Por ello, creo que es necesario desarrollar formaciones dirigidas a toda la comunidad universitaria que permitan identificar y reconocer señales de alarma, haciendo especial hincapié en la formación del estudiantado, debido a su papel clave en la detección temprana de estas situaciones. Un ejemplo de este tipo de iniciativas es el entrenamiento de gatekeepers o guardianes, que se está implementando en algunas universidades europeas. Este consiste en formar a estudiantes para que estén atentos a posibles señales de alarma, puedan identificarlas y sepan cómo actuar, derivando o poniendo la situación en conocimiento de profesionales capacitados para intervenir
RAQUEL POZO AZPILLAGA
Raquel Pozo Azpillaga es representante de estudiantes de la Universidad Complutense de Madrid y actualmente estudiante de posgrado en Psicología. A lo largo de estos años, ha tenido la oportunidad de formar parte de distintos órganos de gobierno y representación de la universidad, además de representar al estudiantado fuera de ella, en espacios como el Consejo de Estudiantes Interuniversitario de la Comunidad de Madrid y el Consejo de Estudiantes Universitario del Estado.
Todo este recorrido le ha permitido conocer de cerca la realidad del estudiantado universitario, sus preocupaciones, dificultades y necesidades. Además, su formación en Psicología complementa esta experiencia y le permite prestar especial atención a temas como el bienestar y la salud mental de los estudiantes.
Desde tu doble perspectiva —como estudiante y como representante— ¿qué problemas de salud mental identificas como más extendidos entre tus compañeros hoy en día, y si coinciden con lo que reflejan las encuestas institucionales?
Al igual que vemos en la sociedad, en las aulas también encontramos algunas de las principales problemáticas relacionadas con la salud mental, especialmente la ansiedad y la depresión, aunque, en este contexto, presentan sus propios matices.
En general, los estudiantes universitarios somos jóvenes de entre 18 y 25 años, que estamos en una etapa crítica de la vida, hemos decidido ir a la universidad, estudiar un grado con el fin de tener una profesión para toda la vida y tanto nuestra familia como nuestro círculo cercano espera que lo logremos. Pero ¿qué implica realmente esta situación para un estudiante?
Implica que una persona de 18 años, que acaba de convertirse en una persona adulta, está tomando una decisión que va a marcar su vida, además de las expectativas de su entorno en que consiga el título universitario. Por ello, la universidad es una etapa complicada, no solo por la carga académica sino por los cambios vitales que tienen los propios estudiantes.
Muchos de nosotros
hemos visto como
un compañero tenía
un ataque de pánico o
incluso, casos de suicidio.
Sin embargo, partiendo de que esta situación es la “normalidad”, cada vez son más estudiantes los que sufren de ansiedad y/o depresión. Y es que, muchos de nosotros hemos visto como un compañero tenía un ataque de pánico o incluso, casos de suicidio.
Desgraciadamente, este clima de malestar psicológico, no parece que vaya a disminuir. Si nos fijamos en las encuestas institucionales, realizadas por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, la prevalencia de ansiedad y depresión ha aumentado alrededor del 50%. Sin embargo, los casos de suicidio aumentan cada año, al igual que los trastornos de ansiedad y depresión.
Por lo tanto, estamos ante un grupo vulnerable debido a las circunstancias vitales en las que se encuentra y donde cada vez hay más problemas de salud mental.
La profesora Sánchez-Busques de la UAB habla de la despersonalización del aula masificada y de la fragmentación del profesorado por asignaturas. ¿Hasta qué punto sientes que esto se traduce en una falta real de acompañamiento por parte de los docentes en tu universidad?
Los estudiantes cuando llegamos a la universidad pensamos que esta a ser similar a otros centros educativos como son los institutos y los colegios. Sin embargo, la enseñanza universitaria es un cambio muy significativo respecto a estos. Los tamaños de las aulas cambian, pero sobre todo, lo que cambia es que el estudiante adquiere mayor autonomía y se convierte en un agente activo en su formación.
