La fragilidad del sistema público universitario

La “gran dimisión” también afecta a las universidades de todo el mundo. El COVID ha desatado una pandemia de agotamiento laboral, también llamado “burnout”, una sensación de cansancio y apatía que afecta todas las áreas de nuestra vida. 

MARÍA ENCINA GONZÁLEZ MARTÍNEZ


La crisis económica

Desde que se inició la crisis financiera en el año 2008 la universidad pública ha sido más consciente que nunca de su dependencia de factores externos ajenos a las propias actividades que desarrolla, pero trascendentales para su presente y su futuro.

La financiación procedente de las administraciones públicas disminuyó entre 2008 y 2019 en términos reales un 20,1% mientras que la población de estudiantes solo ha bajado un 4% y se ha mantenido estable en los tres últimos años.

Estos datos, publicados por el Observatorio de Financiación Pública de la Asociación de Universidades Europeas (EUA Public Funding Observatory 2020/2021: country sheets, 21 april 2021), indican que la senda de recuperación económica que inició España no ha tenido reflejo en la universidad pública, con una desinversión del 0,14% del PIB desde 2009 hasta 2019 (0,87 versus 0,63% del PIB). 

La financiación procedente de las administraciones públicas disminuyó entre 2008 y 2019 en términos reales un 20,1%

¿Quiénes han pagado más la crisis?

Las trabajadoras y los trabajadores de la Universidad sometidos a importantes cambios legislativos sobre todo a nivel del profesorado, a una reducción de salarios, al deterioro de sus condiciones laborales y a la inexistencia primero y disminución drástica posterior de la tasa de reposición. 

El estudiantado y las familias, con un incremento de precios públicos en los estudios oficiales de Grado y Máster dependiendo de las comunidades autónomas de hasta el 250%, sin conocer los motivos que han conducido a la adopción de estas medidas.

Además, se instauró un importante cambio en las condiciones para acceder a una beca de carácter general del Ministerio de Educación a partir del año 2012, con la introducción de factores de rendimiento académico para la percepción de ayudas para cursar estudios universitarios, eliminando el derecho subjetivo dependiente de las condiciones económicas. 

Los grupos de investigación han necesitado un gran esfuerzo personal y de acomodación de objetivos para seguir realizando investigación, puesto que los presupuestos de I+D+i sufrieron constricciones importantes dejando sin financiación durante varios años a grupos con una trayectoria consolidada (desde 2014 hasta 2019).

De hecho, la inversión I+D+i en la universidad pública está estancada o ha sufrido disminuciones desde el 0,39% del PIB en 2009 hasta el 0,37% en 2020 (INE) y aunque se esté produciendo un incremento en los dos últimos años llegando a una inversión global en I+D+i del 1,42% del PIB no llega dicho aumento al capítulo relacionado con la financiación de los proyectos de investigación.

Llega la pandemia

En estas circunstancias, con las universidades públicas en situación de riesgo extremo en cuanto a la viabilidad de nuestro futuro como instituciones de servicio público llegamos a la COVID.

El día 14 de marzo de 2020 se cerraron las puertas de nuestras universidades públicas, mayoritariamente presenciales, y cuando pensábamos que nos íbamos para regresar tras las vacaciones de Semana Santa nos encontramos, sin embargo, con una situación completamente diferente y con una carga adicional emocional y laboral que todavía forma parte de nuestra vida cotidiana, puesto que aún no hemos recuperado la normalidad anterior a la pandemia, ni parece que sea posible hacer borrón y cuenta nueva.

aún no hemos recuperado la normalidad anterior a la pandemia, ni parece que sea posible hacer borrón y cuenta nueva.

¿Cómo nos ha afectado la COVID?

La COVID ha impactado tanto y de tantas formas nuestras vidas, que condiciona nuestro presente y también influye en nuestro futuro y en la toma de decisiones.

El personal de la universidad, ya en situación frágil tras la crisis económica, ha hecho todo lo que estaba en su ámbito de responsabilidad para que la universidad siguiese funcionando durante estos dos cursos académicos con un coste personal elevadísimo.

Con un desconcierto que duró las dos primeras semanas se nos instó a trasladar nuestra actividad a distancia, sin formación previa específica global para desarrollarla. 

Cuando todos estábamos recluidos en nuestras casas, nos tuvimos que adaptar a trabajar en el espacio que habitualmente formaba parte de nuestra vida personal y familiar. Ha sido difícil para muchos universitarios y universitarias (profesorado, personal de administración y servicios y estudiantes) disponer en su hogar de las herramientas tecnológicas necesarias, del sitio adecuado para desarrollar su actividad profesional y de los conocimientos precisos para realizar el trabajo a distancia.

