«Todo universitario debe tener una imagen medianamente ordenada de los grandes cambios del pensamiento, de las ideas y de los hechos históricos y sociales que han traído a la humanidad hasta el momento actual. La cultura nos enseña algo irremplazable: la cultura nos enseña a sentir mejor; es el lugar por antonomasia del conocimiento de uno mismo y del otro; y esto es clave no sólo para la plenitud personal, sino también para la gestión del talento e, incluso, para el desarrollo eficiente de proyectos profesionales en entornos de rentabilidad», señala el rector de la UCJC
Jaime Olmedo, nacido en Talavera de la Reina en 1971, es el actual rector de la Universidad Camilo José Cela (UCJC). Es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid y doctor summa cum laude en Filosofía y Letras por la Universidad de Bolonia. Su formación se complementa con un posgrado en Gestión Cultural por la UOC y cursos en Patrimonio Cultural en la Universidad de Harvard y en Tecnología Educativa en el MIT, reflejando su interés en integrar tecnología y humanismo.
En su trayectoria profesional, Olmedo ha sido decano del Real Colegio de España en Bolonia y miembro de la Dirección Académica del Instituto Cervantes. Ha dirigido el Diccionario Biográfico Español y el portal Historia Hispánica en la Real Academia de la Historia, contribuyendo significativamente a la digitalización del patrimonio cultural. Es académico correspondiente de varias instituciones, incluyendo la Real Academia de la Historia y la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo.
Como historiador, que además ha tenido la ocasión de estudiar en la Universidad de Bolonia, reconocida como la más antigua. ¿Qué une aquella agrupación de estudiantes del siglo XI con la Universidad del siglo XXI?
La Universidad del siglo XXI debe ser, más que nunca, una universidad centrada en el alumno. Así fue en origen y así debe ser. El concepto de lo que es propiamente universitario se ha visto con frecuencia distorsionado y es importante reafirmar su esencia y distinguir todo lo que no es la verdadera Universidad. “Una Universidad, escribió Julián Marías, no es un edificio ni un centro único de enseñanza, sino una gran agrupación de maestros y alumnos”.
La palabra ‘universidad’ se aplicó por primera vez en la Bolonia medieval cuando los estudiantes llegaron allí, hasta entonces organizados por naciones o regiones, sintieron la necesidad de constituirse en cooperativas supranacionales. La raíz etimológica de la palabra ‘universidad’ encierra, por tanto, en sí el sentido de colectividad, de comunidad. La Universidad de Bolonia, la más antigua de Occidente, surgió, pues, espontáneamente por iniciativa de estudiantes, que se reunían en formas primordiales de asociación, que dictaban los objetivos de la enseñanza, que vigilaban su correcto desarrollo y eran en gran medida responsables del bienestar de la ciudad.
Entendido esto, se entiende aún mejor la propia locución latina, alma mater , pues significa algo distinto a lo que la etimología popular ha interpretado, y su sentido entra directamente con ese entorno primigenio focalizado en el estudiante. Su sentido literal no es el de ‘alma madre’, sino el de ‘madre nutricia’ o nutrite, y es metáfora para aludir a la universidad en su función proveedora de alimento intelectual.
La Universidad, decía Ortega, tiene que ser la proyección institucional del estudiante
Los estudiantes son hijos de esa madre y la Universidad tienen de entenderse, pues, como ese lugar nutritivo. En este sentido, y aunque puedan ser muchas otras las referencias, sigue vigente una de las ideas que Ortega dejó escritas en su Misión de la Universidad , publicada hace casi un siglo, en 1930: “en la organización de la enseñanza superior, en la construcción de la Universidad, hay que partir del estudiante […]. La Universidad, decía Ortega, tiene que ser la proyección institucional del estudiante”.
En las últimas décadas los criterios con los que se juzgan las carreras profesionales del profesorado y se jerarquizan las universidades son prácticamente en exclusiva los de su producción de publicaciones científicas, ¿se ha olvidado la Universidad del estudiantado?
