Si la institución universitaria tiene algún sentido diferencial en una sociedad saturada de información, ese sentido reside en su capacidad de formar personas que piensen con rigor, que evalúen la calidad de las fuentes, que distingan entre lo que un modelo generativo produce y lo que constituye conocimiento validado. Esa capacidad formativa se vuelve más importante, no menos, en un entorno mediado por IA
PABLO RIVAROLA PADRÓS
Durante décadas, el debate sobre la educación superior en Argentina se organizó alrededor de una oposición que parecía estable: universidad pública contra universidad privada. Esa dicotomía hoy resulta insuficiente. La línea divisoria más relevante ya no pasa entre lo público y lo privado, sino entre las instituciones que deciden gobernar su propia infraestructura pedagógica y aquellas que la han cedido, muchas veces sin advertirlo, a plataformas tecnológicas con una lógica ajena a la tradición universitaria.
La plataforma como actor institucional
Que las universidades online irrumpieron con la pandemia es un mito conveniente. La pandemia aceleró una tendencia que llevaba al menos una década: la migración de la experiencia educativa hacia entornos digitales que fueron dejando de ser soportes logísticos para convertirse en actores con capacidad de definir qué se enseña y cómo se evalúa.
Un LMS no es un aula virtual en el sentido inocuo del término. Es una arquitectura de decisiones: determina el seguimiento del estudiante, estructura la secuencia de aprendizaje, condiciona los formatos evaluativos y alimenta modelos de analítica que informan decisiones sobre retención y recursos. Cuando a esa capa se le superponen tutores automatizados y asistentes instruccionales basados en IA generativa, la pregunta cambia de naturaleza y se vuelve institucional. ¿Quién gobierna la enseñanza?
Una ambidexteridad genuina
exigiría algo más incómodo:
sostener la operación actual
mientras se diseña un modelo
pedagógico que asuma la IA
como condición de época
Conviene aclarar que la tecnología, en sí misma, no es el problema. Lo es la adopción pasiva. Cuando una universidad integra una plataforma con criterio pedagógico claro, con docentes formados para ese entorno y con sistemas de acompañamiento estudiantil diseñados para el medio digital, el resultado puede ser una experiencia formativa tan rigurosa como la presencial y más accesible. El riesgo aparece cuando la adopción se reduce a licenciar una herramienta y esperar que ella haga el trabajo que le corresponde a la institución.
Explotar e innovar: la trampa de la eficiencia
O’Reilly y Tushman (2004) desarrollaron la teoría de la ambidexteridad organizacional para explicar cómo las empresas sobreviven a disrupciones tecnológicas: optimizando lo que ya saben hacer bien mientras desarrollan capacidades nuevas para un entorno que cambió. Las universidades argentinas, como buena parte de las del mundo, han sido históricamente muy eficaces en lo primero. El desafío pendiente es lo segundo.
La cátedra, la clase magistral, el examen parcial presencial, el docente como transmisor autorizado: son formatos que las universidades argentinas perfeccionaron durante medio siglo, y que durante ese tiempo cumplieron su función. Pero cuando el entorno cambia y la institución responde digitalizando esos mismos formatos sin repensarlos (automatizar la corrección, escalar la matrícula, trasladar la clase magistral a una pantalla), el resultado no es innovación: es eficiencia aplicada a un modelo que ya no responde a las preguntas que los estudiantes traen.
Una ambidexteridad genuina exigiría algo más incómodo: sostener la operación actual mientras se diseña un modelo pedagógico que asuma la IA como condición de época. Que el docente deje de ser un proveedor de contenido y se convierta en un arquitecto de experiencias de aprendizaje, capaz de diseñar las interacciones entre el estudiante, el saber disciplinar y los sistemas automatizados. No es un salto al vacío: es una apuesta por la formación docente continua, por capacidades pedagógicas que la tecnología no puede sustituir.

