La universidad contemporánea se presenta como un espacio de igualdad, mérito y oportunidad, sustentado en principios de neutralidad y justicia formal. Sin embargo, esa promesa descansa sobre un diseño institucional que rara vez reconoce las condiciones corporales y materiales que atraviesan la experiencia real del estudiantado. El informe The Hidden Impact of Menstruation in Higher Education, elaborado por el Higher Education Policy Institute (HEPI), introduce una incomodidad necesaria en este relato y obliga a revisar supuestos que suelen darse por evidentes.
CECILIA LLOP
Una realidad estructural invisibilizada
La universidad contemporánea se presenta como un espacio de igualdad, mérito y oportunidad, sustentado en principios de neutralidad y justicia formal. Sin embargo, esa promesa descansa sobre un diseño institucional que rara vez reconoce las condiciones corporales y materiales que atraviesan la experiencia real del estudiantado. El informe The Hidden Impact of Menstruation in Higher Education, elaborado por el Higher Education Policy Institute (HEPI), introduce una incomodidad necesaria en este relato y obliga a revisar supuestos que suelen darse por evidentes.
La menstruación, lejos de ser una cuestión privada o marginal, aparece como un factor estructural que incide en la asistencia, el rendimiento académico, el bienestar y la permanencia en la educación superior. No se trata de una experiencia excepcional, sino de una realidad recurrente que afecta a una parte significativa del estudiantado y que, sin embargo, permanece ausente del lenguaje institucional y de las políticas universitarias.
El valor del informe no reside únicamente en visibilizar una experiencia común, sino en mostrar cómo la universidad ha sido diseñada históricamente desde un ideal de sujeto abstracto, constante y corporalmente neutro. Un ideal que deja fuera realidades que no encajan en ese modelo normativo y que genera desigualdades silenciosas en las trayectorias académicas.
La menstruación no es una experiencia marginal, sino un factor estructural que condiciona la asistencia, el rendimiento y la permanencia en la educación superior
Un punto ciego en el diseño universitario
Desde esta perspectiva, la menstruación no aparece como un problema individual que deba resolverse mediante esfuerzo personal o resiliencia privada, sino como un punto ciego del diseño institucional. Un punto ciego que revela los límites de una universidad que proclama la equidad, pero que rara vez revisa los supuestos corporales sobre los que organiza su funcionamiento cotidiano.
Horarios rígidos, evaluaciones concentradas y exigencias de presencialidad constante presuponen cuerpos disponibles, previsibles y homogéneos. Cuando esa previsión falla, el sistema no se adapta, sino que traslada la carga al individuo. La responsabilidad del ajuste recae así sobre quien no encaja en la norma implícita.
El informe de HEPI muestra con claridad que esta falta de adaptación no es neutra. Penaliza de forma sistemática a una parte del estudiantado cuya experiencia corporal no ha sido incorporada al diseño universitario, convirtiendo una condición biológica común en un factor de vulnerabilidad académica.
Cuando el diseño institucional presupone cuerpos homogéneos, la responsabilidad del ajuste recae siempre en quien no encaja en la norma
La herencia del silencio educativo
Uno de los primeros hallazgos del informe apunta a la fragilidad de la educación menstrual con la que muchas estudiantes llegan a la universidad. Una proporción significativa declara no haber recibido información suficiente durante su etapa escolar para comprender su propio ciclo, identificar síntomas o anticipar su impacto en la vida académica.
Esta carencia no es menor. Condiciona la relación con el propio cuerpo y refuerza una cultura del silencio que acompaña a la menstruación desde edades tempranas. Lo que no se explica se normaliza como molestia privada; lo que no se nombra se aprende a ocultar y a gestionar de manera individual.
La universidad, lejos de corregir esta laguna formativa, tiende a reproducirla mediante la ausencia de espacios institucionales donde la salud menstrual tenga un lugar explícito. De este modo, el silencio se consolida como norma cultural dentro del entorno académico.
Lo que no se explica ni se nombra en la educación menstrual se aprende a gestionar como un problema privado y silencioso
El cuerpo en la experiencia académica
El impacto de la menstruación se manifiesta con claridad en la organización del tiempo académico. Dolor, fatiga o sangrado abundante afectan a la asistencia regular y a la capacidad de concentración, especialmente en modelos educativos que priorizan la presencialidad constante y las evaluaciones puntuales.
Para estudiantes con condiciones médicas asociadas, estas dificultades adquieren una dimensión acumulativa. La reiteración de ausencias, el desfase en el ritmo de aprendizaje y la penalización implícita del absentismo configuran trayectorias académicas más frágiles y expuestas al abandono.
El informe invita así a reconocer que el cuerpo no es una externalidad del aprendizaje, sino una condición central de la experiencia educativa. Ignorar esta realidad implica aceptar un modelo universitario que solo funciona plenamente para algunos.
El cuerpo no es una externalidad del aprendizaje, sino una condición central de la experiencia educativa universitaria
Menstruación y desigualdad social
El impacto menstrual no se distribuye de manera homogénea entre el estudiantado. El informe subraya su relación con la desigualdad socioeconómica a través del fenómeno de la pobreza menstrual, entendida como la dificultad de acceder de forma regular a productos menstruales básicos.
Esta carencia obliga a algunas estudiantes a ausentarse de clases o a gestionar su día a día en condiciones de estrés, inseguridad y precariedad. La desigualdad material se inscribe directamente en el cuerpo y condiciona de manera tangible la experiencia educativa.
En estos casos, la menstruación actúa como un amplificador de desigualdades previas, convirtiéndose en un factor que limita oportunidades académicas y reproduce brechas que la universidad afirma querer reducir.
La pobreza menstrual convierte una desigualdad material en una limitación directa de las oportunidades educativas
La ausencia de políticas como forma de exclusión
Uno de los aspectos más reveladores del informe es la constatación de que la mayoría de las universidades carece de políticas específicas sobre menstruación dirigidas al estudiantado. Cuando existen, suelen limitarse al personal, dejando fuera a quienes ocupan el centro de la misión educativa.
Esta ausencia no es accidental. Refleja una dificultad estructural para integrar la dimensión corporal en el diseño institucional de la educación superior. Lo que no se conceptualiza como relevante no se regula ni se protege.
La consecuencia es una cultura académica que individualiza el malestar y deja fuera del marco de derechos situaciones que afectan directamente a la equidad educativa.
Repensar la universidad como bien común
No se trata de medicalizar la universidad ni de introducir una lógica de excepcionalidad permanente. Se trata de revisar qué se considera normal en su funcionamiento cotidiano y a quién beneficia esa normalidad.
Desde una concepción de la universidad como bien común, reconocer la menstruación implica repensar sistemas de asistencia, evaluación y apoyo desde una lógica de diseño inclusivo, orientada a sostener trayectorias diversas.
Garantizar el acceso a productos menstruales, ofrecer marcos claros de ajuste académico y promover una cultura institucional que nombre estas experiencias no son medidas accesorias, sino indicadores de calidad democrática.
Una interpelación a la gobernanza universitaria
El informe de HEPI interpela directamente a los equipos de gobierno universitario. Obliga a elegir entre seguir tratando la menstruación como una externalidad privada o asumirla como parte constitutiva de las condiciones reales de aprendizaje. Reconocer este impacto oculto no solo mejora el bienestar del estudiantado, sino que refuerza la coherencia ética de una universidad que aspira a ser inclusiva, justa y socialmente responsable. Solo cuando los cuerpos cuentan, la educación superior cumple plenamente su función pública.






