Abrir la ciencia entre todxs

Entrevista de Carlos Castillo Morcillo (UC3M) a Antonio Lafuente (CSIC)

«Podemos volver a preguntarnos si debemos seguir despreciando todo el conocimiento experiencial, ese conocimiento no codificado que nunca encontraremos en un libro porque solo está en los cuerpos.  Si exploramos la respuesta negativa, si aceptamos que lo tácito debe ser un activo a considerar e incorporado de algún modo para el avance de la ciencia, entonces la ciencia ciudadana tiene un futuro gigantesco por delante. Más aún, sería la vanguardia de la ciencia abierta», señala Antonio Lafuente 


Como consecuencia de la presentación del libro Peras con Manzanas, un repertorio conceptual y práctico para aprender a trabajar en contextos de alta heterogeneidad, donde la interdisciplinariedad (saberes codificados) y la indisciplinariedad (saberes no codificados) son la moneda corriente, publicamos esta entrevista con su autor Antonio Lafuente investigador científico español integrante del Centro de Ciencias Humanas y Sociales (CSIC) en el área de estudios de la ciencia.

El conocimiento abierto es un concepto clave en tu trabajo. ¿Cómo definirías su importancia en la sociedad actual? 

El conocimiento es una empresa histórica, cooperativa y abierta imposible de imaginar sin la contribución de miles de científicos, técnicos y gestores anónimos, todxs necesarixs para que funcione esa gigantesca maquinaria que llamamos ciencia. En su mayoría, la producción de conocimiento se financia con fondos públicos, es decir con recursos que proveemos entre todxs. Así que atribuir a los firmantes de un descubrimiento todo el mérito de un descubrimiento, la principal excusa para después convertirlos en propietarios, es notoriamente injusto, además de despilfarrador de recursos públicos.

Contamos con muchas evidencias que prueban que el conocimiento es tanto más fecundo cuanto más abierta es la organización que lo sostiene, lo que es tanto como decir que el actual diseño de las leyes de propiedad intelectual, además de abusivo y benefactor de los intereses corporativos, es contrario al avance la ciencia y del bien común.

Hay que seguir profundizando en lo que significa decir que la ciencia es un bien común para saber exactamente qué es lo que estamos reclamando

  Has hablado del conocimiento como un bien común. ¿Cómo podemos garantizar que siga siéndolo en un mundo cada vez más dominado por intereses privados?

En las últimas décadas hemos tenido avances y retrocesos. La Bayh-Dole Act (1980) autorizó que se pudieran otorgar derechos de propiedad intelectual a los descubrimientos y no solo a las invenciones, como sucedía hasta entonces.  En paralelo, y también como respuesta a esta expansión abusiva de los derechos, han ido creciendo los movimientos en favor del open access, open science y open data. Hace dos décadas reclamar acceso libre y gratuito al conocimiento científico era considerado (casi) un gesto antisistema. Hoy es una obligación que asumen las instituciones académicas y que imponen las agencias de financiación.  Sus defensores han pasado de ser calificados como radicales a ser parte del canon oficial.

No hay un itinerario seguro que seguir. No hay una receta probada que aplicar. Hay que seguir profundizando en lo que significa decir que la ciencia es un bien común para saber exactamente qué es lo que estamos reclamando. Y, en fin, lo peor que podríamos hacer es dar por hecho que este asunto ya está logrado y podemos olvidarlo.

donde los ciudadanos operan como meros recolectores de datos, con tareas secundarias y subordinadas, no sería exagerado hablar de precarización del trabajo y uberización de la ciencia

 La ciencia ciudadana es otro de tus temas recurrentes. ¿Qué beneficios tiene para la sociedad y para la propia ciencia?

Deberíamos primero ponernos de acuerdo en lo que es la ciencia ciudadana, porque una parte notable de lo que vemos es entertainment, otro modo de distraer a los jóvenes en los colegios. Si lo que buscamos es hacer las clases más divertidas o mejorar la imagen pública de la ciencia, aparentando que la academia está verdaderamente comprometida con las preocupaciones de la gente, entonces deberíamos admitir que la ciencia ciudadana se queda corta en sus pretensiones. 

Muchas veces, además, corre el peligro de ser un modo de capturar trabajo voluntario, no pagado, al servicio de intereses estrictamente curriculares de los promotores del proyecto. Y en este caso, donde los ciudadanos operan como meros recolectores de datos, con tareas secundarias y subordinadas, no sería exagerado hablar de precarización del trabajo y uberización de la ciencia.

