Acaban de terminar la PAU. En unos meses, una nueva promoción de estudiantes cruzará por primera vez las puertas de una universidad española. Llegan con buenos expedientes académicos, con expectativas y, en muchos casos, con la convicción de que la universidad es el siguiente paso obligatorio después del bachillerato. Nadie les ha preguntado si tienen algo que contribuir a la sociedad. Nadie les ha explicado para qué sirve, de verdad, una universidad. Es un buen momento para hacernos esa pregunta.
MADA JURADO, PHD
Lo que nadie le explica al estudiante que acaba de aprobar la PAU
Durante décadas hemos construido un relato sobre la educación superior que confunde dos cosas muy distintas: certificar y transformar. Certificar es acreditar que alguien ha completado un proceso. Transformar es cambiar la manera en la que alguien entiende el mundo y su capacidad de actuar sobre él. La universidad debería hacer lo segundo, pero con demasiada frecuencia, se ha limitado a lo primero.
Antes que nada, cabe comentar que el resultado de esta confusión no arranca en la universidad misma sino que viene heredado del nivel educativo anterior. La universidad se plantea como el destino por defecto y por inercia social al que se llega tras la secundaria. La vocación importa poco: el objetivo es entrar en una carrera universitaria, la que sea. Los resultados hablan por sí mismos. Como documenta Carlos Magro en su análisis sobre la PAU y el teatro de la meritocracia, uno de cada tres estudiantes de ciencias no accede a su primera opción universitaria, y más del 40% no entra en ninguna de sus preferencias. Detrás de esas cifras hay jóvenes que han pasado dos años de bachillerato entrenándose para un examen, en vez de preguntarse qué proyecto de vida quieren y cómo pueden contribuir a la sociedad. La sombra de la PAU vacía esos dos años cruciales de cualquier otro objetivo, y cuando por fin llegan al grado al que han podido llegar (que posiblemente será su tercera o cuarta opción) muchos siguen sin tener claro por qué están allí.
Esto no es culpa de los estudiantes; es un problema estructural que la sociedad ha creado.
La universidad se plantea como el destino por defecto y por inercia social al que se llega tras la secundaria. La vocación importa poco: el objetivo es entrar en una carrera universitaria, la que sea. Los resultados hablan por sí mismos

La confusión que llevamos décadas sin querer aclarar
Durante décadas hemos empujado a generaciones enteras hacia la universidad bajo la promesa de que un título cambia de clase social, una promesa que tenía sentido cuando casi nadie estudiaba. Desde los ochenta, el mensaje cambió un poco y la promesa se reformuló de “cambiar de clase social” a “encontrar un trabajo especializado y bien pagado”. Hoy seguimos repitiendo este mantra aunque el tejido productivo no pueda absorber a tantos titulados, y aunque muchos de esos jóvenes no tengan una vocación real que los sostenga allí. No es extraño que aparezca el vacío: están en un lugar al que les dijeron que debían llegar, sin que nadie les preguntara para qué.
Si el objetivo último de la masa de jóvenes es encontrar un trabajo especializado en una empresa para resolver problemas con soluciones que ya existen, entonces necesitamos que la universidad deje de ser el destino por defecto de todo el mundo. Esa no es la función de la universidad. El énfasis de poder ascender de clase social a través de un título universitario ha llevado a cargar a la universidad con responsabilidades que no le corresponden, tales como formar trabajadores especializados, desarrollar competencias técnicas aplicables de inmediato, u ofrecer itinerarios flexibles para la empleabilidad. Todo eso es loable y valioso, pero no debería ser responsabilidad de la universidad. Esas funciones tan necesarias son, precisamente, la razón de ser de la formación profesional, de los grados superiores, de las micro-credenciales y de la formación continua en la empresa.
Esas vías se merecen toda la dignidad y el rigor que históricamente se les ha negado en España. No son una segunda vía vergonzosa a la que caen aquellos que no llegan a la universidad. Al contrario, son la opción correcta para quien quiere aplicar el conocimiento existente con excelencia. Funcionan para preparar a los estudiantes para ser trabajadores especializados y certificar que pueden realizar un trabajo con los estándares y medidas de seguridad apropiadas. El problema que tenemos es que hemos tratado a la formación profesional como residuo del sistema, cuando debería ser su columna vertebral productiva.
La universidad no está formulada para certificar conocimiento sobre lo que ya está inventado y funcionando. Esa no es su función. La universidad, liberada de esa carga errónea, puede hacer lo que solo ella puede hacer y para lo que fue concebida en origen: crear conocimiento que todavía no existe. Su misión es transformar. Por un lado, transformar a personas para que sean capaces de plantear preguntas que nadie ha sabido formular. Por otro, ayudar a las empresas que necesitan innovar más allá de lo que el mercado ya ofrece, transformando por ende al tejido industrial. Por último, replantear desde el rigor intelectual los problemas que la sociedad no sabe todavía que tiene, ayudando así a transformarla.
Durante décadas hemos empujado a generaciones enteras hacia la universidad bajo la promesa de que un título cambia de clase social, una promesa que tenía sentido cuando casi nadie estudiaba. Desde los ochenta, el mensaje cambió un poco y la promesa se reformuló de “cambiar de clase social” a “encontrar un trabajo especializado y bien pagado”

