La proximidad física sigue siendo el predictor más potente de la colaboración intelectual

El espacio que nadie diseña: cómo la arquitectura del aula construye o destruye comunidad

Nikolay Georgiev en Pixabay

Las universidades llevan décadas invirtiendo en tecnología para mejorar el aprendizaje. Mientras tanto, el factor que más predice la calidad de una experiencia educativa lleva siglos sin tocarse: cómo se relacionan físicamente las personas dentro del espacio donde aprenden.

MADA JURADO


Hay una pregunta que pocas instituciones educativas se hacen antes de diseñar un programa: ¿qué tipo de relaciones queremos que ocurran aquí?

Los que trabajamos en diseño de programas educativos dedicamos muchísimo esfuerzo a pulir el tipo de contenidos que queremos transmitir y cómo acreditarlas. También perdemos el sueño enumerando las competencias que queremos desarrollar y cómo certificarlas. Y, sin embargo, se nos olvida lo más básico: qué tipo de relaciones van a emerger en nuestras aulas (presenciales o en las virtuales) y qué impacto va a tener eso en el aprendizaje de todos. Aquí cabe añadir algo que es obvio: las relaciones humanas no ocurren en el vacío; ocurren en un espacio. Y ese espacio, antes de que llegue ningún profesor y antes de que empiece ninguna clase, ya ha tomado decisiones pedagógicas por todos.

El aula estándar de la universidad pública es un ejemplo perfecto de decisión pedagógica implícita. Filas de pupitres como en un teatro, orientados hacia una tarima elevada. Un solo vector de comunicación para el profesor: la emisión de conocimientos unilateral, como si fuera un actor que se dirige a una masa de público. Podrá ser más interactivo o menos, pero en esencia, el profesor es un cuerpo que controla el tiempo, la palabra y el movimiento. Todo emana desde él hacia el grupo. Los estudiantes que están más cerca de él, establecen algún tipo de conexión un poco más fuerte: al docente le irán sonando sus caras. Irremediablemente, los que se sientan delante aprenden que la proximidad al profesor es una ventaja competitiva.

Los que se sientan al fondo aprenden, entre otras cosas, que están lejos del centro de poder y que esa distancia tiene consecuencias: les da cierta libertad para despistarse, enredar e irse desconectando poco a poco.

las relaciones humanas no ocurren en el vacío; ocurren en un espacio. Y ese espacio, antes de que llegue ningún profesor y antes de que empiece ninguna clase, ya ha tomado decisiones pedagógicas por todos

Ese diseño no es neutral. Está de sobra documentado que este modelo viene de la Revolución industrial, cuando el objetivo de la educación era producir trabajadores capaces de seguir instrucciones, respetar jerarquías y tolerar la repetición. El aula se diseñó como una fábrica en miniatura. Y en muchas universidades, ese diseño no ha cambiado.

Lo que sabe la ciencia desde hace décadas

En 1977, Thomas Allen, investigador del MIT Sloan School of Management, documentó lo que hoy se conoce como la Curva de Allen: la probabilidad de que dos personas colaboren decrece de manera exponencial a medida que aumenta la distancia física entre ellas. No la distancia organizacional, no la distancia jerárquica. La distancia física. Metros.

Un estudio posterior del MIT, publicado en PLOS One en 2017, analizó 40.358 artículos y 2.350 patentes producidos en el MIT entre 2004 y 2014, y confirmó que los investigadores que trabajan en el mismo edificio tienen más del triple de probabilidades de colaborar que los que están a 400 metros de distancia. Eso en un campus universitario de alto rendimiento, con todas las herramientas digitales disponibles. La proximidad física sigue siendo el predictor más potente de la colaboración intelectual.

Robert Sommer llevaba décadas señalando lo mismo desde la psicología ambiental. La disposición del espacio no solo condiciona el comportamiento: lo predice. En un aula en filas, la participación activa se concentra en las primeras posiciones. Los estudiantes del fondo no sólo están más lejos de la pizarra: están más lejos de la conversación. Y aprenden, sin que nadie se lo diga, que su lugar en el espacio refleja su lugar en el conocimiento.

los investigadores que trabajan en el mismo edificio tienen más del triple de probabilidades de colaborar que los que están a 400 metros de distancia

Cinco tipos de espacio, cinco tipos de comunidad

Rosan Bosch, diseñadora holandesa especializada en arquitectura educativa, ha documentado seis arquetipos de espacio que generan seis tipos distintos de energía y de relación en los espacios educativos.

  • La cima de la montaña, donde un espacio elevado invita a la presentación y al protagonismo individual. Este es la zona de la pizarra y del proyector.
  • La cueva, donde la intimidad facilita la concentración y el trabajo en profundidad. Esto son los espacios de estudios, como bibliotecas, o entornos en silencio.
  • El corro, donde la disposición circular horizontal invita a la conversación entre iguales. Esto son las disposiciones de mesas circulares, donde todos los estudiantes se ven las caras.
  • El manantial, o zona de movimiento libre, donde la fluidez física genera fluidez cognitiva. Los pasillos, los corredores.
  • El momento de manos a la obra, donde la materialidad del espacio activa el pensamiento con las manos. Estos son los laboratorios, los talleres, desde donde se realizan experimentos o maquetas.
  • y el momento de ¡arriba! cuando se integra el movimiento como parte natural de todos los espacios. Cuando se hacen juegos de rol, simulaciones de negociaciones.

