Este libro parte de una convicción profunda: que la universidad aún tiene un papel decisivo que desempeñar en la reconstrucción del contrato social, en la defensa de la democracia, en la transición ecológica, en el desarrollo de tecnologías al servicio de lo humano, y en la ampliación de los derechos y las libertades. Pero esto solo será posible si se atreve a repensar sus formas de gobernanza, sus vínculos con el entorno, sus lógicas de evaluación, su cultura institucional. Si se atreve a transformarse.
RUBEN GARRIDO-YSERTE Y HÉCTOR CASANUEVA
Geopolítica de la educación superior. La Universidad como actor global
El futuro ya no es lo que era
La acción de los gobiernos no basta. Los compromisos asumidos en acuerdos internacionales son cumplidos solo parcialmente. Un ejemplo es que los ODS de la Agenda 2030 muestran solamente un 17% de avance y será imposible cumplir con los objetivos y las metas previstas. La sociedad civil tiene que jugar un papel más activo, debe ser reconocida y tener un espacio gravitante en la tarea común. Y las universidades, como parte de ella, pueden ser una fuerza global de valor geopolítico si, en el cumplimiento de sus funciones clásicas, se proyectan globalmente mediante una concertación entre sí, logran un entendimiento sinérgico y un compromiso como “comunidad académica global” para sustentar, como masa crítica intelectual, los esfuerzos por la construcción de un futuro sostenible.
Como comunidad, los datos son contundentes: en el mundo hay 26.000 universidades, con 254 millones de estudiantes y 18 millones de profesores. En el caso de la comunidad académica de América Latina, el Caribe y la Unión Europea, en el marco de la Asociación Estratégica birregional pactada en la Cumbre de Río de 1999, contamos en conjunto con 8.700 universidades (5.700 en la UE y 3000 en ALC), 51 millones de estudiantes (20 millones en la UE y 31 millones en ALC) y 4 millones de profesores (1,5 millones en la UE y 2,5 millones en ALC).
Y este es el objetivo de esta publicación: mostrar que la Universidad ha de ser un actor global clave que ha de acompañar a la ciudadanía y a nuestras sociedades a navegar en las procelosas aguas del mundo actual
¿Qué es la Universidad como actor global?
Las universidades no flotan en el vacío; son instituciones históricas que responden, reflejan y también modelan las dinámicas sociales, económicas y políticas de su tiempo. Y este tiempo está marcado por una serie de transformaciones que no solo son profundas, sino también aceleradas y mutuamente entrelazadas. Vivimos un momento de transición civilizatoria. Un punto de inflexión donde los marcos conocidos se están reconfigurando a gran velocidad. Crisis, oportunidades, amenazas, riesgos, se manifiestan de forma interdependiente. Se trata de una constelación de desafíos sistémicos que se retroalimentan y que configuran lo que algunos autores han llamado una “policrisis” global[1].
Un diagnóstico que no es apocalíptico, sino realista, nos invita a preguntarnos: ¿además de la acción de los gobiernos y los organismos multilaterales, qué tipo de instituciones necesitamos para enfrentarlo con inteligencia colectiva, con innovación social, con cooperación transnacional y con sensibilidad ética? La respuesta, para muchos de nosotros, apunta inevitablemente a la Universidad.
Y este es el objetivo de esta publicación: mostrar que la Universidad ha de ser un actor global clave que ha de acompañar a la ciudadanía y a nuestras sociedades a navegar en las procelosas aguas del mundo actual. Pero no lo podemos hacer con cualquier universidad. Sino con una que asuma su responsabilidad como espacio estratégico de anticipación, deliberación y acción. Una universidad que no solo reaccione, sino que sea capaz de construir horizontes en escenarios globales, contectada con sus entornos locales.
La noción de que la universidad puede y debe ser un actor global supone un desplazamiento importante en la forma en que entendemos su rol en la sociedad
La noción de que la universidad puede y debe ser un actor global supone un desplazamiento importante en la forma en que entendemos su rol en la sociedad. Tradicionalmente, las universidades han sido concebidas como instituciones al servicio del desarrollo nacional, guardianas del saber y formadoras de élites ilustradas. Esta visión, aunque válida en ciertos contextos históricos, resulta insuficiente para enfrentar los desafíos del siglo XXI. En un mundo interconectado e interdependiente, las universidades ya no pueden limitarse a operar como entes locales con proyección internacional; necesitan repensarse como nodos estratégicos de una red planetaria de conocimiento, ética y acción.
En este sentido, ser un actor global implica no solo tener presencia en redes internacionales, sino incidir activamente en la gobernanza de los grandes asuntos comunes de la humanidad: la sostenibilidad ecológica, la equidad digital, la inteligencia artificial, la justicia social, la paz y la democracia. Las universidades están en posición de generar pensamiento crítico, producir evidencia independiente, formar liderazgos comprometidos y contribuir a soluciones colectivas desde una lógica de bien público global.