Lo que en realidad significa poner al estudiante en el centro
Decir que la universidad no es para todo el mundo a los dieciocho años se puede malinterpretar como elitismo, cuando en realidad esa afirmación parte de un profundo respeto por la institución y por quienes llegan a ella.
La universidad es para quien tiene algo que decir, algo que descubrir, o algo que replantearse desde un conocimiento que todavía no existe. La universidad es para transformar al estudiante que está dispuesto a tolerar años de incertidumbre antes de poder contribuir a algo real y que nadie había descubierto. Es para la empresa que necesita resolver un problema que ningún proveedor del mercado puede resolver aún. Es para la sociedad que necesita que alguien se haga las preguntas difíciles que nadie se ha hecho y que nos ayudarán a avanzar.
Poner al estudiante en el centro de la universidad no significa diseñarla para su comodidad. Significa exigirle. No obstante, la exigencia no es castigo; es reconocimiento. Es tratar al estudiante como alguien capaz de llegar a donde nadie ha llegado, al igual que hacemos con los deportistas de élite cuando redefinen los límites del ser humano. Como señala la investigadora Sonia Sánchez-Busques, de la UAB, la pérdida de los espacios de discusión y de creación de identidad en la universidad tiene consecuencias directas en la salud mental del estudiantado, porque esos espacios eran generadores de sentido que iban mucho más allá del rendimiento académico. Cuando la universidad renuncia a su función transformadora, no solo empobrece intelectualmente, también daña a las personas que la habitan.
La universidad es para transformar al estudiante que está dispuesto a tolerar años de incertidumbre antes de poder contribuir a algo real y que nadie había descubierto. Es para la empresa que necesita resolver un problema que ningún proveedor del mercado puede resolver aún. Es para la sociedad que necesita que alguien se haga las preguntas difíciles que nadie se ha hecho y que nos ayudarán a avanzar

La pregunta que no podemos seguir aplazando
Esta semana, miles de jóvenes españoles están eligiendo carrera. Muchos lo harán por nota de corte, por supuestas salidas profesionales, por lo que les han dicho sus familias. Pocos lo harán porque tienen una pregunta inédita que necesitan responder y porque creen que la universidad es el lugar donde pueden hacerlo. Eso no es culpa de los estudiantes. Es el resultado de un sistema que nunca les ha explicado para qué sirve la universidad de verdad.
¿Qué tendría que dejar de hacer la universidad española para explicar a la sociedad cuál es su función real y para poder hacer bien lo único que solo ella puede hacer?
Sobre el proceso de escritura
Este artículo ha sido desarrollado por Mada Jurado. Los datos citados han sido verificados en sus fuentes originales. La tesis, la estructuración de argumentos, el criterio editorial y la voz son de la autora. Las ideas ideas expuestas en este artículo aúnan varios debates mantenidos en LinkedIn sobre reforma educativa universitaria durante la primera quincena de junio, mayoritariamente en respuesta a artículos de Espacio de Educación Superior, EsdeES.
Las imágenes fueron tomadas por Mada Jurado a primeros de junio en los exteriores de las minas romanas de Lapis Specularis de la Cueva del Sanabrio de Saceda del Río, Cuenca. Intentan ilustrar de manera alegórica procesos de transformación y florecimiento de la Universidad. La Figura 1, intenta enfatizar la explosión de opciones (mayoritariamente arbitrarias) que se abren al estudiante tras la PAU. La Figura 2, la función transformadora de la universidad en sus tres entornos: personas, empresas y sociedad. La Figura 3 ilustra qué significa poner al estudiante en el centro de la vida universitaria.
El contenido y la responsabilidad sobre el artículo es íntegramente de Mada Jurado.

Mada Jurado, PhD Experta en Ecosistemas de Aprendizaje Product Strategist & Learning Architect (EdTech)






