En ocasiones, al comenzar el doctorado, en la cabeza de algunas personas se da un fenómeno curioso. Vamos a llamarlo, por simplificar, “ignorancia ilustrada”. Si bien es cierto que este fenómeno se puede prolongar en el tiempo y acompañar a la persona hasta la jubilación, lo natural es que, en ocasiones, vaya disolviéndose con los años de inmersión académica. La “ignorancia ilustrada” es, por definición (propia y desbancada de la definición oficial), esa idea de que cuando entras a la universidad, todo va a ir bien. Lo cierto es que las autoras de este artículo no podríamos estar más de acuerdo con dicho fenómeno.
INÉS BUENO, SHEILA DA SILVA, FABIOLA ESPINOSA y SARA ZAMORANO
El vehículo de la ciencia. ¿Cuesta abajo y sin frenos?
La ciencia ha iniciado una carrera frenética hacia una meta cada vez más inalcanzable. Solo en 2020 se publicaron 2,9 millones de artículos (National Science Foundation, s.f.). Con esta masificación de contenido es imposible que las personas que se dedican a investigar puedan seguir el ritmo de todos los avances que se están realizando, especialmente al iniciar nuestro camino investigador.
Esta carrera, lejos de generar compañerismo, da lugar a una competitividad encubierta por una necesidad real de asegurarse fondos que permitan producir datos, escribir y presentar hallazgos (SenthilKumar et al., 2023). Esto se traduce en la demanda de una mayor productividad, carga que en ocasiones se deposita sobre los y las doctorandas. A esta demanda se deben sumar responsabilidades adicionales, como la enseñanza, las tareas administrativas y actividades de desarrollo profesional. Sumando todo esto, las jornadas de trabajo pueden ascender hasta 61 horas/semana (Woolston, 2019).
Los y las doctorandas, en la casilla de salida, tratamos de sostener el volante con la mayor determinación posible, esperando un circuito largo y con algún bache, pero sin imaginarnos en muchas ocasiones todas las curvas cerradas, los adelantamientos imprevistos y las escasas zonas de descanso. Iniciar esta carrera sin un equipo con una estrategia clara se puede asemejar a una carrera de Fórmula 1 sin paradas en boxes, con un desgaste constante y un alto riesgo de salirse de pista.
Entre los factores que pueden agravar el riesgo para la salud mental se encuentran llevar más años en el doctorado, el conflicto entre la vida académica y personal y el arrepentimiento por haber iniciado esta etapa
Todo esto se traduce en tasas del 51,8% de doctorandos/as con problemas psicológicos, 43,6% con síntomas de depresión, 58,7% con síntomas de ansiedad y 18,8% con ideación suicida. Entre los factores que pueden agravar el riesgo para la salud mental se encuentran llevar más años en el doctorado, el conflicto entre la vida académica y personal y el arrepentimiento por haber iniciado esta etapa (Estupiñá, 2024).
3, 2,1… Fight!
Un ejemplo de pensamiento que suele ser habitual es “Que día menos productivo, he perdido el tiempo”. ¿Es así realmente? Escribir correos administrativos adjuntando documentos, responder correos de alumnos/as, compartir dudas con compañeros/as sobre cómo realizar trámites… A pesar del tiempo y esfuerzo que requieren estas tareas, a veces más del previsto, no se perciben como productivas.
Pero… ¿por qué lo percibimos así? Día a día, cuando nos sentamos delante del ordenador, nos comparamos con nuestros compañeros/as pensando que no pierden el tiempo, no paran de hacer cosas y trabajan hasta tarde. La cultura implícita en el ámbito académico compensa solo la cantidad de logros o tareas conseguidas. Es un medidor de éxitos, pero únicamente de aquellos que se ajustan a parámetros preestablecidos. Este caldo de cultivo es idóneo para las comparaciones, buscamos aquel referente que lo ha conseguido todo, “uno entre un millón”. De este modo, las expectativas se vuelven desmesuradas y crece el malestar, la inseguridad y la incertidumbre.
El número de doctorandos/as y de jóvenes doctores/as aumenta desproporcionadamente a la oferta laboral, lo cual incentiva la competitividad (Nori y Vanttaja, 2023). De esta manera, nos situamos de nuevo al inicio de la carrera, midiendo logros y comparándonos, aumentando nuestra autoexigencia. “Tengo una reunión para revisar los resultados obtenidos, los he calculado de tres maneras diferentes y obtengo lo mismo, pero voy a volver a comprobarlo”. El síndrome del impostor suele tener una perspectiva individual, poniendo el foco en la necesidad de reducir la ansiedad y la autoexigencia. Sin embargo, ¿es posible que esto sea un abordaje paliativo? ¿Inflar las ruedas cuando en realidad se requiere cambiar los neumáticos? ¿Qué pasaría si se plantea una perspectiva social? ¿Qué pasaría, si además de al individuo, se tiene en cuenta el caldo de cultivo presente en la academia?
El síndrome del impostor suele tener una perspectiva individual, poniendo el foco en la necesidad de reducir la ansiedad y la autoexigencia
(Des)igualdades
Idealmente, la relación entre doctorandos/as y mentores/as debería basarse en el aprendizaje y apoyo mutuo, creando un espacio fértil para la colaboración profesional. La persona mentora tendría que orientar, apoyar, abrir puertas, inspirar, aportar perspectiva y dar libertad a la persona doctoranda para explorar su propio camino. Al igual que en cualquier relación, la honestidad, el respeto y la comprensión deberían ser los pilares que sostienen este vínculo. Pero la realidad no siempre se corresponde con este ideal.
En demasiadas ocasiones, quienes cursan un doctorado sienten desorientación, poca claridad sobre su rol, sobre cómo llevar a cabo su trabajo o a quién acudir en busca de apoyo. Esta falta de acompañamiento, puede deberse a la sobrecarga laboral de las personas mentoras. Sin embargo, es fundamental preguntarse si se está guiando de manera adecuada, siendo transparente, claro y realista en los objetivos, si se está asumiendo un rol constructivo o proporcionando un espacio de escucha.
Además, es importante recordar que muchas personas doctorandas dependen de la aprobación de sus mentores para acceder a contratos laborales. Esta relación, por tanto, es asimétrica y desigual, lo cual en ocasiones propicia abusos de poder, desmotivando y obstaculizando el crecimiento del doctorando/a.
No obstante, como en cualquier otra relación, esta también puede nutrirse. Para ello, puede ser fundamental brindar un espacio para la comunicación donde establecer objetivos, ajustar expectativas, y trazar en conjunto la larga carrera a recorrer. En este sentido, las instituciones también tienen un papel proactivo: promover relaciones de mentoría saludables, velar por la protección de quienes cursan un doctorado cuando sea necesario, y actuar en los casos donde no se cumpla el rol esperado de mentoría. El diálogo, la comprensión y el respeto son la clave para propiciar una experiencia académica enriquecedora para ambas partes.