Esta revalorización de su rol adquiere aún más urgencia en el actual contexto de debilitamiento del multilateralismo tradicional. La Agenda 2030, el Pacto para el Futuro propuesto por Naciones Unidas y los recientes llamados de la UNESCO a repensar los futuros de la educación, coinciden en señalar la necesidad de un nuevo multilateralismo ampliado, donde actores no estatales —como universidades, redes científicas, comunidades académicas y movimientos estudiantiles— participen activamente en la construcción de agendas globales. La universidad, por tanto, debe verse a sí misma no como una institución espectadora, sino como una fuerza de acción colectiva en esa arquitectura emergente.
Las universidades están en posición de generar pensamiento crítico, producir evidencia independiente, formar liderazgos comprometidos y contribuir a soluciones colectivas desde una lógica de bien público global
Transformar la Universidad para transformar el mundo
Reimaginar a la universidad como actor geopolítico del conocimiento no es una simple aspiración teórica. Se trata de reconocer su capacidad para articular saberes desde la diversidad, mediar entre culturas, construir lenguajes comunes entre ciencia y política, y generar confianza en sociedades marcadas por la fragmentación. Esto exige también nuevas formas de gobernanza institucional, mayor autonomía con responsabilidad, y un compromiso ético que coloque el bien común por encima de la competencia individual o la lógica de mercado.
Sin embargo, lo que observamos en muchos casos es una universidad desbordada por la urgencia, atrapada entre demandas contradictorias, instrumentalizada por lógicas de mercado o por intereses particulares. Reducida en sus misiones a la mera instrucción. Una universidad que corre el riesgo de perder su alma pública, de ser la constructora y garante de los bienes públicos globales.
Para entender la posición actual de la universidad —sus potencialidades y sus límites— necesitamos pausa, reflexión y perspectiva. Necesitamos mirar hacia atrás. Las universidades son instituciones longevas. Han atravesado regímenes, revoluciones, guerras, transiciones tecnológicas y cambios culturales. Y, sin embargo, han persistido, transformándose y respondiendo, a veces con resultados variables, a las aspiraciones de las sociedades en las que se imbrican
Se ha ido imponiendo una noción de universidad reduccionista, que calibra la complejidad de su misión a parámetros técnicos: número de publicaciones, patentes registradas, egresados empleados
A lo largo del siglo XX, y particularmente después de la Segunda Guerra Mundial, asistimos a un fenómeno sin precedentes: la masificación de la educación superior. De ser instituciones para minorías, las universidades se transforman en dispositivos centrales de movilidad social, de integración nacional y de producción científica al servicio del Estado del bienestar.
Pero ese modelo, sin duda exitoso en algunos aspectos, entró en crisis. A partir de los años ochenta, la globalización neoliberal, la mercantilización del conocimiento, la aparición de rankings, evaluaciones de impacto y lógicas de competencia interinstitucional empezaron a redefinir el ecosistema universitario, arrinconando a la Universidad es la esquina de la utilidad para el trabajo ¿qué trabajo? o de la transferencia de la ciencia hacia el mundo empresarial Se ha ido imponiendo una noción de universidad reduccionista, que calibra la complejidad de su misión a parámetros técnicos: número de publicaciones, patentes registradas, egresados empleados.
Criterios útiles, sin duda, pero insuficientes para capturar el valor público, ético y civilizatorio que una universidad puede —y debe— encarnar en un mundo complejo y sometido a importantes incertidumbres que amenazan con socavar los valores y bienes públicos globales bajo un espejismo de progreso tecnológico que no garantiza, automáticamente, la mejora para la humanidad, sino el beneficio de unos pocos.
asistimos a la emergencia de nuevos actores universitarios en regiones del Sur Global, que están desarrollando modelos híbridos, arraigados en sus realidades, con fuertes vínculos territoriales y vocación internacionalista
Es en este contexto actual, donde este paradigma de la universidad muestra signos de agotamiento. No porque haya fracasado en términos funcionales (aunque cada vez más se encuentra con dificultades de ser funcional cuando se es demasiado reduccionista), sino porque resulta limitado ante los desafíos de una época que exige visión global, a largo plazo, pensamiento sistémico, capacidad de escucha intercultural y compromiso con el bien común.
En paralelo, asistimos a la emergencia de nuevos actores universitarios en regiones del Sur Global, que están desarrollando modelos híbridos, arraigados en sus realidades, con fuertes vínculos territoriales y vocación internacionalista. En África, en Asia, en América Latina, se multiplican experiencias de universidades comprometidas con la justicia social, con la descolonización del saber, con la innovación frugal, con la inclusión educativa.
