“Aunque la empresa es el entorno natural donde los profesionales desarrollan gran parte de sus competencias prácticas, la universidad sigue ocupando un lugar central en el aprendizaje a lo largo de la vida. La universidad es —y debe seguir siendo— el espacio donde se genera el conocimiento científico, donde se validan nuevas metodologías y donde se evalúa el rigor de aquello que después se aplica en la empresa.” , según Celia Sánchez Ramos, Directora del Grupo de Investigación en Visión y Oftalmología de la UCM.
Celia Sánchez-Ramos es una de las figuras más destacadas de la ciencia española en el ámbito de la óptica y la salud visual: profesora titular de la Universidad Complutense de Madrid, investigadora de referencia en óptica fisiológica y percepción visual, y pionera en el desarrollo de soluciones de neuroprotección retiniana y prevención del daño visual, con una trayectoria que integra de forma excepcional investigación básica, innovación tecnológica y transferencia social. Es fundadora de las empresas de Base Tecnológica: Alta Eficacia Tecnología (2006) y Factoría I+D (2010) y miembro del Foro de empresas innovadoras FEI
Su perfil interdisciplinar —que combina farmacia, óptica, medicina preventiva y ciencias de la visión— le ha permitido generar conocimiento con alto impacto aplicado, materializado en patentes internacionales y reconocimientos de primer nivel otorgados por organismos como la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual, situándola como un referente en la conexión entre universidad, empresa y salud pública. Su importancia radica no solo en la excelencia científica, sino en haber demostrado que la universidad puede liderar innovación útil, rigurosa y socialmente relevante sin renunciar al método ni a la exigencia académica.
Finalizada la formación universitaria, bien sea de grado o de máster, la mayor parte del aprendizaje profesional de una persona se realiza en el seno de la empresa. ¿Qué lugar ocupan las universidades a partir de ese momento?
Aunque la empresa es el entorno natural donde los profesionales desarrollan gran parte de sus competencias prácticas, la universidad sigue ocupando un lugar central en el aprendizaje a lo largo de la vida.
La universidad es —y debe seguir siendo— el espacio donde se genera el conocimiento científico, donde se validan nuevas metodologías y donde se evalúa el rigor de aquello que después se aplica en la empresa.
En campos como la salud, la tecnología, la óptica o la innovación industrial, los cambios son tan vertiginosos que un profesional no puede limitarse a lo aprendido durante su grado o máster. La universidad tiene la responsabilidad de ofrecerle actualización continua, pensamiento crítico y formación basada en la evidencia.
Pero para mantener ese rol, debemos estar más cerca de las necesidades reales del tejido productivo, acortar los tiempos de respuesta en la creación de programas y trabajar con estructuras más flexibles que las tradicionales titulaciones largas.
La acreditación del aprendizaje experiencial es uno de los retos más importantes del sistema educativo español. Las personas no solo aprenden en la universidad: aprenden trabajando, investigando, emprendiendo y enfrentándose a retos reales
A lo largo de la vida profesional una persona va acumulando competencias y experiencias susceptibles de ser valoradas e integradas. ¿Cómo podemos mejorar su acreditación para mejorar su empleabilidad? ¿Sería deseable que tuvieran reflejo en la adquisición de títulos oficiales?
La acreditación del aprendizaje experiencial es uno de los retos más importantes del sistema educativo español. Las personas no solo aprenden en la universidad: aprenden trabajando, investigando, emprendiendo y enfrentándose a retos reales. Por eso es necesario avanzar hacia mecanismos robustos de reconocimiento, sin poner en riesgo la calidad de los títulos ni convertir la experiencia en una vía automática de certificación.
Propongo tres pilares: Evaluación rigurosa y estandarizada de competencias adquiridas en el desempeño profesional. Itinerarios formativos híbridos, donde la experiencia se complemente con módulos académicos que garanticen la base científica. Sistemas digitales de trazabilidad, que permitan verificar la calidad, la vigencia y la profundidad de esas competencias.
¿Deben reflejarse en títulos oficiales? Solo cuando exista una equivalencia real y demostrable.