Es verdad que esta autonomía, también genera mayor soledad. Al final en el instituto, aunque haya fragmentación del profesorado por asignaturas, los docentes te conocen, saben tu nombre, incluso conocen a tus padres, pero lo más importante, al compartir más tiempo pueden identificar las señales de alarma, es decir, cambios en tu conducta como un bajo estado de ánimo, menor rendimiento, distanciamiento respecto a tus compañeros, etc, lo cual no ocurre en la universidad.
En la universidad, en cambio, existe otra forma de entender la formación académica. Generalmente, las aulas son espacios donde los docentes y los estudiantes compartimos un par de horas, se produce un intercambio de conocimiento, pero no formamos un vínculo entre nosotros, y por lo tanto, no se da ese acompañamiento que sí sucede en los institutos.
Para mí, la principal causa de la despersonalización no reside en el tamaño del aula ni en la fragmentación de las asignaturas, sino en la forma de entender la universidad. Aunque algunos estudiantes mantienen una relación cercana con sus profesores y establecen vínculos con ellos, gran parte del estudiantado no lo hace. Para estos estudiantes, y en muchos casos también para los docentes, se trata de personas desconocidas tanto dentro como fuera del aula. Este distanciamiento es, en mi opinión, lo que genera una falta de acompañamiento y dificulta la identificación de posibles señales de alarma.
¿Qué opinas de la tutorización activa como función sistemática del profesorado, más allá de la iniciativa voluntaria del alumno? ¿Existe hoy en tu facultad, y en qué medida es accesible para quien la necesita?
Creo que es una medida relativamente nueva, ya que conozco pocos casos que suceda. Se puede plantear como una posible solución para detectar señales de alarma por parte del profesorado y realizar un acompañamiento más allá de las clases. Sin embargo, en mi opinión, es una medida que va en contra de la autonomía del estudiante y su papel proactivo en su formación, lo cual es uno de los valores de la universidad, crear personas autónomas para su inserción en el mundo laboral.
Al imponer un seguimiento obligatorio mediante tutorías, se limita en cierta medida esta autonomía, porque el estudiante tiene menos oportunidades de aprender a reconocer por sí mismo sus propias limitaciones y saber cuándo necesita pedir ayuda o supervisión.
Además, se añade una mayor carga académica, especialmente en aquellos casos en los que el estudiante debe conciliar sus estudios con responsabilidades familiares y/o laborales. Por lo tanto, considero que no es la medida más adecuada para favorecer su desarrollo académico.
Podría decirse que se
produce cierto efecto
de despersonalización, ya
que podemos llegar a ver
a estas personas como un
medio para conseguir
un objetivo concreto
Como estudiante con formación en psicología, ¿consideras que el profesorado actual cuenta con herramientas suficientes para detectar señales de alerta y derivar a los estudiantes a los recursos adecuados?
Toda la comunidad universitaria carece, en mayor o menor medida, de herramientas para detectar estas situaciones. El profesorado no siempre es capaz de identificar las señales de alarma y, además, el distanciamiento entre docentes y estudiantes dificulta aún más esta detección. Por ello, considero que los propios compañeros pueden desempeñar un papel fundamental como detectores. Un estudiante pasa gran parte de su tiempo con sus iguales, por lo que son ellos quienes pueden identificar con mayor facilidad determinados factores de riesgo, como la desesperanza, el bajo estado de ánimo, la presión académica o la sobrecarga.
Por ello, creo que es necesario desarrollar formaciones dirigidas a toda la comunidad universitaria que permitan identificar y reconocer señales de alarma, haciendo especial hincapié en la formación del estudiantado, debido a su papel clave en la detección temprana de estas situaciones. Un ejemplo de este tipo de iniciativas es el entrenamiento de gatekeepers o guardianes, que se está implementando en algunas universidades europeas. Este consiste en formar a estudiantes para que estén atentos a posibles señales de alarma, puedan identificarlas y sepan cómo actuar, derivando o poniendo la situación en conocimiento de profesionales capacitados para intervenir.
Existe el riesgo de patologizar el malestar cotidiano y banalizar términos clínicos. ¿Percibes ese fenómeno entre el estudiantado? ¿Cómo afecta a quienes sí tienen un problema real de salud mental frente a quienes atraviesan un malestar transitorio?
