuela pública a través del programa PACE. Brasil reserva desde 2012 la mitad de las plazas de sus universidades federales a egresados de la escuela pública. Y la Universidad Nacional de Colombia tiene programas de admisión para los mejores bachilleres de municipios pobres desde 1989. Un estudio sobre PACE llegó a la misma conclusión que Durham: estudiantes con 200 a 300 puntos menos en la prueba de selección obtenían notas universitarias similares a las de sus compañeros.
¿Por qué en España importa tan poco?
Volvamos a la pregunta del principio. En España sí nos importa la equidad, pero la entendemos de otra manera: como igualdad ante el examen, no como igualdad de oportunidades para llegar a él. Una nota de corte única nos parece justa precisamente porque trata a todos igual. Y lo que parece justo no se cuestiona.
Por eso la admisión contextual británica no termina en la puerta: sigue con becas, acompañamiento y objetivos de permanencia a lo largo de toda la carrera
La propia ley lo refleja. La LOSU de 2023 afirma en su preámbulo que la equidad impregna todo su contenido, y garantiza la igualdad de oportunidades en el acceso con independencia de la capacidad económica y del lugar de residencia. Pero lo hace en el artículo dedicado a becas y ayudas al estudio, mientras que el acceso se rige por los principios de igualdad, mérito y capacidad. La equidad se resuelve con dinero; el mérito, con una nota.
A eso se suman dos rasgos del sistema. La plaza se adjudica por nota en un procedimiento casi automático: la universidad fija las reglas, pero no mira a quién admite, y por tanto no responde de ello. Y no existe un regulador que exija a cada universidad un plan de acceso con objetivos y resultados públicos, como hace en Inglaterra la Office for Students. Sin nadie que decida y sin nadie que pida cuentas, la pregunta de Schwartz nunca llega a formularse.
Abrir la puerta no basta
El sistema británico lleva dos décadas preguntándose quién es el estudiante, antes de entrar y después, y lo trata como alguien con contexto y agencia, no como una cifra. Los datos de Durham recuerdan que la desventaja acumulada durante toda la escolaridad no se borra con una plaza. Por eso la admisión contextual británica no termina en la puerta: sigue con becas, acompañamiento y objetivos de permanencia a lo largo de toda la carrera.
España ha empezado a abrir la puerta, aunque sea por una rendija. El siguiente paso es aprender a leer las notas en su contexto. Y el que viene después, del que hablaremos en diciembre, es qué hace la universidad con esos estudiantes una vez dentro.
¿Por qué en España importa tan poco la equidad en el acceso? Quizá porque creemos que ya la tenemos. La pregunta, al final, no es si nuestras notas son justas, sino si sabemos leerlas.

Mada Jurado, PhD Experta en Ecosistemas de Aprendizaje Product Strategist & Learning Architect (EdTech)