Capítulo aparte merece la actividad investigadora, que quedó paralizada en los laboratorios durante mucho más que el periodo estricto de confinamiento debido a las restricciones del número de personas que podían acceder a los laboratorios cuando se reinstauró un cierto grado de presencialidad.

Seguir funcionando

Desde los Rectorados se promovió la necesidad de seguir con la actividad docente y administrativa a distancia, y se demandó o impuso al profesorado la elaboración de materiales y recursos educativos, impulsando además la docencia asincrónica que permitiese a los estudiantes seguir las clases cuando tuviesen disponibilidad en sus domicilios implementando lo que se ha denominado “docencia en remoto de emergencia”.

Al personal de administración y servicios se le reclamó su compromiso con la continuidad de las actividades que desarrollaban promoviendo el trabajo a distancia en servicios que hasta ese momento eran presenciales y que aún no habían iniciado la senda de la digitalización.

Toda la puesta en marcha de estas medidas puso de manifiesto la brecha digital y ahondó en la desigualdad social y territorial.  

Los diferentes colectivos universitarios iniciaron una senda de aprendizaje, a marchas forzadas, para incorporar mecanismos de comunicación y trabajo a distancia con los que en muchas ocasiones no estaban familiarizados o directamente desconocían.

Experimentamos una intrusión en la privacidad nunca experimentada anteriormente, alimentada por la necesidad de ver a compañeros y compañeras de la única forma posible, a través de una cámara, de mantener reuniones, de asistir a eventos a distancia y con incertidumbre en cada conexión porque no sabíamos cómo iban a estar el resto de las personas con las que interaccionamos. 

Experimentamos una intrusión en la privacidad nunca experimentada anteriormente

Formación exprés en el uso de tecnologías

Además, poco después, los profesores y estudiantes universitarios se enfrentaron con la puesta en marcha y realización de exámenes a distancia empleando diversas plataformas.

La formación para el uso de las tecnologías a implementar fue, en el mejor de los casos, de forma exprés en seminarios con personal de nuestras universidades que había llevado a cabo experiencias pedagógicas o incluso determinada formación se realizó después de que se hubiesen desarrollado en cada universidad experiencias piloto de exámenes.


La formación para el uso de las tecnologías a implementar fue, en el mejor de los casos, de forma exprés

Coste personal

Sin finalizar el curso académico 2019-2020 y con la pandemia aún en cifras muy elevadas, se nos exigió un esfuerzo mayor para acomodar la docencia teórica y práctica a diferentes escenarios: presencial, a distancia e híbrido para el curso académico 2020-21 en virtud de evolución de la pandemia, acompañado por remodelaciones de las memorias de nuestras titulaciones para la acreditación de la ANECA.

Nos encontramos los meses de junio y julio de 2020 con todo nuestro tiempo ocupado y respondiendo a demasiadas demandas: estudiantes, planes de estudio, reuniones, formación para iniciar el curso 2020-2021 e reincorporación progresiva a la investigación en los espacios presenciales.

Todos estos factores han contribuido de modo decisivo a la pérdida de la vida personal, puesto que a todo el personal se le ha demandado que diesen lo mejor de sí mismos en todo momento, sin que haya sido posible la desconexión digital ni en fin de semana, con jornadas laborales muy amplias dedicadas a actividades diversas y sin ningún reconocimiento explícito por parte de nuestras autoridades.

Es más, en muchos casos los rectores han indicado que hemos superado con éxito el proceso de digitalización de la educación superior, cuando realmente lo que hemos intentado todas las personas de la universidad ha sido no dejar a nadie atrás y acomodarnos del mejor modo posible a las circunstancias que estamos viviendo, poniendo todo de nuestra parte.

Tras el segundo curso académico marcado por la pandemia estamos observando una percepción de estrés generalizado, una sensación de mucho cansancio y estamos lidiando con emociones negativas que nos van alejando de nuestras instituciones. Nos parece que nuestros responsables institucionales no cesan de pedirnos esfuerzos, sacrificio y compromiso, pero sin ninguna recompensa.

De hecho, estamos viendo como muchas personas solicitan la jubilación antes de que finalice su vida laboral, de que estamos muy cansados y también enfadados e irascibles, de que sentimos que los lazos con nuestras instituciones se van debilitando y eso no significa que dejemos de hacer o de estar comprometidos con nuestro trabajo, pero sí manifiesta una pérdida importante de ilusión y no la oportunidad de cambio preconizada por algunos de los responsables institucionales.

estamos viendo como muchas personas solicitan la jubilación antes de que finalice su vida laboral


María Encina González Martíne

María Encina González Martínez, Profesora titular de la Universidad Complutense de Madrid de Anatomía y Anatomía Patológica,  Secretaría de Universidad e Investigación de FE CCOO.

Twitter @ccoouniversidad

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