Los títulos oficiales deben mantener su exigencia, pero es necesario construir puentes que permitan reconocer el valor del aprendizaje profesional, especialmente en áreas donde la práctica es imprescindible.
Las personas no solo aprenden en la universidad: aprenden trabajando, investigando, emprendiendo y enfrentándose a retos reales
¿Cómo valoran las empresas la irrupción de las microcredenciales?
Las empresas las valoran muy positivamente porque permiten leer el perfil de un profesional con mucha más precisión. Un currículum tradicional no refleja el detalle de lo que una persona sabe hacer; las microcredenciales sí lo hacen: certifican una habilidad concreta, con un nivel concreto y con una fecha concreta.
En ámbitos tecnológicos, sanitarios y científicos —donde la actualización es continua— este formato permite a los profesionales especializarse rápidamente, y a las empresas identificar talento emergente sin esperar a largas titulaciones.
Sin embargo, para que su impacto sea realmente transformador, necesitamos garantizar calidad, interoperabilidad y reconocimiento internacional, evitando que se conviertan simplemente en “insignias” sin un estándar común.

¿Qué lugar ocupan las acreditaciones digitales de competencias para las empresas?
Las acreditaciones digitales han cambiado por completo la forma en la que una empresa puede evaluar el perfil de un profesional.
Su valor radica en tres atributos clave; Verificabilidad: permiten comprobar la validez del certificado en segundos; Trazabilidad: aportan información sobre la institución que las emite, el nivel adquirido y los criterios evaluados; Actualización continua: pueden revisarse y renovarse con facilidad, lo que evita competencias caducadas.
El mercado laboral se está moviendo hacia modelos de skills-based hiring, donde se valora más lo que una persona sabe hacer que el camino que recorrió para aprenderlo. Las acreditaciones digitales juegan un papel decisivo en esa transición.
El mercado laboral se está moviendo hacia modelos de skills-based hiring, donde se valora más lo que una persona sabe hacer que el camino que recorrió para aprenderlo. Las acreditaciones digitales juegan un papel decisivo en esa transición
¿Cómo afectará la inteligencia artificial a los servicios de formación para empresas de las universidades?
La inteligencia artificial va a transformar radicalmente cómo diseñamos, impartimos y evaluamos la formación. Ya no se trata solo de digitalizar contenidos, sino de construir rutas personalizadas que identifiquen las lagunas de conocimiento de cada profesional y optimicen su tiempo de aprendizaje.
La IA permitirá anticipar necesidades futuras de cualificación a partir de datos del sector, ofrecer learning analytics en tiempo real, crear simuladores de alta precisión en ámbitos clínicos, ópticos o industriales, evaluar competencias mediante análisis de desempeño y no solo mediante exámenes.
Y también afectará a la propia universidad: la obligará a actualizar su oferta más rápidamente, a repensar su modelo pedagógico y a reforzar la interacción humana como un valor diferencial frente a la automatización.
La digitalización no debe limitarse a grabar clases. Requiere rediseñar la docencia: metodologías activas, entornos interactivos, tutorización continua, evaluación adaptativa y aplicaciones prácticas
¿Qué aporta la formación en línea a las necesidades de formación de las empresas? ¿Se han adaptado la oferta de las universidades a esta modalidad?
La formación en línea aporta flexibilidad, escalabilidad y accesibilidad. Permite formar equipos distribuidos geográficamente, conciliar la formación con la actividad profesional e incorporar buenas prácticas internacionales sin necesidad de movilidad.
Las universidades han avanzado de forma notable desde la pandemia, pero aún queda camino por recorrer. La digitalización no debe limitarse a grabar clases o subir materiales. Requiere rediseñar la docencia: metodologías activas, entornos interactivos, tutorización continua, evaluación adaptativa y aplicaciones prácticas.
La adaptación real ocurre cuando la formación en línea supera en calidad a la presencial, especialmente en sectores donde el ritmo del conocimiento es acelerado.