Cada vez es más frecuente escuchar entre los jóvenes términos como “autista”, “esquizofrénico”, “neurodivergente”, “depre”, etc, para hacer referencia a estados de ánimo o características de personalidad que se alejan de lo que realmente implican estos cuadros clínicos, utilizándolos incluso, en ocasiones, de forma despectiva. Esto puede generar repercusiones negativas para quienes sí presentan estos trastornos, ya que contribuye a invisibilizar las consecuencias y dificultades asociadas a ellos, diluye el significado de estos términos y puede llegar a normalizar patologías como si fueran problemas cotidianos.
Es necesario visibilizar los trastornos de salud mental sin olvidar las consecuencias que estos cuadros clínicos pueden tener para las personas que los padecen, evitando convertir términos clínicos en expresiones cotidianas que se alejan de la realidad de quienes los experimentan. Tener un trastorno mental puede implicar, en muchos casos, la necesidad de seguir un tratamiento farmacológico y afrontar sus posibles efectos secundarios, así como experimentar una sintomatología grave que afecta al funcionamiento de la persona en su vida diaria. Por ello, cuando utilizamos términos psicológicos para describir estados de ánimo o experiencias cotidianas, corremos el riesgo de invisibilizar estas realidades y las dificultades a las que se enfrentan las personas que padecen un trastorno.
Por otra parte, es importante comprender qué situaciones forman parte de una respuesta emocional normal y cuáles pueden considerarse patológicas. Es normal estar triste, sentirse decaído o experimentar ansiedad en determinados momentos, especialmente en un contexto académico caracterizado por una elevada presión para obtener resultados. Esta situación puede ser especialmente relevante en estudiantes que, además, deben compaginar sus estudios con responsabilidades laborales o familiares, como ocurre con las personas cuidadoras. Esto no significa que estas experiencias deban ignorarse o que no se les deba prestar atención, sino que se pueden fomentar estrategias de autocuidado que ayuden a afrontar estas situaciones, ya que esta situaciones no requieren una intervención profesional, a diferencia de lo que ocurre ante un trastorno o un problema de salud mental que afecta de manera significativa al bienestar y al funcionamiento de la persona.

¿Cómo valoras los servicios de atención psicológica y psicopedagógica actualmente disponibles en las universidades españolas —en términos de accesibilidad, listas de espera y recursos— desde la experiencia directa de tus compañeros?
En general, los servicios de atención psicológica y psicopedagógica son insuficientes. Las listas de espera pueden ser de más de dos meses. Además, hay heterogeneidad de servicios: gratuitos pero limitados a problemáticas académicas, de pago, con número limitado de sesiones y en algunos casos, inexistentes.
Cabe señalar que las universidades no deberían sustituir a la red sanitaria pública, sino actuar como un apoyo complementario a esta. Sin embargo, ante una situación en la que los recursos sanitarios resultan insuficientes y existen dificultades para acceder a una atención psicológica adecuada, la universidad puede desempeñar un papel clave para evitar que los estudiantes que necesitan ayuda queden desprotegidos.
En primer lugar, uno de los objetivos de los servicios de atención psicológica universitaria debería ser garantizar que sean gratuitos. En muchos casos, los estudiantes no se pueden permitir un servicio de salud mental a pesar de que sea un precio reducido, debido a que tiene unas condiciones socioeconómicas desfavorables que en sí mismo actúan como factor de riesgo. Por ello, la universidad debe ser un ejemplo para la sociedad y dar acceso a estos servicios a todos los estudiantes.
Respecto a limitar el tratamiento específico a problemáticas académicas, es totalmente un error. Los estudiantes no solo forman parte de la universidad, sino de una multitud de contextos interdependientes unos de otros. Por ejemplo, un estudiante que se encarga de cuidar a un familiar a la vez que compagina el cuidado con los estudios, tiene una sobrecarga emocional y física, que no es consecuencia directa de sus estudios, pero influye en ellos. Por lo tanto, si limitamos el acceso a estos servicios solo a malestar relacionado con los estudios, dejamos desprotegidos a parte del estudiantado, que también ve afectado su rendimiento académico y bienestar psicológico.
