El reto no es acercar la universidad al estudiante, sino acercar la innovación y el empleo al territorio

Entrevista a Jimena García Romeu CEO de Alcyon Photonics

La universidad debe ser un motor real de innovación y competitividad, capaz de transformar el conocimiento académico en soluciones tecnológicas que impulsen el desarrollo económico y social. Según afirma Jimena García-Romeu, CEO de Alcyon Photonics, “la educación superior alcanza su verdadero sentido cuando el saber se convierte en innovación útil para la sociedad”.


Jimena García‑Romeu Núñez es ingeniera de Telecomunicaciones por la Universidad Politécnica de Madrid, posee un Executive MBA por la Escuela de Organización Industrial y formación ejecutiva en la UCLA Anderson School of Management. Actualmente ejerce como CEO de Alcyon Photonics, liderando la comercialización y escalado industrial de tecnologías de fotónica integrada. Su labor combina excelencia técnica y visión estratégica, conectando investigación, innovación y mercado para situar a España en la vanguardia del ecosistema deep-tech.

¿Los conocimientos previstos en los planes de estudio de los grados universitarios capacitan realmente a sus egresados para incorporarse al mundo laboral?

En general, los conocimientos adquiridos en los grados universitarios no capacitan plenamente a los egresados para incorporarse de forma inmediata al mundo laboral. Nos encontramos con perfiles que se sitúan en una “zona gris”: no cuentan con una base teórica lo suficientemente sólida como para enfrentarse a problemas complejos desde un punto de vista académico, pero tampoco poseen las habilidades prácticas necesarias para desenvolverse con eficacia en un entorno empresarial real.

Esa falta de profundidad teórica y de aplicabilidad práctica hace que, en la mayoría de los casos, las empresas necesiten invertir varios meses (+6) en completar su formación antes de que puedan aportar verdadero valor. A menudo, los programas académicos priorizan marcos conceptuales amplios y descontextualizados, transmitidos desde una perspectiva excesivamente distante a la realidad profesional. Como resultado, los recién titulados no comprenden con claridad los problemas concretos del sector ni cuentan con la capacidad analítica o práctica para resolver las abstracciones complejas que esos problemas implican.

Los egresados universitarios se sitúan en una zona gris: ni dominio teórico suficiente ni habilidades prácticas para el entorno real

¿Cómo podríamos conseguir que las titulaciones que ofrecen las universidades públicas recogieran las necesidades socioeconómicas de sus territorios?

Es comprensible que la oferta de titulaciones en las universidades públicas esté fuertemente influida por la demanda de los estudiantes, que a su vez se guía por su percepción del entorno y las tendencias sociales o mediáticas. Este enfoque garantiza llenar las promociones, pero no necesariamente responde a las necesidades reales del tejido productivo.

Sin embargo, esa lógica de oferta y demanda académica no siempre coincide con la demanda laboral: muchos sectores estratégicos —como los tecnológicos, industriales o científicos— requieren perfiles que no resultan tan “atractivos” desde un punto de vista comunicativo o político, y que por tanto no captan suficiente vocación. Esto genera una paradoja: titulaciones con alta empleabilidad y gran valor social que quedan infrarrepresentadas, mientras que otras concentran un exceso de graduados con salidas profesionales más limitadas.

Para corregir esta desconexión, sería necesario establecer mecanismos de coordinación estables entre universidades, administraciones y empresas del territorio, que permitan ajustar periódicamente la oferta académica a las necesidades socioeconómicas reales. Al mismo tiempo, habría que trabajar desde etapas previas —orientación, divulgación y comunicación— para transmitir a los jóvenes el valor y las oportunidades de las titulaciones menos visibles, pero con gran proyección profesional.

La oferta académica responde más a la demanda estudiantil que a las necesidades reales del tejido productivo

¿Qué vías de cooperación existen entre los responsables de RR. HH. y los de orientación de las universidades para poder informar a sus estudiantes —y también a sus profesores— sobre la evolución de las demandas de capacitación en las empresas?

En teoría, los convenios de prácticas deberían ser una excelente vía de cooperación entre universidades y empresas para alinear la formación con las necesidades reales del mercado laboral. Sin embargo, en la práctica, esta oportunidad se desaprovecha. El proceso suele limitarse a la firma y gestión de las prácticas, sin que exista un mecanismo formal para recoger el feedback de las empresas sobre la preparación del alumnado.

Desde nuestra experiencia, rara vez se nos solicita una valoración sobre las competencias o carencias observadas durante las prácticas,  que no sirva para poner en la palestra al estudiante, ni se aprovecha esa información para ajustar los planes de estudio. Este intercambio sería fundamental para mejorar la empleabilidad y adaptar la oferta académica a la evolución de las demandas empresariales.

Por ello, más que depender de iniciativas individuales o de la disponibilidad de las empresas, sería necesario establecer un sistema estructurado de retroalimentación —simple, ágil y periódico— que permita a las universidades incorporar esa información de manera sistemática y continua.

Las prácticas universitarias pierden su potencial al no existir un sistema estructurado de retroalimentación con las empresas

¿Qué papel juegan los profesores asociados en la cooperación entre empresas y universidades? ¿Favorece el marco actual para los profesores asociados la colaboración entre universidades públicas y empresas?

El papel de los profesores asociados podría ser clave para fortalecer la conexión entre universidades y empresas, ya que por definición son perfiles que combinan experiencia profesional y actividad docente. Sin embargo, el marco actual no siempre favorece ese papel de puente. En muchos casos, los profesores asociados actúan como meros intermediarios administrativos en los acuerdos de prácticas o colaboración, sin ejercer una función activa de integración entre el mundo académico y el empresarial.