Cada vez más empresas participan en la definición de perfiles profesionales emergentes, el diseño de competencias de los programas, la evaluación de prácticas, la transferencia tecnológica y la creación de spin-off y acuerdos de investigación
¿Cuál es la relación entre la formación que proporcionan las universidades con los servicios y resultados de aprendizaje que ofrecen los MOOC, los infoproductos o los bootcamps?
La universidad no compite con estos modelos; convive con ellos. Cada uno cumple una función distinta: los MOOC democratizan el acceso y sirven como puerta de entrada al aprendizaje; los infoproductos responden a necesidades muy específicas y permiten una iniciación rápida; los bootcamps proporcionan inmersión intensiva en habilidades operativas; la universidad aporta profundidad, método científico, criterios de validez, pensamiento crítico y capacidad de análisis.
La clave está en integrar estos formatos dentro de un ecosistema que acompañe al profesional durante toda su vida laboral, ofreciendo desde introducciones rápidas hasta programas de especialización avanzada o conexión con grupos de investigación.

¿Cómo colaboran empresas y universidades en la definición de la oferta de formación permanente?
La colaboración ha pasado de ser puntual a convertirse en estratégica. Cada vez más empresas participan en la definición de perfiles profesionales emergentes, el diseño de competencias de los programas, la evaluación de prácticas, la transferencia tecnológica y la creación de spin-off y acuerdos de investigación.
Desde mi experiencia en transferencia, sé que las empresas valoran enormemente la capacidad de la universidad para validar científicamente sus desarrollos y para aportar soluciones innovadoras.
El futuro pasa por modelos de co-creación: programas diseñados conjuntamente, contenidos impartidos por expertos universitarios y profesionales en activo, y evaluación centrada en impacto real en la empresa.
La colaboración ha pasado de ser puntual a convertirse en estratégica
A la hora de atender las demandas de formación de las empresas, ¿hay diferencias entre las universidades públicas y privadas?
Sí, las diferencias suelen estar en la estructura y en los tiempos: las universidades privadas suelen tener mayor agilidad administrativa y las universidades públicas aportan una enorme fortaleza investigadora y multidisciplinar, además de infraestructuras científicas consolidadas.
Para las empresas, uno de los aspectos más valioso es la capacidad de respuesta. Por ello, las universidades públicas debemos avanzar en flexibilidad, gestión más ágil y modelos más orientados a proyectos, sin renunciar a nuestra misión académica.
¿Cómo cree que podría mejorarse la movilidad entre la formación universitaria y la formación profesional en España?
Es fundamental crear itinerarios reales que permitan subir y bajar entre niveles formativos sin obstáculos innecesarios. Para ello debemos reconocer aprendizajes previos mediante sistemas comunes de competencias, diseñar pasarelas estructuradas con créditos transferibles, trabajar con las comunidades autónomas para reducir asimetrías, y explicar mejor a la sociedad que FP y universidad no son vías excluyentes, sino complementarias.
En sectores como el sanitario, el óptico u otros muy técnicos, esta movilidad sería especialmente beneficiosa para mejorar la cualificación global del país.
Los desafíos actuales —digitalización acelerada, transición energética, envejecimiento poblacional, innovación biomédica— requieren una estrategia nacional que coordine a universidades, empresas, FP, administraciones y agentes sociales
¿Necesitamos, como país, una estrategia global de cualificación?
Sí, de forma urgente.
Los desafíos actuales —digitalización acelerada, transición energética, envejecimiento poblacional, innovación biomédica— requieren una estrategia nacional que coordine a universidades, empresas, FP, administraciones y agentes sociales.
Una estrategia así debería contemplar competencias clave para la próxima década, mecanismos de reciclaje profesional accesibles, alianzas público-privadas para la formación y la investigación aplicada y un sistema de certificación flexible, transparente y alineado con estándares europeos.
Sin una estrategia de país corremos el riesgo de formar talento para necesidades que ya no existen y de desatender áreas críticas para nuestro crecimiento científico y productivo.
ENTREVISTA POR CECILIA LLOP