El docente entre la reconversión y el desplazamiento
Aquí aparece la cuestión que el sistema universitario argentino apenas ha comenzado a discutir: la transformación del rol docente. La narrativa del reemplazo masivo por IA es tan frecuente como imprecisa. El problema real es educativo y concreto. Si una parte de la labor docente (transmitir información, corregir trabajos estandarizados, responder consultas de baja complejidad) puede ser ejecutada por sistemas de IA con calidad aceptable, las universidades enfrentan una pregunta formativa antes que administrativa: ¿preparan a esos docentes para roles de mayor complejidad pedagógica, o permiten que esas funciones migren silenciosamente a la máquina?
La reconversión es la apuesta más difícil, pero la única que preserva lo que hace valiosa a una universidad. Supone invertir en formación, redefinir perfiles, crear funciones nuevas: el diseñador de escenarios de aprendizaje que integren herramientas generativas de manera crítica, el mentor que acompaña trayectorias académicas que ningún algoritmo puede leer en su complejidad biográfica. En cualquier modalidad, hay dimensiones de la formación que dependen de un profesional que escucha, que interpreta, que ajusta su intervención al estudiante concreto. La calidad de esa intervención es lo que distingue a una universidad de un repositorio de contenidos con certificación.
El desplazamiento, en cambio, opera por omisión. No se anuncia: simplemente se deja de invertir en el desarrollo pedagógico del docente y se permite que la plataforma absorba las funciones que antes requerían juicio profesional. Lo que se pierde no es solo un rol sino una capacidad institucional: la de leer al estudiante en su singularidad, la de intervenir cuando la trayectoria formativa se desvía, la de sostener el tipo de conversación intelectual que ningún modelo de lenguaje puede replicar porque carece de lo que la hace posible: el compromiso con el otro.
En cualquier modalidad, hay
dimensiones de la formación
que dependen de un profesional
que escucha, que interpreta,
que ajusta su intervención
al estudiante concreto.
La calidad de esa intervención
es lo que distingue a una
universidad de un repositorio
de contenidos con certificación
Lo que está en juego
Reducir todo esto a un capítulo más de la mercantilización es tentador y parcialmente correcto. Pero quedarse en esa lectura impide ver lo que realmente se está disputando: la función formativa de la universidad.
Si la institución universitaria tiene algún sentido diferencial en una sociedad saturada de información, ese sentido reside en su capacidad de formar personas que piensen con rigor, que evalúen la calidad de las fuentes, que distingan entre lo que un modelo generativo produce y lo que constituye conocimiento validado. Esa capacidad formativa se vuelve más importante, no menos, en un entorno mediado por IA. Ejercerla requiere docentes que comprendan cómo operan estos sistemas, profesionales capaces de evaluar sus limitaciones y sus efectos sobre el juicio estudiantil. Requiere, también, sistemas de calidad que midan lo que importa: si el egresado sale con herramientas intelectuales para navegar un mundo que cambió, y no solo con un título que certifica horas de cursado.
Hay aquí una responsabilidad que trasciende lo institucional. La universidad no solo forma profesionales: forma ciudadanos que van a tomar decisiones en contextos de incertidumbre, que van a gobernar organizaciones, que van a educar a otros. Si esa formación queda reducida a la interacción con un sistema que optimiza la eficiencia pero no cultiva el criterio, el costo no lo paga solo el egresado. Lo paga la sociedad que recibe profesionales técnicamente competentes pero intelectualmente dóciles, entrenados para operar herramientas que no saben interrogar.
Nadie duda de que la universidad argentina va a sobrevivir a la era de las plataformas y la inteligencia artificial, como sobrevivió a la masificación, al ajuste presupuestario y a la pandemia. Lo que no está claro es en qué se habrá convertido cuando la transición se complete. Las universidades que inviertan en formar a sus docentes, en diseñar experiencias de acompañamiento que integren la tecnología sin rendirse a ella, y en sostener una idea de calidad que trascienda el cumplimiento burocrático, van a ser las que definan qué significa ser universidad en el siglo XXI. Las que tercericen esas funciones a la plataforma van a descubrir que entregaron lo único que las hacía necesarias.
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Pablo Rivarola Padrós — Universidad Siglo 21, Córdoba, Argentina






