Si la polarización se instala en las aulas, los efectos serán devastadores

Madrid AGHM

Si los diferentes lobbies consideran que han de conquistar el espacio universitario para lograr la implantación de sus ideas y potenciar sus intereses, ¿cómo es posible evitar el asalto de los agitadores y manipuladores que simplifican la realidad y coartan el verdadero intercambio de ideas y el debate? La pregunta es pertinente y la urgencia de encontrar respuestas eficaces también. Si la polarización se instala en las aulas, los efectos serán devastadores, porque los jóvenes percibirán la Universidad como una proyección más de las disputas ideológicas que viven en su día a día.

MIGUEL RODRÍGUEZ BLANCO


La Universidad y la sociedad

La Universidad y la sociedad son dos elementos que están en constante interrelación. La influencia de las instituciones de educación superior en su entorno se manifiesta a través de sus funciones esenciales: la formación, la investigación, la transferencia del conocimiento y la promoción y difusión de la cultura. Los resultados de las horas invertidas en los laboratorios y los trabajos fruto del estudio y la reflexión en las bibliotecas cambian la vida de la ciudadanía, que es la destinataria última de los avances científicos y tecnológicos y de los productos culturales gestados en los centros académicos.

A su vez, la sociedad proyecta en la Universidad los componentes y vivencias de las calles, barrios y ciudades. La diversidad y pluralidad de la sociedad, los estereotipos, la falta de motivación de algunos jóvenes, las incertidumbres sobre el futuro o la excesiva protección de los menores están presentes en las facultades, escuelas y departamentos universitarios. Tampoco es ajena la Universidad a las políticas de los distintos gobiernos y a los desafíos del mundo digital y de la biotecnología. 

Durante los siglos XIX y XX asistimos en muchos países occidentales a fuertes enfrentamientos políticos y sociales sobre el sistema educativo. La batalla escolar encerraba una lucha por la intervención en la escuela, pues se consideraba que el control de la educación era esencial para dominar la sociedad, para conformar el pensamiento de las personas. Asimismo, el surgimiento de la libertad de cátedra en la Universidad guarda una estrecha relación con el intento de introducir directrices políticas en la enseñanza. Los claustros universitarios reivindicaron la libertad e independencia de la ciencia para oponerse a los intentos de dominación por parte de algunos gobernantes.

Si la polarización se instala en las aulas, los efectos serán devastadores, porque los jóvenes percibirán la Universidad como una proyección más de las disputas ideológicas que viven en su día a día

Una pugna por el control ideológico de los campus

Con estos antecedentes, y dado el contexto geopolítico de nuestro tiempo, no resulta llamativo que hoy día asistamos a una pugna por el control ideológico de los campus. El considerable aumento del número de personas que accede a la educación superior ha convertido a las Universidades es una prolongación natural de la enseñanza media. No es que haya cesado el interés por el dominio de la escuela, sino que se ha extendido al ámbito educativo superior. No se trata solo de que las posiciones de la academia puedan molestar a determinados dirigentes, sino de algo más profundo: lograr influir en los contenidos formativos que recibe la juventud y, en consecuencia, en su forma de pensar. Si además las generaciones actuales están instaladas en el mundo digital, la lógica es que sus referentes (influencers y personajes mediáticos) en las redes sociales sitúen a las Universidades en el punto de mira de sus actos de propaganda.  

La Universidad, por esencia, es un lugar de confrontación de ideas. La existencia de diferentes formas de pensar y de tendencias contrapuestas no es negativa. Al contrario, ha de ser vista como un elemento valioso que enriquece a todos los colectivos universitarios. Pero esta fortaleza puede ser, al mismo tiempo, una debilidad. Si los diferentes lobbies consideran que han de conquistar el espacio universitario para lograr la implantación de sus ideas y potenciar sus intereses, ¿cómo es posible evitar el asalto de los agitadores y manipuladores que simplifican la realidad y coartan el verdadero intercambio de ideas y el debate?

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La pregunta es pertinente y la urgencia de encontrar respuestas eficaces también. Si la polarización se instala en las aulas, los efectos serán devastadores, porque los jóvenes percibirán la Universidad como una proyección más de las disputas ideológicas que viven en su día a día. No hay riesgo mayor que inclinar a las personas a pensar de una determinada manera o conducirlas a optar por un determinado bando sin cuestionarse las razones de su decisión. En este contexto muchos estudiantes pueden optar por una actitud pasiva, porque pasar desapercibido sea una forma de autoprotegerse.

¿Cómo lograr que la libertad de expresión y la diversidad se respeten en el mundo universitario?

Huir de soluciones simples

¿Cómo remediar este riesgo? ¿Cómo lograr que la libertad de expresión y la diversidad se respeten en el mundo universitario? Conviene huir de soluciones simples como recurrir a la fuerza del Derecho sancionador. La utilización del régimen disciplinario como amenaza para reprimir actuaciones carece de valor pedagógico y basa su eficacia en el miedo o el carácter ejemplarizante de la sanción. La sanción debería ser siempre una excepción, el último recurso tras agotar el resto de herramientas a nuestro alcance.

Utilizar la norma con un fin disuasorio es menos eficaz que potenciar el valor educador del Derecho. Aunque la ciencia jurídica se ha ubicado tradicionalmente en el ámbito de las ciencias sociales, es indiscutible su vertiente humanística y su cariz ético. Un Derecho sin cultura y sin valores es una versión raquítica de toda la potencia y virtualidad del mandato legal.

La mejor forma de proteger la libertad de expresión y el debate académico pasa por tres premisas fundamentales.

Los estudiantes han de sentir que el paso por la Universidad es un periodo transformador de sus vidas, un espacio privilegiado en el que son plenamente libres para poner en valor su individualidad. No hay una jerarquía de ideas, siempre que se respete el libre desarrollo de la personalidad y la dignidad de cada persona

En primer lugar, se ha de lograr transmitir al estudiantado que forma parte de una comunidad orientada a la formación, al crecimiento personal y al pensamiento crítico. Se les debe dotar de los recursos necesarios para que no caigan en los tentáculos de los discursos populistas ajenos a la forma de pensar y razonar de una persona cuyo bagaje la protege de la manipulación.

En segundo lugar, se han de trabajar actitudes, habilidades y competencias como la capacidad de escucha, el respeto, la tolerancia, la empatía, la argumentación y el orgullo de ser universitario. Los estudiantes han de sentir que el paso por la Universidad es un periodo transformador de sus vidas, un espacio privilegiado en el que son plenamente libres para poner en valor su individualidad. No hay una jerarquía de ideas, siempre que se respete el libre desarrollo de la personalidad y la dignidad de cada persona.

En tercer lugar, se ha de preservar la autonomía universitaria. La Universidad es, por definición, un entorno abierto. Pero el ecosistema peligra si elementos invasores refractarios a la interacción de ideas y puntos de vista, colonizan los espacios. Por ello, se han de cerrar las puertas a todas aquellas iniciativas que instrumentalizan los recintos académicos para captar la atención de los focos, sembrar adoctrinamiento y socavar las raíces del espíritu universitario. 


Miguel Rodríguez Blanco, Secretario General de la UAH y Catedrático de Derecho Eclesiástico del Estado


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