«Con inteligencia artificial se podrían hacer cosas muy potentes: traducir automáticamente todos los contenidos en tiempo real, integrar asistentes virtuales que acompañen al alumno sin juzgarlo, que respondan con un lenguaje cercano y adaptado a su generación. Porque no es lo mismo hablarle a un millennial que a alguien de la Gen Z, o a la generación que viene. Y dentro de cada generación, además, hay distintas culturas, realidades y formas de comunicarse», señala el CEO de UDIA, Anas Andaloussi
Anas Andaloussi es un joven emprendedor canario, CEO y fundador de UDIA, un centro de educación superior online especializada en inteligencia artificial, desde enero de 2024. Con apenas 20 años, ha fundado también las empresas tecnológicas Escríbelo.AI y QuickTok.AI, todas ellas enfocadas en soluciones innovadoras basadas en IA. Autodidacta desde los 13 años, Andaloussi ha destacado por su capacidad para identificar oportunidades en el sector digital, logrando que sus empresas sean rentables desde el inicio y alcanzando una facturación conjunta cercana a los tres millones de euros anuales, sin recurrir a financiación externa.
Bajo su liderazgo, UDIA ha formado a más de 1.500 personas en menos de un año y ha colaborado en proyectos internacionales de formación en IA. Su perfil ha sido reconocido en medios nacionales e internacionales, y figura entre los jóvenes empresarios más prometedores del sector tecnológico en España
¿Cómo ha cambiado en las universidades presenciales la docencia con el uso de las tecnologías del aprendizaje en estos últimos cinco años?
En estos cinco años, el uso de tecnología en las universidades presenciales ha crecido, pero no necesariamente ha transformado la docencia. Se han incorporado herramientas como pizarras digitales, plataformas de gestión del aprendizaje (como Moodle o Blackboard), y sistemas para grabar clases o facilitar la asistencia híbrida. Sin embargo, en la mayoría de los casos, la tecnología se ha usado más como complemento logístico que como motor de cambio pedagógico.
La estructura de las clases sigue siendo la misma: el profesor explica, el alumno escucha. Cambia la herramienta, pero no la forma de enseñar. Se ha mejorado la accesibilidad a los contenidos, pero no se ha rediseñado la experiencia de aprendizaje. No se fomenta la personalización, la autonomía del estudiante ni el pensamiento crítico con apoyo de la inteligencia artificial, que ya debería formar parte del día a día del aula.
Personalmente, creo que la tecnología debería haberse aprovechado para replantear el rol del docente, integrar el aprendizaje adaptativo, automatizar lo repetitivo y liberar tiempo para lo que realmente importa: la interacción, el pensamiento crítico y el desarrollo de habilidades útiles en el mundo real. Pero el miedo al cambio, la falta de formación y la presión institucional han hecho que muchas universidades se limiten a digitalizar la vieja escuela, en lugar de reinventarla.
La educación del futuro no será solo presencial ni solo online. Será híbrida, personalizada y profundamente humana
¿Cómo ha cambiado el aprendizaje en estos cinco años en las universidades virtuales?
Aunque la tecnología ha avanzado, el aprendizaje no es solo información. Es también conexión humana, comunidad, pertenencia. Y eso es justo lo que muchas universidades virtuales todavía no han conseguido del todo. Desde mi experiencia, creo que las universidades online han mejorado mucho en accesibilidad y formatos, pero siguen fallando en algo clave: acompañar al alumno y hacerlo sentir parte de una comunidad.
Las universidades presenciales, por muy obsoletas que estén en contenidos o metodología, venden algo más: un estilo de vida. Ir a la universidad sigue siendo socialmente validado, casi obligatorio, y eso genera una percepción positiva, aunque la formación no siempre esté alineada con el mercado laboral.
Las universidades virtuales, en cambio, han tenido que competir solo con el valor del contenido. Y muchas veces, eso no basta. La gente no quiere solo aprender, quiere aprender acompañada. Quiere tener una experiencia. Aun así, han crecido mucho gracias a formatos como el microlearning, que permiten aprender en tiempos cortos y de forma práctica, especialmente en un mundo donde la atención es limitada. Además, tener acceso a una biblioteca viva, donde puedes ir a buscar justo lo que necesitas en el momento, es muy potente. Eso sí, hace falta mucho más diseño emocional detrás.