La ciencia ciudadana también podría incluir todas la movilizaciones emprendidas por ciudadanos para reclamar atención sobre asuntos que a su juicio han sido abandonados por el estado y, en consecuencia, por la academia que no puede recabar recursos para investigarlos.  Tenemos casos emblemáticos y, entre todos, ninguno ha merecido más atención que las movilizaciones que encabezaron los concernidos por el SIDA. Hay una película, Erim Brocovich, que narra cómo unos ciudadanos se enfrentaron a una gran corporación industrial para impedir la contaminación química de los acuíferos de la zona. No lucharon por la ciencia, sino por la verdad. La ciencia era eso que supuestamente hacían los expertos al servicio de la empresa, siempre dispuestos a encontrar pruebas que negaban lo que los vecinos sabían.

Me parece que no llamar a esto ciencia ciudadana es un error lamentable. Y ahora que la noción de ciencia ciudadana se ha llenado de «catedráticos» que la defienden y logran financiación pública para sus proyectos, creo que se impone dar reconocimiento a quienes ya la practicaban sin saber que eso que hacían iba a ser ennoblecido por la academia. Cuando se habla de ciencia ciudadana, siempre echo en falta a las asociaciones por la memoria histórica, a los activistas en defensa del medioambiente, de los animales o de las personas con discapacidad.

¿Cómo no contar en los consejos directivos o de asesores de las Asociaciones que se están creando para favorecer el desarrollo de la ciencia ciudadana con miembros de Ecologistas en Acción, Som Energía o de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca? ¿Será porque sus orígenes son más contestarios de lo que queremos homologar como conocimiento respetable?  Es obvio que necesitamos entender mejor qué es eso que llamamos ciencia ciudadana y seguramente la respuesta que necesitamos no llegará de la academia. ¡Ojalá la ciencia ciudadana no se llene de académicos escribiendo tesis, publicando papers y dando conferencias!

La ciencia era eso que supuestamente hacían los expertos al servicio de la empresa, siempre dispuestos a encontrar pruebas que negaban lo que los vecinos sabían

En este sentido, ¿cuál crees que es el mayor obstáculo para la ciencia ciudadana hoy en día? 

Necesitamos repartir mejor los méritos y reconocer la deuda que la ciencia tiene con la ciudadanía, porque esto de la ciencia ciudadana no lo inventaron los académicos, y ojalá que no traten de apropiárselo. Ojalá la academia acepte que siempre hubo colectivos ciudadanos necesitados de hacerse otras preguntas y que fueron capaces de encontrar respuestas distintas. Cierto, lo hicieron en condiciones precarias, sin medios, sin tiempo, sin conocimientos acreditados, pero su aportación no es tan importante por los resultados que obtuvieron, como por los procesos que inaugraron.

Pero hay más. Cuando hablamos de ciencia abierta, no solo estamos evocando el acceso libre a los contenidos y los datos.  También cabe plantearse la necesidad de abrir las ontologías o, dicho con otras palabras, podemos replantearnos qué es conocer y cómo son los procesos de validación del conocimiento. Podemos plantearnos qué clase de conocimiento es el que tienen los campesinos, los marineros, los ganaderos, los indígenas o, en otros términos, qué es eso del conocimiento local, situado o genéricamente tácito.

Podemos volver a preguntarnos si debemos seguir despreciando todo el conocimiento experiencial, ese conocimiento no codificado que nunca encontraremos en un libro porque solo está en los cuerpos.  Si exploramos la respuesta negativa, si aceptamos que lo tácito debe ser un activo a considerar e incorporado de algún modo para el avance de la ciencia, entonces la ciencia ciudadana tiene un futuro gigantesco por delante. Más aún, sería la vanguardia de la ciencia abierta. 

si aceptamos que lo tácito debe ser un activo a considerar e incorporado de algún modo para el avance de la ciencia, entonces la ciencia ciudadana tiene un futuro gigantesco por delante

En relación con la cultura digital, has mencionado la tecnopolítica como una forma de entender la relación entre tecnología y sociedad. ¿Cómo podemos utilizar la tecnología para fortalecer el conocimiento abierto? 

Déjame que empiece con un ejemplo paradigmático. Wikipedia puede ser una enciclopedia abierta porque incorpora una tecnología, el control de versiones, que impide la vandalización de contenidos, pues los bibliotecarios siempre pueden con un simple clic regresar un artículo a la versión anterior validada, antes de que alguien intentase manipular sus contenidos.  La noción de abierto entonces está profundamente vinculado a las infraestructuras que lo garantizan.

Los derechos de propiedad intelectual son una técnica jurídica que opera en contra de la apertura de la ciencia. Esa tecnología ha permitido que el bien más abundante de la naturaleza, el genoma humano, esté siendo privatizado. No es extraño que frente a este abuso de las prácticas tecnojurídicas corporativas, hayan surgido propuestas como sci-hub o z-libary que quieren abrir el debate sobre la naturaleza del conocimiento, su propiedad y sus modos de apropiación. Quienes estamos convencidos de que la ciencia debería ser un bien común, estamos muy decepcionados por la forma en la que nuestros gobiernos están gestionando este asunto. Y vamos a seguir plantándoles cara. No vamos a desertar de esta lucha.

