Hace 81 años, después de la segunda guerra mundial, el presidente Roosevelt, a través de una carta fechada el 17 de noviembre de 1944, encargó a su asesor científico principal Vannevar Bush, que preparara un documento que sirviera para desarrollar la mejor ciencia en EEUU, en base a preguntas que cubrían cuatro temas: el uso militar de la ciencia, la guerra de la ciencia frente a la enfermedad, cómo dinamizar la ciencia y cómo descubrir y desarrollar el mejor talento. La respuesta llegó el 25 de Julio de 1945 con un documento llamado “Ciencia, la frontera sin fin” que no solo respondía a las preguntas del presidente, sino que proponía una serie de medidas que incluían la creación de la “National Science Foundation”. Este documento cambió la forma de entender la política científica en EEUU y en muchos lugares del mundo.
JOSÉ MANUEL TORRALBA
82 años después de aquella carta de Roosevelt, y con motivo del nombramiento por el senado del director de la Oficina de política científica y tecnológica de la Casa Blanca, Michael J. Kratsios, el presidente de los EEUU Donald Trump, siguiendo los pasos de Roosevelt, le dirigió una carta con tres preguntas: ¿Cómo puede Estados Unidos asegurar su posición como líder mundial indiscutible en tecnologías críticas y emergentes, como la inteligencia artificial, la ciencia de la información cuántica y la tecnología nuclear, manteniendo nuestra ventaja sobre posibles adversarios? ¿Cómo podemos revitalizar la empresa científica y tecnológica de Estados Unidos, persiguiendo la verdad, reduciendo las cargas administrativas y empoderando a los investigadores para lograr descubrimientos revolucionarios? ¿Cómo podemos asegurar que el progreso científico y la innovación tecnológica impulsen el crecimiento económico y mejoren la vida de todos los estadounidenses? En la carta, Trump, reta a Kratsios a reexaminar el ecosistema de investigación y desarrollo en EEUU a la luz de los retos que se nos plantean en el siglo 21.
La respuesta
“Ciencia: una nueva edad de oro”
posiblemente, está llamado también
a servir de roadmap de la política
científica en EEUU.
La respuesta se produjo el pasado 21 de julio de 2026, con una carta de respuesta y un documento titulado “Ciencia: una nueva edad de oro” y que, posiblemente, está llamado también a servir de roadmap de la política científica en EEUU. El documento, además de plantear una nueva visión del mundo de la ciencia y su interrelación con la transferencia y la industria, viene acompañado de un memorándum ejecutivo donde se plantean acciones concretas a ejecutar con los presupuestos del 2028 y donde se determinan con claridad áreas prioritarias (que les conduzca a “resolver los retos rompedores de las nuevas tecnologías”), define seis “misiones” nacionales para invertir en I+D (inteligencia artificial, cuántica, fusión nuclear, espacio, robótica y semiconductores), define lo que considera una nueva era en la manera de alcanzar descubrimientos científicos con propuesta de herramientas concretas, prioriza la importancia de la infraestructura científica y enfatiza la necesidad de la I+D para reforzar la industria y la fabricación.
Además establece lo que llama “nuevas prácticas” a ser introducidas en la política de I+D, especialmente en 4 aspectos: desarrollar nuevos mecanismos para apoyar la ciencia en la frontera del conocimiento, identificar y desarrollar los mejores talentos tecnológicos, construir un sistema científico capaz de mejorar por sí mismo y, por último, integrar la I+D federal en un marco más amplio de ciencia y tecnología.
En mi opinión el documento desarrolla diez ideas clave:
1. La necesidad de reinventar la infraestructura científica: el modelo lineal tradicional (investigación básica-aplicada-desarrollo) está obsoleto frente a un entorno global dinámico y competitivo, que exige bucles de iteración continuos y modernos.
Priorizar al investigador
individual frente
a las instituciones
2. Priorizar al investigador individual frente a las instituciones, desde la asunción de la necesidad imperiosa de reducir las cargas burocráticas y administrativas que consumen casi la mitad del tiempo de los científicos, apostando directamente por el talento y “grants” portátiles (como las ERCs europeas).