Recuerdo que cuando iba a la universidad, a veces no querían compartir el material porque si no, la gente no iría a clase. Pero claro, si lo único que hace el profesor es leer un PowerPoint, ¿qué sentido tiene estar ahí? La educación del futuro no será solo presencial ni solo online. Será híbrida, personalizada y profundamente humana.
Las universidades presenciales, por muy obsoletas que estén en contenidos o metodología, venden algo más: un estilo de vida. Ir a la universidad sigue siendo socialmente validado, casi obligatorio
¿En qué ha quedado la denominada transformación digital que en aquel momento se plantearon las universidades? ¿Es una prioridad el cambio cultural de la digitalización?
A día de hoy, no podemos hablar de una transformación digital real en la mayoría de las universidades. Aunque durante el confinamiento muchas instituciones adoptaron soluciones tecnológicas de forma acelerada, el cambio fue más superficial que estructural. La mayoría siguen operando bajo un sistema muy rígido, marcado por regulaciones gubernamentales que no permiten innovar con agilidad.
Los modelos docentes, las metodologías y hasta las aulas son prácticamente los mismos que hace 30 años. Sí se ha incorporado algo de tecnología para reducir el uso de papel o facilitar algunas gestiones, pero en términos de experiencia educativa, el salto digital ha sido muy limitado. La clave no está solo en adoptar herramientas, sino en impulsar un verdadero cambio cultural que permita repensar cómo se enseña y cómo se aprende.
Además, muchas universidades siguen formando a los estudiantes para profesiones que están siendo reemplazadas por la tecnología. Es como preparar a gente para subirse a un tren que ya no pasa. Un ejemplo claro son los intérpretes: según fuentes públicas, un intérprete en la ONU puede llegar a ganar entre 6.000 y 8.000 dólares al mes, y sin embargo, ya existen modelos de inteligencia artificial capaces de hacer traducción simultánea en tiempo real con un nivel de precisión sorprendente. Y como esa, hay muchas otras profesiones en riesgo: atención al cliente, contabilidad, traducción, redacción de informes, tareas legales rutinarias, etc. Aun así, las universidades siguen vendiendo estos programas como si nada estuviera cambiando.
Desde mi punto de vista, la transformación digital no consiste en digitalizar lo antiguo, sino en rediseñar la educación desde cero con las nuevas tecnologías como base. Y eso requiere valentía, visión y compromiso con el futuro real del estudiante, no con las inercias del pasado.
Herramientas como Canvas o Brightspace (LMS modernos), Labster (laboratorios virtuales), Gradescope (evaluación con IA) o incluso algo tan básico como Kahoot! en clase, ya son estándar en muchas universidades fuera de España. Aquí, en muchos casos, seguimos simplemente subiendo PDFs
¿Cuál es el nivel de digitalización de las universidades españolas comparadas con las anglosajonas o centroeuropeas?
Sinceramente, no lo sabía con certeza, así que me puse a investigar un poco. Y lo que encontré confirma una intuición que muchos ya tenemos: en general, las universidades españolas están por detrás en digitalización si las comparamos con las anglosajonas o centroeuropeas.
Según un informe de la CRUE y la Comisión Europea, el nivel de competencia digital del profesorado en España ronda un B2, pero lo más común es B1. Básico. Y además se ve muy condicionado por la edad, lo cual no debería seguir siendo una excusa en pleno 2025.
Mientras en Reino Unido, Alemania o Países Bajos ya están integrando tecnologías como inteligencia artificial para personalizar el aprendizaje, simuladores virtuales en carreras técnicas, o plataformas de evaluación automatizada, en España muchas universidades siguen atascadas con versiones básicas de Moodle y poco más.
Herramientas como Canvas o Brightspace (LMS modernos), Labster (laboratorios virtuales), Gradescope (evaluación con IA) o incluso algo tan básico como Kahoot! en clase, ya son estándar en muchas universidades fuera de España. Aquí, en muchos casos, seguimos simplemente subiendo PDFs.
Creo que no es tanto una cuestión de recursos, sino de visión. En otros países, la transformación digital es un objetivo estratégico. En España, muchas veces sigue siendo una obligación incómoda. Y eso marca una diferencia real en cómo aprenden los estudiantes.
en términos generales, las privadas van varios pasos por delante en la implementación de tecnología y en cómo la usan para mejorar la experiencia educativa
¿El uso de la tecnología, tanto en la docencia como en la gestión, está marcando diferencias entre las universidades públicas y privadas?
