La crítica de la ciencia

Presentación del libro "Mundanización de la ciencia. Modos de encuentro entre ciencia y sociedad" de Antonio Lafuente

AGHM

Antonio Lafuente, nacido en Granada, es físico teórico. La vida le ha llevado por los mundos de la historia de la ciencia, los estudios postcoloniales, las políticas del procomún. y, más recientemente, de la innovación social y la cultura del prototipado. Como investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas ha desarrollado una larga carrera articulada por dos grandes preocupaciones: entender los procesos de transferencia del conocimiento desde los centros a las periferias (mundialización de la ciencia) y desde las elites a la ciudadanía (mundanización de la ciencia). En ambas situaciones se ha empeñado en argumentar que los momentos de recepción de saberes lejanos, por el lugar donde se producen o por lo intereses que articulan, es un acto de creación y de apropiación, pleno de connotaciones epistémicas, políticas y culturales.

ANTONIO LAFUENTE


Este artículo es un extracto del libro «Mundanización de la ciencia. Modos de encuentro entre ciencia y sociedad» de Antonio Lafuente


La divulgación no es el único pacto posible entre ciencia y sociedad. Y al igual que existe una crítica literaria o del arte, también necesitamos una crítica de la ciencia. A nadie le extraña que la prensa incluya secciones de crítica musical y literaria, como también de arte, de cine o de exposiciones. Es normal que siendo, como son, empresas humanas contingentes, sometidas a las presiones del entorno y a los caprichos del autor, perezcan comentarios que califiquen el acierto, pertinencia, belleza u originalidad del producto que se presenta ante al público. Además, en su conjunto, conforman una parte significativa del entorno simbólico que sostiene nuestra vida social e íntima.

No se trata solo de que podamos dialogar con la obra de otros, sino que queramos explorar las condiciones de posibilidad para otras formas de mirar, narrar o sentir el mundo, es decir deconstruirlo y habitarlo. Sin la buena crítica cultural sería difícil saber qué es lo que conecta unas cosas con otras o, en otros términos, cómo darle sentido a la explosión de productos y/o mercancías culturales que invade nuestras vidas. ¿Y en ciencia?

La divulgación no es el único pacto posible entre ciencia y sociedad. Y al igual que existe una crítica literaria o del arte, también necesitamos una crítica de la ciencia

¿Cabe una relación de ese tipo cuando hablamos de la ciencia? O, dicho en los términos que le gustan a Bruno Latour, ¿cabe una relación con la palabra científica que no se limite al dictamen sobre su veracidad o falsedad? Los científicos tienden a comportarse como si la única relación significativa con su trabajo fuera la aprobación (lo que normalmente implicaría el reconocimiento implícito en una cita) o el rechazo (lo que normalmente exigiría del crítico más y mejores datos con los que sostener su sospecha, duda u oposición).

La divulgación
no es el único pacto
posible entre
ciencia y sociedad

En pocas palabras, o citas o callas, pero si dices algo tienes que hacerlo desde el laboratorio. Y es así que, aunque parezca increíble, casi nadie puede hablar de ciencia. Los que lo hacen son inmediatamente calificados de ignorantes o, peor aún, de anticientíficos, que en nuestro mundo es como ser inculto y socialmente peligroso. En pocas palabras, que si no es para avalar, tiene que ser para enmudecer. Pero, si así fuera, si el único gesto posible ante la ciencia fuera asentir o, alternativamente, rechazar, entonces sólo podrían tomar la palabra los científicos mismos, pues son los únicos capacitados para manejar los dispositivos lingüísticos, tecnológicos y disciplinarios característicos de las ciencias.

Una larga tradición, como explica Don Ihde (1999), les otorga el discutible privilegio de no necesitar críticas externas, pues durante la Ilustración se fraguó el mito de que la ciencia ya era la crítica que la sociedad necesitaba para hacer frente a las supersticiones, incluidas las religiosas. O, dicho de otra manera, la modernidad se construye sobre una ecuación tan simple como peligrosa: si quieres ser crítico, hazte científico, trasciende el mundo de las opiniones y
abraza el de los hechos.

Los hechos, sin embargo, contradicen esta tesis beata sobre el funcionamiento de la ciencia. Todos los días, en los laboratorios y en el ministerio, en la prensa y en el Parlamento, se habla del carácter apropiado, prioritario, solidario, estratégico, competitivo, europeo o costoso de los proyectos científicos. Tampoco faltan debates sobre patentes, retornos, contrataciones, evaluaciones, innovaciones, premios, privatizaciones y desarrollos sostenibles. Seguro que
queda poca gente que todavía no haya oído hablar de secretismo, fraude o corrupción en ciencia. Y es que, al igual que cualquier otra empresa social, la ciencia mejora con la crítica.