La academia nos dice «no cambies nunca»
Continuando con ejemplos de verbalizaciones habituales en los inicios de la carrera académica, pensamos cosas como “todas mis amigas tienen casa, tiempo libre y un proyecto de vida”, “cuánta gente embarazada a mi alrededor, yo ni puedo planteármelo” o “mi vida es de persona adulta pero mi sueldo no”.
El desarrollo académico de una persona que estudia un doctorado es lento, arduo y sacrificado, y en muchas ocasiones incompatible con una vida equilibrada, sana y feliz. Que el 85% de doctorandos/as estén preocupados por no tener dinero para llegar a fin de mes es un síntoma inequívoco de un sistema muy lejano (e indiferente) a las necesidades reales de su población. Además, si no es suficiente con la presión y exigencias de un doctorado, hay personas que tienen que encontrar trabajos adicionales para poder vivir, con la consiguiente demanda de tiempo que esto roba a las tareas de investigación y docencia.
No hablemos ya de lo complicado que es tener vida social. Alguna vez he escuchado, de boca de una persona cercana, cosas como “¿por fin has salido de la cueva?” o “¡cuánto tiempo sin verte, creí que te había pasado algo!”. El sistema no solo nos exige publicar, sino hacer otras contribuciones científicas para nuestro curriculum, como conferencias, congresos, etc. Y en muchas ocasiones lo hacemos fuera de horas del trabajo, o en vacaciones. Hemos normalizado estar en la facultad 12 horas al día y a veces nos vamos solo porque cierra. Esa sensación de salir de un edificio ya completamente a oscuras y desangelado, cuando ya no queda un alma…
El desarrollo académico de una persona que estudia un doctorado es lento, arduo y sacrificado, y en muchas ocasiones incompatible con una vida equilibrada, sana y feliz
En definitiva, el crecimiento académico en sus primeros años limita ostensiblemente el crecimiento personal, y la principal barrera son los recursos. Tenemos pocos recursos económicos y temporales para construir una vida, y la carrera académica requiere que volquemos todos nuestros recursos cognitivos, emocionales y personales para conseguir el éxito. Lo dicho, la academia nos dice “no cambies nunca”, porque cambiar y evolucionar con estas condiciones es prácticamente otra carrera de fondo.
Parada en Boxes
Sin embargo, no podemos terminar este artículo sin reconocer que nosotras tenemos la suerte de convivir con ejemplos de buena praxis de primera mano. En nuestro caso, las personas que nos guían en nuestra carrera académica luchan día a día por que se reconozca nuestra figura y nuestros derechos. Agradecemos honestamente a estas personas que procuran que nuestros neumáticos estén en perfectas condiciones y que, en caso de ser necesario, nos estarán esperando siempre en boxes. Y a todos/as esos/as compañeros/as de equipo, que nos acompañan en nuestras salidas de pista. Así, la carrera se hace un poco más fácil de ganar.
Agradeceremos sus comentarios y preguntas sobre este artículo. Envíe un correo electrónico a los editores o envíe una carta para su publicación.

