Censura, autocensura y cancelación

¿Han creado las universidades un monstruo que ahora amenaza con devorarlas? ¿Quién legitima la voz de las víctimas? La emergencia de los privilegios ocultos y los sesgos culturales denunciados durante décadas cuestiona el relato histórico tradicional hasta llegar a comprometer la libertad académica.

JOAQUÍN RODRÍGUEZ


En el verano de 2020 quinientos académicos miembros de la Linguistic Society of America publicaron una carta abierta solicitando la expulsión de uno de sus más distinguidos socios, Steven Pinker, por unas declaraciones en torno a la violencia policial en las que contradecía la impresión generalizada de que se cebaba en la población negra y marginalizada. En lugar de prestarse a un debate sosegado basado en los hechos (algo que Pinker intentó subsanar en sucesivos tuits aportando información contrastada), se desató una cacería que pretendía demonizar sus observaciones por haberse atrevido a descreer de una opinión mayoritaria y políticamente correcta que acusaba sin tener en cuenta las estadísticas. Poco tiempo después, y como contrafuerza, otro nutrido grupo de intelectuales lanzó una contrarréplica en Harper’s Magazine titulada A letter on justice and open debate, en la que rechazaban cualquier disposición que pudiera debilitar las normas elementales del debate abierto y de la tolerancia de la disconformidad en favor de una anuencia ideológica paralizadora. No hay nada excesivamente nuevo, en realidad, en este supuesto debate, porque aunque los anglosajones lo denominen como «cancelación», no deja de ser una tradicional forma de censura y de su más aciaga derivada, la autocensura. El hecho de que las protestas contra la discriminación racial o de género fueran y sean absolutamente legítimas y necesarias, no podía ser óbice para liquidar el pensamiento divergente (basado en hechos) o, peor aún, para instigar una forma de autosilenciamiento azuzada por el miedo a discrepar o por la aprensión a disentir del discurso dominante (sea este cual sea). Menos aún, si cabe, en un medio académico en el que la libido sciendi, la dilección por el cultivo de la verdad y el conocimiento por medio de la investigación y la crítica, es su mandamiento fundamental. 

«Una educación cuya meta sea lograr un mundo más democrático», declaraba Noam Chomsky en una entrevista titulada Más allá de una educación domesticadora, «debería proporcionar a sus estudiantes herramientas críticas con las que trazar relaciones entre los acontecimientos que, finalmente, desenmascaren las mentiras y el engaño». Si la educación tiene un propósito es el de la emancipación y la liberación, el del desarrollo de ciudadanos capaces de conformarse un juicio crítico e independiente y de proceder de manera consecuente y coherente, alineando acciones y convicciones. «Nuestras convicciones más arraigadas, más indubitables, son las más sospechosas», escribía José Ortega y Gasset. «Ellas constituyen nuestro límite, nuestros confines, nuestra prisión», de manera que la educación no debería ser otra cosa que aprender a deshacerse de las evidencias del sentido común afilando nuestra capacidad de sospecha y de disonancia. 

Como nos advertía el titular de un artículo publicado un año después de la polémica en The Washington Post, la cultura de la cancelación tiene un impacto destructivo sobre la educación, porque pretende erradicar su esencia misma, que es la de someter sistemáticamente a prueba, mediante el análisis empírico, la reflexión y la comprobación, cualquier supuesta evidencia, por muy publicitada o legítima que pueda parecer. Todo podría haber quedado en una tormenta en una taza de té, como reza el adagio británico, pero sus profundas implicaciones sobre la naturaleza de las instituciones de educación superior y su devenir futuro llevaron a la Universidad de Chicago a publicar uno de los documentos más combativos, Report of the Committee on Freedom of Expression, en el que se recordaba que «el principio de la plena libertad de expresión sobre todos los temas ha sido considerado desde el principio como fundamental en la Universidad de Chicago», y «este principio no puede ser ni ahora ni en el futuro cuestionarse». Nada hay que justifique la revisión reaccionaria del principio sobre el que se asienta la ciencia y la educación, nada que lo sustente. Treinta y cinco universidades americanas adoptaron en un corto lapso de tiempo esa proclamación de principios y algunas otras asociaciones, siguiendo su estela, publicaron manuales de resistencia contra cualquier veleidad censora. 

El único antídoto contra la censura, la autocensura y la cancelación es el de una educación emancipadora que promueva el pensamiento independiente.

JOAQUÍN RODRÍGUEZ

Entre nosotros es posible que no se haya desatado una contienda pública de las mismas dimensiones, lo que no quiere decir que no discurra latente en los campus de nuestras universidades: profesores precarizados necesitados de estabilidad mediante el alineamiento ideológico; alumnos crecidos en entornos educativos domesticadores; clima generalizado de asentimiento y resignación. El único antídoto contra la censura, la autocensura y la cancelación es el de una educación emancipadora que promueva el pensamiento independiente, porque «el aprendizaje verdadero, en efecto», sostenía Noam Chomsky, «tiene que ver con descubrir la verdad, no con la imposición de la verdad oficial; esta última opción no conduce al desarrollo de un pensamiento crítico e independiente». La obligación de cualquier maestro, de cualquier institución educativa, es, en consecuencia, «ayudar a sus estudiantes a descubrir la verdad por sí mismos, sin eliminar, por tanto, la información y las ideas que puedan resultar embarazosas para los más ricos y poderosos». Contra la cultura de la cancelación, la cultura de la crítica y la indagación.


Joaquín Rodríguez es Doctor en Sociología por la Universidad Complutense de Madrid. Pertenece a la Asociación Espacios de Educación Superior.

En Twitter: @futuroslibro

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