Sacar la universidad de los universitarios

La Universidad de las Narices (Caligrama, 2025)

París AGHM

Francisco Esteban Bara, doctor en Pedagogía y en Filosofía y profesor del Departamento de Teoría e Historia de la Educación de la Universidad de Barcelona, lleva años empeñado en una tarea tan necesaria como poco frecuente: invitarnos a pensar la universidad. Y a hacerlo, además, desde fuera de los cánones del género, sacando la universidad de los universitarios para devolverla a la conversación pública, y a los universitarios de sus rutinas para que vuelvan a preguntarse qué hacen allí. Baste citar dos títulos. En La universidad light (Paidós, 2019) advertía de una formación universitaria incompleta, vivida por no pocos estudiantes como un lugar de paso del que sólo se espera un título rentable. En Chistes de Eugenio para repensar la universidad (Caligrama, 2021) ensayó ya el humor como método, como si una carcajada a tiempo pudiera desmontar más inercias que un preámbulo normativo. La Universidad de las Narices (Caligrama, 2025) da un paso más en esa dirección. Y lo da con acierto.

ALFONSO GONZÁLEZ HERMOSO DE MENDOZA


Desde Barcelona y desde La Plata, dos reseñas aparecidas este año en las revistas Bordón y Pensamiento Universitario coinciden en celebrar la originalidad de un libro breve, de apenas 134 páginas, que se lee con la sonrisa en los labios y la inquietud en la conciencia. Un libro que no pretende describir la Universidad, sino recordarle quién es.

El libro es una sátira, sí, pero de una especie poco común: su ironía nunca desciende al sarcasmo, porque no nace del desprecio sino de un enorme amor a la universidad. Esteban Bara no se burla de la institución; se duele por ella, y lo hace con la elegancia de quien sabe que el humor es, a menudo, la forma más seria de decir las cosas.

La alegoría arranca en el título. Las Narices es una comarca cuyos habitantes, los naricenses, tienen una inquietud de narices: no hay asunto en el que no metan las narices. Allí llega un grupo de universitarios que decide fundar una universidad, convencidos de que aquel vecindario curioso es el lugar adecuado para aprender a buscar juntos el saber, la verdad, el bien y la belleza. El juego con la expresión popular, en sus distintas acepciones, no es un mero adorno: condensa la tesis entera de la obra.

Su ironía nunca desciende al sarcasmo,
porque no nace del desprecio sino
de un enorme amor a la universidad.
Esteban Bara no se burla de la institución;
se duele por ella,

Una universidad de narices es, en primer lugar, una universidad competente, imprescindible, digna de orgullo para la comunidad que la acoge. Pero es también, y sobre todo, una universidad que mete las narices donde nadie la llama y que, cuando es preciso, toca las narices. Su vocación es esencialmente incómoda. Una institución que pregunta cuando todos responden. Un lugar que se demora cuando todos tienen prisa.

En los primeros capítulos, la Universidad de las Narices se construye con los mimbres de la tradición: las artes liberales del trivium y el quadrivium, la biblioteca como santuario, el comedor como espacio de conversación, el encuentro entre maestros y estudiantes como núcleo de la experiencia formativa. Nada de nostalgia huera, sino memoria de lo que nos hizo universitarios.

A partir del cuarto capítulo, la fábula se convierte en espejo. Llega a Las Narices «la nueva época», y con ella un vocabulario que nos resulta tan familiar como inquietante: velocidad, necesidad, competencia, oportunidad, progreso. El saber empieza a ser sometido a la prueba de la practicidad; lo que no demuestra una aplicación inmediata pasa a ser sospechoso de ociosidad.

El diagnóstico de Esteban Bara se despliega en varias amenazas encadenadas. La injerencia de las administraciones y de la opinión pública, que erosiona la autonomía universitaria y, con ella, el horizonte de su misión. La sustitución del conocimiento por una formación profesional cada vez más especializada y fragmentada. La proliferación de universidades de toda condición, no pocas de ellas concebidas con ánimo de lucro, y la conversión de las disciplinas en mercancía. Isabel Vilafranca Manguán, de la Universidad de Barcelona, resume la crítica del libro en su reseña para Bordón como una impugnación de la mercantilización del conocimiento, de la pérdida de autonomía de la gobernanza y de la «clientelización» del estudiantado.

No es casual que la sátira universitaria viva un momento de esplendor. Se acabó el recreo, del italiano Dario Ferrari (Libros del Asteroide, 2025, traducción de Carlos Gumpert), ha cosechado un notable éxito de crítica y público y acumula, entre otros, el Premio Flaiano y el Premio Satira. Las dos obras comparten el humor como herramienta de conocimiento, pero miran desde lugares distintos. Ferrari retrata a las personas que habitan los pasillos; Esteban Bara interroga a la institución que las alberga. Y hay una paradoja que las une. En la novela italiana, el recreo que se acaba es la adolescencia prolongada de su protagonista. En la fábula de Las Narices, lo que amenaza con acabarse es el recreo de la propia Universidad, entendido en su sentido más noble: ese tiempo de suspensión que consiste, en palabras del autor, en «hacer un alto en el camino y abrir un intervalo de tiempo» antes de entrar en escena.

Lo ha visto con precisión Juana del Castillo, de la Universidad Nacional de La Plata, en su reseña para Pensamiento Universitario: «si la universidad pierde su capacidad de abrir un intervalo de tiempo para el estudio reflexivo, para una particular relación con el conocimiento y el debate, corre el riesgo de perder su sentido más esencial». Es urgente defender ese intervalo frente a la cultura de la prisa, la plataformización del aprendizaje y la lógica del rendimiento inmediato. Porque, como hemos señalado en otras ocasiones, una plataforma no es una universidad.

Esteban Bara no camina solo. Se encomienda a cuatro voces que, leídas en serie, componen casi un programa. Con Lord Byron recuerda que «el mayor proyecto de futuro es el pasado», una invitación a no confundir tradición con inercia. Con Tolstói advierte que «hay quien cruza el bosque y sólo ve leña para el fuego», la misma ceguera utilitaria que su fábula denuncia. Con Borges sostiene que «la universidad debería insistir en lo antiguo y en lo ajeno», frente a la tentación de duplicar lo que ya ofrecen la actualidad y lo propio. Y con Derrida reconoce que «la universidad también es una ciudadela expuesta», fuerte en sus principios, vulnerable en sus condiciones.

La Universidad de las Narices no ofrece recetas, y hace bien. Su mayor mérito es devolvernos una pregunta que la urgencia de la gestión, los indicadores y las convocatorias nos ha hecho olvidar: para qué está la Universidad. Sería deseable que este libro circulara, no para estar de acuerdo con todo lo que dice, sino para conversar sobre ello, gobierne quien gobierne y por cómodos que nos resulten nuestros hábitos.


 ALFONSO GONZÁLEZ HERMOSO DE MENDOZA


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