Las primeras universidades han comenzado a cerrar sus puertas, incapaces de hacer cuadrar sus cuentas; otras muchas han comenzado a regular sus plantillas de profesores, sin actividad docente; otras tantas han comenzado a rediseñar su oferta educativa, para centrarse en aquellas titulaciones que, al menos aparentemente, mejor y más se vinculan a la demanda de la industria circundante, convirtiéndose en proveedoras de mano de obra cualificada; casi todas, en ese rediseño curricular, han prescindido de materias y facultades consideradas innecesarias, porque las artes y las humanidades apenas encuentran traducción laboral.
JOAQUÍN RODRÍGUEZ
El futuro de los campus universitarios en 2035
El último número deThe Chronicle of Higher Education está dedicado a una reflexión prospectiva sobre el aspecto que tendrán los campus universitarios en el 2035, no sólo en lo que atañe a su diseño o aspecto físico, a la reutilización de sus espacios sino, fundamentalmente, a los cambios que la transición demográfica, el uso de la inteligencia artificial o el cambio climático traerán consigo.
En gran parte de los países occidentales, y España no es desde luego una excepción, la pirámide de población se achica en su base y crece en su cúspide, denotando un envejecimiento acelerado que, en una década, podría trastocar por completo la cantidad y la composición de potenciales alumnos que cursaran estudios. En Estados Unidos, lugar donde se centra el reportaje, vaticinan que en el año 2035 el porcentaje de posibles estudiantes decrecerá un 10% y la proporción de aquellos que evalúan seguir estudios superiores un 14%.
Las primeras universidades han comenzado a cerrar sus puertas, incapaces de hacer cuadrar sus cuentas; otras muchas han comenzado a regular sus plantillas de profesores, sin actividad docente; otras tantas han comenzado a rediseñar su oferta educativa, para centrarse en aquellas titulaciones que, al menos aparentemente, mejor y más se vinculan a la demanda de la industria circundante, convirtiéndose en proveedoras de mano de obra cualificada; casi todas, en ese rediseño curricular, han prescindido de materias y facultades consideradas innecesarias, porque las artes y las humanidades apenas encuentran traducción laboral.
En gran parte de los países occidentales la pirámide de población se achica en su base y crece en su cúspide, denotando un envejecimiento acelerado que podría trastocar por completo la cantidad y la composición de alumnos que cursaran estudios
La crisis demográfica y los desafíos futuros de las universidades
La crisis demográfica, algo que no parece que pueda revertirse de manera rápida ni sencilla, traerá consigo cambios fundamentales, rápidos y definitivos, tal como reza el subtítulo del número mencionado: What Higher Ed will look like in 10 years. Fundamental change is coming quickly. Aquellas universidades que no hayan comenzado ya a rectificar su rumbo, incluso su propia naturaleza y sus objetivos, corren el peligro de desaparecer, algo que también incumbe a las Universidades españolas, que padecen, adicionalmente, de infrafinanciación (al menos las públicas), de sobredimensionamiento y redundancia de la oferta, de colmatación del espacio universitario y de un incremento desconocido de la competencia (con un acrecentamiento acelerado de la oferta privada) y, por supuesto, de una pirámide poblacional muy engrosada en su parte central y muy recortada en su base. A todo eso cabría añadir un par de pequeñas preocupaciones adicionales: la manera en que la inteligencia artificial modificará la educación y la forma en que las instituciones de educación superior la adopten y la utilicen, y la estrategia que los campus universitarios adopten ante la sobrecogedora crisis climática.
Claro que no hay respuestas definitivas, porque el arte adivinatorio suele casar mal con la realidad, pero si atendemos a las tendencias apuntadas y extraemos algunas consecuencias, las universidades que perdurarán y los administradores y líderes que contribuirán a que eso suceda, deberían prestar atención a ideas y principios como los que siguen:
– Aprender a lo largo de toda la vida no debería ser solamente un eslogan, sino el principio sobre el que rediseñar toda la oferta formativa. Eso significará repensar los contenidos de las titulaciones, vinculándolos a las demandas de los nuevos usuarios, seguramente más preocupados por su actualización profesional que otra cosa, pero sin descuidar que la posesión de recursos y tiempo libre también genera un espacio para diseñar una propuesta de acompañamiento, de cultura y ocio, de salud física y emocional. Será preciso, en consecuencia, repensar la docencia, la manera en que se transmiten esos contenidos, porque los públicos y estilos de aprendizaje cambiarán. También convendrá tener en cuenta la manera de transferir y traspasar créditos previamente adquiridos en la convalidación de nuevas titulaciones. Y, por último, será necesario repensar una comunicación y un márquetin que tienen que ir dirigidos a la creación de lazos indelebles entre la institución y sus alumnos.
