El problema no son los estudiantes trabajadores

Cuando la universidad se organiza para un estudiante que ya no existe

Telefónica AGHM

La relación entre estudio y trabajo se ha convertido en un rasgo estructural de la experiencia universitaria contemporánea, especialmente en los sistemas de educación superior europeos. El informe Student Working Lives, elaborado por el Higher Education Policy Institute (HEPI), aporta evidencia sólida sobre el alcance de este fenómeno y sobre el elevado esfuerzo vital que supone para miles de estudiantes sostener simultáneamente formación académica y empleo remunerado. Sus conclusiones obligan a revisar los supuestos sobre los que se organizan las universidades y a preguntarse hasta qué punto sus modelos docentes, organizativos y de apoyo están alineados con la vida real de quienes estudian y trabajan al mismo tiempo.

CECILIA LLOP


Lejos de una lectura descriptiva, el informe invita a una reflexión de fondo: las universidades siguen organizándose en torno a un estudiante ideal que dispone de tiempo, estabilidad y margen vital, mientras una parte mayoritaria del alumnado combina formación, empleo y, en muchos casos, responsabilidades familiares. Este desfase estructural es el núcleo del problema.

Alcance del informe y papel de HEPI

El objetivo central de Student Working Lives es analizar la extensión, las características y los efectos del trabajo remunerado entre estudiantes del sistema universitario británico. El informe constata que el empleo ha dejado de ser una opción complementaria: un 66 % de los estudiantes trabaja para cubrir gastos básicos de vida y un 26 % lo hace, además, para apoyar económicamente a su familia. La dedicación media se sitúa en torno a las 17 horas semanales, que, sumadas al tiempo de estudio y desplazamiento, configuran semanas efectivas cercanas a las 50 horas.

HEPI, como think tank independiente fundado en 2002 y sin afiliación partidista, se ha consolidado como una referencia en el análisis de políticas de educación superior en el Reino Unido. Su valor reside en traducir evidencia empírica en preguntas incómodas para el diseño institucional universitario.

Un 38 % del estudiantado trabaja bajo contratos zero-hours o modalidades casuales, caracterizadas por la imprevisibilidad horaria y la escasa protección

Trabajar mientras se estudia: una condición estructural, no excepcional

Uno de los principales aportes del informe es asumir que el trabajo remunerado forma parte del itinerario universitario contemporáneo. No se trata de una desviación ni de un fenómeno marginal, sino de un componente estable de la experiencia estudiantil. Esta constatación obliga a revisar los supuestos implícitos sobre los que se organizan horarios, evaluaciones, presencialidad y cargas académicas.

El análisis muestra una relación clara entre horas trabajadas, tipo de empleo y resultados académicos. Los estudiantes que trabajan menos de 20 horas semanales tienen mayores probabilidades de obtener buenos honores, mientras que jornadas más extensas tienden a erosionar la dedicación al aprendizaje profundo. Sin embargo, el factor decisivo no es únicamente cuantitativo. La calidad del empleo resulta determinante.

El informe revela que un 38 % del estudiantado trabaja bajo contratos zero-hours o modalidades casuales, caracterizadas por la imprevisibilidad horaria y la escasa protección. Estas condiciones no solo dificultan la organización del estudio, sino que impactan directamente en el bienestar: un 43 % de los estudiantes declara haber experimentado estrés, ansiedad o depresión atribuibles a su situación laboral. No se trata de fragilidades individuales, sino de efectos sistémicos de un modelo mal alineado con la realidad social.

Los estudiantes que trabajan menos de 20 horas semanales tienen mayores probabilidades de obtener buenos honores

Formación en línea e hibridación: una promesa incompleta

El informe incorpora una reflexión relevante sobre la enseñanza en línea y los modelos híbridos. Aunque reconoce su potencial para facilitar la compatibilización con el empleo, advierte de un riesgo frecuente: trasladar al entorno digital estructuras rígidas, evaluaciones concentradas y expectativas poco realistas.

La flexibilidad real no depende del formato, sino del rediseño del tiempo académico, de la modularidad de los contenidos y de la claridad organizativa. Para muchos estudiantes trabajadores, la formación online solo alivia la carga cuando está pensada desde su experiencia vital y no como una simple digitalización del modelo presencial.

Una referencia necesaria al contexto español

La evidencia disponible en España apunta en la misma dirección. El estudio del Observatorio Social de la Fundación “la Caixa”, Does working while studying influence graduate employability? (2021), muestra que trabajar durante los estudios universitarios es una práctica extendida y que el empleo previo a la graduación mejora la empleabilidad, especialmente cuando existe relación con el ámbito formativo.

Este dato refuerza una idea clave: el problema no es que los estudiantes trabajen, sino que el sistema universitario no esté diseñado para integrar esa realidad de forma equitativa y pedagógicamente coherente.

Universidades ante un cambio inaplazable

El informe de HEPI conduce a una conclusión clara: concebir al estudiante exclusivamente como “persona que estudia” ya no resulta viable. La universidad debe asumir la figura del trabajador-estudiante como sujeto central de su diseño institucional.

Esto exige, en primer lugar, flexibilidad estructural real: horarios adaptables, evaluaciones distribuidas, trayectorias modulares y formatos híbridos bien resueltos, no como concesiones excepcionales, sino como arquitectura ordinaria del sistema.

En segundo lugar, implica reconocer que determinados empleos pueden formar parte del ecosistema formativo cuando están alineados con los estudios. No se trata de romantizar el trabajo estudiantil, sino de distinguir entre empleo que complementa el aprendizaje y empleo que lo erosiona.

concebir al estudiante exclusivamente como “persona que estudia” ya no resulta viable

Por último, requiere una apuesta decidida por la equidad y el bienestar. Las largas jornadas, la precariedad contractual y la ausencia de apoyos institucionales amplifican desigualdades y penalizan académicamente a quienes menos margen tienen. Tutorías adaptadas, servicios de salud mental, becas de mantenimiento y acuerdos con empleadores no son políticas accesorias, sino condiciones de calidad educativa. Como señala el propio informe, instituciones, responsables públicos y empleadores deben colaborar para que el trabajo remunerado complemente —y no comprometa— el éxito académico y el bienestar del estudiantado.

La universidad debe dejar de organizarse en torno a un estudiante idealizado y asumir al trabajador-estudiante como sujeto central de su diseño institucional

Conclusiones

Student Working Lives pone de relieve una transformación profunda del sujeto universitario. El estudiante sin empleo, disponible a tiempo completo, convive hoy con una figura mayoritaria que sostiene semanas extensas, ingresos inestables y una exigencia cognitiva elevada. Reconocer esta realidad implica asumir el esfuerzo cotidiano que supone estudiar y trabajar al mismo tiempo.

Si la universidad aspira a seguir siendo un espacio de formación, movilidad social y cohesión democrática, debe reformarse desde ese reconocimiento. No para rebajar la exigencia, sino para hacerla compatible con vidas reales. Ignorar este cambio no solo tensiona a los estudiantes; erosiona la legitimidad misma de la institución universitaria.

Acceder al informe Student Working Lives, elaborado por el Higher Education Policy Institute (HEPI)


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