En cierta medida, puede decirse que así es. De todos los posibles desempeños de un profesor universitario, solo la investigación parece computar para rankings y los incentivos que recibe un profesor tienen que ver, precisamente, con la descarga docente. De este modo, se traslada la idea de que la docencia penaliza, pues parece ser la tarea gravosa de la que una carrera universitaria aparentemente exitosa debe ir apartándose a medida que se profundice en la investigación. En este sentido, otras dedicaciones del profesorado (la de gestión o la estrictamente docente) deben tenerse mucho más en cuenta en el desarrollo profesional universitario.
¿Qué tiene de diferencial la experiencia universitaria para el estudiantado frente a otras instituciones, principalmente virtuales, que se afanan por ocupar el espacio de formación superior?
La universidad, en su sentido pleno, es mucho más que una mera capacitación profesional. Esa otra formación se logra mediante la vivencia y la convivencia en las aulas y fuera de ellas. La docencia online limita la formación a una acción necesaria, pero insuficiente. La universidad es una realidad social y personal, no solo académica. Situar al estudiante en el centro supone hacerle protagonista de todo un sistema formativo que supera su mera capacitación profesional.
La universidad es una realidad social y personal, no solo académica
Repetimos sin cesar que vivimos en la sociedad del aprendizaje, que estamos obligados a aprender a lo largo de todas nuestras vidas, so pena de la marginalidad. ¿Qué puede aportar la educación universitaria en la formación permanente de los profesionales?
Hemos de procurar, con agilidad y rigor, dar a nuestros alumnos la mejor formación posible para un mundo cambiante. La universidad del siglo XXI tendrá que ser una universidad flexible, capaz de entender que sus destinatarios ya no van a ser únicamente jóvenes entre dieciocho y la veintena. La Universidad ha dejado de ser una etapa estanca en un período determinado de la vida para pasar a ser un acompañamiento permanente a través de fórmulas flexibles y adaptadas a las necesidades de formación continua.
El trabajo académico siempre ha seguido normas que se consideran perdurables. Ése es el elemento fundamental de la estabilidad universitaria. Sin embargo, las instituciones universitarias también experimentan los cambios de la sociedad y tienen que ajustarse a ellos para, a su vez, convertirse en agentes de nuevos cambios y de nuevas opciones para la sociedad misma. Actualmente, la universidad puede extenderse más allá de las edades, formatos y titulaciones tradicionales. Estabilidad y flexibilidad son, pues, elementos entre los cuales se debe lograr un equilibrio permanente.
Parecería que vivimos un progresivo alejamiento de las instituciones culturales de las universidades, configurando, al menos, mundos distantes, ¿Cuál es para usted el papel de la Universidad en la cultura de una nación?
En efecto, está muy asentada la idea de asociar la universidad con la instrucción y no tanto con la cultura por entender que la cultura es un saber de lujo desconectado de uno de los principales índices de calidad de una universidad: la empleabilidad. Sin embargo, es una dicotomía equivocada. Las empresas buscan universitarios capacitados, pero también han de ser competentes culturalmente. Una persona carente de cultura no podrá tener nunca una carrera profesional exitosa o plena.
Todo universitario debe tener una imagen medianamente ordenada de los grandes cambios del pensamiento, de las ideas y de los hechos históricos y sociales que han traído a la humanidad hasta el momento actual. La cultura nos enseña algo irremplazable: la cultura nos enseña a sentir mejor; es el lugar por antonomasia del conocimiento de uno mismo y del otro; y esto es clave no sólo para la plenitud personal, sino también para la gestión del talento e, incluso, para el desarrollo eficiente de proyectos profesionales en entornos de rentabilidad.

Desde los EEUU dos tensiones contrapuestas cuestionan la libertad académica, afectando a la credibilidad, e incluso a la viabilidad, de la institución universitaria: la cancelación y el iliberalismo. Como conocedor del sistema norteamericano de educación superior, ¿tienen las universidades capacidad de respuesta frente a estas amenazas?