Los derechos de propiedad intelectual son una técnica jurídica que opera en contra de la apertura de la ciencia

Has estado vinculado a MediaLab-Prado y otros espacios de experimentación. ¿Qué papel juegan estos laboratorios en la creación de conocimiento abierto?

MerdiaLab-Prado fue un espacio muy comprometido con la cultura experimental y fue un lugar muy apreciado por los makers, esa gente que le encanta cacharrear y que goza desarmando artefactos e inventado para sus componentes nuevos usos. Podríamos decir que fue un paraíso para quienes nos devora la curiosidad por el cómo funcionan las cosas o nos atrae cualquier proyecto cognitivo que quiera hacerse preguntas imposibles y que no le tema al fracaso. MLP era el sueño de los amateurs, los makers, los magos, las brujas y todas las personas entrometidas.

Junto a ellos siempre hubo hackers, okupas y artistas, gentes que se planteaban abiertamente la posibilidad de encontrar otros usos para la tecnología, distintos modos de habitar la ciudad y diferentes maneras de imaginar mundos posibles. 

En MLP se mezclaban los saberes, se practicaba la interdisciplinariedad, se creía en los modos colaborativos y se apostó por la hospitalidad. Era un lugar donde había más mujeres que hombres y donde las personas con discapacidad nunca fueron vistas como un pr0blema, sino como parte de la solución. MLP, sin duda, era un espacio abierto de origen. A nadie se lo ocurría imaginar que las cosas pudieran ser de otra manera: éramos abiertos de origen. No solo practicábamos la cultura abierta, sino que todos los días inventábamos nuevas formas de ser abiertos, ya sea porque se incorporaban nuevos actores al diseño de prototipos, ya sea porque se exploraban otras conexiones improbables.

MLP siempre supo que quería ser un espacio abierto a todo y a todos. No es extraño que en 2016 fuera reconocido como la institución cultural de referencia en Europa. Quienes en la Fundación Cultural Europea le dieron el premio Princesa Margarita sabía lo que hacían. Y nos llenaron de orgullo. Hicimos grande la ciudad desde un lugar tan pequeñito.

MLP era el sueño de los amateurs, los makers, los magos, las brujas y todas las personas entrometidas

 A menudo se habla de la crisis de credibilidad de la ciencia. ¿Crees que el conocimiento abierto puede ayudar a fortalecer la confianza en la ciencia? 

Si, es cierto, que los negacionismos de toda condición no dejan de proliferar. De pronto pareciera que el mundo se ha llenado de terraplanistas. No es raro que nos hagamos preguntas acerca de cómo combatir este fracaso de nuestro sistema educativo y de comunicación.  Pareciera que un porcentaje creciente de gente ha comenzado a desconfiar de los expertos.

Los expertos dejaron de ser la solución para todos los problemas y se han convertido en una parte del problema.  El asunto de fondo es que ya no sabemos si trabajan al servicio del bien común o de intereses corporativos. La frontera entre lo público y lo privado se ha hecho tan porosa que no sabemos cómo diferenciar a unos de otros.  Es normal que la desconfianza galope. Y es normal que nos preguntemos cómo combatir estas disfunciones.

Sin duda la ciencia abierta es una condición necesaria si queremos asegurarnos de que las decisiones políticas se basan en evidencias.  Digamos que el principio de verificabilidad solo es practicable si la información está disponible. Pero no es suficiente. Tenemos muchas evidencias de cómo las corporaciones industriales protegen sus intereses produciendo incertidumbre o, dicho con otras palabras, introduciendo en la opinión pública la certeza de que ninguna conclusión es definitiva, que todas son provisionales y que, en consecuencia, tomar decisiones precipitadas puede arruinar la economía industrial. 

Es un modo de ganar tiempo y prolongar el status quo que utiliza viejas estrategias de la izquierda para minimizar el dictum experto, pero ahora empleadas en contra de los colectivos ciudadanos contrarios a determinadas prácticas industriales.

La situación es complicada. Necesitamos más políticas, además de las que conducen a la ciencia abierta, para recuperar plenamente la confianza de la ciudadanía en la ciencia. No será fácil revertir la situación. Creo que tendremos que acostumbrarnos a vivir en un mundo trufado por la incertidumbre. Todo esto se complica un poco más cuando comprobamos que los bots y el software que los gestiona son parte substantiva en los procesos de construcción de opinión pública.

Quienes combaten las vacunas, niegan el cambio climático o ignoran los disruptores endocrinos afirman disponer de información, dicen que fiable, que es preparada a la carta y popularizada por actores maquínicos que simulan una identidad humana. El tema de la desinformación es más grande que el de la ciencia abierta. Lo desborda.