INÉS BUENO PASCUAL
Artista, doctoranda en Psicología e investigadora en digitalización para la salud mental

SHEILA DA SILVA SOUSA
Investigadora predoctoral especializada en regulación emocional

FABIOLA ESPINOSA GARCIA
Investigadora predoctoral especializada en procesos cognitivos, salud mental y acoso escolar. En mis ratos libres: cinéfila

SARA ZAMORANO CASTELLANOS
Investigadora en estigma y salud mental, doctoranda y amante de los gatos.
Referencias:
Nori, H. & Vanttaja, M. (2023). Too stupid for PhD? Doctoral impostor syndrome among Finnish PhD students. High Educ, 86, 675–691. https://doi.org/10.1007/s10734-022-00921-w
National Science Foundation. (s.f.). Publications Output: U.S. Trends and International Comparisons. https://ncses.nsf.gov/pubs/nsb20214/publication-output-by-country-region-or-economy-and-scientific-field (Último acceso: 30 de octubre de 2024).
Woolston, C. (2019). Doctorados: la tortuosa verdad. Naturaleza, 575, 403–406. https://doi.org/10.1038/d41586-019-03459-7
SenthilKumar, G., Mathieu, N. M., Freed, J. K., Sigmund, C. D., & Gutterman, D. D. (2023). Addressing the decline in graduate students’ mental well-being. American Journal of Physiology-Heart and Circulatory Physiology, 325(4), H882–H887. https://doi.org/10.1152/ajpheart.00466.2023
Estupiñá, F. J., Santalla, Á., Prieto-Vila, M., Sanz, A., & Larroy, C. (2024). Mental health in doctoral students: Individual, academic, and organizational predictors. Psicothema, 36(2), 123-132.