Lo más preocupante es que el mundo universitario ha sido la principal caja de resonancia para tendencias como la cancelación por la cultura «wokwe . Se ha impuesto lo que Rod Dreher ha llamado “totalitarismo blando” o “suave” y, en este sentido, ha llegado el momento de ser deliberadamente contraculturales. De no hacerlo, esas tendencias, en sus extremos, pueden acabar con la esencia universitaria.
La situación ha llegado en ocasiones a tal paroxismo que solo cabe vislumbrar una reacción en sentido contrario. En este sentido, alcanzar la verdad, perseguir con honestidad el recto conocimiento, es una de las experiencias de libertad e intimidad individuales más plenas; Acaso nuestra conquista personal más valiosa.
Se repite en los discursos universitarios la capacidad de las universidades para transformar las sociedades que las acogen, pero se habla menos desde las universidades de cómo las sociedades pueden transformar a las universidades. ¿Necesitan las universidades un nuevo pacto social, como exige la UNESCO?
La respuesta anterior es una muestra de cómo sociedad y universidad están íntimamente unidas. La Universidad no puede avanzar de espaldas a la sociedad, ni la sociedad debe plantear su progreso al margen de la Universidad. Como decía Eugenio d’Ors, la Universidad debe ser un abrazo eficaz entre el saber y la vida. La Universidad es mucho más que una mera expendeduría de títulos o una simple oficina de competencias profesionales, y ha de ser lo que ante todo debe ser, por su origen, por su historia, pero también por su futuro: una institución consagrada a la enseñanza de la verdad y al cultivo de la inteligencia y del ser humano que ha de conocerla. Insisto: un abrazo eficaz entre el saber y la vida.
Lo más preocupante es que el mundo universitario ha sido la principal caja de resonancia para tendencias como la cancelación por la cultura «woke»
Desde su mirada privilegiada como Vicepresidente de la Fundación Duques de Soria quisiera conocer su opinión sobre las posibilidades que ofrecería, más allá de los mercados, la creación de un espacio común de educación superior entendido desde la cultura hispánica y el español.
La Fundación Duques de Soria ha identificado el hispanismo internacional como el objeto principal de sus acciones. La fuerza de lo hispano es mayor que la suma de los países y hablantes de español. Ese espacio de educación superior tendría una extensión global si integrase además de todas aquellas instancias académicas y de investigación (departamentos, grados, posgrados, programas, grupos, proyectos…) que, fuera de nuestro espacio geográfico comunitario, estudiaran lo hispano en sus diferentes facetas.
Los hispanistas internacionales son un activo multiplicador de cualquier acción en ese sentido. El hispanismo internacional es la huella actual, la prueba presente de una relevancia cultural, que, durante años, ha venido atrayendo el interés académico de relevantes investigadores y docentes en los cinco continentes. Los hispanistas internacionales trabajan día a día para poner en valor fuera de España toda nuestra esencia cultural: una lengua potente, una literatura influyente, un arte deslumbrante, una historia cuya Monarquía Hispánica fue durante más de tres siglos un ejemplo de administración descentralizada y fructífera más allá de los océanos.
Por eso, es de justicia apoyar y reconocer a quienes, de forma vocacional y entusiasta, ayudan a forjar una mejor imagen de España en el exterior a través de su conocimiento y, sobre todo, de su amor y dedicación a lo hispano haciendo de la cultura y la ciencia hispánicas objeto de reflexión y entrega generosa. Apostar por el hispanismo internacional es apostar por la proyección exterior de lo hispano, con todos los efectos reputacionales que eso conlleva.
La fuerza de lo hispano es mayor que la suma de los países y hablantes de español
Este año se cumplen los 25 años del inicio en su actividad de la Universidad Camilo José Cela (UCJC), de la que usted ha sido nombrado rector recientemente. La primera universidad del siglo XXI en España. ¿Cuál es su valoración sobre esta etapa inicial de la universidad?
La UCJC es una universidad madura, con certificaciones de calidad y acreditaciones, con profesores en una curva de aprendizaje permanente y un alumno sumamente rico y emprendedor. En noviembre de 2024, la Universidad Camilo José Cela ha sido reconocida por su excelencia en la gestión de la calidad por la Fundación para el Conocimiento Madri+d: ha recibido las certificaciones SISCAL a todas sus facultades y la acreditación institucional a su Facultad de Educación.
