La universidad debería garantizar la conciliación del universalismo del pensamiento científico con el relativismo de las ciencias humanas, atenta a la pluralidad de los modos de vida, saberes y sensibilidades culturales; la universidad debería multiplicar y diversificar las formas de excelencia, porque las inteligencias se manifiestan de múltiples formas y maneras; la universidad debería acrecentar las oportunidades de los alumnos matriculados, evitando el efecto de condena o de consagración de las evaluaciones prematuras, multiplicando los puentes entre carreras e impidiendo los cortes irreversibles
JOAQUÍN RODRÍGUEZ
La deriva empresarial de la universidad
Toda política educativa es, para comenzar y fundamentalmente, una proyección de lo que el grupo dirigente que la diseña aspira a que sea el futuro de la sociedad. Si España, según las estadísticas de Eurostat, está a la cabeza de Europa en el porcentaje de estudiantes en universidades privadas (solamente superada por Chipre, Malta, Montenegro, Hungría y Polonia), es porque el futuro de la sociedad al que aspiran quienes las promueven es el de un sistema de valores basado en la competición, la meritocracia y la exaltación de la empresa y el emprendimiento, o dicho de otra manera, en una institución educativa plenamente supeditada a los intereses económicos, sin otra función ni objetivo que el de servir a las cambiantes necesidades del tejido empresarial, a la capacitación profesionalizante, al perfeccionamiento, actualización o renovación de competencias muy específicas vinculadas a determinados perfiles profesionales.

https://ec.europa.eu/eurostat/statistics-explained/index.php?title=Tertiary_education_statistics
Del ideal emancipador a la sumisión institucional
Si la universidad es, como algunas universidades presumen en sus eslóganes publicitarios, la universidad de la empresa, no cabe autonomía de ninguna clase porque de lo que se presume, precisamente, es de subordinación y dependencia.
¿Cómo hemos llegado a una situación en la que partíamos de la idea, siglos antes, de que era preciso y necesario contribuir al incremento de la autonomía de la institución universitaria, de la independencia del mundo intelectual respecto a los poderes que la asediaban y la sometían, de los poderes económicos pero también de los políticos, de los periodísticos? ¿Cómo es que hemos pasado de percibir la universidad como un espacio soberano a celebrar su sumisión? ¿Cómo hemos venido de celebrar los valores de la emancipación, el fortalecimiento del juicio crítico independiente y la dedicación lenta, oscura y parsimoniosa a tareas complejas a elogiar la sujeción a fines empresariales, el dictamen técnico vinculado a objetivos industriales o el adiestramiento acelerado necesario para la resolución de problemas profesionales? ¿Cómo ha sucedido que haya acabado imponiéndose una definición de la tarea del universitario y de la institución, de su esencia misma, por parte de intereses ajenos a los universitarios mismos y a su institución?
¿Cómo es que hemos pasado de percibir la universidad como un espacio soberano a celebrar su sumisión?
¿A alguien podría extrañarle que en las actuales circunstancias alguien esperara de la universidad que discrepara, que disintiera, que planteara escenarios completamente alternativos que pudieran divergir de los intereses de sus instituciones financiadoras, que fuera algo más que una correa de transmisión, que alentara otra cosa que una modalidad grisácea de continuismo gerencial de mejoras incrementales? ¿A alguien podría sorprenderle que la plutocracia que se ha adueñado de buena parte de los gobiernos occidentales calificara de exaltados, extremistas o fanáticos a quienes, en las universidades, no acatan íntegramente los mandamientos del credo ultraliberal, a quienes se atreven a pronunciarse, a disentir, a imaginar realidades inimaginables en el estrecho marco de los imperativos del modelo económico predominante? ¿A quién podría admirarle que existieran gobiernos que prohibieran las manifestaciones en las universidades cuando no se espera de ellas, de sus profesores y de sus estudiantes, otra cosa que un acatamiento maquinal, de entregado y honorable contable, a la monótona tarea de la adquisición de las pericias y competencias necesarias para desempeñar un oficio?
«Pienso que lo propio de todas las reformas sucesivas es que en todas brilla por su ausencia un verdadero proyecto educativo. En su centro hay un hueco: no saben qué tipo de hombre quieren hacer ni para qué tipo de mundo social», argumentaba Pierre Bourdieu cuando le preguntaban sobre las sucesivas reformas educativas francesas, aunque quizás sí que sepan qué tipo de hombre quieren construir y sí que sepan para qué tipo de proyecto social debe servir.