Tenemos muchas evidencias de cómo las corporaciones industriales protegen sus intereses produciendo incertidumbre o, dicho con otras palabras, introduciendo en la opinión pública la certeza de que ninguna conclusión es definitiva, que todas son provisionales y que, en consecuencia, tomar decisiones precipitadas puede arruinar la economía industrial

  En tu trabajo, también has abordado la idea de la “ciencia expandida”. ¿Podrías explicar en qué consiste? 

Si, es muy fácil de explicar. Basta con admitir que los movimientos sociales, los colectivos ciudadanos o las comunidades de afectados pueden ser tratados como agentes cognitivos y no solo políticos. Podemos admitir que históricamente han operado como brokers sociales, identificando problemas mal resueltos y que merecen mejor atención.

Han construido distintas respuestas y las han respondido con conceptos, prácticas y herramientas novedosas, quizás precarias y probablemente no muy precisas, pero han logrado abrir debates que la sociedad tenía que plantearse.  Me detendré un minuto para citar los más obvios que, sin dida, están asociados a la defensa de los derechos humanos y civiles: luchas contra las desigualdades de raza, género, orientación sexual, religión o ideología.

Todos estos cambios han reclamado la habilidad para producir buenas preguntas, postular distintas hipótesis, incorporar nuevos datos, diseñar diferentes dispositivos, construir otros conceptos, proponer otras formas de comunicarlos, buscar aliados en otros ámbitos y, en fin, lograr que las preguntas y los modos de producir respuestas sean admitidos en el espacio público y eso constituye un verdadero proceso de modernización epistémica.  Y las ciencia que se produce podemos calificarla de expandida porque se hace extramuros de la academia e incluye actores no acreditados.

Ya se están prohibiendo líneas de investigación que apostaron por la descarbonización o que hacen visibles otras desigualdades sociales. La autocensura cabalga de nuevo

 Mirando hacia el futuro, ¿cómo imaginas la evolución del conocimiento abierto en los próximos años? 

Son malos tiempos para la lírica. Muchas de las cosas que defendemos quienes apostamos por la ciencia abierta están siendo calificadas de cultura woke. Las grandes corporaciones se apoyan en los partidos de la extrema derecha política para favorecer la desregulación que, en definitiva, es una desposesión de derechos que creíamos adquiridos para siempre.

Ya se están prohibiendo líneas de investigación que apostaron por la descarbonización o que hacen visibles otras desigualdades sociales. La autocensura cabalga de nuevo. Los académicos ya habíamos aprendido a describir nuestros proyectos con un lenguaje que no enfadara a los agentes financiadores, siempre muy atentos a los intereses corporativos.

Contamos ya con literatura que acuñó el concepto de undone science para describir la investigación que no se hizo porque no fue calificada de prioritaria, y hay muchas dudas razonables sobre los verdaderos motivos por los que fueron ignorados muchos proyectos.  Las corporaciones ya saben cómo operar, y ahora cuentan con gobiernos más dóciles todavía.

Abrir la ciencia no debe limitarse a abrir los contenidos y los datos.  También necesitamos abrir los contextos para hacer más transparentes los modos de diseñar prioridades, asignar recursos, nombrar comisiones, otorgar premios o contratar personal.  Necesitamos otra economía de la reputación que no apunte en la dirección de la excelencia, sino del compromiso social, la competencia profesional y la transparencia pública. Necesitamos plataformas donde alojar todo eso que queremos compartir, pero además de dispositivos técnicos construidos con tecnologías libres, necesitamos una política de datos que reclamará otra cultura política.

Dar consejos es como querer simplificar, tomar atajos, renunciar a la complejidad, desertar del conflicto, abandonar la horizontalidad, resistir la escucha, desconfiar del otro o cuestionar la inteligencia colectiva

  10. Finalmente, ¿qué consejo darías a quienes quieren promover el conocimiento abierto en sus comunidades?   

No me gusta dar consejos. No creo que sirvan para nada. Además, no quiero ponerme en la posición de quien cree que ya sabe o que sabe más. En los procesos colaborativos participan muchas gentes, cada una de las cuales tiene sus propias motivaciones o intereses. Todas están allí legítimamente y lo que se espera es que se escuchen antes de diagnosticar, que acepten que los problemas son complejos y que de nada sirven las soluciones fáciles.

Dar consejos es como querer simplificar, tomar atajos, renunciar a la complejidad, desertar del conflicto, abandonar la horizontalidad, resistir la escucha, desconfiar del otro o cuestionar la inteligencia colectiva.  No es imprescindible optar por estrategias caducadas. O, dicho de otro modo, podemos dejar los consejos para mañana y trabajar juntos desde hoy.


Entrevista Carlos Castillo


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