Ninguno de estos arquetipos es mejor que otro. Son distintos. Y la clave no está en tener uno solo, sino en poder moverse entre ellos según lo que el momento pedagógico requiera. Una clase que solo tiene cima de montaña (tarima, filas, proyector, y un profesor transmitiendo) sólo puede generar un tipo de relación. Y ese tipo de relación tiene un nombre: transmisión unidireccional de información. Lo que la IA ya hace mejor, más rápido y sin necesidad de aula.

la disposición del aula actúa como un «tercer maestro» que, al evitar estructuras verticales, fomenta la interacción y la comunidad de aprendizaje

Harvard Project Zero lleva casi seis décadas investigando cómo hacer visible el pensamiento de los estudiantes. Sus rutinas de pensamiento (estructuras simples que invitan a observar, conectar, preguntar y construir en voz alta) solo funcionan plenamente cuando el espacio físico invita a la participación horizontal. No porque las rutinas requieran un aula bonita, sino porque requieren que nadie esté sentado mirando la nuca del de delante. Su investigador principal, Ron Ritchhart argumenta en su trabajo Creating Cultures of Thinking que la disposición del aula actúa como un «tercer maestro» que, al evitar estructuras verticales, fomenta la interacción y la comunidad de aprendizaje.

El espacio como primer diseño curricular

Todo esto tiene consecuencias directas para la educación post-obligatoria, y especialmente para los programas de postgrado y máster, donde los grupos son pequeños, los participantes son adultos con experiencia real, y el objetivo declarado suele ser exactamente lo que los espacios estándar impiden: pensamiento crítico, colaboración genuina, construcción de comunidad profesional.

Un máster en un aula de filas con tarima es una contradicción en sus propios términos. El contenido puede hablar de innovación, de liderazgo, de trabajo en equipo. Pero el espacio está diciendo otra cosa. Está diciendo que hay uno que sabe y muchos que escuchan. Que la jerarquía es el modo por defecto. Que la participación es un privilegio que se concede, no una condición de partida.

No hace falta un presupuesto millonario para cambiar esto. No hace falta una Escuela Vittra Telefonplan, el extraordinario proyecto de Rosan Bosch en Estocolmo donde toda la arquitectura es una invitación permanente al movimiento, la elección y la creación. Hace falta algo más sencillo y más difícil a la vez: intencionalidad. Decidir que el espacio es una variable pedagógica, no un dato dado. Que la disposición de las sillas importa y que girar una silla puede cambiar la experiencia del estudiante. Que la altura relativa entre profesor y estudiante comunica algo. Que una mesa redonda genera conversaciones que una fila de pupitres hace imposibles.

la transformación cognitiva y social requiere presencia, fricción real y relación encarnada

El movimiento de reimaginar los espacios educativos y de regreso a lo analógico que están documentando centros de investigación como el Instituto para el Futuro de la Educación del Tecnológico de Monterrey no es nostalgia. Es el reconocimiento de algo que la neurociencia del aprendizaje lleva décadas confirmando: la transformación cognitiva y social requiere presencia, fricción real y relación encarnada. En el último punto de su artículo, Mariana Sofía Jiménez Nájera, contempla si es posible un regreso a lo analógico en las aulas. Ese ha sido el punto de partida que me ha llevado a repensar cómo podemos usar el espacio no tanto como rechazo frontal a la tecnología, sino como forma de recuperar control, experiencia y presencia humana en un ecosistema cada vez más mediado por algoritmos.

Las instituciones educativas que siguen construyendo barracones (o que llenan sus barracones de pantallas sin cambiar la disposición de los cuerpos) no están invirtiendo en el futuro del aprendizaje. Están invirtiendo en la decoración del pasado.

La pregunta que queda

Si la evidencia existe desde 1977, si los ejemplos funcionan en distintos contextos y con distintos presupuestos, si hay instituciones en todo el mundo que ya han rediseñado sus espacios con resultados medibles, ¿por qué la universidad española sigue organizando el conocimiento en filas?

La respuesta no es económica. Es conceptual. El espacio universitario estándar no es el resultado de una decisión pedagógica consciente. Es el resultado de no haber tomado ninguna. Y eso, a diferencia de la falta de presupuesto, sí tiene solución.

El primer paso es tan simple como incómodo: mirar el aula y preguntarse qué tipo de relaciones humanas se está fomentado.

La respuesta a esa pregunta es el verdadero diseño curricular.


Nota sobre el proceso de creación

Este artículo ha sido desarrollado en colaboración con inteligencia artificial (Claude, de Anthropic) como herramienta de investigación, contraste de datos y estructuración de argumentos. La tesis, el criterio editorial y la voz son de la autora. Los datos citados han sido verificados en sus fuentes originales. La responsabilidad sobre el contenido es íntegramente de Mada Jurado.

Mada Jurado, PhD Experta en Ecosistemas de Aprendizaje Product Strategist  & Learning Architect (EdTech)

https://www.linkedin.com/in/madajurado


Otros artículos de Mada Jurado

Espacios de Educación Superior está dirigido a poner en contacto a las personas e instituciones interesadas en la sociedad del aprendizaje en Iberoamérica y España.