Precariedad, control y debilitamiento del pensamiento libre
De acuerdo con el documento publicado por la European University Association, University autonomy in Europe IV. Country profiles (III), referido exclusivamente a las universidades públicas, España puntúa en las cuatro dimensiones evaluadas (autonomía organizativa, académica, selección de personal y financiera) en un nivel de independencia medio descendente, a la cola de los países europeos, como señala la columna que refleja el ranking general.
Un profesorado amordazado por la precariedad laboral, una universidad estrangulada financieramente mediante subvenciones anuales globales insuficientes y unos mecanismos de acreditación docente y de garantía de la calidad académica farragosos y cuestionables, no son los ingredientes más adecuados para favorecer la libertad e independencia de pensamiento.
No son pocos quienes señalan que en las últimas disputas por una financiación plurianual adecuada lo que se esconde es un afán de control, desprecio y sometimiento de la universidad pública en beneficio de la extensión del modelo de universidad privada, mucho más proclive a compartir los objetivos de las instituciones obedientes a criterios empresariales, tan alejados del librepensamiento.
Un profesorado amordazado por la precariedad laboral, una universidad estrangulada financieramente […] no son los ingredientes más adecuados para favorecer la libertad e independencia de pensamiento
Por una universidad plural, autónoma y comprometida
No es recomendable, sin embargo, caer en la tentación de contraponer de manera irreconciliable el modelo de la universidad pública y de la universidad privada, porque ese antagonismo enconado suele esconder el deseo de perpetuarlo.
De lo que se trata es de garantizar una serie de cosas irrenunciables vinculadas a la misión de las instituciones de educación superior, independientemente de su modelo de gestión: la universidad debería garantizar la conciliación del universalismo del pensamiento científico con el relativismo de las ciencias humanas, atenta a la pluralidad de los modos de vida, saberes y sensibilidades culturales; la universidad debería multiplicar y diversificar las formas de excelencia, porque las inteligencias se manifiestan de múltiples formas y maneras; la universidad debería acrecentar las oportunidades de los alumnos matriculados, evitando el efecto de condena o de consagración de las evaluaciones prematuras, multiplicando los puentes entre carreras e impidiendo los cortes irreversibles;
las universidades deberían encontrar un equilibrio entre libertad y control estatal
las universidades deberían encontrar un equilibrio entre libertad y control estatal de manera que el sistema educativo permitiera que diferentes instituciones compitieran y funcionaran de forma independiente, pero protegiendo al mismo tiempo a los estudiantes y a los centros con menos recursos para evitar que queden excluidos o en desventaja por una competencia sin regulación; las universidades deberían revisar periódicamente los saberes enseñados actualizándolos, a partir de un fundamento común consensuado; la universidad debería garantizar la continuación de la educación a lo largo de toda la vida y debería hacer todo lo necesario para reducir la cesura entre el fin de la enseñanza y la entrada en la vida activa; la universidad debería garantizar una formación continua y permanente de su profesorado en las pedagogías y en el uso de las tecnologías soportada por la experiencia y la evidencia científica; la universidad, por último, debería abrir sus puertas, invitar a personas de fuera a participar en sus decisiones y actividades, a trabajar junto con otras instituciones y convertirse en un espacio donde la comunidad se reúna e intervenga colaborativamente en los asuntos que les conciernan. Al mismo tiempo, hay que dar más autonomía y prestigio a los profesores, mejorando su formación y reconociendo su importancia.
El bien común, la esfera pública, no es de nadie y es de todos, de manera que toda opinión cabe y debe ser escuchada. La que proviene de la universidad tiene tanto más valía cuanto más independiente sea, cuanto menos subordinada esté a intereses parciales, cuanto más atrevida se muestre al imaginar alternativas que abran espacios de prospección inesperados. La independencia es una forma de capital simbólico que se incrementa al preservar su autonomía y que alcanza los mayores réditos de su inversión cuando interviene en las discusiones públicas desde esa misma libertad innegociable.
Una universidad no puede ni debe permanecer al margen del debate político, al contrario: es su obligación intervenir activamente, desde la independencia, en los asuntos que a todos nos conciernen. Nadie debería contribuir a que se plegaran a intereses arteros, porque toda nuestra vida pública y democrática perdería una de sus más valiosas aportaciones.

JOAQUÍN RODRÍGUEZ
Investigador del Instituto para el Futuro de la Educación Tecnológico de Monterrey
Miembro de Espacios de Educación Superior