3. Diversificación de los mecanismos de financiación superando la revisión por pares tradicional basada estrictamente en consensos (que suele penalizar el riesgo), adoptando «billetes dorados» (un solo evaluador apruebe directamente una idea disruptiva o poco convencional), subvenciones rápidas (fast grants) y financiación centrada en resultados.
4. Nuevos modelos institucionales: creación de organizaciones de investigación enfocadas y delimitadas temporalmente (Focused Research Organizations o FROs) y agencias tipo ARPA (Advanced Research Projects Agency o Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada) que son organismos gubernamentales especializados en financiar ciencia de alto riesgo y alto impacto para abordar problemas interdisciplinarios a escala media.
5. Garantizar la soberanía en tecnologías críticas e emergentes: la inteligencia artificial, la computación cuántica y la tecnología nuclear no solo requieren investigación básica, sino una fuerte integración con la capacidad de prueba y fabricación interna.
6. Eliminación de barreras regulatorias (Permission less Innovation): se considera indispensable reformar los marcos de permisos lentos y excesivos, especialmente en energía nuclear y biotecnología, para permitir la experimentación real sin demoras asfixiantes.
superando la revisión por pares
tradicional basada estrictamente en
consensos, adoptando «billetes dorados»,
subvenciones rápidas (fast grants)
7. Reconexión entre la ciencia y la fabricación: La verdadera ventaja competitiva reside en el conocimiento tácito acumulado por los técnicos y operarios, por lo que se debe reindustrializar la base de producción nacional.
8. La Revolución de la Inteligencia Artificial y la «Misión Génesis» (que pretende ser el Proyecto Manhattan del siglo XXI): impulsar la IA para acelerar la ciencia a través de supercomputadoras e instrumentación integrada en los laboratorios nacionales, duplicando la productividad científica en una década.
9. Estándares rigurosos de reproducibilidad y ciencia de oro (los métodos de investigación más rigurosos, fiables y exactos disponibles para probar un hecho): la IA requiere una base de conocimientos impecable por lo que se exige hacer cumplir la reproducibilidad, la transparencia y los datos abiertos en toda investigación financiada con fondos públicos.
10. Seguridad en la investigación y protección del talento: proteger el ecosistema científico frente al aprovechamiento de competidores extranjeros, reduciendo la excesiva dependencia de talento temporal y alineando los incentivos con los intereses estratégicos nacionales.
Es cierto que el documento aparece justo después de que la Administración Trump haya despedido muchos miembros del personal de las agencias científicas federales, aplicado recortes drásticos a los programas de investigación, ha cancelado o congelado subvenciones, sancionado a las universidades con las que el presidente no está satisfecho y empujado a algunos de los mejores investigadores de Estados Unidos a trasladarse a otros países.
creación de organizaciones
de investigación enfocadas
y delimitadas temporalmente
Otras críticas al documento ponen de relieve que se reduce el papel de las universidades y aparentemente se resta prioridad a las “ciencias de la vida” (la biología molecular, la genética y otros campos de la biomedicina, así como los ensayos clínicos destinados a probar nuevas terapias) y esto ha despertado la alarma entre los investigadores biomédicos y los centros médicos académicos. Se teme que esto suponga una reducción de la financiación destinada a los Institutos Nacionales de Salud (NIH). Y quizás se exacerba en exceso la priorización de la IA, ya que casi se obliga a basar cualquier desarrollo científico en la IA.
Otro aspecto que ha generado mucha controversia es que la Casa Blanca pretende aplicar un recorte a la National Science Foundation del 40 %, y en la propuesta presentada en mayo por la Oficina de Gestión y Presupuesto de la Casa Blanca se incluye que las subvenciones federales para la investigación científica sean sometidas a un examen por parte de cargos políticos, con el fin de bloquear iniciativas que “promuevan valores antiamericanos”.
El “documento Kratsios” nace en medio de un mar muy turbulento y que hace poner en duda muchas de las intenciones que lleva, pero puede ser posible que el documento sirva de revulsivo para cambiar algunas tendencias en el sistema de I+D norteamericano. De momento no tiene las bendiciones que tuvo el “documento Bush” pero es cierto que posiblemente necesitemos algo de perspectiva para judgarlo.
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José Manuel Torralba es profesor emérito de la UC3M y miembro de la Real Academia de Ingeniería. Ha sido Director General de Universidades de la CM.