Nuestra experiencia, en los casos en que ha existido una mayor implicación, no ha sido positiva. Hemos encontrado docentes que percibían las prácticas como una extensión de su ámbito académico, sin comprender que la empresa aporta un valor complementario —en conocimientos, habilidades y experiencias— que se desarrolla con fines y metodologías diferentes, pero igualmente necesarios.

Esta falta de comprensión genera, en ocasiones, tensiones o desconfianza hacia lo no académico, lo que termina perjudicando tanto la experiencia de los estudiantes como la posibilidad de una cooperación real entre universidad y empresa. Creemos que sería deseable revisar el marco y el perfil del profesorado asociado, para que realmente actúe como un facilitador del intercambio entre ambos entornos y contribuya a una cultura de colaboración más madura y productiva.

El marco actual no permite que los profesores asociados actúen como verdaderos puentes entre el mundo académico y el empresarial

Recientemente, las empresas británicas solicitaban un giro en las universidades para conseguir que actuaran como atractores de talento internacional. ¿Es aplicable esta demanda a España?

No conocemos en detalle la iniciativa británica, pero sí podemos afirmar que el entorno universitario español es, en términos generales, bastante internacional. Sin embargo, la presencia de diversidad geográfica no debe confundirse con la atracción del mejor talento.

En muchos casos, la internacionalización universitaria en España responde más a la movilidad estudiantil que a una estrategia deliberada de captación de perfiles de excelencia. Si se aspira a convertir a las universidades en verdaderos polos de atracción de talento global, sería necesario reforzar aspectos como la conexión con la industria, la visibilidad internacional de los programas y, sobre todo, la calidad de la experiencia académica y profesional que se ofrece.

De lo contrario, corremos el riesgo de medir la internacionalización solo en términos de procedencia, y no de valor añadido. La clave no es tanto tener más estudiantes extranjeros, sino atraer —y retener— a quienes puedan contribuir al progreso científico, tecnológico y económico del país.

La internacionalización universitaria en España se mide más por procedencia que por excelencia o valor añadido

¿Cómo pueden cooperar las empresas para que las universidades actúen como ascensores sociales, incorporando a la educación superior a trabajadores, personas con responsabilidades familiares, inmigrantes o colectivos desfavorecidos?

Las universidades pueden actuar como verdaderos ascensores sociales si se garantiza la igualdad de oportunidades desde la transparencia en los procesos de selección, donde no prime el origen sino el mérito y la excelencia.

Es esencial que los recursos públicos se destinen de forma eficiente, apoyando a los estudiantes con talento y esfuerzo, y promoviendo su acceso a universidades de excelencia, donde puedan desarrollar todo su potencial. No se trata de distribuir los mismos recursos a todos los estudiantes desfavorecidos por igual, sino de hacer un “matching” entre talento y oportunidad.

Solo así, a través de casos de éxito reales, podremos construir una cultura de esfuerzo, superación y estudio que inspire y multiplique el impacto social de la educación superior.

La igualdad de oportunidades debe basarse en el mérito y el esfuerzo, no solo en la distribución uniforme de recursos

Se ha comprobado que disponer de una universidad cerca del lugar de residencia democratiza el acceso, pero, para que tenga un impacto real, nos falta un paso: conseguir que los egresados permanezcan en el territorio. ¿Cómo logramos lo que los británicos llaman “loyal students”, es decir, estudiantes que, después de graduarse, trabajan y producen en sus entornos rurales o periféricos?

Garantizar el acceso a la universidad por cercanía es un paso importante en la democratización educativa, pero no necesariamente está correlado con la excelencia formativa ni con la empleabilidad. Tener una universidad próxima puede facilitar que más personas cursen estudios superiores, pero no asegura que la formación sea de calidad ni que esté alineada con la demanda real del entorno.

La permanencia de los egresados en el territorio no depende tanto de la ubicación de la universidad como de la existencia de oportunidades laborales atractivas y sostenibles. En muchos entornos rurales o periféricos, la demanda de perfiles con educación superior es limitada; por tanto, es natural que los titulados busquen desarrollar su carrera en otros lugares.

El verdadero reto no es solo acercar la universidad a los estudiantes, sino acercar el conocimiento y la innovación al tejido productivo local, fomentando ecosistemas empresariales que valoren y necesiten ese talento formado.

El reto no es acercar la universidad al estudiante, sino acercar la innovación y el empleo al territorio

Desde el punto de vista de la formación de los RR. HH. ¿son las universidades españolas demasiado parecidas entre sí?

No. La calidad y excelencia varía fuertemente. Tenemos experiencia de premios de carrera, con conocimientos y habilidades muy inferiores a expedientes medios de otras universidades.

¿Qué importancia tiene disponer de una universidad para atraer inversiones empresariales a un territorio?

La presencia de una universidad puede ser un factor de atracción para la inversión empresarial, pero su impacto real depende de la calidad y la especialización de la formación que ofrece. No se trata tanto de la existencia de una universidad en abstracto, sino de su capacidad para generar talento excelente en áreas concretas y demandadas por la industria.

En titulaciones transversales —como administración o derecho— su influencia sobre la inversión es limitada. En cambio, cuando se trata de perfiles técnicos altamente especializados, la conexión entre universidad e industria puede convertirse en una ventaja competitiva real, especialmente si existe una alta demanda y colaboración efectiva.

Aun así, es importante reconocer que la presencia y fortaleza del tejido industrial sigue siendo el elemento más determinante. Las empresas se instalan donde hay oportunidades de negocio; la universidad puede acompañar y potenciar ese desarrollo, pero rara vez lo impulsa por sí sola.


ENTREVISTA POR ALFONSO GONZÁLEZ Y CECILIA LLOP ESdeES


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