Alejarse del mercado no es ignorarlo, sino tomar distancia para ganar perspectiva. Un mercado que cambia a gran velocidad no siempre es la mejor brújula para orientar los estudios. La universidad no puede limitarse a satisfacer las necesidades del presente. Su valor está en cultivar preguntas que no caducan, que ayudan a pensar mejor y a elegir con más libertad
AMALIO REY
La virtud de la desconexión
La universidad está desconectada del mercado. Es un reproche frecuente, casi un mantra. Pero, ¿y si esa desconexión fuera precisamente su mayor virtud?
La Habana, 2016. En un reencuentro con mis antiguos compañeros del Instituto Superior de Relaciones Internacionales (ISRI), donde cursé mi carrera universitaria, todos coincidimos en algo: aquella escuela, lejos de las modas y de la presión profesional, nos enseñó a pensar de forma ordenada y con voz propia. Recibimos una formación humanista e interdisciplinar. No fue especialmente técnica ni especializada. Tocábamos muchos palos, algunos aparentemente alejados de lo práctico y de la carrera diplomática para la que nos preparábamos. Pero lo que parecía una debilidad resultó ser una gran ventaja.
Reconozco que mi formación en Economía fue floja. Tuve que esforzarme mucho, de forma autodidacta, para dominar después la especialidad. Pero el ISRI me dio algo más valioso: una base sólida para elegir mi propio camino. Me ofrecieron seis años para pensar, madurar y explorar, sin prisa, quién era y qué quería hacer. Un privilegio impensable hoy, cuando la universidad se ve forzada a justificarse como trampolín directo al empleo.
Fue precisamente esa desconexión —del utilitarismo profesional, de las urgencias del mercado— lo que me permitió descubrir que no quería ser diplomático ni economista al uso. Me interesaba otra cosa: la intersección entre ciencia, tecnología y sociedad. Así empecé a trabajar en innovación, un camino que no habría encontrado sin ese espacio previo para respirar.
Fue precisamente esa desconexión —del utilitarismo profesional, de las urgencias del mercado— lo que me permitió descubrir que no quería ser diplomático ni economista al uso
La pausa como resistencia
Comparto esta experiencia porque va a contracorriente. Hoy se insiste en que la educación superior debe formar profesionales listos para incorporarse de inmediato al mundo laboral. Que los programas universitarios deben priorizar competencias prácticas y habilidades de impacto rápido. Es habitual oír críticas como «la universidad está desconectada del mercado» y, aunque algo de verdad hay en ello, lo que no se dice tanto es que esa distancia puede ser su mayor valor. Conectar la universidad con el mundo profesional puede ser útil, sí, pero desconectarla también.
Alejarse del mercado no es ignorarlo, sino tomar distancia para ganar perspectiva. Un mercado que cambia a gran velocidad no siempre es la mejor brújula para orientar los estudios. La universidad no puede limitarse a satisfacer las necesidades del presente. Su valor está en cultivar preguntas que no caducan, que ayudan a pensar mejor y a elegir con más libertad.
Porque si una carrera universitaria nos mete demasiado pronto en el molde de la especialización, ¿cuándo se cultiva la mirada transversal? ¿Cuándo se tantean vocaciones aún dormidas, para ensanchar las opciones antes de cerrarlas? Ese espacio de desconexión es una tregua antes del mercado, un tiempo sin ruido para decidir mejor. Nos hace falta más universidad como espacio de pausa, no menos.
Alejarse del mercado no es ignorarlo, sino tomar distancia para ganar perspectiva
Defender el tiempo para descubrir
Y esta reflexión lleva a otra: conviene no elegir una primera carrera demasiado especializada. La especialización prematura puede ser un error difícil de revertir. Si tienes un hijo o hija a punto de entrar en la universidad, invítale a considerar estudios amplios, transversales, que permitan explorar distintas perspectivas antes de comprometerse con una.
Hoy los jóvenes ingresan muy pronto a la universidad y corren el riesgo de quedar atrapados en trayectorias demasiado estrechas. A menudo aún no saben qué quieren, y es lógico que no lo sepan. Por eso es tan importante proteger ese margen de exploración. Preguntarse, sin prisa: ¿realmente conviene escoger ya una carrera tan cerrada? ¿Y si aún no lo tengo claro? ¿Y si necesito tiempo para descubrirlo?
Por eso, mi consejo es sencillo: a menos que tengan una vocación clarísima o una necesidad urgente de generar ingresos, no corran tan deprisa hacia la especialización. Elijan opciones amplias, que les permitan explorar muchas perspectivas antes de comprometerse con una. La universidad, al menos en sus primeros años, debería ser un espacio de libertad, porque es uno que rara vez vuelve.
Y en ese marco, sí, las humanidades y las artes liberales siguen siendo una gran opción para quienes aún no han encontrado su vocación. No por fáciles o improductivas, sino porque ofrecen un terreno fértil para descubrir intereses inesperados. No hay aprendizaje más transformador que el que nace del deseo genuino de saber. Y si el mercado no lo entiende, peor para el mercado. Que la universidad se desconecte un poco es, a veces, la mejor idea.

AMALIO ALEJANDRO REY
Director – eMOTools
Autor de «Cómo impulsar la inteligencia colectiva» (2024) y «El Libro de la Inteligencia Colectiva» (2022), Editorial Almuzara
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