En las sociedades contemporáneas, la circulación del conocimiento se ve cada vez más condicionada por dinámicas políticas y tecnológicas que privilegian la visibilidad inmediata sobre la comprensión profunda. La expansión de discursos simplificadores, la erosión de la confianza en las instituciones expertas y el diseño de entornos digitales orientados a capturar atención mediante la activación emocional están configurando una esfera pública más reactiva que reflexiva. En este contexto, se vuelve crucial reflexionar sobre qué espacios, prácticas y responsabilidades colectivas pueden sostener formas de pensamiento que resistan la polarización, preserven la complejidad y mantengan vivas las condiciones democráticas del diálogo informado.
PEPE CEREZO
Populismo reaccionario y economía de la atención
En el actual panorama en el que el populismo reaccionario tiende a ser hegemónico, la desconfianza hacia la Ciencia, la Universidad y los expertos no es un efecto colateral del malestar social, sino una estrategia política deliberada.
A esta ofensiva explícita contra el conocimiento se suma un fenómeno menos visible, pero igual de decisivo: la economía de la atención. Un sistema impulsado por plataformas digitales, muy especialmente X, que no solo transforma la distracción en norma, sino que entiende la polarización como la forma más eficiente de capturar y retener la atención.
No se puede llegar a comprender la profundidad del problema sin conocer qué es la economía de la atención. El concepto parte de una constatación simple pero fundamental: en sociedades saturadas de información, el recurso verdaderamente escaso no es el contenido, sino la atención humana.
La desconfianza hacia la Ciencia, la Universidad y los expertos no es un efecto colateral del malestar social, sino una estrategia política deliberada
La economía de la atención es, por tanto, un modelo en el que empresas tecnológicas compiten por captar, mantener y monetizar el tiempo cognitivo de los usuarios. La atención se convierte en mercancía, y el diseño de los entornos digitales se orienta a maximizar su extracción.
Las plataformas digitales no son canales neutrales. Sus arquitecturas están gobernadas por algoritmos de recomendación que aprenden a partir de enormes volúmenes de datos, qué tipos de estímulos mantienen a las personas conectadas durante más tiempo.
Desde la psicología cognitiva y la neurociencia se sabe que la atención se fija con mayor intensidad ante estímulos emocionalmente cargados, especialmente aquellos que activan respuestas de amenaza, indignación o pertenencia grupal. Evolutivamente, el cerebro humano está mejor preparado para reaccionar ante el conflicto que ante la complejidad serena.

Polarización como producto algorítmico
En este punto, la polarización deja de ser un efecto secundario indeseado y se revela como uno de los productos más rentables de la economía de la atención. La polarización no surge solo de desacuerdos ideológicos preexistentes, sino que se ve amplificada por dinámicas bien conocidas en la psicología social.
Entre ellas destacan el sesgo de confirmación —la tendencia a buscar y aceptar únicamente información que refuerza creencias previas— y la polarización grupal, por la cual las opiniones se vuelven más extremas cuando se discuten en entornos homogéneos.
Las plataformas digitales intensifican estos mecanismos de forma sistemática. Al personalizar los contenidos según el comportamiento previo, construyen entornos informativos cada vez más cerrados, donde la disonancia desaparece o se presenta de forma caricaturizada.
La polarización es altamente eficiente: los contenidos que generan confrontación producen más interacción, más comentarios y, por tanto, más datos y más ingresos. La división no es un fallo del sistema, sino una de sus funciones emergentes.
La división no es un fallo del sistema, sino una de sus funciones emergentes
Desde la neurociencia afectiva, esta dinámica se explica también por el papel central de las emociones en la toma de decisiones. Emociones como la ira, el miedo o el desprecio activan circuitos neuronales que aumentan la atención, pero reducen la capacidad de razonamiento complejo.
Cuando estos estados se mantienen de forma prolongada se debilita el pensamiento reflexivo y se refuerzan respuestas automáticas y binarias. La polarización, en este sentido, no es solo social o política: es también cognitiva.