Será preciso repensar la docencia, la manera en que se transmiten esos contenidos, porque los públicos y estilos de aprendizaje cambiarán
Adaptación universitaria al futuro
– La hibridación de las modalidades de enseñanza deberá convertirse en la modalidad de aprendizaje principal, porque suma la flexibilidad que todos necesitamos al no menos imprescindible contacto e intercambio humano.
– Los espacios físicos de las universidades, menos solicitados, deberían ser multifuncionales, de acuerdo con la demanda cambiante, y deberían comenzar a añadir nuevos servicios relacionados con la incorporación creciente de personas de mayor edad: guarderías, residencias para mayores, o cualquier otro que satisfaga las necesidades de un nuevo campus multigeneracional y multimodal.
– Si extender la oferta formativa a una población progresivamente envejecida pero incrementalmente curiosa será indispensable, no lo será menos el que las universidades expandan sus estrategias de comunicación y captación a los alumnos de la educación obligatoria. Es más: si muchas universidades han utilizado la estrategia de la segregación elitista para abastecerse de alumnos, quizás debieran comenzar a pensar en un planteamiento opuesto, optando por la integración de minorías desatendidas y previamente segregadas.
– Preocuparse por el ciclo de vida completo de un estudiante, desde que solicita información por primera vez hasta que se convierte en alumni, será la única y más cabal estrategia de retención que pueda seguir una universidad. Pensar el vínculo que une a un estudiante con una institución de enseñanza como algo que debe cultivarse y cuidarse, será la única estrategia de éxito que valga la pena seguir.
– Aliarse con otras instituciones educativas, generando redes y coaliciones, no será solamente una estrategia de ahorro y economización sino, sobre todo, de reforzamiento y diversificación.
La hibridación de las modalidades de enseñanza deberá convertirse en la modalidad de aprendizaje principal, porque suma la flexibilidad que todos necesitamos al no menos imprescindible contacto e intercambio humano.
Inteligencia artificial, sostenibilidad y una nueva cultura de colaboración
– La cuestión no será si utilizaremos o no la inteligencia artificial, algo que permeará todas nuestras vidas de manera tan completa como ya lo hacen los dispositivos y las redes digitales, sino cómo la utilizaremos, cómo la entrenaremos y cómo la acotaremos. Promover las competencias digitales para comprenderla y usarla, y valerse de las redes de colaboración universitaria que nos permitan crear prototipos funcionales adaptados, resultará indispensable. No se trata tanto de temer una posible sustitución o usurpación de funciones sino, al contrario, de pensar en aquello en lo que somos insustituibles.
– Muchos de los campus universitarios se diseñaron y construyeron como islas aisladas, como burbujas de bienestar y conocimiento separadas de su entorno. La situación climática actual nos obliga a religar esos espacios a la naturaleza que desdeñaron, procurando una transición energética que tienda al autoconsumo y unos hábitos que la salvaguarden.
Las personas que deben encargarse de imaginar, diseñar y gestionar esta transición deberán asumir y emplear principios que quizás les hayan sido ajenos hasta ahora, en instituciones que estuvieron más centradas en la competición y la supervivencia aislada que en la colaboración y el intercambio. Quienes asuman esas responsabilidades, en consecuencia, deberían cultivar:
– La colaboración más que la competición
– La gobernanza compartida más que la dirección unipersonal
– La comunicación fluida y regular, horizontal, más que el aislamiento y la verticalidad
– La asunción del cambio y el riesgo como elementos corrientes y naturales, en un contexto de incertidumbre e inseguridad.
La cuestión no será si utilizaremos o no la inteligencia artificial sino cómo la utilizaremos, cómo la entrenaremos y cómo la acotaremos
Si hacemos caso a los autores de los artículos que componen este número especial, es posible que no todos los pronósticos se cumplan pero, aquellos que lo hagan, lo harán de manera rápida y definitiva, así que convendría tomarse el tiempo necesario para reflexionar sobre ellos.

JOAQUÍN RODRÍGUEZ
Espacios de Educación Superior