Ahora mismo cuenta con cinco facultades que estructuran perfectamente los ámbitos de conocimiento en los que queremos ser una referencia, como sucede ya en el ámbito de la Salud gracias al acuerdo con Hospitales HM, una concepción verdaderamente diferencial de la enseñanza en el ámbito sanitario con una cercanía al hospital desde el primer día del primer curso.
Somos una Universidad que, sumada a la experiencia de la institución educativa SEK, fundada en 1892, reúne todo el espacio formativo posible, con una experiencia en innovación e internacionalización que han convertido la institución en referencia. Ciclos formativos superiores, grados, posgrados y escuela de doctorado completan la oferta en el espacio de la educación superior. En suma: es una universidad con potencial suficiente para alcanzar las más altas cotas posibles y contribuir, legítimamente, desde el ámbito privado, a la elevación de un sistema universitario necesitado de mejoras y avances.
La UCJC es una universidad con potencial suficiente para alcanzar las más altas cotas posibles y contribuir, legítimamente, desde el ámbito privado, a la elevación de un sistema universitario necesitado de mejoras y avance
¿Cuáles son los dos principales desafíos a los que quiere enfrentar a la UCJC durante su mandato?
Son numerosos los retos a los que, como sociedad, nos enfrentamos en este momento actual: las nuevas tecnologías, con Internet y el desarrollo de la Inteligencia Artificial a la cabeza, están estableciendo unos nuevos modos de interrelación entre nosotros y con el mundo tan significativos como para que algunos investigadores hanblen incluso de una nueva etapa historiográfica.
El siglo XXI está asistiendo a cambios extraordinariamente trascendentes respecto de años pasados. Lograr que tales cambios representen una oportunidad beneficiosa para toda la sociedad es un reto que debemos asumir con plena responsabilidad y compromiso, pero también con esperanza. Uno de los mayores desafíos es la diferenciación; Lograr una identidad reconocible y reconocida dentro de la oferta universitaria a través de una propuesta novedosa y una formación innovadora, que equilibra originalidad y tradición, tecnología y humanismo.
Otro de los desafíos es un crecimiento internacional que puede traducirse en numerosos y variados modos de enriquecer ese aspecto: titulaciones en inglés, dobles grados con universidades de referencia, movilidad universitaria (de estudiantes y profesores), portafolio online en determinados mercados… Aunque son numerosos los ámbitos de acción, creo que estos pueden ser dos de los mayores desafíos.
la Inteligencia Artificial a la cabeza, están estableciendo unos nuevos modos de interrelación entre nosotros y con el mundo tan significativos como para que algunos investigadores hanblen incluso de una nueva etapa historiográfica
¿Cómo trasladaría a la actividad de la UCJC en los próximos años los versos de Fray Luis, a los que hizo alusión en su toma de posesión, “el tiempo nos convida/ a los estudios nobles”?
Hoy en día los “estudios nobles” son todos aquellos que emanen de la búsqueda de la verdad, la apreciación de la belleza y la expresión de la bondad. Según Howard Gardner, premio Príncipe de Asturias y doctor honoris causa de la Universidad Camilo José Cela en 2011, verdad, belleza y bondad son las virtudes sobre las que se debe construir un currículo relevante para el siglo XXI. Estos conceptos, que podrían parecer etéreos o filosóficos, tienen sin embargo una traducción plenamente actual en competencias de gran valor para la inserción laboral.
Hablar de la verdad supone hablar de pensamiento crítico, integridad académica, rigor científico, independencia, método investigador y de trabajo. La belleza , por su parte, es orden, sentido estético en las acciones, equilibrio, armonía, pulcritud y también originalidad, creatividad e innovación. Finalmente, la bondad tiene su manifestación actual en el compromiso ético (personal y colectivo), la sostenibilidad, la empatía, el respeto, la honestidad, la tolerancia y la actitud de servicio.






