Los conflictos entre alumnado y profesorado

El cambio de paradigma digital y la demolición de las jerarquías como telón de fondo de los nuevos conflictos

AGHM

Las universidades, tal y como decíamos al inicio, han seguido el camino trazado por la sociedad y en los últimos tiempos han tratado de desdibujar las jerarquías entre profesores y alumnos. La digitalización, la democratización del conocimiento y las nuevas pedagogías han impulsado este tipo de relación más horizontal, donde el docente deja de ser una autoridad incuestionable para convertirse en un facilitador del aprendizaje. Sin embargo, este cambio no está exento de tensiones, ya que el equilibrio entre autonomía estudiantil y orientación del docente, por momentos, crea roces que desembocan en las defensorías universitarias.

SHEILA LÓPEZ PÉREZ


Introducción

A lo largo del tiempo, la distancia entre alumnado y profesorado ha sido un reflejo de las jerarquías que existían en la sociedad correspondiente. En efecto, podemos comprobar cómo, en la antigua Grecia, la distancia entre maestro y pupilo parecía guardar lo mejor de ambas dimensiones: el maestro era valorado, escuchado y seguido, mientras que el alumno era estimado e impulsado a sobrepasar a su maestro en persecución del conocimiento.

Esto se debía a que las personas que enseñaban y aprendían en esa sociedad, es decir, los maestros y los alumnos, eran ciudadanos de buena cuna que se podían permitir estudiar, y que eran considerados como iguales. En la Alta Edad Media, por su parte, la jerarquía se descompensó hacia el lado del maestro, hasta el punto de someter y casi invisibilizar la autonomía del alumno y dejarlo reducido a mero recipiente de contenidos.

El motivo: la relación alumno-profesor era un reflejo del sometimiento del pueblo, considerado rebaño, por parte del clero, considerado pastor. Acercándonos más a nuestra época descubrimos cómo, a lo largo del siglo XX, la relación alumno-profesor ha variado considerablemente dependiendo del tiempo y el lugar que analicemos: mientras que en países gobernados por dictaduras militares el profesor era visto como una especie de coronel y el alumno como un soldado de primer rango -por poner un ejemplo, la educación en la España franquista-, en países que buscaban su propia emancipación, la relación alumno-profesor se equilibró hasta presentarse como un flujo de retroalimentación igualitaria de conocimientos -véanse los países latinoamericanos de mediados del siglo XX, así como las filosofías de la liberación-. En la actualidad, la relación alumno-profesor se presenta un tanto indefinida debido a dos factores: las nuevas plataformas digitales y la búsqueda de demolición de las jerarquías generacionales y profesionales.

A lo largo del tiempo, la distancia entre alumnado y profesorado ha sido un reflejo de las jerarquías que existían en la sociedad correspondiente

La relación alumno-profesor en la época de las plataformas digitales

La irrupción de las plataformas digitales en la educación superior ha transformado radicalmente la relación entre alumno y profesor, empezando por su visión y exigencia del otro. Hasta hace muy poco, la enseñanza superior se basaba en un modelo jerárquico en el que el docente era la fuente principal del conocimiento, mientras que el estudiante adoptaba un rol sumamente pasivo. Sin embargo, con la digitalización, esta estructura ha evolucionado hacia un modelo más horizontal e interactivo. En este contexto, el profesor ya no es un transmisor de información, sino un facilitador del aprendizaje que debe guiar a sus estudiantes en la interpretación crítica de su contexto y en el uso del conocimiento adquirido.

Esta transformación en la relación alumno-profesor, empero, ha generado desafíos que, ocasionalmente, desembocan en las defensorías universitarias. La virtualización, a veces, ocasiona impersonalidad, desconexión emocional y dificultad para recordar que estamos tratando con otro ser humano. Debido a ello, uno de los conflictos que más frecuentemente llega a las defensorías es la percepción, por parte del alumnado, de falta de respuesta o disponibilidad por parte del profesorado dentro de las plataformas. Dado que la digitalización ha extendido las posibilidades de contacto fuera del aula, algunos estudiantes esperan una atención inmediata a sus dudas o correcciones en plazos muy reducidos. Esta expectativa puede chocar con la carga laboral de los docentes, así como con la propia naturaleza del aprendizaje autónomo que se busca fomentar con la educación online.

Otro punto de fricción entre alumnado y profesorado parte de la calificación de los trabajos. Numerosos estudiantes presentan quejas ante las defensorías debido a sospechas de arbitrariedad o falta de legitimidad de las notas. Mientras que antes de la educación online estas sospechas siempre han sido reducidas -o al menos no se han convertido en quejas formales-, las plataformas digitales ofrecen un espacio “impersonal” en el que reclamar se convierte en una vía más que recorrer antes del cierre de las calificaciones.