Sí, claramente. Al final, las universidades privadas funcionan como empresas, y como cualquier empresa que compite en un mercado, tienen que diferenciarse, ofrecer una buena experiencia y justificar el precio de su matrícula. Por eso suelen estar mucho más motivadas a adoptar tecnología tanto en la docencia como en la gestión: plataformas más modernas, sistemas de atención al alumno más ágiles, campus virtuales mejor diseñados y una experiencia más personalizada.
En cambio, en muchas universidades públicas se nota una falta de implicación. No es tanto por falta de capacidad, sino por una cultura más burocrática, donde la innovación no siempre se premia y los procesos están mucho más atados a normativas y estructuras rígidas. Además, como tienen garantizado un flujo mínimo de alumnos año tras año, no tienen esa presión por destacar ni ofrecer una experiencia diferencial.
Esto no quiere decir que no haya universidades públicas que estén haciendo esfuerzos por modernizarse —las hay—, pero en términos generales, las privadas van varios pasos por delante en la implementación de tecnología y en cómo la usan para mejorar la experiencia educativa. Y lo preocupante es que esa diferencia tecnológica puede terminar ampliando la brecha de calidad educativa, haciendo que el acceso a una formación más moderna dependa, una vez más, del nivel económico del alumno.
Al final del día, la educación sigue siendo una relación entre personas, pero hoy tenemos herramientas para que esa relación funcione mejor, sin importar el idioma, el país o el contexto
¿Cómo están aprovechando las universidades españolas las posibilidades de la tecnología para la internacionalización de sus instituciones?
A día de hoy, no he visto un verdadero esfuerzo por parte de las universidades españolas en este sentido. Siguen dependiendo demasiado de programas como Erasmus o acuerdos puntuales con otras instituciones, pero no están aprovechando todo lo que la tecnología permite para abrirse al mundo.
Con inteligencia artificial se podrían hacer cosas muy potentes: traducir automáticamente todos los contenidos en tiempo real, integrar asistentes virtuales que acompañen al alumno sin juzgarlo, que respondan con un lenguaje cercano y adaptado a su generación. Porque no es lo mismo hablarle a un millennial que a alguien de la Gen Z, o a la generación que viene. Y dentro de cada generación, además, hay distintas culturas, realidades y formas de comunicarse.
El reto está en conectar con cada alumno de forma personalizada, y eso solo se consigue combinando tecnología con inteligencia humana. Al final del día, la educación sigue siendo una relación entre personas, pero hoy tenemos herramientas para que esa relación funcione mejor, sin importar el idioma, el país o el contexto.
Mientras tanto, universidades en Estados Unidos, Reino Unido o Asia están usando estas tecnologías no solo para enseñar, sino como estrategia directa para atraer talento internacional y posicionarse globalmente. No es solo que vayan por delante, es que juegan con otra mentalidad.
Internacionalizarse hoy no va de tener una web en inglés, va de crear experiencias educativas digitales capaces de conectar con cualquier persona, esté donde esté. Y para eso hace falta ambición, no solo herramientas.
España no va tarde. España va diferente. Y si apostamos en serio, puede convertirse en uno de los hubs más potentes de edtech e IA educativa del mundo
¿Puede haber en el siglo XXI una educación superior que no esté plenamente integrada en su práctica docente y en su relación con el estudiantado a través de los agentes digitales?
Completamente no. Hoy en día ya no tiene sentido hablar de educación superior sin tecnología. Incluso con herramientas básicas como ChatGPT, ya se están viendo casos de personas que lo usan como si fuera un profesor particular: activas la función de voz, configuras ciertos parámetros y puedes tener una clase personalizada, al instante, en cualquier idioma y sobre cualquier tema. Y eso es solo el principio.
Desde lo más sencillo —como automatizar correcciones o resolver dudas frecuentes con IA— hasta sistemas más avanzados de tutoría personalizada, aprendizaje adaptativo o analítica predictiva del rendimiento, se pueden desarrollar soluciones que transformen por completo la experiencia educativa.
Una universidad que no integra agentes digitales no solo está perdiendo eficiencia, también está desconectada de cómo aprenden los estudiantes de hoy. Es como un negocio que pretende crecer sin presencia online: simplemente no es viable. La educación del siglo XXI exige estar al nivel del mundo en el que vivimos. Y eso significa entender que los agentes digitales no son un añadido, son una parte central de la experiencia de aprendizaje.