Populismo y debilitamiento del conocimiento
Este modelo encaja perfectamente con la lógica del populismo reaccionario. El populismo desconfía del matiz, desacredita la evidencia y presenta el conocimiento experto como una forma de elitismo ilegítimo. En la economía de la atención, la verdad no es lo mejor argumentado, sino lo más visible.
La ciencia, con sus tiempos lentos, su lenguaje preciso y su carácter racional, compite en clara desventaja frente al eslogan, la provocación y la mentira emocionalmente eficaz. No es casual que plataformas como X se hayan convertido en espacios privilegiados para la simplificación extrema y la confrontación permanente.
La economía de la atención no necesita censurar el conocimiento para debilitarlo. Al inundar el espacio público de estímulos constantes, dificulta la concentración sostenida y convierte la complejidad en un lastre. El resultado es una esfera pública donde el impacto sustituye al argumento y donde el pensamiento crítico resulta incómodo porque exige tiempo, esfuerzo y disposición a la duda.
La ciencia compite en clara desventaja frente al eslogan, la provocación y la mentira emocionalmente eficaz
La universidad como economía de la concentración
Frente a este escenario, la Universidad representa una anomalía necesaria. Es uno de los pocos espacios donde el valor de una idea no se mide por su capacidad de captar atención, sino por la solidez de sus argumentos y la evidencia que los respalda.
Frente a la economía de la atención y la polarización permanente, la universidad encarna —o debería encarnar— una economía de la concentración: un régimen del conocimiento basado en el tiempo largo, la lectura profunda, el silencio cognitivo y el desacuerdo razonado.
Frente a la economía de la atención y la polarización permanente, la universidad encarna —o debería encarnar— una economía de la concentración
Mientras se impone la velocidad, en la universidad se defiende el tiempo lento del pensamiento. No se trata de evitar la diferencia, sino de hacerla intelectualmente productiva. En este sentido, la Universidad no es un refugio frente al mundo, sino una infraestructura democrática para pensar mejor sobre él. Sin embargo, observamos cómo esta función no está garantizada. La presión del liberalismo desaforado y de su expresión digital en la economía de plataformas también se filtra en las aulas.
Los actuales estudiantes universitarios, nacido en el ecosistema de la redes sociales, educados en la multitarea y sometidos a la estimulación constante, chocan con docentes empujados a convertir el conocimiento en contenido atractivo, divertido y “fluido”. Por su parte, las instituciones universitarias se ven obligadas a medir su relevancia en términos de visibilidad, rankings y métricas inmediatas. El riesgo es claro: si la universidad adopta sin crítica la lógica de la atención, pierde aquello que la hace socialmente imprescindible.

Defensa democrática del pensamiento profundo
Defender la universidad hoy no es una cuestión corporativa, sino profundamente política y democrática. En sociedades saturadas de estímulos, atravesadas por la polarización y cada vez más hostiles al conocimiento experto, preservar espacios donde se pueda pensar sin interrupciones se convierte en una tarea colectiva fundamental. No porque la universidad deba dictar verdades incuestionables, sino porque debe proteger las condiciones materiales, cognitivas y simbólicas para buscarlas.
En tiempos en los que el populismo reaccionario ataca el conocimiento, y la economía de la atención lo diluye en conflicto permanente, las universidades deberían seguir siendo uno de los últimos lugares donde la complejidad no es un defecto y la duda no es una debilidad. Defenderlas es, en última instancia, defender el derecho colectivo al pensamiento profundo y a una esfera pública menos dominada por la urgencia, el ruido y la polarización.
La universidad como actor cívico propositivo
Sin embargo, reconocer el diagnóstico no basta. Si la universidad quiere seguir siendo un baluarte de la economía de la concentración frente a la economía de la atención, necesita asumir un papel propositivo. No se trata solo de resistir la polarización, sino de producir activamente las condiciones que permitan desactivarla. En este sentido, la universidad puede convertirse en un espacio de lucha cívica mediante ocho líneas de acción fundamentales que completan y actualizan su misión histórica.
