La buena gestión

Praga. Rep. Checa AGHM.

El gestor público tiene en sus manos la administración de recursos públicos. La visión cortoplacista, la priorización del interés individual sobre el colectivo y la burocracia son los principales obstáculos que debe sortear el buen gestor.

ALBERTO GIL COSTA


La mala burocracia

Al periodista y político mejicano Carlos Castillo Peraza se le atribuye la ocurrente definición de burocracia como “El arte de convertir lo fácil en difícil por medio de lo inútil”. Evidentemente esa es la mala burocracia que, como el colesterol malo, atasca las tuberías del Estado haciendo ineficaz e ineficiente la gestión de los servicios públicos, y convirtiendo a los empleados públicos en víctimas y verdugos involuntarios de un sistema que no permite responder con agilidad a la ciudadanía.

Por otro lado, el Estado moderno, del que forman parte las universidades públicas, está basado en el modelo burocrático weberiano por el que ésta se convierte en garante de buena administración huyendo de la discrecionalidad y nepotismo; este sería el “colesterol bueno”.

Dicho lo cual, tenemos que asumir que somos sector público y, por tanto, tenemos que trabajar con la burocracia, no podemos negarla, “solo” tenemos que domesticarla para evitar que la forma (colesterol malo) no domine al fondo (colesterol bueno). Como se suele decir de la educación, si creéis que ésta es cara, prueba a no tenerla…

Qué nos hace avanzar

Una buena gestión requiere de recursos humanos cualificados que planifiquen y sepan leer las claves interpretativas actuales para anticiparse a los retos futuros. La teoría es clara, no obstante, nos pasamos el día surfeando la incertidumbre rodeados de multitud de obstáculos insalvables colocados por las propias administraciones públicas.

En muchas ocasiones me he preguntado qué nos hace avanzar, cuál es la metodología adecuada para adaptarnos a los cambios y, sobre todo, para mejorar en términos económicos, sociales y ambientales en un contexto regional y global competitivo y cambiante.

La burocracia es el arte de convertir lo fácil en difícil por medio de lo inútil

Carlos Castillo Peraza

Sin una correcta planificación, como diría Carles Ramió en su divertido libro “La extraña pareja”, engrasada entre lo político y lo técnico avanzamos, sí, pero de ocurrencia en ocurrencia, de forma asistemática, produciendo un crecimiento basado en el talento aleatorio; lo que proporciona una adaptación casual al medio, y sin que ello genere cambios profundos en las estructuras u organizaciones.

Esto indudablemente tiene la ventaja de evitar el conflicto y controlar el estrés que supone toda gestión del cambio. No obstante, también genera muchos inconvenientes: lleva a la mediocridad, al despilfarro de recursos y, a largo plazo, a la extinción. 

Planificación estratégica

El crecimiento basado en la planificación estratégica se sustenta en una ordenación motivada y sistemática de toma de decisiones desde un enfoque a largo plazo, lo que permite anticipar crisis y propiciar los cambios necesarios para dejar la organización mejor posicionada. Todas las entidades del sector público necesitan asumir de forma urgente este enfoque. Y no solo porque gestionan los recursos públicos y se deben a los ciudadanos, sino también para asegurar la continuidad del propio sector público como garante de equidad y bienestar. 

El buen gestor universitario debe estar comprometido con los principios de libre concurrencia, seguridad jurídica, transparencia y eficacia en la gestión

El tópico de que la burocracia nos ahoga es potente y es difícil hacer entender que la administración está cambiando. Si nos paráramos a observar detenidamente los numerosos trámites que, día a día, hacemos en el ámbito sanitario, educativo, municipal, contractual, fiscal, etc… nos daríamos cuenta de que algo está cambiando, lento, sistemático, seguro y para bien.

Como he esbozado en el primer párrafo, la administración pública sigue muy anclada en un modelo burocrático weberiano muy garantista que bebe de concepciones teóricas de la administración moderna de finales del XIX!!. Pero estamos en 2020. El contexto es otro, las necesidades y los ritmos son distintos y las administraciones deben abrirse y cambiar para ofrecer lo que se demanda de ellas. 

Recuperar la esencia de la Universidad

Las universidades, sobre todo las públicas, nos debemos a nuestra esencia: impartir docencia para garantizar la adquisición de competencias a nuestros alumnos e investigar para avanzar en el conocimiento y su transferencia a la sociedad.

Si queremos ser eficaces debemos adaptarnos, ser transparentes, implementar una administración electrónica sin papeles para los ciudadanos y empresas, rendir cuentas a la sociedad a través de datos abiertos, ser escrupulosos en los principios de libre concurrencia y seguridad jurídica, liderar una contratación pública que favorezca a la pyme y a la economía social, racionalizar recursos y coordinar estrategias con otras administraciones para racionalizar gastos. A fin de cuentas existimos para y por los ciudadanos.

Por tanto tenemos obligación de barrer nuestro patio de escalera haciendo nuestros procesos lo más eficaces posibles. También somos una institución ejecutora de fondos finalistas y, por tanto, auditados y supeditados a las burocracias de otras administraciones públicas; ya sea Europa, la Administración General del Estado o la Comunidad Autónoma. Burocracias, las más de las veces, dominadas por una obsesión ex-ante frente a una visión más “adulta” de vigilancia, control y rendición de cuentas ex-post.

Es preciso crear una cultura organizativa más resiliente, participativa, planificadora, no supeditada a intereses individuales cortoplacistas y menos resistente al cambio

La buena burocracia

En definitiva, hay mucho por hacer, somos una organización de personas, tenemos que acordar prioridades, respetar los tiempos, atender las necesidades y valorar y repensar nuestras capacidades. Es un proceso abierto, sin fin. A fin de cuentas, volviendo a la metáfora del colesterol, la buena burocracia se consigue mediante  un estilo de vida saludable.

Si somos capaces de crear una cultura organizativa más resiliente, participativa, planificadora, no supeditada a intereses individuales cortoplacistas y menos resistente al cambio, seremos más fuertes, mejores e imparables. No hay que olvidar el rol de la administración y de sus empleados/as públicos como instrumento ejecutor del interés colectivo en una sociedad democrática y de derecho.

Arrow expuso su teorema de imposibilidad por el que se establecía que una sociedad necesita acordar/establecer un orden de preferencia para satisfacer varias propiedades sociales con objeto de garantizar el interés colectivo mediante lo que otros autores han denominado un “contrato social”.

Ante esto se contrapone el hecho de que cada individuo en la sociedad tiene su propio orden de preferencia, siendo la suma de éstos  incompatible y, por tanto, deviniendo en importante la búsqueda de un mecanismo que transforme el conjunto de los órdenes de preferencia individuales en un orden de preferencia para toda la sociedad a través de procedimientos acordados, asumiendo que el individuo no puede imponer toda su voluntad y evitando un orden dictatorial.

Pues bien, este delicado equilibrio es el que debemos preservar, cuidar y evitar perder.


ALBERTO GIL COSTA, Gerente de la Universidad de Zaragoza

Espacios de Educación Superior está dirigido a poner en contacto a las personas e instituciones interesadas en la sociedad del aprendizaje en Iberoamérica y España.