Una universidad que no integra agentes digitales no solo está perdiendo eficiencia, también está desconectada de cómo aprenden los estudiantes de hoy
¿Está amenazado el futuro de las universidades por las plataformas digitales de aprendizaje?
No creo que las universidades estén realmente amenazadas por las plataformas digitales, al menos no en el corto plazo. Son productos diferentes, con funciones distintas. Las plataformas tipo Coursera, Domestika o Udemy ofrecen un aprendizaje mucho más específico, práctico y rápido. Están pensadas para adquirir una habilidad concreta en poco tiempo, sin rodeos.
La universidad, en cambio, ofrece algo más generalista, más largo, y te vende una etapa de vida. Te da estructura, rutina, comunidad. Te promete —o al menos intenta hacerlo— una entrada al mercado laboral. Aunque muchas veces esa promesa es más aspiracional que real.
Es como comparar una bicicleta con un patinete: los dos te llevan del punto A al punto B, pero lo hacen de forma distinta, con tiempos, esfuerzos y experiencias diferentes. No compiten exactamente, pero si uno se vuelve más eficiente, atractivo y accesible, el otro tiene que adaptarse o corre el riesgo de quedarse atrás. Además, muchas empresas ya están empezando a valorar más que alguien haya hecho un curso práctico de 10 horas sobre algo muy específico, que un grado de cuatro años que no se ha actualizado en una década. Lo que importa es si sabes hacer lo que se necesita, no cuántos créditos tienes.
La verdadera amenaza no es la existencia de estas plataformas, sino la pasividad de las universidades. Si no evolucionan, si no integran tecnología, personalización y agilidad, entonces sí podrían empezar a volverse irrelevantes. Porque al final, el alumno va a elegir lo que le funcione. Y si una plataforma le resuelve el problema mejor, más rápido y por menos dinero, lo lógico es que la universidad empiece a preguntarse qué está ofreciendo realmente.
La verdadera amenaza no es la existencia de estas plataformas, sino la pasividad de las universidades. Si no evolucionan, si no integran tecnología, personalización y agilidad, entonces sí podrían empezar a volverse irrelevantes
Parecería que el mundo digital está en manos de las grandes corporaciones tecnológicas de EEUU. ¿Cuál es la situación de las empresas españolas de tecnología educativa?
Aunque es verdad que las grandes tecnológicas de Estados Unidos dominan gran parte del panorama digital, eso no significa que todo el valor esté allí. En España hay muchísimo talento, y lo que falta muchas veces no es capacidad, sino apoyo, visibilidad y mentalidad global.
Tenemos proyectos que ya son referentes a nivel internacional. Genially ha transformado la forma de crear contenidos interactivos y se usa en más de 190 países. ODILO está implantado en gobiernos de varios continentes. Smartick ha logrado escalar una solución educativa de matemáticas con impacto global. Y estos no son casos aislados.
Además, España tiene una posición privilegiada para liderar en Latinoamérica. Compartimos idioma, cultura y muchas necesidades educativas, y eso nos da una ventaja competitiva real si sabemos aprovecharla. Desde mi experiencia, creo que estamos en un momento clave. Con proyectos como UDIA y muchas otras iniciativas emergentes, estamos empezando a construir un nuevo modelo educativo con tecnología e inteligencia artificial como base. No se trata de copiar a Silicon Valley, sino de hacer las cosas con identidad, visión y propósito. España no va tarde. España va diferente. Y si apostamos en serio, puede convertirse en uno de los hubs más potentes de edtech e IA educativa del mundo.
¿Desde el punto de vista de UDIA en qué faceta se podría mejorar la digitalización de las universidades?
Desde el punto de vista de UDIA, una de las principales áreas en las que se puede mejorar la digitalización de las universidades es en la personalización del aprendizaje y la automatización inteligente de tareas repetitivas.
Hoy en día, seguimos viendo sistemas donde los alumnos reciben el mismo contenido, al mismo ritmo, independientemente de su nivel, sus intereses o su contexto. Con la tecnología actual, eso no tiene sentido. Se pueden crear rutas personalizadas de aprendizaje, sistemas de retroalimentación automática con IA, entornos interactivos más atractivos y experiencias adaptadas a cada perfil de estudiante.
Otra faceta clave es la digitalización de la gestión: desde la matriculación hasta el seguimiento del rendimiento, la comunicación interna o el acceso a recursos. Todo esto puede automatizarse






