Escribir un libro hoy en día es en sí mismo una declaración de intenciones, un guiño a una manera de estar y de saber comprometida por la tecnología. Si su contenido es sobre la IA, esta declaración está cerca de ser un oxímoron. Lo que nos lleva a tener que buscar el origen y motivación de la escritura en una especie de obligación moral de compartir una experiencia que se siente como propia y reveladora. Este parece ser el caso de Ángel García Crespo.
ALFONSO GONZÁLEZ HERMOSO DE MENDOZA
El libro de Ángel García Crespo «Aprender en tiempos de IA. Repensando la universidad en la era de la inteligencia artificial» tiene el valor de reflejar lo que bien pudiéramos llamar una conversión. Un punto de inflexión propiciado tanto por la irrupción e impacto de la IA como por su jubilación. Circunstancias que le invitan a compartir una honesta reflexión sobre su compromiso con la profesión de profesor universitario.
De esta manera, su libro se nos muestra como un acto de rebeldía frente a la autocomplacencia y a la asunción de la inevitabilidad como fuerza motriz, tan típicas de la vida universitaria. Una alerta, a veces una provocación, que merece ser atendida tanto por los que tan solo ven en la universidad un trabajo, como por los que esperan contribuir desde la universidad al bien común. Reflexión que adquiere una segunda lectura al proceder de la experiencia en la que posiblemente se considere como la universidad pública más elitista en España.
Desde su café a las once de la mañana, desde su deambular ocioso por los pasillos de una universidad que ya no le percibe como propio, o desde su condición de paciente escuchante de expertos conferenciantes sobre IA, el profesor García Crespo elige, de entre todos los ámbitos en los que la IA está comprometiendo a la vida universitaria, hablarnos de lo que considera como verdaderamente esencial en la universidad: la relación entre los profesores y los estudiantes.
«La ironía completa es
que estuve treinta años
perfeccionando las
clases más prescindibles»
En un momento crítico para la institución universitaria como es el de la irrupción de la IA, que desvela promesas incumplidas y contradicciones interesadas, el autor pone su atención en el impacto de la IA en la, no siempre valorada, docencia. Lo hace para llamarnos la atención sobre la insostenibilidad de una situación, tan cómoda como incuestionada, cuya persistencia aboca a la irrelevancia progresiva de las universidades, cuando no al fraude a los estudiantes. Una llamada de atención que presume, y acredita, incomodará a muchos de sus compañeros orgullosos en su posición y actuar actual.
Decíamos al principio que la declaración del profesor García Crespo tiene el carácter de una confesión general, honesta y comprometida, después de treinta años dedicados a la docencia y la investigación. El libro nos muestra un afán de no darse por vencido más allá de la derrota sentida. Responde a una necesidad de seguir creyendo e intentándolo. Ni es, ni pretende ser, un glosario sobre la complejidad tecnológica, política y organizativa que supone dotar de propósito a las universidades en su convivencia con la IA, ni siquiera apunta a un breviario sobre pedagogía digital. El verdadero valor del libro lo encontramos en su exclamación personal.
El autor, sin pudor, nos hace ver que: «Fui, durante años, quien tenía el enunciado preparado, la rúbrica calibrada y la respuesta correcta en el cajón por si alguien la necesitaba. Lo hice con la mejor intención, que es fascinante cómo se perpetúan los sistemas que funcionan mal: no por mala voluntad sino por inercia bien intencionada. Era más fácil. Era más rápido. Era más justo en el sentido estrecho de que todos los estudiantes recibían exactamente el mismo enunciado y podían ser evaluados con los mismos criterios. Era justo como es justo pedir a todo el mundo que cruce a nado un río sin haber enseñado a nadar a nadie: la prueba es igual para todos, el resultado no… Los límites han cambiado. Y cuando los límites cambian, lo que era suficiente deja de serlo». Concluyendo: «La ironía completa es que estuve treinta años perfeccionando las clases más prescindibles».
El profesor García Crespo nos quiere mostrar cómo en su tiempo como docente naturalizó un proceso que, visto hoy, cuestiona el futuro de las universidades. «Enseñé cosas que creía entender y que entendía sólo a medias. Durante años confundí el hecho de que mis estudiantes repitieran bien mis explicaciones con el hecho de que las comprendieran». «En algún momento, la nota dejó de ser un indicador de aprendizaje para convertirse en el objetivo del aprendizaje. Los estudiantes no estudian para aprender. Estudian para aprobar. El sistema los selecciona, los filtra, les abre o cierra puertas en función de ese número».