Estamos, en cierto sentido, en una bifurcación histórica. Entre una universidad que reproduce estructuras de poder y otra que busca transformarlas; entre una universidad encerrada en sí misma y otra abierta al mundo. Esa es la tensión que acompaña hoy a toda reflexión seria sobre el futuro de la educación superior y su valor geopolítico, y el potencial de las universidades como actores globales.
¿Qué papel deben asumir las universidades frente a los grandes desafíos de nuestro tiempo? ¿Qué papel deben jugar hoy las universidades frente a los desafíos globales que definen nuestro presente y condicionan nuestro futuro?
Entonces cabe preguntarse:
¿Qué papel deben asumir las universidades frente a los grandes desafíos de nuestro tiempo? ¿Qué papel deben jugar hoy las universidades frente a los desafíos globales que definen nuestro presente y condicionan nuestro futuro? ¿Cuál es su responsabilidad cuando el cambio climático, la creciente desigualdad, la erosión democrática o la disrupción tecnológica ya no son escenarios hipotéticos, sino realidades tangibles que afectan directamente a nuestras comunidades, a nuestras instituciones y a nuestras formas de vida?
Durante décadas, hemos comprendido la universidad como un espacio de producción de conocimiento, de formación de profesionales, de conservación crítica de la cultura. Y esa definición sigue siendo válida. Pero ya no es suficiente. Hoy se nos exige más: que la universidad actúe como agente global, como motor de transformación social, como espacio de deliberación ética y como actor estratégico en la construcción de futuros sostenibles.
La universidad, en tanto institución social, no puede mantenerse indiferente ante los grandes problemas que definen nuestra época. Y aquí conviene hacer una distinción importante: estar globalizado no es lo mismo que ser un actor global. Muchas universidades están internacionalizadas, pero no participan activamente en la resolución de los desafíos globales. Forman parte del mundo, pero no lo transforman.
Hoy se nos exige más: que la universidad actúe como agente global, como motor de transformación social, como espacio de deliberación ética y como actor estratégico en la construcción de futuros sostenibles
Asumir el rol de actor global exige otras coordenadas. Implica producir conocimiento con impacto transnacional, sí, pero también con sensibilidad local. Implica formar ciudadanías globales críticas, capaces de comprender la interdependencia entre territorios, culturas y generaciones. Implica construir alianzas que no repliquen antiguas jerarquías, sino que promuevan simetrías epistémicas.
Pensemos, por ejemplo, en cómo una universidad puede contribuir a la justicia climática. No solo investigando tecnologías limpias, sino también incluyendo saberes indígenas sobre el territorio, articulando soluciones con gobiernos locales, cuestionando el modelo extractivista que muchas veces subyace al desarrollo científico.
O pensemos en el tema de las migraciones. ¿Qué rol juega la universidad ante la expulsión de comunidades enteras por razones políticas o económicas? ¿Cómo acoge, escucha, integra a las personas desplazadas? ¿Qué relatos construye sobre ellas en sus aulas, en sus investigaciones, en su discurso institucional?
Desde esa perspectiva, ser un actor global no es solo una cuestión de posicionamiento institucional, sino de conciencia histórica. La universidad debe preguntarse de qué lado de la historia quiere estar. Y debe construir, desde ahí, una voz propia, una ética de la responsabilidad, una práctica coherente. No se trata de abandonar el rigor académico, ni de sacrificar la excelencia investigadora. Se trata de orientarlas hacia fines más ambiciosos, más justos, más necesarios. Porque la autoridad moral de la universidad en el siglo XXI no vendrá dada por sus medallas académicas, sino por su compromiso tangible con los problemas del mundo.
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Referencias
Naciones Unidas. (2021). Nuestra Agenda Común: Informe del Secretario General. https://www.un.org/es/common-agenda
Naciones Unidas. (2022). Cumbre sobre la Transformación de la Educación: Declaración de visión del Secretario General. https://www.un.org/es/transforming-education-summit
Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura [UNESCO]. (2021a). Reimaginar juntos nuestros futuros: Un nuevo contrato social para la educación. https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000379707
UNESCO. (2021b). Recomendación sobre la Ciencia Abierta. https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000379949
[1] Tjörnbo, O., Homer-Dixon, T., & Milkoreit, M. (2022). Understanding Polycrisis: Cascading Crises and Systems Collapse. Cascade Institute. https://cascadeinstitute.org/publication/understanding-polycrisis/
Tooze, A. (2022, October 28). Welcome to the world of the polycrisis. Financial Times. https://www.ft.com/content/3645c228-bb60-4907-9a6f-9f5c0c702f68