Y todo esto es nada si pensamos en nuestra condición de conejillos de Indias en medio de experimentos de alcance planetario, como los que están en marcha una vez que nos pusimos a alimentar vacas con piensos de origen animal o que no sabemos cómo controlar las emisiones de CO2 a la atmósfera. Espero que nadie se sorprenda si recordamos que la sucesión de crisis alimentarias, sanitarias o medioambientales tiene mucho que ver con, para decirlo suavemente, una insuficiente evaluación de los riesgos asociados a las nuevas tecnologías. Y si esta crisis del peritaje experto es manifiesta, sea o no provocada por la existencia de conflictos de intereses, entonces hemos de admitir que todos formamos parte de un sin fin de experimentos que suceden en tiempo real y fuera del laboratorio.

hemos de admitir que
todos formamos parte
de un sin fin de
experimentos que
suceden en tiempo real
y fuera del laboratorio

¿Cómo no vamos a hablar de ciencia? Si cada día se toman decisiones orientadas a minimizar los riesgos, conservar la naturaleza, gestionar los recursos o equilibrar el reparto de los males, y todas estas iniciativas que acaban llegando al Boletín Oficial del Estado (o publicación equivalente) tiene que pasar antes por los laboratorios, los seminarios, los papers, los comités, los congresos, los foros y los paneles internacionales, ¿cómo no aceptar la necesidad de una crítica de la ciencia?

Los partidarios de hablar de nuestro sistema de organización política en términos de una democracia técnica o tecnodemocracia se sorprenden de que revistas a las que se asoman los intelectuales y los políticos sigan reservando para estos asuntos espacios residuales y que los Suplementos culturales que encartan semanalmente los periódicos de más alcance solo sepan hablar de la ciencia para rendirse ante las maravillas del emblemático “Y es que las ciencias avanzan que es una barbaridad” que ya se proclamara en la zarzuela “La del Soto del Parral”.

Defender la necesidad de una crítica de la ciencia es más fácil que ejercerla. Hacerlo bien es mucho más difícil. Igual que la historia de la Iglesia no debieran hacerla los curas, ni la del Real Madrid los merengues convictos, la crítica de la ciencia es un trabajo para el que seguramente hace falta ser un amante de la ciencia, pero no un científico. Su finalidad se explica rápido, pues consistiría en comprender cómo de profundamente interconectada está la ciencia con la política y explorar cómo las tecnologías están conformando nuestro mundo y nuestra manera de sentir, pensar y actuar.

La ciencia es una actividad de naturaleza controvertida. Y así, la discrepancia es un activo clave en la conformación colectiva de los asertos científicos. Tanto, que haríamos muy bien sospechando bajos niveles de excelencia allí donde falten dudas, errores y fracasos. Sin embargo, pocas veces se hacen públicas. Lo más frecuente es que sólo se escuche una loa interminable y cacofónica que quiere ver en los científicos una especie de atlantes civilizatorios.

No entraremos a discutir esta cansina fábula de la modernidad, pero la idea de que un experto habla en nombre de la objetividad es absurda. Y, por ello, cuando los problemas tienen mucho impacto social, los profesionales pueden llegar a convertirse en actores tan decisivos como incontrolables. Muchas veces, en medio de la proliferación de opiniones, los expertos, lejos de ser la solución, forman parte del problema. No es raro entonces que parezca estar acentuándose la tensión siempre latente entre las elites y la ciudadanía o, en otros términos, que avance la desconfianza entre legos y sabios: un conflicto, por cierto, más antiguo de lo que sospechamos.

https://www.catarata.org/libro/mundanizacion-de-la-ciencia_196888


Antonio Lafuente investigador científico español integrante del Centro de Ciencias Humanas y Sociales (CSIC) en el área de estudios de la ciencia.


Si quieres conocer lo que no se ve de la educación superior sigue el canal de Espacios de educación superior en WhatsApp: https://whatsapp.com/channel/0029VbDK8OGIt5rvxYwRCG0j

Espacios de Educación Superior está dirigido a poner en contacto a las personas e instituciones interesadas en la sociedad del aprendizaje en Iberoamérica y España.