Incluso se podría hablar de una pedagogía universitaria general y ancestral, en la que destaca la tan maltratada clase magistral. Se está hablando de la clase que imparte un maestro, que no necesita necesariamente un PowerPoint y que consigue que dos horas parezcan cinco minutos. Se está hablando de esos momentos que han sido un elogio de la transmisión que han podido ser una fuente de inspiración, además de un recuerdo inolvidable, para multitud de personas desde la instauración de las primeras universidades medievales hasta nuestros días.
FRANCISCO ESTEBAN BARA
Hay una conocida expresión inglesa que dice: the elephant in the room (el elefante en la habitación). Se refiere a ese tipo de circunstancias en las que hay algo enorme y evidente que todo el mundo conoce, o por lo menos intuye, pero sobre las que no se quiere hablar. El elefante puede estar sentado encima de la mesa, destrozar el mobiliario o abanicar con las orejas al personal. Da igual, nada de eso importa, se continúa con el orden del día. En la universidad, y desde hace años, también tenemos algunos elefantes, aunque no queramos verlos y nos empeñemos en seguir hablando de otras cosas, quizá menos trascendentes, a lo mejor más urgentes.
Min Bahadur Bista ha recuperado recientemente uno de esos elefantes en un artículo que lleva por título: Why lack of training for teaching is a ‘secret scandal y que ha sido publicado en: University World News. El elefante que se presenta en dicho artículo merece ser discutido y gracias a artículos como el de Min Bahadur Bista el elefante está dejando de ser tal cosa. Podría resumirse así: resulta llamativo que una institución que prepara pedagogas, historiadores, economistas, médicos, juristas o ingenieras, en fin, profesionales de alto nivel, pueda contar con profesores a los que no se les ha pedido, como condición sine qua non, que deben aprender a enseñar.
La universidad examina con lupa la investigación que realizan esos profesores, especialmente a través de sus artículos científicos, pero en cambio, les abre las puertas de un aula para que entren y hagan lo que consideren oportuno, o lo que buenamente puedan, sin haberles exigido previamente una formación pedagógica. Dicho de otra manera, el profesor universitario puede enseñar sin necesidad de saber cómo se aprende eso que enseña.
para enseñar algo hay que
saber mucho sobre ese algo
y hay que saberlo muy bien
y hay que tener muchas
ganas de querer saber más
Ciertamente, tal y como defiende Min Bahadur Bista, existe la necesidad de una formación pedagógica del profesorado universitario y eso puede ser un elefante, especialmente para el propio profesorado y quienes se dedican a la gestión académica. Los estudiantes de hoy en día, en cambio, no tienen problema en manifestar que algunos de sus profesores carecen de dicha formación. Es más, incluso pueden señalar a aquellos que parecen tomarse dicha formación por el pito del sereno. Y seguramente no tengan problema en preguntar abiertamente cómo es que esos profesores repiten asignaturas año tras año; e incluso y, para más inri, llegan a las posiciones académicas más altas, hecho que suele suceder en las universidades públicas y que no deja de ser tremebundo.
Sin embargo, el asunto de la formación pedagógica del profesorado, ese elefante que, como ya se ha dicho, está dejando de serlo, debería ser tratado con cautela. No se debería entrar en él, si se permite decirlo así, como un elefante en una cacharrería. A continuación, se señalan algunos aspectos a tener en cuenta.
El primero de ellos es el siguiente: para enseñar algo hay que saber mucho sobre ese algo y hay que saberlo muy bien y hay que tener muchas ganas de querer saber más, lo que sea necesario para sabérselo todavía mejor. Una condición fundamental, sino la primera, de un profesor de historia, de física o de filosofía es haber leído, pensado y discutido mucho sobre historia, física y filosofía respectivamente, y por supuesto, sobre asuntos que están a su alrededor, porque no se puede olvidar que el conocimiento es un árbol con ramas. Puede parecer una obviedad, pero no son buenos tiempos para las obviedades.
En el discurso universitario de los últimos años se viene hablando de la importancia que tienen para la docencia universitaria las metodologías pedagógicas, las competencias, el aprendizaje activo, la evaluación continua y formativa, los recursos digitales, la IA y cosas por el estilo. Eso está bien, siempre y cuando no se dé la impresión, o peor todavía, no se esté dando a entender que el hecho de saber profunda y apasionadamente aquello que se enseña es un más a más, un complemento o un detalle técnico.
El segundo aspecto y muy relacionado con el anterior: no hay que olvidar que cada disciplina ha desarrollado durante siglos sus propias maneras de enseñar. Digamos que hay una pedagogía de la medicina, otra del derecho, otra de las matemáticas y otra de la filosofía. Y, mal que pese a algunos, habrá que reconocer que han funcionado más o menos bien. La realidad demuestra que hay personas que han pasado por esas pedagogías y que han aprendido mucho, pues conseguido que el mundo progresase en multitud de sentidos y de ámbitos.
se podría hablar de una
pedagogía universitaria general
y ancestral, en la que destaca
la tan maltratada clase magistral
Incluso se podría hablar de una pedagogía universitaria general y ancestral, en la que destaca la tan maltratada clase magistral. Se está hablando de la clase que imparte un maestro, que no necesita necesariamente un PowerPoint y que consigue que dos horas parezcan cinco minutos. Se está hablando de esos momentos que han sido un elogio de la transmisión que han podido ser una fuente de inspiración, además de un recuerdo inolvidable, para multitud de personas desde la instauración de las primeras universidades medievales hasta nuestros días.
Otro aspecto más: se da por hecho que la formación pedagógica va a convertir a nuestros profesores en buenos profesores, especialmente a los nóveles y a los que, por decirlo de alguna manera, necesitan mejorar. Sin embargo, algo nos dice que eso no siempre es así, que el buen profesor no solo se hace, sino que también nace. El amor por el conocimiento de alto nivel no parece ser tanto una cuestión técnica, sino una inclinación personal, un modo de ser y de estar en este mundo. En este sentido, el profesor universitario no es muy distinto a un artista; impartiendo una asignatura o pintando un cuadro, ambos se dedican a realizar obras de arte.
Es más, incluso deberíamos plantearnos algo: ¿tiene que coincidir siempre en la misma persona el gran investigador y el gran profesor, no digamos el gran gestor? Sería maravilloso, pero, eso no siempre sucede. Podríamos empezar por reconocerlo y construir carreras universitarias distintas, eso sí, sin convertir la docencia en el premio de consolación de quien investiga menos.
Y el último aspecto: la pedagogía universitaria es bienvenida siempre y cuando no se baje el nivel, el listón o lo que supuestamente debe ser la formación universitaria. Durante los últimos años, se podría estar cometiendo el error de pensar que la buena docencia universitaria es aquella que consigue adaptarse a cualquier situación personal y en la que no debe haber ningún estudiante que no se sienta cómodo y satisfecho. Lógicamente, la universidad no puede ser un sitio hostil, pero tampoco debe convertirse en un lugar en el que hay proveedores y clientes que, sobre todo, deben quedar satisfechos, mucho menos en una suerte de balneario.
En definitiva, necesitamos profesores universitarios mejor preparados pedagógicamente, pero sin que esas preparación anule la posibilidad de que la universidad sea lo que está llamada a ser: un lugar de encuentro de profesores y estudiantes que se dedican a estudiar el mundo a fondo para hacer un poquito mejor el mundo.
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Francisco Esteban Bara Profesor del Departamento de Teoría e Historia de la Educación. Universidad de Barcelona
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