Asimismo, limitar el número de sesiones disponibles, como pueden ser 20 sesiones, puede generar una sensación de abandono y vulnerabilidad en aquellas personas cuya intervención requiere un proceso más prolongado. La atención psicológica no debería estar determinada únicamente por un número predeterminado de sesiones, sino por las necesidades individuales de cada estudiante y por la evolución de su situación.
En conclusión, los servicios de atención psicológica en la universidad no deben sustituir a los ya existente en la sanidad pública, pero sí pueden tener una condiciones más óptimas que garanticen el acceso a todo el estudiantado y respondan adecuadamente a sus necesidades.
Me pregunto hasta
qué punto puede rendir
una persona si su
mente se paraliza.
Movilidad, primera generación universitaria, compaginar estudios con trabajo o cargas familiares: ¿qué perfiles de estudiantes consideras más desatendidos por el sistema actual, y qué medidas concretas reclamáis desde la representación estudiantil?
A día de hoy, el estudiantado que accede a la universidad es cada vez más diverso y, por ello, presenta características y contextos personales más heterogéneos y, en muchos casos, complejos, especialmente cuando debe compaginar los estudios con otras responsabilidades, como las laborales, familiares o de cuidado.
Sin embargo, las normativas universitarias relacionadas con la evaluación tienden a ser rígidas y, en muchas ocasiones, no contemplan adecuadamente las necesidades de conciliación laboral y familiar. Por ejemplo, las personas que trabajan para poder financiar sus estudios o que tienen familiares a su cargo pueden encontrarse en una situación de especial vulnerabilidad. La asistencia obligatoria, la evaluación continua o la realización de trabajos grupales pueden suponer una carga difícil de asumir cuando deben compatibilizarse con estas responsabilidades. Muchas de estas dificultades podrían abordarse mediante adaptaciones de los sistemas de evaluación y una mayor flexibilidad, pero, en la práctica, estas medidas no siempre están contempladas o el sistema de evaluación no permite que se apliquen.
A parte de que las normativas no se adaptan a la diversidad del estudiantado, encontramos que otras medidas se quedan insuficientes. En primer lugar, el sistema de becas ofrece una ayuda muy limitada para las personas en una situación económica desfavorable, por ello, muchos de ellos, tienen que trabajar a pesar de recibir beca. Por ello, pedimos tanto a los gobiernos como a la universidad mayor número de becas y de mayor cuantía de estas ayudas.
Otra medida que reclamamos y que va a la par con la anterior, es un mejor acceso a la vivienda. Muchos estudiantes no pueden cursar el grado que desean a pesar de haber sido admitidos, porque tienen que trasladarse a otra comunidad autónoma y no pueden hacer frente a los elevados precios de los alquileres o de las residencias universitarias. Esto hace que, en algunos casos, tengan que optar por otros estudios que puedan realizar en su propia ciudad.
Por lo tanto, aunque cada vez más personas pueden acceder a la universidad, la situación económica sigue condicionando ese acceso y haciendo que sea más desigual. Por eso, consideramos necesario aumentar las becas, mejorar las condiciones de acceso a residencias y viviendas y ofrecer un mayor acompañamiento al estudiantado en situación de vulnerabilidad.
Estamos viviendo una pérdida de espacios de discusión, participación y creación de identidad colectiva en el campus. ¿Coincides con este diagnóstico? ¿Qué papel crees que juega la debilidad del asociacionismo y la vida universitaria más allá del aula en el malestar emocional del estudiantado?
Formar parte de una asociación o desarrollar la vida universitaria más allá de las clases fomenta la creación de redes de apoyo y una vida social más plena, lo cual son factores de protección para los problemas de salud mental. Sin embargo, cada vez encontramos que los estudiantes solo ven la universidad como un espacio solamente académico, donde no generan sentimiento de pertenencia ni crean generan vínculos sociales. Además, vemos un aumento cada vez mayor de soledad no deseada y el aislamiento social.
Llevamos años arrastrando estas problemáticas, incluso desde antes de la pandemia, intuyo que con el auge de las redes sociales. Cada vez, veo más dificultades a la hora de relacionarse, los estudiantes vemos a nuestros compañeros como personas transitorias, para hacer trabajos en grupo o compartir opiniones sobre las clases, pero con quienes no necesariamente buscamos establecer relaciones más allá de ese contexto.
