«La universidad siempre reclamó autonomía para cumplir su misión sin tutela directa del poder político. El desafío contemporáneo es más sutil y, por ello, más exigente. Evitar que esa autonomía se disuelva bajo la apariencia de neutralidad técnica, cuando en realidad está moldeada por criterios que nadie ha elegido, pero que casi todos siguen. Evaluar es necesario. Delegar la definición del valor universitario en entidades comerciales externas no lo es«
MIGUEL COPETTO
A finales de 2025, la Universidad de la Sorbona hizo pública su decisión de dejar de colaborar con el ranking del Times Higher Education, una opción cuyos efectos comenzaron a reflejarse en las clasificaciones de 2026. La decisión fue presentada como una crítica metodológica. Sin embargo, su alcance es más profundo. No se trata únicamente de indicadores, ponderaciones o transparencia. Se trata de poder y, más concretamente, de autonomía.
La cuestión central ya no es si los rankings son útiles o prescindibles, sino comprender cómo han pasado a ocupar un espacio que, durante décadas, perteneció a la decisión académica y política de las propias instituciones.
La Sorbona no desaparece de los rankings internacionales. Al igual que Harvard, Yale o Columbia, sigue figurando en las tablas globales incluso cuando rechaza validar la metodología. El ranking se impone así como una referencia externa de legitimación académica.
Las universidades de referencia que se han alejado de los principales rankings no lo han hecho por rechazar la comparación internacional, sino por cuestionar la forma en que criterios externos, opacos y cambiantes han pasado a influir en las prioridades institucionales, en las estrategias académicas e incluso en determinadas decisiones éticas. La crítica no se dirige a la existencia de métricas, sino a la manera en que estas se transforman, de forma silenciosa, en normas de gobernanza.
La crítica no se dirige a la existencia de métricas, sino a la manera en que estas se transforman, de forma silenciosa, en normas de gobernanza
Una función que no debe ser menospreciada
Los rankings cumplen una función que no debe ser menospreciada. Ayudan a las instituciones a situarse, a compararse, a identificar debilidades y a introducir mejoras internas. Ofrecen a estudiantes, familias y empleadores una señal sintética de posicionamiento, reputación y expectativas de futuro en un sistema cada vez más denso y difícil de descifrar. Esa señal tiene eficacia social. El problema surge cuando se convierte en un criterio totalizante y cuando la pluralidad de misiones universitarias se ve forzada a encajar en una métrica única. Lo que sirve como orientación deja entonces de iluminar y pasa a oscurecer aquello que no es fácilmente mensurable.
Es en este punto donde el debate deja de ser metodológico y se vuelve verdaderamente institucional. Históricamente, la autonomía universitaria se construyó en tensión con el Estado. Desde la tradición humboldtiana hasta la consolidación de la universidad moderna europea, la reivindicación fue siempre la misma. Proteger la libertad académica, el pensamiento crítico y la pluralidad intelectual frente al poder político.
La universidad quiso gobernarse a sí misma para cumplir mejor su misión ante la sociedad y no en función de la conveniencia del gobierno de turno. Esa autonomía nunca significó ausencia de responsabilidad pública. Significó el rechazo de una tutela directa sobre los contenidos de la enseñanza, la investigación y la producción del conocimiento.
La universidad quiso gobernarse a sí misma para cumplir mejor su misión ante la sociedad y no en función de la conveniencia del gobierno de turno
La paradoja contemporáneo es otra, más silenciosoay quizá más profunda. La autonomía conquistada frente al Estado comienza hoy a diluirse a través de una creciente dependencia de criterios externos, privados y globalizados, definidos por entidades que no pertenecen ni al espacio académico ni al espacio democrático.
Las universidades son formalmente autónomas en el plano jurídico, pero cada vez más condicionadas, en el plano simbólico y estratégico, por métricas internacionales que moldean reputaciones, orientan decisiones institucionales e influyen en la asignación de recursos.
Durante demasiado tiempo se ha aceptado la idea de que los rankings son instrumentos técnicos, neutrales e inevitables. No lo son. Un ranking no se limita a describir una jerarquía. La fija, la legitima y la reproduce. Al hacerlo, traduce siempre una concepción implícita y selectiva de la excelencia académica, definida por criterios externos a las instituciones que evalúa. Como mostró Michael Power en su conocido trabajo sobre la “sociedad de la auditoría”, los instrumentos concebidos para evaluar tienden a transformarse rápidamente en mecanismos de regulación simbólica.
Las universidades son formalmente autónomas en el plano jurídico, pero cada vez más condicionadas, en el plano simbólico y estratégico, por métricas internacionales que moldean reputaciones, orientan decisiones institucionales e influyen en la asignación de recursos
Los rankings no se limitan a describir el sistema universitario. Lo reordenan. Crean incentivos, inducen convergencias estratégicas y empujan a instituciones con misiones, trayectorias y contextos profundamente distintos a comportarse de manera similar para poder ser comparables en una escala global abstracta. La diversidad institucional, tantas veces invocada como valor, acaba así comprimida por una lógica que privilegia lo mensurable, lo visible y lo fácilmente comunicable.
Boicotear la regla no aumenta la altura. Los rankings son imperfectos, pero la alternativa no puede ser la oscuridad de la subjetividad total. El problema es otro y más serio. Es aceptar una única regla como si fuera natural, universal e incuestionable. Entre la arbitrariedad absoluta y la sumisión acrítica a métricas globales no elegidas existe un tercer camino, más exigente, más plural y políticamente responsable.
Ese camino pasa por reconocer que la calidad universitaria no puede reducirse a una puntuación agregada ni desligarse de las misiones concretas de cada institución. Docencia, investigación, transferencia de conocimiento, servicio público, desarrollo territorial, formación científica o profesional no son dimensiones residuales. Para muchas familias y empresas, de hecho, estos factores pesan tanto o más que la posición en una tabla global. Cuando todo se comprime en un único índice, la autonomía deja de ser sustantiva y se convierte en una autonomía meramente formal. La universidad conserva la libertad de los medios, pero pierde progresivamente la libertad de los fines.
Ese camino pasa por reconocer que la calidad universitaria no puede reducirse a una puntuación agregada ni desligarse de las misiones concretas de cada institución
No es casual que este cuestionamiento emerja hoy con fuerza en el marco de iniciativas como la Coalition for Advancing Research Assessment. Recuperan una idea sencilla y exigente. Evaluar es necesario. Delegar la definición del valor universitario en entidades comerciales externas no lo es. Pierre Bourdieu recordaba que el poder más eficaz es aquel que se ejerce sin declararse. Los rankings funcionan a menudo de ese modo. No ordenan, dicen medir. No gobiernan, dicen informar. Pero sus efectos son profundamente estructurantes.
La universidad siempre reclamó autonomía para cumplir su misión sin tutela directa del poder político. El desafío contemporáneo es más sutil y, por ello, más exigente. Evitar que esa autonomía se disuelva bajo la apariencia de neutralidad técnica, cuando en realidad está moldeada por criterios que nadie ha elegido, pero que casi todos siguen. La pregunta decisiva ya no es si los rankings son buenos o malos. Es quién define qué cuenta como excelencia y con qué autoridad para hacerlo.

Miguel Copetto
Director Executivo APESP- Associação Portuguesa do ensino Superior Privado