Donde la presencia
tiene una razón de ser
que no puede
ser replicada por
ninguna herramienta
Y nos recuerda que la IA en la universidad amenaza no solo con convertirse en el nuevo ventrílocuo de los estudiantes, sino también de los profesores, pues «la pereza intelectual no es solo un problema de los alumnos… El profesor no está pensando en voz alta delante de los alumnos, está reproduciendo».
En paralelo, en la universidad subsisten otras prácticas que identifica con el hacer de los que denomina «profesores heterodoxos», aquellos que siempre han existido y a los que el sistema tolera, pero no recompensa. Los que exigen cuando saben que una persona puede dar más, que creen en alguien antes de que esa persona tenga razones para creer en sí misma, los capaces de generar la incomodidad útil de no saber todavía, los que están presentes para hacer que la pregunta sea posible. Aquellos que provocan una comprensión profunda, una concentración sostenida, así como la práctica y no solo la escucha, la competencia para formular problemas y comprender qué hay detrás del resultado, o la asunción de la responsabilidad personal. Los maestros capaces de hacer visible cómo se piensa y hacer posible aprender que la incertidumbre es una condición permanente del pensamiento, de hacernos saber que no sabemos, llevarnos a pensar sobre el propio pensamiento, a sentir lo que siente otro, a tolerar no saber qué hacer y seguir adelante.
Podemos identificar cuatro ideas que, para el autor, modulan el espacio universitario entendido como un lugar en donde las personas aprenden a pensar y vivir con otros.
La relevancia del aula presencial como un lugar casi mágico e irremplazable: «donde el pensamiento se hace visible, donde las ideas se construyen con otros y no solo se reciben de otro, donde equivocarse tiene testigos y los testigos aprenden del error tanto como quien lo cometió, donde un experto muestra no solo lo que sabe sino cómo lo sabe y cómo sigue aprendiendo. Donde la presencia tiene una razón de ser que no puede ser replicada por ninguna herramienta».
No entra en el examen.
Entra en tu vida
La relación difusa y diferencial del aprendizaje universitario con el mercado laboral. «La universidad no puede ser simplemente reactiva al mercado, porque cuando reacciona ya es tarde. Y no puede ser predictiva, porque nadie predice este territorio con fiabilidad suficiente. Lo que sí puede hacer —y esto sí es posible, aunque requiere renunciar a la ilusión del control curricular— es formar personas lo suficientemente sólidas en los fundamentos y flexibles en la aplicación para que, cuando el mercado descubra lo que necesita, esas personas puedan aprenderlo… Si sales de aquí sabiendo solo lo que te enseñaron, tienes un problema. Si sales sabiendo cómo aprender lo que no te enseñaron, tienes una carrera».
La ética como elemento inseparable de la experiencia universitaria. «La ética mal practicada mata más despacio, y sus víctimas raramente aparecen en el mismo titular que el responsable… El problema no es que la IA amenace a los humanos. El problema es que lo humano estaba ya bastante desatendido antes de que llegara nadie a amenazarlo».
Y, por último, la universidad como lugar que da sentido a la vida. Porque el aprendizaje en la universidad «no entra en el examen. Entra en tu vida».
Como nos recuerda el autor, «el futuro tecnológico tiene la cortés costumbre de no comportarse como los expertos en tendencias anticipan». Tenemos ante nosotros, gracias a la IA, la oportunidad de pensar una mejor universidad para una sociedad construida desde la educación. Pero también tenemos la amenaza de regalar una parte determinante de nuestro futuro a los intereses políticos y económicos de las grandes corporaciones tecnológicas.
Nada mejor para reforzar esta idea de un futuro mejor posible, pero no regalado, que señalar el reciente artículo «Por qué el debate sobre la IA en la educación nunca se resolverá», de Jeppe Klitgaard Stricker, en donde nos recuerda que «resulta que los beneficios de la IA generativa en la educación no provienen de la tecnología en sí, sino del trabajo pedagógico que la rodea, y la dedicación pedagógica es precisamente lo que no se escala fácilmente. En la educación superior, supongo que ya lo sabíamos».
ALFONSO GONZÁLEZ HERMOSO DE MENDOZA