- La universidad debe reivindicarse como una “zona lenta” del pensamiento. En un ecosistema mediado por la velocidad y la indignación, ofrecer un lugar donde la reflexión pausada sea posible es casi un acto contracultural. Recuperar el gusto por la lectura profunda, la investigación sostenida y el debate informado es la forma más elemental de contrarrestar la lógica algorítmica de la reacción inmediata.
- Hay que saber identificar y definir los conflictos sin amplificarlos. La polarización no desaparece si se oculta; al contrario, crece en los márgenes. La universidad debe habilitar espacios de escucha y mediación donde los desacuerdos se expresen sin que el campus quede secuestrado por la lógica de bandos que domina en las redes. El conflicto, gestionado con método y cuidado, puede ser pedagógico.
- Se debe asumir la responsabilidad de desmontar los argumentos virales que circulan entre los estudiantes. No sirve ridiculizarlos ni ignorarlos. Hay que analizarlos con respeto, exponer sus premisas, examinar su evidencia y mostrar por qué la popularidad en redes no equivale a validez epistémica. Educar no es silenciar, sino ofrecer herramientas para pensar contra la corriente.
- La convivencia universitaria exige pasar de la tolerancia pasiva a la responsabilidad activa. La comunidad académica debe construir normas de diálogo compartidas, que recuerden que el desacuerdo es legítimo, pero no la degradación del otro. La empatía cognitiva —intentar comprender cómo y por qué alguien piensa distinto— es un antídoto poderoso frente a la polarización afectiva.
- El profesorado necesita ser reconocido y formado como mediador cívico. Ofrecerles marcos de actuación, apoyo institucional y formación en gestión de debates sensibles es imprescindible para que puedan transformar tensiones en aprendizaje y no en confrontación.
- La universidad no puede ignorar la vida digital. Por el contrario, debe integrarla críticamente. X, TikTok o Instagram no son una moda o un espacio de ocio, son a día de hoy el hábitat cognitivo para los estudiantes. Comprender cómo funcionan sus algoritmos, cómo amplifican emociones y qué discursos se vuelven virales es esencial para ayudar a los jóvenes a interpretar lo que viven online.
- Resulta necesario cuidar las emociones colectivas. La polarización no es solo ideológica; es un fenómeno afectivo alimentado por ansiedad, miedo y sensación de amenaza. La universidad puede ofrecer espacios de bienestar, prácticas de higiene digital, actividades que fortalezcan vínculos y proyectos interdisciplinares que reduzcan la segregación interna entre grupos sociales y culturales.
- Y lo más importante, la universidad debe reivindicar su misión cívica. No es únicamente un lugar para formar profesionales, sino una infraestructura democrática donde se aprende a deliberar, a escuchar, a convivir con la diferencia sin destruirse. Frente al populismo que desprecia la complejidad y la economía de la atención que la diluye, la universidad puede, y debe ser, un laboratorio donde la pluralidad se vuelve inteligencia colectiva y no fractura.
Profundidad frente a visibilidad
Con estas líneas de acción, la universidad puede evitar caer en la trampa de competir en visibilidad con las plataformas que la erosionan. Su misión no es ser más ruidosa, sino más profunda; no es retener atención, sino ensanchar comprensión; no es amplificar identidades enfrentadas, sino proteger las condiciones materiales y simbólicas que hacen posible una ciudadanía democrática.
Defender la Universidad, en definitiva, no es un gesto corporativo. Es una apuesta por preservar un espacio donde pensar siga siendo posible en un mundo donde casi todo conspira para impedirlo. Y esa defensa hoy exige no solo diagnosticar las amenazas, sino construir prácticas concretas que vuelvan habitables la concentración, el diálogo y la complejidad. Porque allí donde esos valores sobreviven, la polarización pierde terreno.