Podría decirse que se produce cierto efecto de despersonalización, ya que podemos llegar a ver a estas personas como un medio para conseguir un objetivo concreto. Y todo esto genera una pérdida del sentido de comunidad, lo que puede explicar la menor predisposición a formar grupos, crear amistades o participar en asociaciones universitarias, especialmente cuando no percibimos un beneficio inmediato de dicha participación.
Como consecuencia, se produce un círculo difícil de romper: la menor participación estudiantil reduce los espacios de encuentro y socialización y, a su vez, la ausencia de estos espacios dificulta la creación de vínculos y de un sentimiento de pertenencia a la comunidad universitaria, que genera más soledad y menos redes de apoyo que afectan al bienestar psicológico de los estudiantes.
Someter al estudiante
a la presión académica
no genera mejor
rendimiento, sino
mayor malestar
¿Qué demandas concretas trasladáis los representantes estudiantiles a los equipos de gobierno de las universidades en materia de salud mental, y qué grado de respuesta o compromiso institucional percibís realmente?
Para empezar, demandamos mayores recursos destinados a los servicios de atención psicológica, así como el desarrollo e implementación de protocolos específicos de salud mental, como los protocolos de actuación ante conductas suicidas. Asimismo, consideramos necesario reconocer determinados problemas de salud mental como causa justificada de ausencia, al igual que ya se contempla la conciliación de responsabilidades familiares y laborales, con el objetivo de reducir la presión y la sobrecarga académica que experimenta parte del estudiantado.
Por otro lado, consideramos que la universidad no debería limitarse únicamente a atender los problemas de salud mental cuando ya se han desarrollado, sino que también debe promover activamente el bienestar psicológico. Para ello, sería conveniente desarrollar talleres y programas centrados en el autocuidado, la regulación emocional y la adquisición de estrategias para afrontar situaciones de estrés. Estas herramientas pueden resultar especialmente útiles durante los periodos de exámenes o de elevada carga académica, momentos en los que observamos que muchos estudiantes no disponen de recursos suficientes para afrontar adecuadamente la presión.
Cabe destacar que las instituciones son proactivas a estos cambios y demandas, sin embargo, su implementación se desarrolla de manera lenta y, en ocasiones, insuficiente, principalmente debido a la falta de recursos económicos.
Mirando al futuro, y considerando la obligación que introduce la LOSU de atender la salud mental del estudiantado, ¿qué cambios estructurales —normativos, presupuestarios o culturales— consideras urgentes para que la universidad española sea, como plantea la entrevistada, un lugar de detección temprana y no solo de exigencia académica?
Hay que cambiar la visión de la universidad como un espacio puramente académico y conseguir que sea un ejemplo de lo que queremos que sea la sociedad, un lugar donde las personas se sienten acompañadas. Por ello, la universidad tiene que fomentar la creación de vínculos, de redes de apoyo, eliminar esas barreras entre el docente y el estudiante, con el fin de poder detectar las señales que pasan tan desapercibidas.
Nos centramos en que el prestigio de una universidad se basa en la exigencia académica, sin embargo, me pregunto hasta qué punto puede rendir una persona si su mente se paraliza. Someter al estudiante a la presión académica no genera mejor rendimiento, sino mayor malestar. Para crear profesionales tenemos que fomentar el cuidado y no solo su formación académica.
Sin embargo, también se necesitan recursos para crear servicios de atención psicológica accesibles y disponibles para el estudiantado para reducir las listas de espera y permitir el acceso a todas las personas. Necesitamos que las comunidades autónomas financien adecuadamente a las universidades públicas para que estas puedan cuidar de la comunidad universitaria.
Finalmente, estos cambios también tienen que ir acompañados de reformas en las normativas universitarias. Estas deben ser más flexibles y sensibles a las situaciones sobrevenidas del estudiantado, así como la conciliación familiar y/o laboral y problemas de salud mental en los procesos de evaluación.
Entrevista ALFONSO GONZÁLEZ HERMOSO DE MENDOZA