La irrupción de las plataformas digitales en la educación superior ha transformado radicalmente la relación entre alumno y profesor, empezando por su visión y exigencia del otro

En este escenario, las defensorías emergen como una figura clave para promover un diálogo mediador entre estudiantes y docentes que “desvirtualice” su relación, garantice una evaluación objetiva de los trabajos y señale las vías para resolver los conflictos en un entorno digital que no deja de evolucionar.

La relación alumno-profesor en una universidad sin jerarquías

Las universidades, tal y como decíamos al inicio, han seguido el camino trazado por la sociedad y en los últimos tiempos han tratado de desdibujar las jerarquías entre profesores y alumnos. La digitalización, la democratización del conocimiento y las nuevas pedagogías han impulsado este tipo de relación más horizontal, donde el docente deja de ser una autoridad incuestionable para convertirse en un facilitador del aprendizaje. Sin embargo, este cambio no está exento de tensiones, ya que el equilibrio entre autonomía estudiantil y orientación del docente, por momentos, crea roces que desembocan en las defensorías universitarias.

Debemos tener en cuenta que la eliminación de las jerarquías no tiene por qué implicar la desaparición del rol del docente ni la independencia total del alumnado. Más bien, la desjerarquización transforma al docente en un orientador que, a través del ejercicio mayéutico, fomenta la capacidad crítica de su estudiantado, su aptitud para aprehender diferentes niveles de la realidad y su disposición para seguir aprendiendo. Este cambio de rol del docente requiere de una redefinición de la autoridad que no radique en el poder, sino en la capacidad de liderar un trayecto que dé a nacer la autonomía y madurez necesarias para que el alumno se convierta en un ciudadano complejo.

Esta transformación de roles, tal y como venimos advirtiendo, a veces genera conflictos que llegan a las defensorías. La falta de límites claros en la relación profesor-alumno puede derivar en enfrentamientos respecto al estatus: a veces, generando una falsa expectativa de “igualdad” en el alumnado; otras, generando una falsa expectativa de “superioridad” en el profesorado. La clave, entonces, no sería la eliminación de los rangos o la igualación de los roles, sino su reformulación en términos de reciprocidad, diálogo, respeto e interés mutuo.

Las universidades, tal y como decíamos al inicio, han seguido el camino trazado por la sociedad y en los últimos tiempos han tratado de desdibujar las jerarquías entre profesores y alumnos.

Uno de los conflictos más recurrentes está relacionado con la percepción, por parte del alumnado, de que el profesorado no tiene las competencias o facultades necesarias para enseñar o transmitir conocimientos. En un entorno donde la relación alumno-profesor busca la horizontalidad, algunos estudiantes pueden sentir que las calificaciones dependen de criterios subjetivos, poco definidos o escasamente fundamentados, lo que los lleva a presentar reclamaciones ante las defensorías. A su vez, algunos docentes se sienten en una encrucijada al tratar de equilibrar su rol de facilitadores con la necesidad de mantener la distancia necesaria para garantizar unos estándares académicos sólidos. Cuando emergen estos casos, las defensorías deben comprobar que el profesorado mantiene la calidad y objetividad de la enseñanza, así como que los alumnos presentan argumentos fundamentados y respetuosos para emitir sus reclamaciones.

Para finalizar, un último punto de tensión importante surge en la comunicación profesor-alumno. La digitalización y la horizontalidad pueden generar un diálogo un tanto coloquial que, si funciona, tiene repercusiones muy positivas en el proceso de enseñanza-aprendizaje, pero si no, genera malestar y faltas de respeto mutuas. La horizontalidad, a veces, provoca dinámicas de deslegitimación de la figura del docente, por un lado, y falta de pudor a la hora de trasladar valoraciones al alumno, por otro. Así las cosas, las defensorías se presentan como una figura imprescindible para ayudar a reubicar los roles en sus lugares legítimos, evitando que la horizontalidad se convierta en un espacio sin normas ni directrices y se proyecte como una oportunidad para fortalecer el diálogo y la corresponsabilidad en la enseñanza.


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SHEILA LÓPEZ PÉREZ

Directora del Grado en Filosofía, Política y Economía

Defensora universitaria

Universidad Isabel I

Espacios de Educación Superior está dirigido a poner en contacto a las personas e instituciones interesadas en la sociedad del aprendizaje en Iberoamérica y España.